Sobre los orígenes de la crisis financiera
Una de las explicaciones más extendidas de la crisis que estalló en 2007 dice que se debió a la sobreespeculación en el mercado del crédito inmobiliario. El argumento se basa en un fenómeno real: la crisis estuvo precedida por un boom hipotecario que colapsó y arrastró al resto de la economía a la recesión. Por esto, muchos sostienen que la crisis se debió a la codicia de los banqueros y a la falta de regulaciones estatales. Es la interpretación que encontramos en Krugman, Stiglitz, en el New York Times, y en una gama amplia de autores del progresismo keynesiano, o la izquierda. Pero si bien es indudable que el crédito y la especulación inmobiliaria fueron factores que llevaron a la crisis, es necesario conectarlos con dificultades y contradicciones que anidan en la acumulación capitalista. El objetivo de esta nota, por lo tanto, es pasar revista a las características centrales del boom, precisar las condiciones, arraigadas en la acumulación del capital, que lo posibilitaron, y el significado del crecimiento del capital ficticio vinculado a la especulación inmobiliaria. A los efectos de hacer accesible la lectura a la gente no especializada, a lo largo del texto introduzco breves explicaciones de algunos de los instrumentos financieros más utilizados.
La mecánica del boom crediticio inmobiliario
Para explicar cómo operó el boom crediticio inmobiliario es necesario empezar por lo que significó la llamada titularización. Básicamente, consiste en una innovación financiera que contribuyó a cambiar el rol de intermediarios de los bancos. Tradicionalmente, el banco recibe fondos en forma de depósitos, por los que paga interés; y otorga préstamos, por los que cobra un interés más alto que el pagado por el depósito. Con la titularización, en cambio, el banco se descarga de su cartera de activos, creando una sociedad especial (Special purpose vehicles, SPV son las más comunes). Por ejemplo, un banco origina una cartera de créditos hipotecarios, pero en lugar de quedarse con ella, la vende al SPV. Así, supongamos que el banco arma un pool con 100.000 créditos hipotecarios, que son comprados por el SPV. Este, a su vez, emite títulos para financiar la compra. Tratándose de hipotecas, estos títulos son conocidos como MBS, Mortgage-backed securities; cuando se trata de otro tipo de préstamos (tarjetas de crédito, para la compra de automóviles, etc.) el banco también puede armar paquetes, y el SPV emite títulos que se los conoce como ABS, Asset-backed securities. Tanto los MBS como los ABS rinden mayores intereses que los títulos gubernamentales, o de empresas.
Los MBS, o los ABS, en principio se emitían para ser comprados por inversores en los mercados de capitales. En ese caso el banco ganaba dinero por el armado de la operatoria, y las comisiones correspondientes. Además, al descargarse de los préstamos, los bancos eludían las regulaciones de Basilea, que los obligan a mantener una determinada relación entre el capital propio y los activos; de esta forma ampliaban su radio de actividad. Sin embargo, los bancos también acostumbraban retener cantidades de MBS, o ABS, hasta tanto pudieran ser vendidos. Lo cual les brindó la oportunidad de utilizarlos como colaterales para conseguir fondos en los mercados monetarios (esto es, de corto plazo; más abajo ampliamos sobre esta operatoria). De esta manera, los bancos se apalancaban, y obtenían liquidez, además de ganar con la diferencia entre la tasa que pagaba el MBS, y la tasa que debían pagar por los préstamos a corto plazo. Pero esto los obligaba a pagar y pedir prestado de nuevo, en períodos muy cortos. Por eso, cuando estalló la crisis, y se secaron los mercados monetarios, se encontraron en serios problemas. En los siete años previos al estallido de la crisis el mercado de titularización de EEUU creció desde una emisión de menos de 500.000 millones de dólares, a más de 2 billones en 2006; en 2007 el stock de MBS tenía un valor de unos 5,8 billones de dólares.
Alas a la especulación
Hubo también otros instrumentos que dieron alas a la especulación. Uno de los más importantes fueron los Credit-default swaps, o CDS, que consisten, en esencia, en contratos que otorgan seguros contra default. Para explicarlo, supongamos que A sea una empresa de seguros que vende protección contra default a B, que es emisor de títulos hipotecarios. Se establece entonces un contrato CDS entre A y B, por el cual A recibe una parte del flujo de interés que rinde el título (esa parte del rendimiento se supone que representa el riesgo), a cambio del compromiso de responder por el valor del título, y los intereses adeudados, en caso de que el deudor hipotecario incurra en default. Muchas empresas se embarcaron en este negocio de vender protección. A mediados de 2008 AIG, la compañía de seguros más grande del mundo, poseía CDS vinculados al mercado hipotecario por $450.000 millones de dólares. Cuando los deudores hipotecarios dejaron de pagar, AIG no tuvo forma de cubrir estos quebrantos; lo mismo sucedió con otras financieras y empresas de seguros. Pero en los tiempos del boom del crédito los CDS permitieron dar la impresión de que los MBS asegurados estaban libres de riesgo. Lo cual habilitaba a entrar a grandes inversores institucionales (fondos de pensión, fondos de universidades, etc.) que por ley tienen prohibido invertir en carteras riesgosas.
Por su parte, las calificadoras de riesgo también hicieron lo suyo para impulsar el boom de crédito. Las calificadoras cobran por informar a los inversionistas cuánto riesgo están asumiendo al adquirir un título. Y a más títulos que califican, más ganan. Por lo cual, estas empresas de “expertos” tenían mucho interés en poner buenas notas a los títulos. Aquí se daba una confluencia de intereses: los que vendían los títulos tenían interés en que las calificadoras sentenciaran que no había riesgo. Las calificadoras, a su vez, estaban muy dispuestas a hacer la vista gorda, porque más ganaban cuanto más volumen de papeles calificaban. Y los inversores institucionales también estaban interesados en que las calificaciones fueran buenas, porque deseaban entrar en el negocio que parecía ser una rueda de la fortuna sin fin. Los volúmenes fueron gigantescos. Por ejemplo, entre 2002 y 2006, Moody’s obtuvo más de 3000 millones de dólares por calificar títulos basados en préstamos hipotecarios.
A lo anterior se sumó la creación de nuevos títulos, las Collateralized debt obligations, CDO, esto es, obligaciones de deuda colateralizadas. Éstas se emitían teniendo como respaldo los títulos hipotecarios MBS, u otros tipos de títulos. En otras palabras, eran paquetes que se hacían con paquetes de títulos. ¿Cuál era el sentido? Se decía que con esto se diversificaba más el riesgo. Es que la característica de los CDO es que segmentan el crédito, según diferentes grados de riesgo. Así, se establece que aquellos inversores que compran el tramo llamado equity, soportan las primeras pérdidas, en caso de que los deudores dejen de cumplir, hasta que alcanzan el 3% del total de la cartera de títulos subyacentes. El siguiente tramo, conocido como mezzanine (entresuelo), absorbe hasta el 10% de las pérdidas; y los tramos senior, que se consideraban de muy poco riesgo, las siguientes pérdidas. Los que asumen más riesgo, reciben más interés.
Pues bien, atraídos por el olor a ganancias fáciles, muchos bancos de inversión, bancos comerciales, y otras entidades financieras, se metieron en el negocio. De nuevo, se creaba una entidad especial, que emitía los CDO, y con lo recibido compraba los MBS (o los ABS). Los emisores de CDO ganaban por las comisiones y el manejo de los títulos. De ahí su interés en colocar enormes volúmenes. Aunque nadie sabía a ciencia cierta cuánto riesgo encerraban estos instrumentos. Y todavía se hacían CDO al cuadrado, esto es, se emitían nuevos CDO, respaldados por CDO. Eran paquetes de paquetes de paquetes de títulos. Y a estas emisiones los “expertos” las seguían calificando con las mejores notas. Además, muchos bancos adquirían los tramos mezzanine, o senior. De ser casi despreciable a principios de los 2000, la emisión de CDO alcanzaba en 2006 los 386.000 millones de dólares.
Crecimiento inmobiliario, capital ficticio y burbuja
Apoyado en la titularización, los CDS, y los complicados instrumentos en circulación, entre 2000 y 2006 el crédito inmobiliario creció a una tasa del 11% anual. Los precios también se dispararon: el índice S&P/Shiller del precio de las viviendas, ajustado por inflación, aumentó a una tasa anual del 7,1% entre el último trimestre de 1996 y el cuarto de 2005, cuando alcanza el pico. Pero este aumento no se explica por un alza en el valor de la construcción (en términos marxistas, de los tiempos de trabajo social empleados en la construcción de viviendas), sino por el alza del precio de la tierra.
Para entender esta cuestión es esencial tener presente lo que hemos discutido en una nota anterior sobre el capital ficticio (ver aquí). Es que, como explica Harvey (1990), el propietario de un inmueble puede percibir una renta anual que se considera el interés que rinde un capital ficticio. Para el propietario, esta renta no difiere, en principio, de la renta que dan los activos financieros (por ejemplo, los bonos). El precio de la tierra se calcula entonces a partir de la capitalización de esa renta con una tasa de interés. Por ejemplo, y de manera similar a lo que ocurre con un bono a perpetuidad, si la renta es de $500, y la tasa de interés media es del 4%, se puede considerar que el precio de la tierra es $ 12.500; si la tasa de interés baja al 2%, el precio habrá aumentado a $25.000 (debido a que la tierra se considera una inversión más segura que la financiera, las tasas de capitalización generalmente tienen alguna diferencia con las financieras). Esto explica por qué la tierra se convierte en una forma de capital ficticio. En palabras de Harvey, la tierra “llega a ser una forma de capital ficticio y el mercado de tierras funciona simplemente como una rama particular -aunque con características especiales- de la circulación del capital a interés. Bajo esas condiciones se trata a la tierra como un puro bien financiero que se compra y se vende según la renta que produce. Como todas las demás formas de capital ficticio, lo que se compra y se vende es un derecho a un ingreso futuro…” (Harvey, 1990, p. 350). A medida que se desarrolla el sistema de crédito, la tierra y las propiedades inmuebles se tratan más y más como bienes financieros. Y cuanto más capital excedente haya, “más probable será que la tierra sea absorbida al interior de la estructura de circulación del capital en general” (ídem, p. 351). Harvey recuerda también la observación de Marx: cuando la construcción de viviendas en ciudades que crece rápidamente, las principales ganancias salen de la suba de las rentas, y por lo tanto “la renta de la tierra, y no la casa, es el objetivo real de los especuladores de la construcción” (ídem, p. 370).
Lo anterior se aplica a lo sucedido en EEUU (y en otros países en que hubo boom crediticio hipotecario). La burbuja no fue del precio de la construcción, sino del precio de la tierra. Pero la tierra no es capital, y la suba de su precio no genera, por lo tanto, nuevo valor. Esto significa que tampoco agrega poder de compra nuevo. Sin embargo, el aumento del precio de la tierra -como en general de los activos financieros- favorece la expansión del crédito. Es que a medida que suben los precios de las viviendas, aumenta la tentación de tomar créditos para comprar, ya que para el deudor, aumenta la relación capital propio/deuda; y en todo caso, siempre se puede vender una propiedad con precio en alza, en caso de tener dificultades para cubrir la hipoteca.
