Rolando Astarita [Blog]

Marxismo & Economía

Teorías del valor: austriacos vs marxistas (4)

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Esta es la última parte de la nota dedicada al debate sobre la teoría del valor entre austriacos y marxistas. Las partes anteriores aquí, aquí y aquí.

La crítica sobre el trabajo complejo y simple

Respondemos ahora una crítica que han realizado los austriacos, que se refiere a la heterogeneidad en la calificación de los tipos de trabajos. En palabras de Böhm Bawerk, la objeción es cómo se puede relacionar cuantitativamente el trabajo de un artista talentoso y el de un pintor de brocha gorda. Recordemos que en El Capital Marx sostiene que el trabajo complejo es igual a ciertas unidades de trabajo simple, siendo este último el gasto de fuerza de trabajo simple “que, término medio, todo hombre común, sin necesidad de un desarrollo especial, posee en su organismo corporal” (p. 54). Y agrega un poco más adelante que “las diversas proporciones en que los distintos tipos de trabajo simple son reducidos al trabajo simple como su unidad de medida, se establecen a través de un proceso social que se desenvuelve a espaldas de los productores, y que por eso a éstos les parece resultado de la tradición” (p. 55). En la Contribución… define el trabajo simple como aquél “para el cual puede adiestrarse a cualquier individuo medio, y que éste deberá efectuar de una u otra forma” (p. 13). También explica que “el trabajo simple constituye, con mucho, la mayor parte de todo el trabajo de la sociedad burguesa, como es posible persuadirse a partir de cualquier estadística” (ídem). Y todavía unas líneas más abajo se refiere a “la simplicidad indiferenciada del trabajo” (p. 14) como una característica o determinación social del trabajo.

En términos modernos, el trabajo simple es aquél que demanda una competencia adquirida a través de la educación obligatoria y que se pueden ejecutar luego de un corto período de entrenamiento. Trabajadores de este tipo son, por ejemplo, operarios de máquinas o en líneas de montaje, que realizan tareas simples, operarios de limpieza, y similares. Por encima de este tipo de trabajos se ubicarían los que requieren, además de una educación básica obligatoria, períodos más largos de entrenamiento y experiencia; incluye operaciones de máquinas, conductores, venta, trabajos administrativos y de oficina. Luego tendríamos el escalón medio alto, con capacidades adquiridas más allá de la educación básica obligatoria, pero sin llegar a la universidad. Aquí entrarían los oficios como electricistas y plomeros, enfermeras, y otros oficios calificados. Y por encima tendríamos profesionales, técnicos especializados con alto entrenamiento, y similares.

Dado que las calificaciones van en aumento -y exigen más tiempo de trabajo dedicado a su preparación- aumenta el valor de la fuerza de trabajo empleada, y con ello la complejidad del trabajo. Nos referimos, por supuesto, a los trabajos dedicados a la reproducción más o menos sistemática de las mercancías. Esto significa que los trabajos intelectuales son sistematizados, de manera que se contabilizan tiempos de trabajo más o menos complejos. En este sentido, Marx observa que el capital separa los distintos tipos de trabajo, entre ellos el trabajo intelectual y manual, o los tipos de trabajo en los que predomina uno sobre el otro y los distribuye entre distintas personas (Marx, 1975, t. 1 pp. 347-8).

Por otra parte, y de forma creciente, los diversos tipos de fuerza de trabajo calificada son reproducidos por el modo de producción capitalista, a través de un sistema educativo estandarizado; y esto se combina con los avances en la división del trabajo y la especialización unilateral (que lleva a la descalificación de la mano de obra). Por eso, constantemente se asiste a un proceso de recalificación (tecnologías que requieren trabajo más complejo) y descalificación (producción “en serie” de egresados con estudios secundarios o terciarios más parcelización de tareas), lo que hace que, en promedio, los trabajos más calificados, aplicados a la producción, sean reducibles a cierta ciertas cantidades de trabajos simples. Y cuando la generación de fuerza de trabajo se estandariza, los diferenciales de salarios pueden considerarse ponderaciones adecuadas de las calificaciones laborales. Es de notar que el mismo mercado opera esta reducción, de forma más o menos permanente (por caso, un empresario cotiza la hora del tornero especializado 2,5 veces la hora de trabajo del operario simple). Por eso, aunque no es comparable el tiempo de trabajo de un Picasso con el de un pintor de brocha gorda, sí es comparable el tiempo de trabajo de un pintor de brocha gorda con el de otros trabajadores medianamente calificados, y el de éstos con el de un operario simple.