En definitiva, a comienzos de los 2000 se daban todos los ingredientes para que se desatara el boom crediticio inmobiliario. La Reserva Federal había bajado la tasa de interés para estimular la economía frente a la recesión de 2001, y a la débil recuperación posterior. Pero también, y más importante, existían enormes sumas de líquido, que presionaban a la baja la tasa de interés, y proveían el insumo necesario para el boom crediticio. Los mecanismos de titularización, con la proliferación de complejos instrumentos que pretendían diversificar y disminuir el riesgo, potenciaron el asunto. El aumento de los precios reforzaba entonces el crédito y la especulación, y ésta el aumento de los precios, lo que daba más impulso al crédito. A todo esto se agregó la ampliación del mercado al sector subprime, conformado por los deudores que tienen poca calificación para los créditos. Las agencias hipotecarias semi estatales Freddie Mac y Fannie Mae invirtieron fuertemente en títulos subprime; en los años 2003 y 2004 tenían el 40% de los nuevos títulos subprime emitidos y retenidos en las carteras inversoras. La participación de las hipotecas subprime en el total de las hipotecas nuevas originadas pasó del 6% en 2002, al 20% en 2006. En este último año, el valor de los préstamos subprime en EEUU se estimaba en 1,5 billones de dólares; representaba el 15% del mercado hipotecario residencial, que tenía un valor de 15 billones. A principios de 2007 el 26% del mercado inmobiliario era “non prime”, esto es, tenía calificaciones menores a las normalmente exigidas. En ese año prácticamente todas las hipotecas subprime estaban titularizadas.
Pero no se trató solo de una inflación de precios y “papeles”, sino también de sobreproducción de viviendas. Entre 2001 y 2006 la inversión residencial se incrementó en un 77%; y la construcción de casas pasó de representar el 4,6% del PBI al 6,2%. Una cuarta parte de los empleos creados desde 2002 a fines de 2005 fue en la construcción, en el sector inmobiliario y el financiamiento hipotecario.
Crack
Las inyecciones de crédito no podían sostener indefinidamente la burbuja. Es un error pensar que el crédito puede prolongar la acumulación indefinidamente, o incluso durante décadas. Si un trabajador saca un crédito inmobiliario, deberá pagar las cuotas pactadas, o afrontará multas y el riesgo de perder su vivienda. Para cumplir, tendrá que generar valor (corporizado en su salario). Si por alguna razón esto no sucede, entrará en default. Si el acreedor ejecuta la hipoteca, la realización del valor de la vivienda dependerá de las condiciones del mercado. En el caso de que muchos deudores hipotecarios entren en cesación de pagos, el colapso de precios y valores será inevitable. Entonces no hay inyección de crédito que salve al sistema capitalista de los quebrantos; nuevos flujos de crédito pueden posponer el estallido, pero no lo impiden, ya que el crédito, por sí mismo, no tiene la capacidad de generar nuevo poder de compra. Y si los capitalistas dinerarios advierten que hay dificultades generalizadas en las ventas, restringen el crédito o aumentan las tasas de interés (el neoclásico dirá que “se eleva la aversión al riesgo”, como si esto fuera un fenómeno puramente psicológico). Para que el circuito “cierre”, esto es, para que el dinero refluya al capitalista dinerario, siempre será necesario que en algún lugar se esté creando y realizando el valor. De manera que el incremento del capital ficticio, encarnado en la suba de los precios de la tierra, sin la contrapartida de la generación de valor, debía terminar en el derrumbe. Y de alguna manera había conciencia de esto. Como apuntó alguna vez Marx, los capitalistas están convencidos de que cinco minutos antes de que se desate el incendio podrán salir del mercado. Greenspan (2010) señala al respecto que las compañías financieras pensaban que podrían anticiparse al inicio de la crisis y vender sus carteras sin pérdidas. Pero no hay manera de que enormes sumas de valores ficticios pasen de golpe a la forma dinero; es una imposibilidad objetiva.
A partir de junio de 2004, con la economía recuperándose de la recesión de 2001, la Reserva Federal aumenta la tasa de interés. Esto sucede en un escenario de salarios contenidos, y plusvalía en alza (ganancias de empresas, rentas e ingresos de las clases medias acomodadas). Los precios de las viviendas habían aumentado muy por encima de los ingresos salariales. La razón precios de las viviendas /ingresos medios de las familias en 2004 era un 19% más alta que el promedio 1975-2000. Según Fortune (online 5/5/06) en las zonas en que la burbuja había sido más fuerte, la relación entre los precios de las viviendas y los ingresos de los hogares era un 40% más alta que los promedios históricos. En consecuencia, se elevó el nivel de endeudamiento. En 2004 la deuda hipotecaria había aumentado aún más que los valores de las viviendas, dejando el activo de los propietarios de viviendas en solo el 55% del valor de las viviendas, muy por debajo del 72% de 1986 (datos de la Reserva Federal). En el nuevo escenario de intereses en alza, e ingresos de los asalariados estancados, no es de extrañar que la iniciación de créditos subprime comenzara a frenarse. El peso de las hipotecas se había hecho demasiado alto en comparación incluso con los alquileres y el costo relativo de la construcción. Muchos inversores seguramente comenzaron a sentir mal olor al asunto. Desde 2004 había advertencias sobre que los precios estaban inflados. En este contexto, la venta de viviendas alcanzó el pico en julio de 2005 y luego se debilitó. Los precios comenzaron a caer un poco más tarde, desde inicios de 2006. Los que estaban endeudados se encontraron en dificultades crecientes, no solo por el alza de los intereses (muchas hipotecas eran a tasa variable), sino también por el descenso de los precios. Si una vivienda está valuada en 300.000 dólares, y la hipoteca es de 270.000 dólares, una caída del precio de la casa del 10% deja al propietario sin activo. Si los precios siguen cayendo, el peso de la hipoteca es mayor que el valor de la vivienda, y aumenta la tentación del default.
A mediados de 2007 estalló la crisis financiera. Pero no podía afectar solamente al sector inmobiliario, ya que el crédito interconecta a todas las ramas de la economía, y al caer, arrastra al conjunto: “En un sistema en el cual toda la conexión del sistema de reproducción se basa en el crédito, si el crédito cesa súbitamente y solo vale ya el pago en efectivo, debe producirse evidentemente una crisis, una violenta corrida en procura de medios de pago. Por ello, a primera vista toda la crisis sólo se presenta como una crisis de crédito y de dinero. Y de hecho, sólo se trata de la conversión de las letras en dinero. Pero estas letras representan, en su mayor parte, compras y ventas reales, cuya amplitud, que supera en mucho las necesidades sociales, concluye por constituir el fundamento de toda la crisis” (Marx, 1999, p. 630, t. 3). En EEUU no se trataba de letras de cambio, sino de montañas de MBS cuyos valores se derrumbaban al compás de las moras en los pagos y las ejecuciones hipotecarias. Ahora solo contaba el dinero en efectivo, el dinero en su función de medio de pago. Por eso mismo la corrida a la liquidez. “Como el ciervo clama por el agua clara, el alma del burgués clama por dinero, la única riqueza. En la crisis, la antítesis entre la mercancía y su figura de valor, o sea el dinero, se exacerba convirtiéndose en contradicción absoluta” (Marx, 1999, p. 169, t. 1). Es “la hambruna de dinero”. Los bancos, y sus “vehículos especiales” se encontraban llenos de activos “tóxicos”; los flujos en el mercado monetario se secaron; los spreads de los CDS, y las tasas de interés (al margen de la tasa de referencia fijada por la FED), se fueron a las nubes; millones de títulos “asegurados” entraron en default, y muchas aseguradoras, imposibilitadas de cumplir los compromisos, fueron a la quiebra; grandes bancos, que se consideraban imbatibles, se derrumbaron en semanas. La inversión y el consumo se contrajeron, y aumentó la desocupación, llevando a nuevas y mayores caídas. En lo que respecta al sector inmobiliario, en diciembre de 2008 la venta de viviendas era un 38% menor que a mediados de 2005; y los precios, 30% más bajos que en el pico. Era la “revolución de los valores”, la desvalorización masiva del capital, el producto genuino de la crisis capitalista.
El “exceso mundial de ahorro”…
A partir de la explicación que hemos presentado, la cuestión a responder es de dónde salieron los fondos que alimentaron el boom. ¿Por qué y cómo es posible que inmensas masas de dinero se hayan volcado al mercado crediticio? La respuesta básica es que a comienzos de los años 2000 hubo enormes fondos líquidos, provenientes de empresas y fondos estatales, que no se dirigieron a la producción, sino a la especulación. El responsable de la Reserva Federal, Ben Bernanke, acuñó, a comienzos de 2005, la expresión “global saving glut” para describir el fenómeno. Bernanke lo vinculaba al hecho de que luego de grandes crisis financieras -México 1994, Asia 1997-8, Rusia 1998, Brasil 1999, Argentina 2001- estos países, y también China, habían acumulado grandes reservas. En los asiáticos, el fomento de la exportación y el aumento del ahorro interno también se combinaban con la caída de la inversión (aunque no en China). Por lo tanto, grandes fondos provenientes de estos países se volcaban a EEUU, financiando el déficit de cuenta corriente. Además, luego de la caída del mercado bursátil en 2000, la inversión de nuevo capital había menguado también en EEUU y Europa, y con ella la demanda de inversión.
A mediados de ese año, The Economist, en un artículo que llevaba por título “The corporate savings glut”, ponía el acento en las decisiones de las empresas: “En los últimos tres años, en tanto los beneficios se han incrementado a lo largo del globo, el gasto de capital ha permanecido relativamente débil. Como resultado, las empresas en agregado se han convertido en ahorristas netas en una escala gigantesca. Su ahorro puede explicar por qué los rendimientos de los bonos ahora son tan bajos” (7/07/05). Los beneficios se mantenían líquidos. “El incremento total del ahorro neto de las empresas en los últimos cuatro años ha sido de más de 1 billón de dólares, el 3% del PBI global, y cinco veces el aumento del ahorro neto de las economías emergentes en el mismo período”. A pesar del comportamiento dispar de las economías de EEUU y Gran Bretaña, con respecto a las de la zona del euro y Japón -las dos primeras crecían, las otras dos se estancaban- en estos países las grandes empresas utilizaban sus excedentes financieros para pagar deudas, recomprar acciones o acumular liquidez. La nota constataba que, a diferencia del comportamiento tradicional, en que las empresas son tomadoras netas de crédito, ahora tenían fuertes excedentes financieros. Las compañías japonesas estaban en esa situación desde 1994, y ahora se unían las de EEUU y Europa. Otros analistas y medios especializados también se hicieron eco del fenómeno, al que se llamó el “rompecabezas (puzzle) de la inversión”. ¿Por qué si los beneficios en EEUU se habían recuperado desde 2002, y la economía estaba creciendo, la inversión se mantenía débil?
En 2010 Alan Greenspan, ex responsable de la Reserva Federal, volvió a referirse, en un documento que tuvo mucha difusión, al exceso de ahorro. En ese paper Greenspan trata de responder a los que afirman que la burbuja se debió exclusivamente a la política monetaria de la Reserva Federal, de baja tasa de interés. Plantea que desde la caída del Muro de Berlín se incorporaron unos 500 millones de trabajadores a las industrias exportadoras a nivel mundial; y que otros cientos de millones, empleados en industrias domésticas, se sometieron a las fuerzas competitivas del mercado, principalmente en la ex URSS. Poseían calificaciones y los costos laborales para las empresas eran bajos. Como consecuencia, entre 2000 y 2007 el crecimiento real del PBI del mundo en desarrollo fue más del doble que el del mundo desarrollado. Sin embargo, el consumo no aumentó en los países en desarrollo al mismo ritmo en que lo hicieron sus economías. Esto habría provocado que la tasa de ahorro de los países atrasados creciera desde el 24% del PBI nominal en 1999, al 34% en 2007, superando por mucho a la inversión. A la vez, había una declinación de la inversión en el mundo desarrollado. En consecuencia, sigue el argumento, cayeron las tasas de interés nominales y reales de largo plazo. Es la prueba, siempre según Greenspan, de que la caída de las tasas de largo plazo ocurrió a nivel mundial, y con independencia de la política de la Reserva Federal. De ahí también que el boom del crédito inmobiliario se hubiera producido en países desarrollados con tasas de referencia de los bancos centrales relativamente altas.