Precios directamente proporcionales a los tiempos de trabajo

Se ha sostenido que el concepto de tiempo de trabajo invertido es una abstracción, y que no puede ser comprobable. Sin embargo, en una sociedad en que no hay capital, o en que la tasa de ganancia es cero, se puede demostrar teóricamente que los precios deben ser proporcionales a los tiempos de trabajo invertidos. Este resultado se obtiene de manera muy sencilla con las matrices de insumo producto. Así, si p es el vector (fila) precios; A la matriz de coeficientes insumo producto; a el vector de tiempos de trabajo directo empleados en cada rama, y w el salario, tendremos que p = a (IA)-1 w, donde (IA)-1 es la inversa de Leontiev. Esta matriz representa las cantidades físicas de las mercancías que han sido necesarias, directa o indirectamente, en todo el sistema económico para obtener una unidad física de la mercancía i-ésima como mercancía final. De manera que si se multiplica cada una de estas cantidades físicas por el correspondiente coeficiente trabajo, y se suman los valores así obtenidos, se puede determinar la cantidad de trabajo que ha sido necesaria, directa o indirectamente, para obtener una unidad de la mercancía i-ésima como mercancía final. Lo cual demuestra que los precios, en este caso, deben ser proporcionales a los tiempos de trabajo invertidos (véase Pasinetti, 1984). Es básicamente el planteo de Marx en el capítulo 1 -cuando hay producción simple de mercancías los precios son proporcionales a los valores- aunque sin las complejidades derivadas de la forma del valor y de la venta, que es la instancia de la realización del valor.

Recordemos también que en la primera parte de la nota hemos dicho que los datos empíricos muestran que existe una relación entre caída relativa de precios y avances de productividad. Por supuesto, una correlación no hace una teoría, pero una teoría puede explicar una correlación. Por lo argumentado antes, es claro que la teoría del valor trabajo explica muy fácilmente esa correlación, a diferencia de lo que sucede con la teoría del valor utilidad. Si, por ejemplo, en la producción de X e Y se emplean 10 horas de tiempo de trabajo, y sus precios son X = Y = $100, y luego, en virtud de un cambio en tecnológico baja a 5 horas el tiempo de trabajo invertido en X, las fuerzas de la competencia forzarán el precio de X a $50. Este cambio de precio sucede con independencia de cualquier modificación de las preferencias, y puede vincularse fácilmente este caso teórico con lo que registran las estadísticas de la BLS o USDA, que hemos presentado en la primera parte.

Respuesta a una crítica equivocada

En el curso del debate con Cachanosky expliqué, a través de un ejemplo teórico, por qué la teoría de la utilidad no puede explicar los precios tendenciales, en torno a los cuales oscilan los precios de mercado. El ejemplo es así:

Supongamos que en las mercancías X e Y, producidas por A y B respectivamente, se emplean 10 horas de trabajo, y sus precios son X = Y = $100. Supongamos luego que se produce un cambio de las preferencias de los consumidores, de manera que aumenta la demanda de Y y baja la demanda de X. En virtud de las fuerzas de la competencia, el precio de Y aumenta a $110 y el de X baja a $90. Desde el punto de vista de la teoría del valor de Marx, el caso es sencillo; la sociedad, de conjunto, y a través del lenguaje de los precios y el mercado, está diciendo es necesario destinar más tiempo de trabajo social a producir Y y menos a producir X, a fin de satisfacer las necesidades sociales. Pero esto es lo que ocurre (en condiciones de libre competencia). Dado que los productores de X emplean 10 horas de trabajo y obtienen $90 y los de Y ingresan $110, productores A comienzan a producir Y, hasta que los precios vuelven a ser X = Y = $100. Una vez acomodada la oferta (estamos suponiendo rendimientos constantes a escala), los precios están determinados por el costo de producción, en términos laborales.

Frente a este ejemplo teórico, los economistas de la corriente austriaca han planteado que es lícito sólo porque se trata sólo de dos bienes y no hay interdependencia con el resto de la producción. “Si se extiende el ejemplo, y hay interdependencia, el caso se cae”, viene a decir el argumento.

La objeción no es correcta. Primero, podemos extender el caso incorporando el bien Z, de manera que, por ejemplo, la caída de la preferencia por X se reparta en proporciones iguales en aumento de la demanda de Z e Y (el precio de X baja a $90 y los de Z e Y suben a $105, por ejemplo). El planteo básico no varía. Luego, podemos incluir un bien T, que se une a X en la caída de preferencias, sin que se alteren los resultados teóricos. Y así podría seguir. Es que la interdependencia no tiene relevancia en la medida en que los bienes X, Y, Z y T no entren como insumos en la producción de otros bienes. En cambio, si suponemos que X e Y, además de ser bienes de consumo, entran como insumos en la producción de otros bienes, basta con la alteración de sus demandas (y precios) para que haya interdependencia. Pero… ¿modifica esto las conclusiones que he sacado del ejemplo? En absoluto, sólo hace más complejo seguir la evolución de la adecuación de costos y precios, ya que durante un período el aumento del precio de Y por encima del de X afectará a algunas ramas más que a otras. Esto ocurrirá hasta que se readecue la producción de X e Y, y los precios relativos vuelven a la situación original.

En definitiva, reafirmo lo ya planteado: los cambios en las preferencias sólo explican los cambios en las cantidades demandadas de X e Y; no afectan a los precios tendenciales. Más en general, las variaciones de la oferta y la demanda generan oscilaciones de los precios en torno a los precios regidos por los costos laborales de producción, que siguen actuando como centros de gravitación.

El impás teórico en Menger

La incapacidad de la teoría del valor utilidad para explicar los precios que actúan como centros de gravitación de los precios de mercado se pone en evidencia en los problemas lógicos en que incurre el razonamiento de Menger cuando intentar explicar el intercambio. Es que Menger distingue entre el fundamento del valor y el precio, pero fracasa en establecer la conexión entre ambos. Para ver por qué, examinemos el razonamiento que presenta en los Principios de la economía política.