… o la “plétora de capital”
Ese “exceso global de ahorro” se puede asimilar a lo que Marx llamaba una “plétora de capital”, que ocurre cuando se verifica una constante acumulación de capital dinero que busca colocarse en alguna clase de inversión que reporte interés, sin ir acompañada de una expansión paralela de la actividad productiva. No se trata, por lo tanto, de ahorro de los hogares -como suele suceder en los manuales de macro ad usum, o como parece desprenderse de la historia de Greenspan- sino de plusvalías que la clase capitalista no reinvierte para expandir la producción.
En este sentido, Marx anotaba que hasta 1816 el dinero sobrante había ido, en Inglaterra, a la deuda pública, y que en las décadas posteriores había alimentado frecuentes fiebres especulativas en acciones y bienes inmuebles. Esta situación explica por qué, durante períodos más o menos largos, pueden aumentar los precios de acciones, bonos, de la tierra, sin que exista una correspondiente ampliación del proceso de reproducción (Marx, 1999, t. 3, p. 624). Marx consideraba que una plétora del capital tendía a producirse inmediatamente después de superada una crisis, cuando el capital de préstamo se halla inactivo en grandes cantidades, los precios de las mercancías están en su punto más bajo, y la actividad industrial no se ha recuperado. También podía darse en los primeros períodos de la recuperación económica, o como resultado de la mejora súbita de los mecanismos de crédito. Naturalmente, mientras la escala de la producción sea la misma, esta expansión solo provoca abundancia de capital dinerario prestable en relación al capital productivo. De ahí, el bajo tipo de interés (ídem, p. 628). Pero no se trata de un fenómeno exclusivamente “financiero”, como suele pensar alguna gente, que parece creer que las finanzas se desarrollan en las nubes. La plétora del capital se genera con plusvalía y es la manifestación de dificultades en la inversión productiva: “… si esta nueva acumulación tropieza con dificultades en su aplicación, si choca con la falta de esferas de inversión, es decir, si se opera una saturación de los ramos de producción y una sobreoferta de capital en préstamo, esta plétora de capital dinerario prestable no demuestra otra cosa que las limitaciones de la producción capitalista” (ídem, p. 654).
A comienzos de los 2000, y en especial con la recuperación posterior a la recesión en EEUU de 2001, la inversión se mantuvo baja, y esto explica por qué hubo “exceso de ahorro”. En otros términos, la causa del problema no fue la decisión de ahorro de los hogares en general (menos aún, de los asalariados), sino la decisión de las empresas de mantener líquida la plusvalía y otros fondos que deberían ir a la inversión. En otras notas hemos adelantado la hipótesis de que las dificultades que encontraba la acumulación, en los primeros años de la década del 2000, se relacionaban con la sobreacumulación de capital, en particular bajo la forma de sobrecapacidades (ver aquí y aquí). Un fenómeno que se vinculaba, a su vez, con la fuerte acumulación de los años 1990, y el debilitamiento de la tasa de rentabilidad del capital, desde 1997 a 2000 (que explicaría la recesión de 2001). Ya en 2000 la inversión en equipos y tecnología, que había impulsado a la economía en los 90, se estancó bruscamente; y no se recuperó con posterioridad a la crisis (ver aquí). Pero el fenómeno fue global. Así, luego de la crisis asiática de 1997-8 (en cuya base también hay una crisis de sobreproducción, esta vez en el mercado mundial de semiconductores), la inversión en esos países también disminuyó. Y asimismo en Europa muchas empresas se enfrentaban al fenómeno de la sobrecapacidad mundial. Por eso el exceso de ahorro se visualiza como un fenómeno global. Los fondos que alimentaron la burbuja habrían sido el producto de cuestiones que arraigaban en la acumulación del capital.
Los pools institucionales
Fueron entonces esas gigantescas masas de cash las que proveyeron el combustible para que se desarrollara el boom crediticio. Los títulos (ABS, MBS) fueron comprados por los llamados pools institucionales de cash (seguimos a Poszar, 2011). Se trata de fondos manejados de manera centralizada, que reúnen balances líquidos de corto plazo de corporaciones globales no financieras, e inversores institucionales tales como administradores de activos, prestamistas de títulos y fondos de pensión. Estos pools institucionales de cash habían estado cobrando importancia desde los años 90. Según Poszar, contribuyó a ello la globalización y el ascenso de las grandes corporaciones globales. Es que a medida que se extienden los mercados, y aumenta la concentración del capital, se incrementan los fondos líquidos de las empresas. Se trata de capital dinero potencial, conformado por los fondos de amortización, por plusvalías que esperan a ser reinvertidas, o por el giro del capital circulante, que las empresas buscan rentabilizar, colocándolo en los circuitos financieros (Marx hace hincapié en este fenómeno). Los pools, administrados de manera centralizada, hoy manejan el cash de estas grandes corporaciones. También reúnen dinero proveniente de todo tipo de fondos: fondos mutuos de inversión, las llamadas “cuentas separadas” (separate accounts, similares a los fondos mutuos) y fondos de cobertura, que son altamente especulativos. Las fracciones más acomodadas de las clases medias, y la alta burguesía, delegan la administración de sus dinerillos en estas financieras. Asimismo, los pools administran fondos de corredores y diversos inversores que operan en los mercados de derivados, o en el negocio de alquilar títulos (por ejemplo, a especuladores de los mercados). Se caracterizan por ser muy grandes: administran sumas de por lo menos 1000 millones de dólares, y en algunos casos superan los 100.000 millones. En un cálculo conservador, centrado principalmente en los fondos corporativos, Poszar sostiene que el volumen de los pools institucionales aumentó desde 100.000 millones de dólares en 1990 a más de 2,2 billones en su pico en 2007; en el cuarto trimestre de 2010 se ubicaba en 1,9 billones. Sin embargo, incorporando todo tipo de pools, habrían manejado un volumen de 3,8 billones de dólares en 2007, y 3,4 billones a finales de 2010.
Estos inmensos fondos debían encontrar colocaciones confiables, y los depósitos bancarios, en EEUU, sólo están asegurados hasta los 100.000 dólares. Por otra parte, señala Poszar, el stock disponible de Títulos del Tesoro no era suficiente para absorber semejante masa de liquidez. Todo conducía entonces al mercado inmobiliario, que en principio se concebía asegurado por las hipotecas. Los pools alimentaron este mercado por dos vías. En primer lugar, proveyeron fondos de corto plazo a los bancos, a través de los préstamos “repo” (por repurchase, o recompra). El mercado repo adquirió grandes dimensiones en vísperas de la crisis. El FMI considera que en EEUU, entre 2002 y 2007, representó entre el 20% y 30% del PBI. En Europa fue todavía mayor. Los bancos utilizaban los MBS como colaterales, y los pools consideraban que estos títulos eran confiables; máxime porque en su mayoría estaban asegurados por contratos CDS. Precisemos que en la operación repo el inversor, o prestamista, pone el dinero en el banco por un corto plazo, y el banco paga un interés. A fin de asegurar el depósito, el banco provee títulos como colaterales al prestamista. Se trata, de hecho, de un depósito colateralizado. Por lo general, se pide un “corte de pelo” (haircut, se lo conoce) para más seguridades. Por ejemplo, si el depósito es de $1000 y el valor del título es $1000, no hay “corte de pelo”; si el depósito es de $950 y el título de $1000, tenemos haircut.
En segundo término, los pools institucionales invirtieron en fondos monetarias, que a su vez prestaban a los bancos a corto plazo, tomando como colaterales papeles de corto plazo (conocidos como papeles comerciales). Dada la magnitud que adquirieron estas operaciones de corto plazo, puede entenderse entonces por qué, con el estallido de la crisis, muchos bancos (o sus instituciones “especiales”) se encontraron con gravísimos problemas de fondeo, ya que no podían renovar los préstamos. Además, los acreedores exigían la reposición de las garantías (dado que caían los precios de los títulos que funcionaban como colaterales), o los liquidaban para recuperar su dinero. Lo cual acentuaba la caída. Así como el apalancamiento (o sea, la búsqueda de ganancia con dinero prestado) potencia el boom y el alza, cuando la torta se da vuelta, el movimiento pasa a ser en espiral, y hacia abajo.
Algunas conclusiones
Existe cierta lógica, que deriva de las mismas relaciones sociales, en los acontecimientos que llevaron a la crisis. Por supuesto, hubo estafas y especulación de todo tipo, pero no es lo que explica el derrumbe. Las crisis tienen un origen sistémico. En un modo de producción regido por la ganancia -por el afán de valorizar el capital- y por el mercado, no hay forma de evitar la sobreacumulación y la sobreproducción. Las finanzas se desarrollan dentro de esta lógica. El crédito, que es palanca de la acumulación del capital, potencia la sobreproducción y la especulación, agravando las contradicciones; pero no existe valorización financiera al margen de la producción y realización del valor (y la plusvalía). El análisis debe articular todos estos aspectos, para llegar a una explicación concreta.
Textos citados:
Bernanke, B. (2005): “The Global Saving Glut and the U.S. Current Account Deficit”, The Federal Reserve Board, March 10, 2005.
Harvey, D. (1990): Los límites del capitalismo y la teoría marxista, México, FCE.
Greenspan, A. (2010): “The Crisis”, Brookings Institute Paper, March 9.
Marx, K. (1999): El Capital, Madrid, Siglo XXI.
Poszar, Z. (2011): “Institutional Cash Pools and the Triffin Dilemma of the US Banking System”, IMF, Working Paper, August.
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¿Qué es capital ficticio?
En varios escritos que circulan dentro de la izquierda, se define al capital ficticio como todo tipo de acreencia o título financiero; esto es, se lo identifica con los títulos (bonos, acciones) que proporcionan rentabilidad a quienes los poseen. Se sostiene que, a diferencia del capital real, el ficticio no constituye riqueza social, ya que los títulos no poseen valor intrínseco.
El objetivo de esta nota es precisar, en primer lugar, cual es la noción de capital ficticio en Marx, y en segundo término, presentar algunas conclusiones relacionadas con la idea de que sería posible salir de las crisis capitalistas, o solucionar los problemas fundamentales vinculados a la acumulación del capital, mediante inyecciones de capital ficticio.
La noción en Marx
La expresión capital ficticio fue introducida por Marx para designar aquellos activos financieros cuyo valor no se corresponde con algún capital real; el caso paradigmático son los títulos públicos. Es que cuando un gobierno emite títulos para cubrir sus gastos corrientes, el dinero que recoge no entra en algún circuito de valorización, y por lo tanto no es capital. Por eso Marx destaca que el precio del título no representa capital, o valor en proceso de valorización. Un pagaré o un bono del Estado solo dan a su propietario el derecho a participar de una parte de la plusvalía, bajo la forma de los impuestos que recaude el gobierno. Por otra parte, los valores de los títulos públicos pueden modificarse, según las oscilaciones de la tasa de interés, o según varíe la confianza en que el Estado podrá hacer frente a sus obligaciones. Estos cambios en los valores pueden, por lo tanto, no tener una relación directa con la acumulación del capital. Por ejemplo, la suba de los títulos del Tesoro de EEUU, desde mediados de la década de 1980, estuvo vinculada a la caída progresiva de la tasa de interés, a lo largo de casi tres décadas. La demanda internacional de los títulos -EEUU es considerado un refugio seguro para los capitales líquidos- explica en buena medida la caída de la tasa. Pero ese aumento del stock de títulos no tuvo como contrapartida un incremento del capital real. Incluso en períodos de crisis o incertidumbre, los precios de los bonos del Tesoro de EEUU continuaron en aumento, a contramano de lo que sucedía con muchos otros activos financieros, que caían al compás de la desvalorización del capital real.