En el capítulo 3 de su libro Menger define al valor como “la significación que unos concretos bienes o cantidades parciales de bienes adquieren para nosotros, cuando somos conscientes de que dependemos de ellos para la satisfacción de nuestras necesidades” (pp. 102-3). Esto es, el valor sólo es la traslación de la importancia de la satisfacción de nuestras necesidades (p. 109); no es algo inherente a los bienes mismos. Pero si esto es así, los precios no pueden confundirse con el valor. Menger parece tener conciencia de esta cuestión cuando explica (capítulo 5) que los precios no constituyen “la esencia” del intercambio, y que son “simples fenómenos accidentales, síntomas de la equiparación económica entre las economías humanas” (p. 170; énfasis añadido). Agrega que son movidos por una fuerza que “es la causa última y universal de todo movimiento económico”, que es “el deseo de los hombres de satisfacer de la mejor manera posible sus necesidades” (idem). Además, “son los únicos fenómenos de la totalidad del proceso económico que pueden percibirse con los sentidos, los únicos cuyo nivel puede medirse, y los que la vida diaria nos pone una y otra vez ante los ojos…” (idem). Así, Menger está considerando una fuerza esencial, la satisfacción de necesidades humanas, y un fenómeno de superficie, los precios.

Pues bien, aquí viene el paso clave que demanda la teoría: establecer alguna relación sistemática (o ley) entre las valoraciones subjetivas y los precios. Pero dado su punto de partida, ese paso debe respetar una condición: que no haya equivalencia alguna en el intercambio de las dos mercancías, X e Y, ya que si admite que hay equivalencia se deslizaría hacia una teoría objetiva del valor. Por eso, cuando X e Y se intercambian, según Menger, no puede haber equivalencia alguna. Escribe: “Si los bienes intercambiados han pasado a ser equivalentes, en el sentido objetivo de la palabra, a través de la mencionada operación de intercambio, o lo eran ya incluso antes de la operación, no se ve por qué ambos negociadores (A y B de nuestro ejemplo) no habrían estado dispuestos a deshacer inmediatamente el cambio. Pero la experiencia nos enseña que en este caso, de ordinario, ninguno de los dos daría su asentimiento a tal arreglo” (pp. 171-2). Con un razonamiento similar, Rothbard critica a Marx. X e Y no pueden ser equivalentes en ningún sentido en tanto valores. La idea es que si A y B valen lo mismo, ¿para qué el intercambio? Por eso Menger afirma que “no existen equivalentes en el sentido objetivo de la palabra” (p. 172). Sin embargo, la realidad es que los X e Y de nuestro ejemplo teórico son, dada determinada proporción cuantitaitiva, equivalentes; por eso hemos dicho que los productores A y B no ganan en cuanto valores, aunque sí ganan en tanto valores de uso. Y este aunto tan sencillo es el que no puede ser admitido por Menger, ni por los austriacos. Pero por eso mismo Menger no puede establecer una conexión lógica entre valor subjetivo y precio. El precio de X = Y = $100, en nuestro ejemplo (o sea, hay equivalencia desde el punto de vista del valor) en tanto los valores de uso son distintos.

Estamos en el meollo de la contradicción lógica que plantea la teoría de la utilidad. Menger es incapaz de establecer la conexión entre el fenómeno ubicado a nivel de la conciencia y el hecho objetivo de que las mercancías tienen precios, y que se intercambian, en tanto valores, como equivalentes.

El mismo problema en Rothbard

Pasó más de un siglo desde que Menger escribiera su obra, y la cuestión permanece sin resolver, como lo evidencia Rothbard en su Historia del pensamiento económica. Efectivamente, en el capítulo dedicado a la crítica de la teoría del valor de Marx, Rothbard repite el argumento de Menger. Cita primero el pasaje en el que Marx dice que para que dos bienes sean intercambiables tienen que tener algo en común, y ese algo es el tiempo de trabajo socialmente necesario, y hace una afirmación crucial: sostiene que del hecho de que dos artículos se intercambien uno por otro no se deriva que sean iguales en valor, ya que si se intercambian son desiguales en valor. Textualmente: “A entrega X a B a cambio de Y porque A prefiere Y a X y B prefiere X a Y. El signo de la igualdad falsea la verdadera idea. Además, si los dos artículos, X e Y, fueran realmente iguales en valor desde el punto de vista de los que realizan los intercambios, ¿por qué demonios se tomarían el tiempo y la molestia de llevarlo a cabo?” (p. 442). Luego: “Si no existe igualdad de valor, entonces es evidente que no hay una tercera “cosa” a la que deban ser iguales los valores” (p. 443).

Vemos que de manera absurda Rothbard pone un signo igual entre la afirmación “las mercancías X e Y tienen algo en común”, que es de Marx, y la afirmación X e Y son iguales”. Por supuesto, es elemental decir que cualquier particular X tiene algo en común con otro particular Y, sin que eso signifique que X es igual a Y. Jamás Marx afirmó que las mercancías que se intercambian son iguales en tanto valores de uso. X e Y se intercambian porque sus valores de uso son distintos. Marx es explícito en esto. Pero incapaz de criticar el planteo de El Capital, Rothbard repite el argumento de Menger que hemos analizado antes. Así, no puede superar el problema en que cayó Menger: explicar por qué X e Y son equivalentes en tanto valores, aunque no en tanto valores de uso.

Sin embargo, después de este desbarranque, viene la explicación por la positiva de Rothbard: sostiene que al decidir efectuar la venta, el agente A compara el valor de uso de X con el valor de cambio de X. Lo cuales un absurdo. Nadie puede realizar esa comparación porque no hay manera de homogeneizar cuantitativamente los términos de esta comparación (esto dejando de lado que a medida que se generaliza la producción mercantil, cada productor produce sólo para el mercado, esto es, no valores de uso para él). Estamos ante el fracaso de la tesis que dice que el valor surge de una comparación individual (esto es, a-social) entre las necesidades del individuo y su satisfacción mediante el uso de bienes.

Aunque Rothbard no lo dice, y tratándose del intercambio más simple entre dos productores, lo que en realidad compara A es el valor de uso de X con el valor de uso de Y, ya que necesita ganar en valor de uso. Pero además, compara los precios de X e Y; y los tiempos de trabajo de X e Y (para no incurrir en intercambios desventajosos, como aquél de 10 horas contra 5 horas de trabajo). Por todos lados se ve que se trata de una relación social, más específicamente, entre trabajos (la actividad humana fundante de la economía) que se han realizado bajo forma privada, pero pertenecen en sustancia al trabajo total social.La teoría del valor utilidad, en la vieja versión Menger o en la más moderna de Rothbard (y estamos hablando de referentes indiscutibles de la corriente austriaca) no puede explicar ni siquiera el intercambio mercantil más sencillo.

Conclusión: no hay teoría del valor utilidad

El fracaso en explicar teóricamente por qué el precio está fundado en la utilidad lleva, de hecho, a la renuncia a encontrar cualquier fundamento. De ahí que los teóricos de la utilidad, finalmente, terminan diciendo que el precio “es” valor. Es lo que hacen los economistas del “mainstream ortodoxo”, quienes parten de la utilidad para explicar los precios relativos -en los cursos de microeconomía es un tópico-, pero en los desarrollos ulteriores hacen desaparecer, prácticamente, toda referencia a la utilidad. Por eso sostienen que es un error buscar en los precios alguna ley económica reguladora. Precio “es” valor según el enfoque establecido. Lo cual explica la evolución que ha tenido la teoría de la utilidad: los sucesivos intentos de medición -primero fue la utilidad cardinal, luego la ordinal, más tarde vino la sofisticación de las escalas de preferencias, y por último las preferencias reveladas, que ya es pura tautología- son la expresión de la imposibilidad lógica de conectar utilidad y precio. No es una cuestión “técnica”, sino teórica. Por eso, quedan dos salidas: o repetir el razonamiento de Menger (que es lo que hace Rothbard), lo que nos lleva a un absurdo (no se puede explicar el intercambio más elemental). O decir que precio es sinónimo de valor. Pero en este último caso el precio no es expresión fenoménica de ninguna fuerza más esencial. Es volver a Samuel Bailey, quien afirmaba que el valor era sólo una relación entre dos objetos. Y eso es lo que sostuvo Cachanosky en la polémica, cuando criticó a Marx por distinguir entre valor y precio. No es casual; en todo debate hay una lógica. Subrayo: si no hay distinción entre valor y precio, se renuncia a indagar en una teoría del valor. La razón última de este desenlace reside en el fracaso de conectar la teoría subjetiva del valor con los precios. Es el fracaso del intento de explicar un fenómeno social -valor, precio, mercado- desde el individuo a-social, y de desplazar del foco del análisis la centralidad del trabajo humano.

Textos citados:
Marx, K. (1975): Teorías de la plusvalía, Buenos Aires, Cartago.
Marx, K. (1981): Contribución a la crítica de la economía política, México, Siglo XXI.
Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI.
Menger, C. (1985): Principios de economía política, Madrid, Hyspamérica.
Pasinetti, L. (1984): Lecciones de teoría de la producción, México, FCE.
Rothbard, M. (1995): Historia del pensamiento económico, Madrid, Unión Editorial.

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Teorías del valor: austriacos vs marxistas (4)”

Written by rolandoastarita

17/04/2014 at 13:01

Firmas en defensa de Octavio Colombo

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Doy a conocer un texto que está siendo firmado por docentes e investigadores en repudio de la persecución política y gremial en la Facultad de Filosofía y Letras, de la Universidad Nacional de Buenos Aires, y por la reversión de la medida tomada por el Consejo Directivo de dicha facultad en contra de Octavio Colombo.

“Los abajo firmantes, docentes e investigadores de Argentina y del exterior, repudiamos la decisión del Consejo Directivo de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) de despedir al Dr. Octavio Colombo de su cargo de investigador en el Instituto de Historia Antigua y Medieval de esa Facultad.

Puesto que el desempeño académico del Dr. Colombo nunca ha sido cuestionado, resulta inevitable buscar las motivaciones de esta decisión en su actividad política. Colombo es Consejero Directivo por una lista opositora a las autoridades, e integró la Comisión Directiva del sindicato docente de la Facultad (AGD-FyL) durante los últimos 8 años.