La segunda variante del capital ficticio analizada por Marx es el capital accionario. Recordemos que una acción da derecho a participar en los beneficios de la compañía. En palabras de Marx, “la acción no es otra cosa que un título de propiedad, pro rata, sobre el plusvalor que se ha de realizar por intermedio (del) capital” (Marx, 1999, p. 601). Las empresas emiten las acciones para financiarse (la oferta inicial), y luego pasan a negociarse diariamente en el mercado. Por lo tanto, solo lo recaudado en la emisión inicial pasa a integrar el capital real de la empresa. Sin embargo, los precios de las acciones pueden despegarse (y es lo que sucede en la realidad) del valor del capital realmente invertido. Las ganancias realizadas, y las expectativas de mayores ganancias futuras, por lo general, generan olas de optimismo, que pueden llevar a que el precio bursátil de la empresa (esto es, el precio que debería pagar un inversor si quisiera adquirirla comprando las acciones) sea superior a su valor real (también llamado valor libros o contable), determinado por los costos de reposición de equipos, planta y capital circulante en existencia. Marx parece referirse a esta diferencia como capital ficticio. Esto es, si el valor de la acción se corresponde con el valor libro, no cabe hablar de capital ficticio. “Las acciones de compañías ferroviarias, mineras, de navegación, etc., representan capital real, a saber, capital invertido y operante en estas empresas, o la suma adelantada por los participantes para ser gastada como capital en tales empresas” (ídem). Marx aquí está diferenciando entre capital ficticio y real. Y subraya que en el caso del capital en acciones, el capital no existe dos veces, una como capital real, y otra como capital accionario. Pero esto no debe interpretarse como que el título no expresa capital real. Aunque si el valor de la acción supera al valor del capital real, podemos hablar de capital ficticio. Para expresarlo con un ejemplo, si el valor bursátil de la empresa es $1000, pero su valor contable, o de reposición real, es $400, el capital ficticio sería $600. Desde el punto de vista práctico, en los mercados se considera que existe sobrevalorización bursátil cuando la relación entre el valor bursátil y la ganancia anual de la empresa (lo que se llama price/earning) supera sus promedios históricos (que en Wall Street, por ejemplo, se ubican entre 8 y 10). El p/e indica el número de años que son necesarios para pagar, con la ganancia anual de la empresa, su valor bursátil. En vísperas del derrumbe bursátil de las acciones tecnológicas, de 2000-01, algunos p/e eran absolutamente “disparatados”, superando los 100 años. Se trataba entonces de un caso típico de crecimiento de capital ficticio.
Capital ficticio de los bancos y la propiedad inmobiliaria
Por extensión, Marx también consideró como una forma de capital ficticio a la mayor parte del dinero que figura como depósitos en los bancos, ya que los créditos concedidos por el banco no existen como depósitos. Si bien este aspecto del asunto no es tomado en consideración cuando se evalúa el capital ficticio, tiene interés darle cierta atención. Aquí lo importante sería no incurrir en “doble contabilidad”. Lo explicamos con un ejemplo. Supongamos que $100 que conforman un depósito son prestados por el banco a una empresa A, que los invierte en ampliar su capital fijo. Para el ahorrista, propietario del depósito, los $100 constituyen un “capital dinerario potencial”; pero en la realidad estos $100 solo existen como capital en proceso de valorización, y no deberían contabilizarse dos veces. Y si el banco invirtió el depósito en comprar títulos públicos, la acreencia solo es capital ficticio. Por otra parte, y esto tal vez sea más interesante, se dan los casos en que el activo del banco es “doblemente ficticio”, si se quiere. Sucede cuando al banco se le permite seguir cotizando el título a su valor nominal, aunque su valor de mercado esté muy por debajo. Pero si los precios de los títulos no se recuperan, el banco no puede evitar la pérdida.
Naturalmente, otra forma de capital ficticio es la que está relacionada con la propiedad inmobiliaria. Es que el precio de la tierra está vinculado a la tasa de interés (al bajar la tasa, sube el precio), y la propiedad inmobiliaria muchas veces está sometida a la misma lógica de cualquier otro activo financiero. De ahí las burbujas especulativas, y su posterior desplome. Como resultas de esto, a veces se puede asistir a una suba durante años de los precios de las propiedades inmobiliarias, esto es, del stock de “capital” (aunque en términos marxistas la tierra no es capital) invertido en las mismas.
Los títulos de deuda
A diferencia de los casos discutidos en el anterior punto, las acreencias que están en propiedad de los prestamistas no necesariamente representan capital ficticio. Supongamos un capitalista dinerario que presta $1000 a un empresario, el cual adquiere medios de producción y fuerza de trabajo para generar plusvalía. El título de deuda que posee ahora el capitalista dinerario representa capital real, esto es, valor en proceso de valorización; no es capital ficticio. Por supuesto, si estalla una crisis y el empresario no puede vender las mercancías, el capital se desvaloriza. Pero esto no cambia la naturaleza del asunto, ya que en última instancia, todo capital es pasible de desvalorizarse, y no por ello todo capital es ficticio. Por esta razón, Marx señala que el certificado de deuda “no representa capital meramente ilusorio, como en el caso de las deudas públicas”. Lo cual, hay que insistir en ello, tampoco significa que el capital exista dos veces, una bajo la forma del capital en funcionamiento (los $1000 invertidos), y la otra como valor del título. Pero lo importante es que en el caso del préstamo al capital productivo, a diferencia de lo que sucede con los títulos públicos, hay capital que se está valorizando, esto es, explotando al trabajo y obteniendo plusvalía. Por eso, es un error identificar sin más todo crecimiento del crédito (que implica crecimiento de todo tipo de papeles) con aumento del capital ficticio. Tampoco tiene sentido asimilar el crecimiento del crédito con estancamiento del capitalismo. El crédito es una palanca de la acumulación del capital, que a su vez es la forma social que adquiere el desarrollo de las fuerzas productivas. Esto no se modifica por el hecho de que el crédito también sea una palanca de la especulación y de la sobreacumulación (esta cuestión la trataré con más detalle en otra nota).
Los nocionales de los derivados
Actualmente existen instrumentos financieros que Marx no conoció, y que a veces se consideran también capital ficticio. Los más significativos son los nocionales, que subyacen a los derivados que se negocian en los mercados financieros. Para explicar qué es un nocional a los lectores no familiarizados, lo explicamos con un ejemplo sencillo, el de un swap de intereses de tasa flotante contra fija. El swap de intereses es un contrato realizado entre dos partes, por el cual una de ellas se compromete a pagar periódicamente una tasa de interés fija, y la otra una tasa variable, durante un lapso de tiempo establecido. Por ejemplo, A paga 4% y B paga Libor + 0,25%. Pues bien, el contrato se establece sobre un valor nocional de, supongamos, 1 millón de dólares, y las partes solo intercambian flujos en caso de que haya variación de la tasa (por ejemplo, si la tasa de interés variable ha subido 0,10 puntos porcentuales, B pagará a A 0,10% de un millón de dólares). Lo importante es que el nocional no tiene por qué ser necesariamente capital ficticio. B, por caso, puede ser un banco que ha prestado un millón de dólares a una empresa a tasa variable, y con el contrato se protege contra una eventual caída de la tasa Libor. Si la empresa que recibió el préstamo ha invertido productivamente el millón de dólares, no estamos en presencia de capital ficticio. Dada la dimensión de las sumas involucradas en los nocionales (los contratos en tasa de interés en 2011 implicaban nocionales por 500 billones de dólares, y cuando se incluían los contratos en tipo de cambio y los seguros contra default, o CDS, se llegaba a 648 billones), es necesario tener presente esta distinción. Lo importante aquí es saber en qué consisten estos activos. Por ejemplo, si se trata de papeles inmobiliarios inflados, estaremos ante un típico caso de capital ficticio; pero no siempre será así.
Capital ficticio y demanda durante el auge
Lo discutido hasta aquí sirve para explicar por qué el capital ficticio, por sí mismo, no puede solucionar los problemas fundamentales que están asociados a la acumulación. Sin embargo, alguna gente piensa que durante las fases de auge del ciclo económico, el aumento de capital ficticio bursátil o inmobiliario (esto es, el incremento de sus precios) genera nuevo poder de compra, lo que a su vez permite expandir la producción y por lo tanto generar más plusvalía. Por eso se piensa a veces que hay expansiones puramente “ficticias”. El razonamiento es que si el valor total de las acciones en el momento t es $1000, y en el momento t + 1 es $1200, el poder de compra se habrá incrementado en un 20%. De manera que las burbujas tendrían el efecto milagroso de generar más y más plusvalía. Pero de nuevo, esto es ilusorio. Se puede decir que en estos casos estamos ante un típico fenómeno de “fetichismo” del capital: el valor parece crecer y crecer por la sola acción de inversores que compran más y más acciones (o tierras), sin intervención del trabajo humano. La ley del valor trabajo “a lo Marx” parece caerse. Pero no hay tal cosa. La valorización bursátil (o de la tierra) no puede generar nuevo poder de compra. Para ver por qué, supongamos que A ha invertido $20 en acciones, y al cabo de un cierto tiempo las mismas se han valorizado un 50%. Entonces A decide vender, a fin de adquirir un bien de consumo. Cuando A vende las acciones, tiene un poder de compra de $30, pero el comprador de las acciones ha resignado el mismo poder de compra. No hay inyección nueva de valor, cuando se considera el asunto desde el punto de vista global. Algo similar ocurre con la inflación de los precios de la tierra.
Naturalmente, esto no significa que el crecimiento del capital ficticio no pueda incidir en la acumulación. Una forma en que afecta a la acumulación es que el crecimiento de los precios bursátiles puede favorecer el financiamiento de las empresas, ya sea porque éstas utilizan los títulos como colaterales para obtener préstamos y ampliar la producción, o bien porque emiten nuevas acciones para ampliar su capital en las mejores condiciones. Desde el punto de vista del consumo, está lo que se llama el “efecto riqueza”, que consiste en que los inversores pueden sentirse más confiados para aumentar el gasto cuando se valorizan sus tenencias.
Por otra parte, el crecimiento del capital ficticio también genera las condiciones para que aumente la especulación, para que se desaten “manías inversoras” y se desarrollen todo tipo de fraudes y estafas que, por regla, terminan en gigantescas catástrofes y quiebras.
Las crisis y el capital ficticio
La inflación de capital ficticio tampoco puede sacar a las economías de la crisis. Si se trata de las acciones, lo característico es que ya con el inicio de las crisis sus precios se derrumben. Esto es, el viraje hacia el descenso económico va acompañado por el colapso de enormes masas de capital ficticio.