Este despido es un hecho gravísimo que atenta contra la convivencia democrática. Solicitamos la inmediata reversión de la medida”.

Abril de 2014

Quienes deseen adherir a esta carta, pueden enviarme un mail a rastarita@gmail.com

PRIMERAS FIRMAS:

Del exterior:

Roger Chartier, Escritos y Culturas en la Europa Moderna, Collège de France.

Chris Wickham, Historia Medieval, Universidad de Oxford.

John F. Haldon, Historia Bizantina, Universidad de Princeton.

Jean-Frédéric Schaub, Historia Moderna, École des Hautes Études en Sciences Sociales.

Paolo Napoli, Centre d’étude des normes juridiques «Yan Thomas», École des Hautes Études en Sciences Sociales, Paris.

Italo Birocchi, Historia del Derecho Medieval y Moderno, Università Roma 1, «La Sapienza».

Antonia Fiori, Historia del Derecho Medieval, Università Roma 1, «La Sapienza».

Giuliano Milani, Historia Medieval, Università Roma 1, «La Sapienza».

Luca Loschiavo, Historia del Derecho Medieval y Moderno, Università di Teramo.

Josep M. Salrach, Historia Medieval, Universidad Pampeu Fabra.

Juan Antonio Barrio, Historia Medieval, Universidad de Alicante.

Antoni Furió, Historia Medieval, Universidad de Valencia.

Juan Antonio Bonachía Hernando, Historia Medieval, Universidad de Valladolid.

Ignacio Álvarez Borge, Historia Medieval, Universidad de La Rioja.

José María Monsalvo Antón, Historia Medieval, Universidad de Salamanca.

Iñaki Martín Viso, Historia Medieval, Universidad de Salamanca.

Pablo Díaz Martínez, Historia Antigua, Universidad de Salamanca.

Felipe Maíllo Salgado, Historia del Islam Medieval, Universidad de Salamanca.

Eduardo Manzano, Historia del Islam Medieval, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid.

Ianir Milevski, Autoridad de Antigüedades, Jerusalén.

Carlos Barros, Historia Medieval, Universidad de Santiago de Compostela.

Ángel G. Gordo Molina, Historia Medieval, Universidad Playa Ancha, Valparaíso, Chile.

Manuel González Jiménez, Historia Medieval, Universidad de Sevilla.

Germán Navarro Espinach, Historia Medieval, Universidad de Zaragoza.

Fabrizio Titone, Historia Medieval, Universidad del País Vasco.

Mário Jorge da Motta Bastos, Historia Medieval, Univ. Federal Fluminense (Rio de Janeiro).

De Argentina:

Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz, Profesor Honorario de la Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires.

José Emilio Burucúa, Historia Moderna, Universidad Nacional de San Martín.

Beatriz Rajland, Profesora Consulta de la Facultad de Derecho, Universidad de Buenos Aires.

Julio C. Gambina, Profesor de la Facultad de Derecho, Universidad Nacional de Rosario.

María Estela González de Fauve, Historia de España, Universidad de Buenos Aires.

Ricardo Cicerchia, Historia de América Latina, Universidad de Buenos Aires y Conicet.

Fernando Devoto, Historiografía, Universidad de Buenos Aires.

Andrea Zingarelli, Historia Antigua Oriental, Universidad Nacional de La Plata.

María Inés Carzolio, Historia Moderna, Universidad de La Plata y Universidad de Rosario.

Fabián Campagne, Historia Moderna, Universidad de Buenos Aires.

Carlos Astarita, Historia Medieval, Universidad de Buenos Aires y Universidad de La Plata.

Marta Madero, Historia Medieval, Universidad Gral. Sarmiento y Un. De Buenos Aires.

Julián Gallego, Historia Antigua, Universidad de Buenos Aires.

Carlos García Mc Gaw, Historia Antigua, Universidad de La Plata y Un. De Buenos Aires.

Ariel Petruccelli, Historia Medieval y Moderna, Universidad del Comahue.

Pablo Ubierna, Historia Medieval, Conicet y Universidad de Buenos Aires.

Rolando Astarita, Economía, Universidad de Quilmes y Univ. De Buenos Aires.

Irene Rodríguez, de Historia Antigua Oriental, Universidad de Buenos Aires.

Nicolás Kwiatkowski, Historia Moderna, Universidad de San Martín y Conicet.

Corina Luchía, Historia Medieval, Univ. de Buenos Aires y Conicet.

Laura da Graca, Historia Medieval, Universidad Nacional de La Plata y Univ. de Buenos Aires.

Rosana Vassallo, Historia Medieval, Universidad Nacional de La Plata y Univ. de Buenos Aires.

Anabella Lacreu, Historia Medieval, Universidad de Buenos Aires.

Marcia Ras, Historia Medieval, Universidad de Buenos Aires.

María de la Soledad Justos, Historia Moderna, Universidad de Buenos Aires.

María de la Paz Estévez, Historia Medieval, Universidad de Buenos Aires.

Mariel Pérez, Historia Medieval, Universidad de Buenos Aires.

Mariano Requena, Historia Antigua, Universidad de Gral. Sarmiento y Univ. de Buenos Aires.

Diego Paiaro, Historia Antigua, Universidad de Buenos Aires y Conicet.

Rodrigo Laham Cohen, Historia Antigua, Universidad de Buenos Aires y Conicet.

Esteban Noce, Historia Antigua, Universidad de Buenos Aires y Conicet.

Sabrina Orlowski, Historia Medieval, Universidad Nacional de La Plata.

Carla Cimino, Historia Medieval, Universidad Nacional de La Plata.

Leila Salem, Historia Antigua Oriental, Universidad Nacional de La Plata.

María Belén Castro, Historia Antigua Oriental, Universidad Nacional de La Plata.

Pablo Rosell, Historia Antigua Oriental, Universidad Nacional de La Plata.

Mariano Spléndido, Historia Antigua, Universidad Nacional de La Plata.

Pablo Sarachu, Historia Antigua, Universidad Nacional de La Plata.

Yesica Leguizamón, Historia Antigua Oriental, Universidad Nacional de La Plata.

Ana Rodríguez Giles, Historia Moderna, Universidad Nacional de La Plata.

Diego Santos, Historia Antigua, Universidad Nacional de La Plata.

Silvina Mondragón, Historia Medieval, Universidad Nacional del Centro (Tandil)

Juan Cruz López Rasch Historia Medieval, Univ. de La Pampa y Conicet.

Written by rolandoastarita

14/04/2014 at 11:55

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Persecución política en Filosofía y Letras, UBA

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El martes 8 de abril el Consejo Directivo de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires despidió a Octavio Colombo de su cargo de docente investigador. Octavio fue Secretario General y miembro desde 2006 hasta el mes pasado de la Comisión Directiva de la Asociación Gremial Docente de Filosofía y Letras. En lo que sigue reproduzco la declaración de la Comisión Directiva de AGD-FyL, en la que se denuncia el estado de precarización laboral en que se encuentran los docentes interinos, y además se caracteriza el despido de Colombo como un ataque al activismo gremial y un caso de persecución política.

“La gestión consumó el despido de Octavio Colombo como docente investigador”

En su sesión del martes pasado, el Consejo Directivo de nuestra Facultad consumó, con los 9 votos de las mayorías de profesores y graduados, el despido de Colombo de su cargo de Adjunto con dedicación simple en el Instituto de Historia Antigua y Medieval. Como hemos señalado en comunicaciones previas, este hecho pone nuevamente en evidencia la condición de precariedad e inestabilidad laboral que padecemos los docentes y la disposición de la gestión a utilizar esa situación como una herramienta de disciplinamiento político. Por añadidura, en este caso particular, el despido constituye una violación del principio de tutela sindical establecido en el art. 48 de la Ley de Asociaciones Sindicales, por lo que este gremio dará curso a las actuaciones legales correspondientes.

Sería irónico, si no fuera agraviante, que la propia Decana de la Facultad, Dra. Graciela Morgade, sostuviera en su intervención que “los que tienen cargos docentes en los Institutos no pueden concursar y por lo tanto mantienen una condición precaria”, y que esto “efectivamente es una deuda que tiene nuestra Facultad” (lo que en rigor también vale para todos los docentes interinos o con concursos vencidos). Dicho de otro modo, la propia Decana reconoce que la falta de estabilidad laboral de los docentes es responsabilidad exclusiva de la institución que preside y, al mismo tiempo, utiliza esa precariedad para despedir a un compañero cuyo desempeño académico y profesional nunca fue cuestionado, que además fuera miembro de esta Comisión Directiva los últimos 8 años y que actualmente se desempeña como consejero directivo de una lista opositora.”

La Comisión Directiva de la AGD-FFyL expresa su absoluto rechazo a esta decisión arbitraria, exige la reincorporación inmediata del compañero Colombo y convoca a toda la comunidad universitaria a manifestarse en este sentido.”

En lo que sigue, transcribo la declaración de los miembros del Centro de Estudios de Historia Social Europa, IdIHCS, Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de La Plata:

“Los integrantes del Centro de Estudios de Historia Social Europea, perteneciente al IdIHCS, de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de La Plata, manifestamos nuestro repudio ante el despido de Octavio Colombo del Instituto de Historia Antigua y Medieval de la Universidad de Buenos Aires. Se trata de un investigador altamente respetado por la comunidad académica de nuestra facultad, en la cual ha sido docente de grado y posgrado y colaborador en las actividades de nuestro centro y de la revista Sociedades Precapitalistas. Conociendo la calidad académica de Colombo, y ante la circunstancia de que se trata de un militante opositor a las autoridades que han resuelto no renovar su cargo, consideramos su despido un hecho gravísimo que debe hacerse público y ante el cual nos debemos pronunciar”.

Siguen firmas de docentes e investigadores.

Conozco a Octavio Colombo y sé de la valía de su trabajo como investigador y docente. Claramente, aquí está en juego el elemental derecho a la libertad de pensamiento, investigación y actividad política y gremial dentro de una Facultad pública. Por eso necesitamos frenar este atropello. Pido a los lectores del blog que den a conocer  este hecho. No debería quedar como “un caso más” de utilización de métodos deleznables para “disciplinar” críticos y opositores, y debilitar la actividad gremial.