En cuanto a los títulos públicos, su crecimiento no puede solucionar las cosas durante la crisis. Para ver por qué, supongamos que en una economía ha caído la demanda (los capitalistas no reinvierten la plusvalía, y el desempleo se está incrementando). El gobierno decide entonces inyectar gasto público, financiado con la colocación de títulos; éstos son comprados con plusvalía (los asalariados no compran títulos). Supongamos que el Estado recoge así $1000, con los que paga subsidios a desocupados o salarios a los empleados estatales. Esta inyección activa la demanda de bienes por $1000 (los desocupados o los empleados consumen bienes). Sin embargo, si la acumulación capitalista no se recupera, en la siguiente ronda hay que volver a inyectar gasto fiscal para sostener la demanda. Y además, hay que pagar los intereses por los bonos colocados en la primera ronda. Por eso, la recuperación de la demanda por esta vía tiene alcance limitado. Además, si la economía continúa en crisis, y crece el stock de deuda del gobierno, lo más probable es que los capitalistas dinerarios comiencen a exigir una tasa de interés cada vez más alta para seguir prestando. La cuestión de fondo es que el gasto del Estado es financiado con plusvalía que está generada por el trabajo productivo, y en tanto éste no se reactive, los problemas seguirán agravándose. El gasto fiscal puede ayudar a reactivar la demanda, pero no es la solución del problema. En este respecto hay que destacar la importancia de no caer en el fetichismo financiero, o del Estado y sus posibilidades de evitar, o solucionar, las crisis capitalistas. El gasto estatal no puede constituir nunca una fuente autónoma de demanda, dado que los impuestos solo son una fracción de la plusvalía generada por el trabajo asalariado. Vinculado a esta cuestión, también hay que aclarar que la emisión monetaria (por ejemplo, para monetizar un déficit fiscal) tampoco es salida, ni significa incremento de capital ficticio, sino la simple desvalorización del signo monetario. Pero por esto mismo no impide la desvalorización del capital, ni constituye una fuente de demanda adicional. Por ejemplo, supongamos que se está en una crisis, en que hay mercancías sin vender, y que el gobierno emite dinero para financiar gasto, de manera que las mercancías se venden. De esta forma se impide que bajen los precios de estas mercancías, y por lo tanto que no se desvalorice este capital mercancía. Pero esto ocurre al costo de la desvalorización del capital dinero. Por supuesto, se puede sostener que es preferible una desvalorización por vía de la inflación, que la deflación. Pero lo importante es que la inyección no frena la caída de los valores.
Subrayamos, solo si se reanuda el gasto de plusvalía (esto es, si baja el atesoramiento), habrá una reactivación genuina de la demanda. Por ejemplo, desde el estallido de la crisis en 2007 los bancos centrales han aumentado sus balances al comprar principalmente deuda soberana y deuda de bancos. Según el FMI, estas compras fueron financiadas con expansión de la base monetaria, que aproximadamente se duplicó, en términos de porcentaje del PBI, entre 2007 y 2011. Se ha calculado que hoy habría unos 15 billones de dólares en títulos y préstamos de muy dudosa calidad, en poder de los bancos centrales (Winter, 2012). Se trata de una inmensa masa de capital ficticio, que no tiene contrapartida en la riqueza ni en el capital real, y que por sí misma no ha logrado, ni logrará, sacar a las economías del estancamiento.
En conclusión, el capital ficticio no tiene las propiedades “mágicas” que muchos le asignan. Su incremento no puede sostener por sí mismo la acumulación del capital, ni sustituir la producción de plusvalía. Por eso mismo, las gigantescas masas de “papeluchos” creados desde 2007 no han salvado al modo de producción capitalista de la crisis.
Textos citados:
Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI, tomo III, vol. 7.
Winter, R. (2012): Largest Central Banks Now Hold Over 15 Trillion in Fictius Capital, The Wall Street Examiner, 27 January.
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¿Qué es capital ficticio?
Elecciones, crisis del euro, crisis política
Después de las recientes votaciones de Francia y Grecia, el panorama para continuar con el ajuste defendido por Merkel es, por decirlo de forma suave, muy sombrío. En Grecia los partidos más votados no pueden formar gobierno, la economía continúa desplomándose y ya son muchos los que asumen que el país dejará el euro. En Francia, Hollande promete poner un plan de crecimiento y reabrir la discusión acerca del pacto fiscal. Merkel y el establishment alemán se oponen a rediscutirlo y a nuevos programas financiados con deuda. Así, mientras Hollande afirma que va a impulsar menos austeridad y más crecimiento, los alemanes insisten en que deben crearse las condiciones para que las empresas inviertan. En muchos países, además, crecen los partidos más radicalizados a izquierda y derecha, y varios ganan apoyo con la propuesta de volver a las monedas nacionales. Es España, el flamante gobierno de la derecha ya empieza a perder apoyo, y enfrenta protestas y huelgas obreras. Es evidente que la crisis económica y política está agravándose hora a hora. El objetivo de esta nota es presentar algunas reflexiones sobre la crisis del euro, y las diferencias en torno a la política económica, que dividen a buena parte de la clase dominante (ver también aquí y aquí).
Dos respuestas frente a la crisis
La actual crisis política europea está determinada, en lo fundamental, por la división que existe en la propia clase capitalista acerca de las políticas para enfrentar a la crisis. Recordemos que, en esencia, toda crisis es una desvalorización masiva de los capitales; una “revolución de los valores” (para usar la expresión de Marx). Por esta vía, las crisis “limpian” el camino para el restablecimiento de la tasa de rentabilidad de los capitales, y con ella, de la acumulación. Por eso, por lo general, la caída de los valores -de las acreencias financieras, y del capital físico- va acompañada de la caída de los salarios reales; del incremento de los ritmos de producción y el “ajuste” de la disciplina laboral; de la disminución de los beneficios sociales (salud, educación, pensiones); y del aumento de los ejércitos de reserva. Sin embargo, y a pesar de su generalidad, estas “revoluciones del valor” no tienen siempre la misma dinámica ni forma de desarrollarse. En este respecto -siguiendo una idea que subrayaron los regulacionistas- puede decirse que se han producido por dos vías fundamentales, la inflación o la deflación; y cuál de estas vías se tome puede ser motivo de tensiones y enfrentamientos importantes entre las clases o fracciones de clases. A grandes rasgos diremos que en la actual coyuntura, el ala deflacionista es encabezada por Alemania, en tanto sus opositores abarcan un amplio abanico, desde las fracciones que plantean volver a las monedas nacionales, hasta los que ponen en el centro la austeridad, pero admiten la necesidad de una mayor dosis de inflación y un ritmo más pausado en la reducción del gasto público. En el medio, encontramos un sinfín de matices. Esta diversidad es una expresión de la profundidad de las contradicciones que subyacen a la crisis del euro, así como de la desorientación que reina en la clase dominante, y del descontento de las masas trabajadoras y los pueblos frente a un sistema que solo les promete más sacrificios y más sufrimientos.
Charla sobre crisis en la FCE de la UBA
Aprovecho este medio para anunciar que el miércoles 23 de mayo próximo daré una charla que lleva por título “Tasa de ganancia, sobreacumulación y crisis. Un enfoque marxista”. La misma se da en el marco del Ciclo de Seminarios organizado por el Departamento de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas, de la UBA, y se llevará a cabo en el aula 212 (segundo piso), a las 19 horas, en la sede de la avenida Córdoba.
Mi intención es examinar la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia a la luz de la discusión teórica, pero también de la crisis capitalista reciente, y de la crisis del 30. Pienso que puede ser de interés para lectores del blog. Quedan invitados entonces.
Capitalismo globalizado, imperialismo y militarismo
A raíz de la nota sobre Corea del Norte, defensores de los regímenes stalinistas enviaron varias críticas a mis posturas en “Comentarios”. Entre ellas, hubo una que se repitió con cierta insistencia, que sostiene: a) usted plantea que la dominación colonial (también semicolonial o neocolonial) ha dejado de ser el método privilegiado de apropiarse del excedente; b) además, usted agrega que la explotación no ocurre entre países, sino entre clases, específicamente, entre el capital y el trabajo; c) por lo tanto usted no puede explicar por qué EEUU (y otras potencias) mantienen tantas bases militares desplegadas alrededor del mundo, o por qué sigue habiendo intervenciones armadas contra países. De manera que, según esta crítica, si la contradicción hoy se da entre el capital globalizado y el trabajo, el mundo es algo así como un paraíso del pacifismo burgués.
El problema aquí es que se piensa que, en última instancia, la explotación del trabajo no encierra violencia. Por supuesto, Marx explicó que la explotación capitalista ocurre por medios económicos. Esto es, dado que los trabajadores no poseen los medios de producción, están obligados a intentar vender su fuerza de trabajo en el mercado. Es desde este punto de vista que la extracción del excedente, bajo el capitalismo, no opera con medios político-militares, como ocurre en otros modos de producción, donde el trabajador es obligado, por medio de la coerción extra económica, a entregar el excedente (sea bajo la forma de trabajo forzado, de tributos, etc.). En el capitalismo los trabajadores son “libres” de ser explotados por el capital o… morirse de hambre. La coacción está dada aquí por las relaciones sociales de producción, asentadas en la propiedad privada del capital. ¿Significa esto que la violencia ha desaparecido? En absoluto. El Estado es la institución que, respaldada en armas y aparatos represivos (aunque no solo en ellos), se constituye en el garante último de la propiedad de la clase capitalista.
Es con este marco teórico que en “Valor, mercado mundial y globalización” defendí la vigencia de la noción de imperialismo. Transcribo entonces lo central sobre el tema:
“A lo largo de este libro hemos intentado mostrar cómo la extracción de excedente se da hoy, en lo esencial, no por coerción extraeconómica, sino a través del mercado y por la generación de plusvalía. Por lo tanto, hemos planteado que el antagonismo fundamental que anida en la economía mundial es entre el capital y el trabajo. De aquí se desprende que, si con el término “imperialismo” se entiende una forma internacional de extracción del excedente basada en la coerción extraeconómica, colonial o semicolonial; o la explotación de unos países por otros, el mismo no sería aplicable a la realidad actual. De la misma manera, el término tampoco sería adecuado si se busca denotar un sistema mundial en el que fuesen inevitables las guerras entre las potencias por nuevos repartos colonialistas del mundo. ¿Significa esto que la noción de imperialismo ha perdido sentido, como afirman muchos “globalistas”?
El Gulag de Corea del Norte

La República Democrática del Pueblo de Corea tal vez sea el último Estado con rasgos marcadamente stalinistas que queda en el mundo. En Corea del Norte la economía está estatizada, y es controlada férreamente por una burocracia. Hay baja productividad agrícola (un derivado de la industrialización realizada a expensas del campo) y un extenso mercado negro o paralelo. La orientación general es hacia la autarquía y autosuficiencia económica, remedo del viejo “socialismo en un solo país” del stalinismo. Desde el punto de vista político, encontramos el partido único, la supresión de toda disidencia y un amplio dispositivo militar: 1,2 millones de personas están militarizadas, para una población de 24 millones. En lo ideológico, el régimen alienta un marcado nacionalismo, mezclado con xenofobia y racismo. Por ejemplo y con el objetivo de mantener la pureza racial, es una costumbre que mujeres norcoreanas que vuelven embarazadas de China, sean obligadas a abortar. La “pureza” también atañe a la sexualidad: los funcionarios afirman que en su país no existen los homosexuales. Todo esto va acompañado del culto a la personalidad. En su momento Kim Jong-il fue declarado oficialmente “líder supremo”, “primer militar” y guía ideológica de la nación; y hoy Kim Jong-un, es tan “infalible” como lo fuera su padre, y antes su abuelo.
Algunos piensan que todavía la RDPC se define en relación a algún proyecto socialista, pero lo cierto es que las referencias al comunismo han desaparecido de los discursos y también de la Constitución reformada en 2009. Lo que prima es el nacionalismo, que encuentra legitimación ante la población por el hostigamiento hacia Corea del Norte por parte de EEUU y otras potencias. Y también por el estado de conflicto permanente con Corea del Sur.
A pesar de que el PBI por habitante ubica a la RDPC en un nivel medio de desarrollo, el país está siempre amenazado por la catástrofe alimentaria. Es de notar que hasta principios de los años 1970 Corea del Norte experimentó un fuerte crecimiento, sustentado en la industria pesada, el desarrollo extensivo (baja tecnología) y la planificación burocrática. Pero desde hace décadas la economía se ha estado frenando. En los años 1990 una hambruna provocó (se calcula) un millón de muertos. En los 2000 continuaron los problemas. En 2006, un estudio conjunto de la ONU y del gobierno norcoreano reveló que el 7% de los niños están seriamente desnutridos, y el 37% crónicamente mal alimentados. En 2010, según testimonios recogidos por agencias no gubernamentales, miles de norcoreanos se alimentaban con pasto, raíces y corteza de los árboles, lo que generaba graves enfermedades digestivas (por ejemplo, por consumir hongos venenosos). Tal vez presionado por esta situación, el régimen ha tolerado de manera creciente la economía de mercado paralela, y algunas inversiones, principalmente rusas y chinas. También ha utilizado su programa nuclear para negociar ayuda económica con las potencias. Así, en febrero de 2012 Pyongyang acordó suspender las pruebas con armas nucleares, como parte de un acuerdo para que EEUU entregue ayuda alimentaria.
La estatización de YPF

“YPF recuperada. Patria sí, colonia no”. El cartel, colgado en una avenida muy transitada del sur del Gran Buenos Aires, y firmado por el partido Comunista, resume el entusiasmo que ha despertado en la población, y en amplios sectores de la izquierda, la expropiación de parte del paquete accionario de YPF. Dado que personalmente no comparto este entusiasmo, en lo que sigue presento algunas reflexiones sobre el significado de esta medida. Mi objetivo es, en primer lugar, ubicar la estatización de YPF en tendencias que están operando a nivel mundial, y en su perspectiva histórica. En segundo término, analizar la medida en relación al “modelo K” de crecimiento. En tercer lugar, argumentar por qué no estamos ante la vuelta del estatismo anterior a las privatizaciones del 90. Esta nota se complementa con otras que he escrito sobre el capitalismo de Estado (ver aquí) .
¿Qué es una empresa capitalista de Estado?
El primer punto a señalar es que se ha producido un giro bastante importante en la noción misma de qué se entiende por una empresa capitalista de Estado (en adelante, ECE). Hace algunas décadas atrás el tema parecía claro: una ECE era propiedad del Estado, y la dirigía un directorio nombrado por el Estado. En Argentina, los ejemplos típicos eran YPF, ENTEL, Aerolíneas Argentinas, y similares. Por eso, todavía a fines de los años 1980, cualquier apertura de la propiedad al capital privado era entendida como una “privatización”. Así, por ejemplo, la propuesta de Rodolfo Terragno, ministro del gobierno de Alfonsín, de que YPF, y otras ECE, salieran a bolsa y colocaran el 49% de sus stocks accionarios entre inversores privados, para que el Estado retuviera el 51%, fue considerada, lisa y llanamente, una privatización (y por muchos, una traición a la patria). Hoy, sin embargo, la compra por parte del Estado del 51% de las acciones de YPF parece habilitar para calificarla de “empresa estatal”, y saludar la medida como un acto de liberación nacional. Esto muestra entonces que en la actualidad existen diversos grados de injerencia estatal, y que los límites entre lo privado y estatal, en alguna medida, se han difuminado. Según algunos criterios, son ECE aquellas empresas en las que el Estado tiene un control significativo. La UNCTAD, por ejemplo, considera ECE a las empresas en que el Estado tiene más del 10% del paquete accionario. Por eso, y de acuerdo a este criterio, Sudáfrica tendría más empresas multinacionales estatales que China (54 contra 50), e YPF habría sido una ECE hasta 1999. Otros consideran ECE aquellas empresas que son totalmente propiedad del Estado. Es el criterio que aplica la OCDE para analizar la situación en China. Y otros solo consideran estatales a las empresas en que el Estado es propietario de más del 50% de las acciones. En definitiva, y volviendo a YPF, se la consideraría “estatal” según los criterios actuales, pero no de acuerdo a los parámetros “estatistas” anteriores a los 90. Algo así como que la “patria” que hoy reivindica el PC es una patria “al 51%” (y cotizando en bolsa, dicho sea de paso).
Drogas y relativismo cognitivo “progre”
Por gentileza de dos madres que militan en la Red de Madres y Familiares de Víctimas de Drogas, llegó a mis manos Prevención del consumo problemático de drogas, un libro escrito por la licenciada Graciela Touzé (en adelante GT), que está destinado a docentes y al trabajo en las aulas. El texto está prologado por Alberto Sileoni, ministro de Educación de la Nación y por María Brawer, subsecretaria de Equidad y Calidad. Goza, además, del “aval-respaldo” de la presidente de la Nación, Cristina Kirchner.
El libro tiene como uno de sus ejes la crítica de las políticas preventivas que hacen eje en el castigo al consumidor, y estigmatizan socialmente a los adictos, asociándolos con el delito. En este sentido, acompaña al “nuevo enfoque”, centrado en la despenalización del consumo, que están promoviendo gobiernos latinoamericanos, así como corrientes que van desde la derecha liberal (a nivel mundial la vanguardia sea tal vez el semanario The Economist), a la izquierda, y otros sectores. Muchos proponen incluso despenalizar la comercialización de las droga. Pero es en este marco, que Prevención… relativiza el peligro que representan sustancias como la cocaína y heroína. Más concretamente, sugiere que probar una dosis de cocaína es tan problemático como probar un vaso de vino, un cigarrillo o un café. Lo “problemático” solo aparecería cuando existen intoxicaciones agudas, usos regulares crónicos y dependencia (p. 34). Por eso, aconseja GT, hay que hacer uso, sin caer en el abuso o en la dependencia. En otras palabras, no existiría ninguna conexión particular entre el uso esporádico de cocaína, y el deslizamiento hacia la dependencia. Destaco que este texto se envía a los colegios en medio de una pronunciada caída, ocurrida en los últimos tiempos, de la percepción del riesgo implicado en el uso de drogas. Según me informan las militantes de la Red de Madres, la baja detectada es del 20%; existen, además, razones para pensar que en la juventud la caída es mayor.
En esta nota quiero tratar solo el enfoque global desde el que se argumentan estas posiciones en GT. Es un enfoque que se ubica en el marco del llamado relativismo epistemológico. El tema me parece importante porque existe toda una corriente de opinión, dentro de la izquierda y el progresismo, que considera a los enfoques relativistas casi “revolucionarios”. Opino que esto no tiene nada de progresivo, y menos aún de “revolucionario”. Más bien introduce un enfoque reaccionario y contrario al conocimiento científico.
Brasil, armamentismo y nacionalismo

Por estos días los medios se hicieron eco del propósito del gobierno brasileño de continuar la Estrategia Nacional de Defensa, aprobada en 2008, bajo la presidencia de Lula. La END determinó, entre sus objetivos fundamentales, reactivar la industria militar y recomponer efectivos militares. Bajo su orientación, también se comenzó a diseñar el Plan de Articulación y Equipamiento de Defensa (PAED), que se extendería por los próximos 20 años, con un gasto de entre 30.000 y 35.000 millones de dólares. Entre sus iniciativas figura la construcción del primer submarino a propulsión nuclear, la adquisición de navíos de guerra, de vehículos anfibios, el desarrollo de una nueva aeronave y la compra de helicópteros. El programa contempla, además, la creación de un Centro de Defensa Cibernética, y el desarrollo de un vehículo lanzador de cohetes, entre otros aspectos.
Desde el punto de vista del pensamiento crítico, este avance armamentista de Brasil lleva a preguntarnos por la caracterización del status de este país en el mundo capitalista. Es que en la izquierda hubo dos caracterizaciones centrales de Brasil. Por un lado, se sostuvo que era un Estado semicolonial, a igual que sus pares latinoamericanos. Dado que un país semicolonial no goza de plena autodeterminación política, el actual plan armamentista podría interpretarse entonces como un paso en el camino de la liberación nacional. La segunda línea interpretativa fue formulada por Ruy Mauro Marini, y sostiene que Brasil, ya en los años 1970, había accedido al rango de un país subimperialista, y así se habría mantenido hasta el presente. La carrera armamentista sería una expresión de este fenómeno. El propósito de esta nota es examinar brevemente ambas caracterizaciones, y proponer una alternativa.
Debate con el trotskismo

A raíz de mi crítica a la agitación hoy de la consigna del control obrero en Argentina, se desató una fuerte polémica en el blog, en la sección Comentarios. Muchos trotskistas escribieron largos comentarios (en algunos casos, fueron prácticamente notas). A la mayoría les respondí; otros fueron respondidos por otros participantes del blog. Posiblemente éste sea uno de los debates más extensos que se puedan exhibir entre marxistas no trotskistas y marxistas trotskistas, al menos en Argentina. De manera bastante desordenada, como no podía ser de otra manera, dada las características de la sección, se fueron tocando prácticamente todos los temas importantes. De alguna manera, terminé reproduciendo mucho de lo que ya había escrito en la Crítica al Programa de Transición, en los textos sobre trotskismo y fuerzas productivas (algunos en el blog), y otros escritos. Por supuesto, no se trató acerca de la caracterización de la URSS de Trotsky (en el blog la he analizado aquí y también aquí); y solo parcialmente su teoría de la revolución permanente, con la que tampoco acuerdo.
Dado que el debate estuvo centrado en mis críticas a Trotsky y el trotskismo, en esta presentación quiero destacar que, a pesar de esta crítica, sigo reivindicando en Trotsky tres de sus planteos fundamentales de su actividad posterior a la muerte de Lenin: a) su crítica al ultraizquierdismo “del tercer período” (negativa a distinguir entre la democracia burguesa y el fascismo, políticas ultraizquierdistas con respecto a las clases medias y el campesinado, etc.); b) la crítica a la estrategia del frente popular, esto es, la idea de que las fuerzas socialistas deben establecer alianzas estratégicas con la burguesía democrática; c) la crítica a la burocracia stalinista, en particular, al régimen policíaco, sobre la propia clase obrera, instalado en la URSS desde fines de los años 20.
El debate que presento arranca con comentarios del día 28 de febrero y llega hasta los comentarios del día 5 de abril de 2012. La primera parte se dedica, principalmente, a la discusión de la consigna del control obrero, y sus connotaciones: Programa de Transición y consignas transicionales, concepción de Lenin y Marx en relación al tema, programa para intervenir en las guerras, agitación y propaganda en la actividad de los marxistas. Globalmente he llamado a esta primera sección “Control obrero y consignas transicionales”. Las notas del blog que dan lugar a estos debates son: a) la dedicada a ferrocarriles, estatización y control obrero; b) a Rosa Luxemburgo y el control obrero; c) Una respuesta a una crítica desde Venezuela; d) una síntesis del debate sobre control obrero.
En una segunda parte se discute la posición del trotskismo sobre el desarrollo de las fuerzas productivas, tema que es básico para el programa de Transición. Aunque ya se estaba discutiendo la cuestión, se delimita más claramente con la publicación de la nota sobre Trotsky y el desarrollo de las fuerzas productivas.
En lo posible he tratado de agrupar los planteos y las respuestas, pero no siempre ha sido posible. Por otra parte, he decidido suprimir, en esta nota, la sección Comentarios. La idea es evitar una espiral de nuevos comentarios sobre los comentarios.