 

Written by rolandoastarita

11/04/2014 at 12:13

Plusvalía extraordinaria y renta agraria (1)

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En otras notas (aquí y aquí) analicé el rol del cambio tecnológico en la aparición de plusvalías extraordinarias, y la naturaleza de ese tipo de plusvalía. Según Marx, la plusvalía extraordinaria es posible porque el trabajo que aplica una tecnología avanzada con respecto al promedio de la rama, crea más valor por unidad de tiempo que el trabajo que aplica la tecnología promedio. Esta explicación, a su vez, juega un rol central en el análisis marxista del cambio tecnológico y la competencia entre capitales, en la explicación de la plusvalía relativa y en la teoría de la renta diferencial de la tierra (y en general, la renta proveniente del uso de recursos naturales). Sin embargo, la idea de que la plusvalía extraordinaria es generada por el trabajo relativamente más productivo, encuentra mucha resistencia entre los marxistas, y por una razón muy sencilla: pone en cuestión la tesis del intercambio desigual entre países adelantados y atrasados, de Mandel, Shaikh y Carchedi. Hay que tener presente que la tesis de la explotación de los países atrasados está muy establecida en el marxismo “nacional y popular”.

Sin embargo, el asunto no se limita al intercambio desigual, porque en Argentina muchos marxistas comparten el punto de vista del profesor Juan Iñigo Carrera, quien niega que el origen de la renta agraria sea el trabajo aplicado a las tierras de mayor productividad relativa. Según Iñigo Carrera, y en un enfoque afín a la explicación de la renta por precio de monopolio, la misma se origina por fuera del sector agrícola (Iñigo Carrera, 2008 y 2009). Es una tesis opuesta a la explicación de El Capital sobre la renta, que es presentada, sin embargo, como si fuera una reformulación de la explicación de Marx. Para ello, sus defensores afirman que Marx no dice que la plusvalía extraordinaria se genera en el trabajo relativamente más productivo; que si lo hubiera sostenido sería contradictorio con su teoría del valor; y que no explica la renta diferencial a partir del principio de la plusvalía extraordinaria. Como era esperable, esta tesis también cae muy bien en el pensamiento “nacional y popular” izquierdista, siempre proclive a disimular el carácter objetivo de la ley del valor trabajo (para esta gente, el problema social se reduce a los monopolios). Pero también ha sido adoptada por trotskistas, guevaristas, izquierdistas independientes y otros.

En esta nota repaso la noción de la plusvalía extraordinaria de Marx, y demuestro que los críticos de mi interpretación no tienen manera de fundar su posición en una teoría coherente del valor trabajo. En una segunda parte, explico la relación que existe, en la teoría de Marx, entre la noción de plusvalía extraordinaria y la renta.  Por último, demuestro que no es necesario apelar a una tesis de precio de monopolio para cuestionar la propiedad privada de la tierras. Dada su extensión, he dividido la nota en dos partes.

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El paro general del jueves

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Rolando Astarita [Blog]  Marxismo & Economía El paro general del juevesCompañeros de La Orquesta Roja me preguntaron acerca de mi posición ante al paro del jueves próximo, convocado por las CGT Moyano y Barrionuevo, y la CTA Micheli, con el apoyo de los partidos de izquierda.

Mi postura es clara: adhiero al paro porque estoy de acuerdo con el reclamo principal, frenar el ajuste sobre los salarios y las jubilaciones que impulsan el Gobierno K y las cámaras empresarias. El conflicto está bien definido. El Gobierno y los capitalistas, vía devaluación e inflación, intentan realizar una gigantesca transferencia de ingresos desde los salarios a las ganancias. Toda la “ciencia” de la devaluación pasa por retrasar los salarios en relación a la suba de los precios y bajarlos en términos de dólares. Por eso, en estas instancias, se está de un lado o del otro; no hay términos medios.

Frente a esto, los defensores del Gobierno K avanzan tres argumentos con los que llaman a la clase obrera a no parar. Dicen que el paro es político; que hay que ser “responsables”; y que Moyano y Barrionuevo son burocráticos y oportunistas.

La respuesta es sencilla. Primero, todo paro general que cuestiona una política económica y social que apunta a redistribuir el ingreso en perjuicio de los asalariados, es un paro político. No hay por qué negarlo. Aunque distorsionado y semioculto detrás de discursos y propuestas de todo tipo –la lucha de clases nunca es “pura”- lo que emerge hoy es el antagonismo entre explotadores y explotados, la lucha de clases (esa misma que los teóricos de la posmodernidad decían que ya no existía porque había desaparecido la clase obrera).

Segundo, acerca de la responsabilidad: como siempre, los oportunistas se refugian en abstracciones. Es que en una sociedad dividida en clases sociales la responsabilidad no existe en el aire. El Gobierno y los capitalistas asumen “su” responsabilidad velando por las ganancias. Para la clase trabajadora su “responsabilidad” es velar por los salarios. Los explotados, los asalariados, son los que generan la plusvalía de la que se apropian las clases dirigentes. Pedir “responsabilidad” al explotado por garantizar el fruto de su propia explotación al explotador, sólo es cinismo. Por eso también la clase trabajadora debería rechazar el chantaje de la clase capitalista, que amenaza con despidos “si los salarios superan cierto tope”. Es la amenaza de siempre del capital y de los gobiernos del capital. La respuesta a esta amenaza pasa por abrir una nueva perspectiva, programática y política, de la clase obrera.