Por último, una reflexión: en el curso de la polémica muchas veces he pedido que se redujeran los comentarios, porque constituían verdaderas notas, y de esta manera se desvirtuaba el blog. Planteé al respecto que también podían discutir escribiendo artículos desde sus blogs partidarios. En varias ocasiones, en el curso del debate, estos pedidos me valieron la acusación de “anti-democrático”. El hecho es que el debate abarca unas 200 páginas en Word, y mis críticos han ocupado, aproximadamente, la mitad de las mismas. Que cada cual entonces saque sus conclusiones acerca de este aspecto del asunto.
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Debate con el trotskismo
Yo no soy “heterodoxo”

Hace unos días vino al país una serie de importantes profesores en Economía, pertenecientes a universidades extranjeras, que fueron presentados como “heterodoxos”. Precisemos que la “heterodoxia” se define por oposición a la “ortodoxia” de la economía neoclásica, en especial la walrasiana (modelos del equilibrio general y competencia perfecta). A grandes rasgos, podemos decir que los “heterodoxos” van desde los marxistas -en todas sus variantes- hasta keynesianos más o menos “progres” (Stiglitz, ¿es heterodoxo?), pasando por los sraffianos, los regulacionistas, los muchos matices de poskeynesianos, los estructuralistas, dependentistas, institucionalistas de izquierda (en la tradición de la New School de Nueva York), los neoschumpeterianos, y variadas combinaciones entre estas corrientes (y seguramente me estoy dejando a varios en el camino). Todos aparecemos, ante los estudiantes y la comunidad, compartiendo el mismo objetivo central, enfrentar al “neoliberalismo”, expresión política de la “ortodoxia”. Así establecida la divisoria, pareciera que entre los “heterodoxos” las diferencias son secundarias en relación a la “cuestión fundamental”, derrotar a la “ortodoxia”.
Este fue entonces el telón de fondo de los seminarios y conferencias que dictaron las eminencias “heterodoxas”. Entre ellas hubo marxistas (al menos, en el pasado lo eran), siendo Anwar Shaikh el más conocido y referenciado. Los seminarios tuvieron el apoyo del Gobierno; los profesores asistieron a reuniones en las que se afirmó, entre otras cosas, que las políticas que ellos pregonan son las que están aplicando muchos gobiernos latinoamericanos, incluido el argentino; todos aplaudieron, entusiasmados; y a su vez, recibieron el cálido aplauso de altos funcionarios del Gobierno; varios (entre ellas, Shaikh) elogiaron las políticas K en los reportajes que les hicieron los medios K; y presentaron “papers” para defender tesis “heterodoxas” del tipo “la emisión monetaria nunca genera inflación” que -¡oh casualidad!-, encaja con las últimas declaraciones de Marcó del Pont, la cabeza del Banco Central.
Marxismo y medición de la pobreza

El nivel de la pobreza en Argentina es tema de debate entre investigadores en ciencias sociales. En esta nota presento un punto de vista basado en la teoría de Marx.
El debate
La discusión arranca, en buena medida, con las mediciones del INDEC. Según este organismo, actualmente en Argentina solo el 8% de las personas, y el 5,7% de los hogares estaría por debajo del índice de pobreza. El INDEC obtiene este resultado porque considera un costo extremadamente bajo de la Canasta Básica Total (la CBT toma en cuenta los bienes que serían necesarios, según el INDEC, para que una persona, o una familia, no sean pobres). Así, en febrero de 2012, un adulto que recibiera $465 por mes (poco más de 100 dólares) no debería ser considerado pobre. Aunque mucha gente de “izquierda- K” no defiende explícitamente semejantes cifras, guarda silencio y disimula el asunto. Como he argumentado en otra nota, se trata de una posición reaccionaria, ya que todo lo que disimule los índices de pobreza (y de indigencia; aunque aquí me voy a concentrar en la pobreza), juega un rol contrario a los intereses populares.
Más interesante, sin embargo, es la postura de los partidarios del gobierno que admiten que las cifras del INDEC no se pueden defender. En este enfoque, se sostiene que si bien la pobreza es más alta que lo que dice el INDEC, de todas formas bajó mucho, y ya se encuentra a niveles anteriores a 1980. El exponente más destacado de esta postura es Artemio López, director de la consultora Equis. Según Equis, la pobreza de los hogares en Argentina se ubicaría en 20,9%, (nivel en agosto de 2011), y comprendería 8,4 millones de personas. Este cálculo resulta de tomar una canasta de $1837 mensuales para la familia compuesta por cuatro personas. Artemio López afirma que se trata de un nivel de pobreza más bajo que el de 1980, cuando era del 24%. Por supuesto, es mucho menor que el pico del 57,5%, alcanzado en octubre de 2002. También para el Centro de Investigación y Formación de la República Argentina, vinculado a la CTA oficialista, la pobreza sería del 21,8% (primera mitad de 2011). Esto se debe, de nuevo, a que considera que los precios de los artículos de la canasta básica no son los que dice el INDEC.
Trotsky y el estancamiento de las fuerzas productivas

En repetidas oportunidades, al discutir los fundamentos programáticos del movimiento trotskista, he afirmado que Trotsky tenía una visión “estancacionista” del capitalismo del siglo XX. Más precisamente, sostuve que Trotsky pensaba que, a partir de 1914, el sistema capitalista había entrado en una nueva época, caracterizada por la “decadencia y la descomposición”, ya que las fuerzas productivas habrían dejado de crecer, a nivel mundial. Esta visión no lo llevaba, sin embargo, a una tesis del tipo “crisis sin salida”, ya que admitía que el capitalismo podía experimentar fases de auge, y que también podía haber desarrollo de las fuerzas productivas en ciertas regiones. Pero sostenía que, tendencialmente, “la curva básica” del desarrollo tenía pendiente negativa (o a lo sumo, era horizontal), ya que las durante las recuperaciones, o auges del ciclo, las fuerzas productivas, a nivel general, no superaban los niveles previos a la crisis. Por eso también creía que el desarrollo de una región solo podía obtenerse al costo del estancamiento y retroceso de otra.
Los trotskistas en Argentina -al menos, la inmensa mayoría de ellos- sostienen que esta caracterización de Trotsky de la época iniciada con el estallido de la Primera Guerra mundial sigue siendo correcta, en lo esencial. En varias notas he planteado que no hay evidencia empírica alguna que avale esas afirmaciones, y también he explicado por qué considero que no hay razones teóricas para sostener que, a partir de 1914, las fuerzas productivas ya no podrían desarrollarse. Esto es, la “curva básica” podía ser ascendente. Frente a estos argumentos, en los últimos tiempos algunos trotskistas me respondieron (puede verse en los “Comentarios” a las notas sobre control obrero) diciendo que yo había tergiversado el pensamiento de Trotsky. En esta nota demuestro que Trotsky efectivamente sostuvo lo que he afirmado que sostuvo.
Crisis, sobrecapacidad y coyuntura
En una nota anterior sobre la crisis iniciada en 2007, planteé que la sobrecapacidad parecía jugar un rol importante, tanto en la caída de la tasa de ganancia hacia fines de los años 90, como en la débil recuperación de la inversión posterior a la recesión de 2001. La evidencia disponible indica que el exceso de capacidad también está pesando en la actual coyuntura, en Europa, y a nivel global. En esta nota vuelvo entonces sobre algunas cuestiones referidas a la sobrecapacidad, y presento datos relativamente recientes; debe entenderse como un complemento de las notas 1 y 2, sobre tasa de ganancia y crisis.
El significado de la sobrecapacidad y sus causas
La sobrecapacidad es una de las manifestaciones de la sobreacumulación del capital. Por lo general, cuando se habla de sobreacumulación de capital, se tiene presente la sobreproducción de mercancías, esto es, el hecho de que grandes masas de productos no encuentran salida en el mercado. En otros términos, se trata de la sobreacumulación de capital mercancía. Marx también se refiere a la sobreacumulación de capital cuando la plusvalía acumulada en la forma de capital dinero no encuentra manera de volver a invertirse de manera rentable (véase el cap. 15 del tomo 3 de El Capital). En cuanto a la sobrecapacidad, consiste en la sobreacumulación de capital fijo, esto es, en la construcción de plantas con una capacidad de producir una cantidad de mercancías muy superior a lo que puede absorber el mercado en condiciones “normales” de acumulación. La sobrecapacidad se mide con los índices de utilización de capacidad. Por ejemplo, en EEUU, la utilización de la capacidad promedio del conjunto de la industria, entre 1972 y 2011 fue del 80,3%. Durante la crisis de 2009 llegó a un piso de 67,3%, en tanto que en febrero de 2012 se ubicaba en 78,7% (los niveles más altos alcanzados en los años 1994-5 fue 85,1%; todos los datos los tomo de la página web de la Reserva Federal). Dado que se trata de promedios, la sobrecapacidad puede ser muy elevada en determinadas industrias; cuando afecta a industrias claves, ejerce efectos depresivos sobre el resto de la economía. La sobrecapacidad ejerce una presión bajista sobre la tasa de rentabilidad, no solo porque aumenta la inversión de capital por trabajador, sino también porque aumenta los costos fijos de las empresas. Además, por lo general es acompañada por presiones bajistas de precios.
La polémica sobre el control obrero
Las notas que he publicado sobre el control obrero han generado un debate bastante intenso en la sección Comentarios de este blog. La respuesta a la crítica de Venezuela recibió (al momento de escribir estas líneas) 145 comentarios. La dedicada a la estatización y control obrero de los ferrocarriles 53 comentarios; y la que trata sobre la posición de Rosa Luxemburgo 23. Varios comentarios fueron casi “notas” (por lo que tuve que pedir, repetidas veces, que respetaran ciertos límites). Muchos fueron bastante virulentos. El promedio diario de entradas al blog saltó de una media de 500, a unas 700 o 750.
Debo confesar que al principio me sorprendí de la repercusión que tenía el asunto. Después de todo, desde hace casi dos décadas vengo planteando estas cuestiones. Luego, reflexionando un poco, concluí que, por alguna razón, esta vez había tocado un nervio muy sensible. Es que el control obrero fue, y es, un pilar de las propuestas del FIT, el Frente de Izquierda que conformaron el Partido Obrero, Izquierda Socialista y el Partido de los Trabajadores por el Socialismo. El FIT tuvo varios cientos de miles de votos, y es la principal fuerza de la izquierda. Además de recibir el apoyo de muchos activistas estudiantiles, sociales y gremiales, el FIT concitó el respaldo de un buen número de intelectuales. Y si bien no todos los que votaron al FIT acuerdan con su programa (es mi caso), la inmensa mayoría de sus votantes seguramente defiende sus propuestas. Entre ellas, el control obrero, que se presenta, ante la opinión pública, como una salida clave a los problemas. Por caso, si hay fuga de capitales, la respuesta del FIT es “control obrero del mercado cambiario”; si la especulación financiera hace estragos, la solución es el “control obrero de los bancos y financieras”; si los ferrocarriles no funcionan, “estatización más control obrero”; si alguien dice que una baja de los impuestos indirectos no genera necesariamente una baja de los precios, se responde con un “por supuesto, es necesario complementar con el control obrero”. En fin, la consigna está a la orden del día. Esto tal vez explique que alguno llegara a decirme (en Comentarios) que lo mío era un ataque, con métodos stalinistas, “a la izquierda”.