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Written by rolandoastarita

07/04/2014 at 10:10

Teorías del valor: austriacos vs marxistas (3)

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Es continuación de las partes uno y dos.

Valor y trabajo abstracto

Marx presenta la ley económica que gobierna los intercambios en un pasaje muy conocido, en el que se pregunta qué es lo que tienen en común dos mercancías para que puedan compararse cuantitativamente. Afirma que para comparar cuantitativamente, tiene que encontrarse algo en común en las mercancías (es imposible comparar, por ejemplo, el color amarillo con el logaritmo natural del número 37). Además, el elemento en común que haga comparable a las mercancías debe ser determinable cuantitativamente. Por eso, no puede tratarse de las características físicas, ya que éstas no son reducibles a alguna proporción en común. Tampoco el valor de uso puede ser el elemento común que haga comparable a las mercancías. Si, por ejemplo, la utilidad que el productor A obtiene de Y es distinta de la que B obtiene de X, y si X e Y se intercambian en la proporción de 1:1, la utilidad no puede ser el elemento en común que se iguala en el intercambio.

Ahora bien, “si ponemos a un lado el valor de uso del cuerpo de las mercancías, únicamente les restará una propiedad: ser productos del trabajo” (Marx, 1999, p. 46, t. 1). Sin embargo, no puede tratarse de los trabajos en tanto creadores de valores de uso, dado que los mismos son idiosincŕaticos, y por lo tanto no son comparables. No tiene sentido comparar cuantitativamente el trabajo de un tornero con el de un tapicero en lo que respecta a sus especificidades; a igual que sucede con las características físicas de los bienes, no hay forma de reducirlas a unidad común. Pero sí tiene sentido comparar los trabajos invertidos haciendo abstracción de sus formas concretas, ya que entonces “dejan de distinguirse, reduciéndose en su totalidad a trabajo humano indiferenciado, a trabajo abstractamente humano” (idem, p. 47). Esto es, a gasto humano de energía. Ésta es la base material, fisiológica, de todo trabajo, concebido como actividad destinada a la reproducción de los seres humanos.

A partir de esta deducción, Marx define el valor como el tiempo de trabajo socialmente necesario para la producción, objetivado en la mercancía. Al mismo tiempo, al deducir la propiedad común que hace comparables a X e Y en tanto mercancías, llegamos a la ley económica que rige su intercambio: los tiempos de trabajo. Por eso la medida se identifica con la ley reguladora -tiempos de trabajo social- que a su vez explica la fuente del valor.

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Written by rolandoastarita

05/04/2014 at 17:26

Teorías del valor: austriacos vs marxistas (2)

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El nudo del debate está en los conceptos elementales

Por lo que hemos explicado en la primera parte (aquí), las cuestiones decisivas ya están planteadas en el capítulo 1 de El Capital. Marx afirma que en una sociedad de productores simples de mercancías, el trabajo es la fuente del valor y descarta que pueda serlo la utilidad. Rothbard en su Historia del pensamiento económico. sostiene que la explicación del intercambio y del valor del capítulo 1 de El Capital es lógicamente absurda; los economistas austriacos saben que éste es el punto nodal. Me centro entonces en esta cuestión, que comprende las cuestiones básicas y elementales. Debido a varias confusiones y cuestiones que se han suscitado en el debate, he decidido darle a estas notas toda la extensión necesaria; esto es, por encima de lo que había concebido originariamente como un apunte para una intervención oral.

Conceptos elementales

Valor de uso

Empecemos señalando que el valor de uso, en Marx, es una condición necesaria para que haya valores de cambio y valores. Si una mercancía no tiene valor de uso para alguien, o para algunos, no se la demanda, y por lo tanto no tiene valor (su precio es cero). De manera que no es cierto, como sostienen los economistas austriacos, que según Marx el valor de uso no tiene importancia. El concepto incluso es clave para entender la noción de trabajo productivo de Marx: si un trabajo no afecta al valor de uso, no genera valor, y por lo tanto es improductivo. Por ejemplo, el trabajo implicado en los actos de compra y venta -que afectan sólo al cambio de forma social, de dinero a mercancía o viceversa- es improductivo, aunque necesario para la sociedad productora de mercancías.

En segundo término, el valor de uso se relaciona con la utilidad que obtiene el consumidor del bien, y desde este punto de vista afecta al ámbito de lo subjetivo. Sin embargo, también tiene anclaje en las propiedades físicas de la mercancía. Este aspecto es cuestionado por muchos austriacos porque buscan desconectar la valoración de la utilidad de todo aquello que tenga que ver con propiedades objetivas (esto es, del objeto y objetivamente medibles). Pero la realidad es que las propiedades físicas de los objetos afectan al valor de uso y a la utilidad; cualquier ingeniero, por ejemplo, tendrá muy en cuenta la resistencia de los materiales a la hora de elegir las piezas que componen una máquina o una estructura, o la conductividad de un metal, si se trata de transporte de electricidad, etcétera. Son propiedades físicas, objetivamente medibles, que existen por fuera de la valoración de los sujetos, y son determinantes en la utilidad que los seres humanos obtienen de los bienes.

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Written by rolandoastarita

29/03/2014 at 16:53

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