Dada la variedad de cuestiones que se tocaron en el cruce de opiniones, es posible que aquellas personas que no tuvieron contacto íntimo con el trotskismo, tengan alguna dificultad para distinguir, dentro de la maraña de argumentos y contraargumentos, dónde está el nudo de las diferencias. Por eso, el objetivo de esta nota es presentar mi argumento “en su meollo”, y examinar algunas de las principales objeciones que se le hicieron. Antes de entrar de lleno en la nota, vuelvo a señalar algo que ya he planteado con anterioridad: mi crítica no implica ninguna descalificación hacia la conducta personal, ni cuestionamiento a las trayectorias de los dirigentes del FIT. Discrepo, y mucho, con los análisis y políticas que defienden. Pero se trata de compañeros de izquierda que mantienen, desde hace décadas, sus posiciones revolucionarias contra viento y marea, y muchas veces en condiciones muy difíciles. En una época de tantos tránsfugas “marxistas” y oportunistas de todos los tonos, no es una cuestión menor. Mi crítica es estrictamente teórica y política.
Rosa Luxemburgo y el control obrero

Mi posición contraria a levantar la consigna del control obrero en las actuales condiciones de Argentina (y en general, en condiciones de dominio normal del capital) ha suscitado bastante debate. A los efectos de aportar al mismo, en esta nota llamo la atención sobre el enfoque que tuvo Rosa Luxemburgo, a fines del siglo XIX, frente a la propuesta de que los trabajadores deberían avanzar en el “control social” de la producción. El texto de Rosa Luxemburgo al que haré referencia es el capítulo 3 de Reforma o Revolución (edición Papeles Políticos, Buenos Aires, 1974).
Rosa Luxemburgo critica la propuesta de Conrad Schimdt, un dirigente del ala de la socialdemocracia, vinculado a Bernstein. Según Schmidt (citado por Rosa Luxemburgo), las luchas políticas y sociales a favor de reformas posibilitarían un control social cada vez más amplio “sobre las condiciones de producción”, y por medio de leyes “se limitarían los derechos de la propiedad capitalista, convirtiendo a ésta poco a poco en simple administradora”. Así, junto a una gradual democratización política del Estado, se llegaría a una implantación también gradual del socialismo.
Palabras más o menos, es lo que piensa hoy alguna gente progresista y de izquierda (para evitar malentendidos, no los trotskistas). Pero también puede ocurrir que muchos trabajadores que votan hoy por el control obrero, lo conciban como un camino para ir adquiriendo poder, gradualmente, bajo el capitalismo.
En su crítica a Schmidt, Rosa Luxemburgo arranca precisando el rol de los sindicatos bajo el sistema capitalista: esencialmente, la defensa del valor de la fuerza de trabajo, para tratar de disminuir la explotación. Rosa Luxemburgo no se engaña, ni ilusiona a nadie con espejitos de colores. Explica que las posibilidades que tienen los sindicatos están condicionadas por muchas circunstancias que escapan a su control. Por ejemplo, por la coyuntura más o menos próspera de la economía; o por los niveles de proletarización de las clases medias. “Por ello no les será nunca posible derrocar la ley del salario, pudiendo, en el mejor de los casos, reducir la explotación capitalista a los límites que en un momento dado se consideran “naturales”; pero de ninguna manera estarán en condiciones de anular, ni aun gradualmente, la explotación” (énfasis agregado).
Crítica desde Venezuela y control obrero
En Venezuela existe un sitio de la web, laclase.info, que publica noticias y artículos de izquierda, del cual se pueden recoger interesantes denuncias acerca del régimen chavista, y sobre la situación de la clase obrera venezolana. El sitio es controlado por una organización trotskista, el Partido Socialismo y Libertad. Días pasados, un lector de este blog hizo llegar a laclase.info mi nota sobre los ferrocarriles, en la que critico la consigna del control obrero. Los compañeros de laclase.info le respondieron con un e-mail en el cual, entre otras consideraciones, afirman:
“….a un economicista sectario como Astarita le resulta totalmente extraña la consideración de la conciencia de los trabajadores en lucha y la necesidad de empalmar con la profundización de sus reivindicaciones al calor de la movilización. En general, es enemigo del método marxista de levantar consignas transicionales, esbozado por Marx en su Circular a la Liga de los Comunistas de 1850 y desarrollado por Trotsky en La Revolución Permanente y el Programa de Transición. Si exigimos un salario mínimo igual a la canasta básica, dirá ‘ello es imposible en un marco capitalista, en un país semicolonial, etc.’, si exigimos seguridad social universal, dirá lo mismo. Si planteamos la necesidad de que los trabajadores y los usuarios asuman el control democrático de los trenes, dirá que es utópico. ¿Y qué propone Astarita ante el problema de los trenes en Argentina? Resumiendo su artículo, sería ‘La nacionalización de los trenes puede (o no) ser un paso en la dirección correcta, sin embargo no debemos pedir que pase a control de los trabajadores y los usuarios, hasta tanto no impongamos un Estado obrero’. No propone nada”.
Dado que mucha gente de izquierda comparte este tipo de crítica, considero que puede ser de interés responder los “cargos” de laclase.info a través del blog. Por lo tanto, en lo que sigue intentaré aclarar algunas cuestiones referidas a las consignas transicionales, el marxismo y el programa reivindicativo. También hago algunas consideraciones sobre el método de discusión. Antes de entrar de lleno en el tema, aclaro que mis diferencias con la laclase.info no disminuyen un ápice mi simpatía para con la lucha que llevan estos compañeros. Es que en el “socialismo siglo XXI” del chavismo, ser socialista (real) entraña riesgos. El Partido Socialismo y Libertad ha sufrido persecuciones y represión, al punto que siete dirigentes obreros de esta corriente han sido asesinados por lo que se conoce como el sicariato sindical. La respuesta, entonces, se da en los marcos de mi solidaridad con laclase.info.
Sobre la estatización y el control obrero de los ferrocarriles

En “comentarios” se me preguntó qué pienso de la renacionalización de los ferrocarriles argentinos, bajo control de los trabajadores y usuarios, que se propone desde varios sectores políticos. Dado que en otras notas ya he analizado estos temas, aquí ampliaré algunos argumentos, a la luz de lo sucedido en los ferrocarriles.
El enfoque de partida
La primera cuestión a subrayar, y es el eje de mi enfoque, es que el carácter progresivo de la estatización, o nacionalización, se define en relación al programa económico y social en que está inserta. Bajo el capitalismo, una estatización puede considerarse progresista si acelera o fortalece el desarrollo de las fuerzas productivas. Aquí, lo que subyace es la vieja idea de Marx y Engels, que el desarrollo de las fuerzas productivas mejora las condiciones sociales y materiales para la lucha por un cambio socialista. Esto significa que un régimen de propiedad estatal burguesa no es “en sí mismo” progresista. De hecho, el sistema capitalista en casi todos los países se desarrolló articulando en diversos grados el mercado y la intervención estatal. Por eso, responder a la pregunta de en qué grado estas distintas combinaciones favorecen el desarrollo, exige estudios concretos de las situaciones concretas. No existe una respuesta “en general” (más discusiones aquí).
El estatismo en los ferrocarriles argentinos
Entrando ahora en el tema de los ferrocarriles argentinos, es imprescindible responder al discurso, que está circulando por estos días, que presenta como absolutamente opuestos al Estado (capitalista) y a las empresas (capitalistas). Según este relato, el Estado (o los ferrocarriles en manos del Estado) habrían funcionado de maravillas, hasta que en los noventa vino una ola privatizadora, impuesta “por los grupos económicos, el Consenso de Washington y el menemismo cipayo”, que barrió con todo y nos llevó al actual desastre. Se trata de un discurso muy conveniente al kirchnerismo, y se repite insistentemente. Por caso, la diputada Adriana Puiggrós, del Frente para la Victoria, afirma por estos días que todo el problema estuvo en las empresas concesionarias. La maniobra del Gobierno, de presentarse como querellante en la causa de la tragedia de Once, responde al mismo intento de establecer esta idea. El Estado con el pueblo, ambos víctimas del capitalismo codicioso e insensible. Pareciera que el Estado capitalista siempre habría impulsado el desarrollo de los ferrocarriles (además de “defender al pueblo”), y el capital privado hubiera sido el único responsable del atraso (y la explotación, etc.).
No puede ocultarse en este caso…
Hoy me llegó, vía mail, una declaración, con fecha del 23/02, y firmada por Patricio Echegaray en nombre del Partido Comunista, en la cual este partido fija su posición ante la tragedia del Ferrocarril Sarmiento. Luego de afirmar que lo sucedido es producto de la crisis estructural del capitalismo argentino y “secuela de los años en que el neoliberalismo desguazó los servicios públicos”, Echegaray afirma que “no puede ocultarse en este caso la complicidad del gobierno…”.
Como reza el viejo dicho, a confesión de partes, relevo de pruebas. El Secretario General del PCA admite que “en este caso” ya no puede ocultar que el gobierno es cómplice de lo sucedido. ¿Y en los “otros casos”? ¿Qué hacen Echegaray y el PC? ¿Le echan la culpa a los “desestabilizadores” de siempre? ¿Dan por buenas explicaciones como las de la ministra Garré acerca del proyecto X y Gendarmería? ¿O acompañan abrumadores K-silencios como los que tratan de tapar el escándalo Ciccone?
Más en general, pregunto, ¿qué tiene que ver todo esto con el socialismo, con el Che (al que tanto reivindican de palabra), con la lucha por ideales de liberación social? La respuesta es sencilla: ninguna relación. La necesidad de disimular, engañar, salvar las apariencias, ocultar, es propia de la política burguesa, y su Estado. Por eso, no hay manera de escapar a las exigencias que impone el apoyo a gobiernos del capital (sobre los antecedentes históricos de la actual posición del PCA, ver aquí). Por eso también, lo que dice Echegaray en esta declaración no es un “lapsus” descolgado. Es la expresión natural de una política que no tiene nada que ver con las concepciones socialistas.
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No puede ocultarse…
Comparaciones entre crisis, producto mundial
Un amigo me consulta sobre si se puede decir que la crisis de 2007-09, considerada a nivel mundial, fue la más profunda y grave desde los 1930s. Considero que, efectivamente, fue la más grave de las ocurridas desde aquella época, aunque sin llegar a la profundidad de la Gran Depresión. Aquí presento los datos de variación del PBI mundial con respecto al año anterior, que pienso pueden ser de interés.
Las tasas de variación del PBI mundial entre 1930 y 1933 fueron fuertemente negativas:
1930 -2,9%; 1931: -4,1%; 1932: -3,8%.
Durante las recesiones que van desde 1974 a 1998, hubo desaceleración del crecimiento mundial, pero la tasa no fue negativa:
En la crisis de 1974-75 el crecimiento se desacelera a: 1974: 2%; 1975: 1,4%.
En la recesión 1980-82 sucede algo similar; siempre en términos de variación del PBI mundial, tenemos: 1980: 1,9%; 1981: 2%; 1982: 0,8%
También en la recesión de inicios de los 90 hay desaceleración del crecimiento: 1990: 1,8%; 1992: 1,9%
En 1998, año marcado por la crisis asiática y rusa, el PBI mundial creció 1,7%.
En 2001 el PBI mundial creció 2,3% y en 2002 lo hizo 2,4%.
Durante la crisis reciente el PBI mundial volvió a contraerse en términos absolutos durante 2009; aunque a una tasa menor que en durante la Gran Depresión:
2008: 2,8%; 2009: -0,7%; 2010: 5,2%; 2011: 3,8%
Los datos sobre la Gran Depresión y las recesiones 1970s a 1990s, las he tomado de D. Heymann y A. Ramos, “Fluctuaciones macroeconómicas globales: algunos comentarios”, Revista del CEI Nº 16, noviembre de 2009; quienes a su vez utilizaron Maddison y FMI.
Los datos más recientes son del World Economic Outlook, FMI, 2012, enero.
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Comparaciones entre crisis, producto mundial














