Rolando Astarita [Blog]

Marxismo & Economía

Lógica del capital y marxismo revolucionario y humanista

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En una larga nota anterior defendí la idea de que existe una lógica del capital (ver aquí, aquí, aquí y aquí). En esta entrada señalo la importancia de la cuestión para la política revolucionaria y el programa socialista.

Dado que la vinculación entre la existencia de una lógica del capital y la política socialista revolucionaria ha sido expuesta por Tony Smith  de una manera con la que no puedo estar más de acuerdo, reproduzco aquí los pasajes claves. Los tomo de The Logic of Marx’s Capital. Replies to Hegelian Criticisms (1990, State University of New York Press), pp. 38-40. Escribe entonces Smith:

“La política revolucionaria puede ser definida de dos maneras: 1) política revolucionaria siempre está orientada al objetivo de largo plazo de cambiar las estructuras fundamentales de la sociedad (aun cuando sea necesario preocuparse por objetivos transicionales aquí y ahora); y 2) la política revolucionaria contra el capitalismo implica la afirmación de que las estructuras fundamentales a ser cambiadas son inherentemente y necesariamente explotadoras. En contraste, el reformista es alguien que está preocupado con cambiar estructuras que no son fundamentales, y/o siente que las estructuras fundamentales pueden ser convertidas en no explotadoras si son arregladas (tinkered, también puede traducirse por “toqueteadas”) de la manera correcta.  En los dos puntos una fundamentación teórica de la perspectiva revolucionaria requiere la lógica dialéctica.

1) Las transformaciones revolucionarias atacan las estructuras fundamentales de un sistema social. Pero la distinción entre estructuras fundamentales y no fundamentales solo puede ser elaborada adecuadamente dentro una teoría categorial sistémica. Algunos creen que medidas tales como manipular las rentas monopólicas a través de regulaciones estatales incrementadas, o regular estrechamente las transacciones del capital financiero, y semejantes, constituyen un paso radical hacia el socialismo. Un marxista revolucionario, por el contrario, sostiene que solo el salir de la forma mercancía, de la forma dinero, de la relación capital / trabajo asalariado, cuenta realmente como una transformación revolucionaria hacia el socialismo. La base teórica de la posición marxista se encuentra en El Capital. En la medida en que la forma mercancía, la forma dinero y la relación capital / trabajo asalariado son categorías abstractas que sirven como principios para la derivación de categorías más avanzadas en una reconstrucción del modo de producción capitalista, articulan estructuras y tendencias estructurales que definen ese sistema. Esto implica que transformar otras tendencias, tematizadas en la reconstrucción sistemática por categorías posteriores, más concretas, deja el corazón del sistema intacto. Sin una lógica dialéctica que establezca esta conexión –una conexión que es, por esta vía, verificada prácticamente en el fracaso continuo de las regulaciones con respecto a los beneficios de monopolio y las transacciones bancarias para transformar de manera significativa el sistema- sería imposible una acción revolucionaria consciente guiada por la teoría. En ese caso, la única respuesta al capital serían reacciones sin dirección, ad hoc, espontáneas y, en última instancia, inútiles. Una teoría dialéctica de las categorías es una condición de posibilidad de una transformación revolucionaria consciente (lo cual, por supuesto, no es decir que sea una condición suficiente)”.

En un pasaje anterior Tony Smith señala que, según la teoría de Marx, “existe una conexión sistemática y necesaria (y por lo tanto una conexión lógica, en el sentido de una lógica dialéctica), entre las categorías ‘capital’ y ‘explotación’” (p. 38). A partir de esto, afirma, 2) que este punto teórico tiene conclusiones prácticas:

“El separar la conexión entre la lógica dialéctica de Hegel y El Capital tiene el costo de socavar el intento de Marx de proveer un fundamento para el rechazo de la práctica liberal reformista. El liberal reformista sostiene que las deficiencias del intercambio generalizado de mercancías no son inherentes a la misma forma valor. Se deben a condiciones contingentes. El reformista sostiene que si solo esas condiciones pudieran ser cambiadas (a través de regulaciones estatales, relaciones laborales no adversarias, o lo que sea) entonces en principio esas deficiencias podrían ser superadas. En contraste, la posición de Marx era que los problemas residen en la forma misma del valor, y no en algún conjunto específico de condiciones. Solo la transformación de esa forma puede encarar de manera adecuada esas deficiencias. Para justificar esta posición Marx tuvo que establecer que fenómenos tales como la explotación y las crisis están inherente y necesariamente conectados  con la forma valor”.

 A lo anterior solo quiero agregar un énfasis: esta crítica a la forma valor y a la explotación del trabajo es el fundamento del proyecto liberador y humanista del marxismo. Es volver a la idea de la “negatividad absoluta como el principio motriz y creador”, como decía Raya Dunayevskaya (Filosofía y revolución. De Hegel a Sartre y de Marx a Mao, México, Siglo XXI, 1989). Y citaba al joven Marx: “el comunismo es el humanismo conciliado consigo mismo mediante la superación de la propiedad privada. Solo con la superación de esta mediación- que es, sin embargo, una premisa necesaria- se llega al humanismo que comienza positivamente consigo mismo, al humanismo positivo”. Agregaba Dunayevskaya que era a esto precisamente a lo que temía el comunismo oficial, “a la negatividad absoluta en pleno funcionamiento no solo contra el capitalismo privado sino también contra el capitalismo de estado que se hace llamar comunismo” (p. 66). Dejando de lado el hecho de que no considero que la URSS stalinista haya sido un régimen de capitalismo de Estado (pero sí burocrático y explotador del trabajo), de nuevo debo decir que no puedo estar más de acuerdo con este mensaje.

Para que quede lo más claro y explícito posible: en estos puntos están contenidas las diferencias esenciales que mantengo con las corrientes de izquierda (muchas consideradas marxistas) que buscan remendar el sistema capitalista; que adoptan posiciones políticas nacional estatistas; o que apuestan a reactualizar el programa socialista a través del apoyo (“crítico”, faltaba más) a regímenes burocráticos-capitalistas y explotadores del trabajo, como el chavista venezolano; o burocráticos no capitalistas, como el de Corea del Norte.  No es casual el afán de muchos autores de estas corrientes de negar la existencia de una lógica del capital, y las consecuencias político-prácticas que se desprenden de la misma.

En definitiva, no hay posibilidad de acabar con el trabajo alienado, con la explotación, con el extrañamiento del ser humano ante el mundo mercantil, si no se va a la raíz del mal. Y si no se denuncia, sin componendas ni  oportunismos varios, toda forma de opresión y sometimiento de los pueblos, sea por el capital, o por el Estado y su burocracia (así se autotitule “socialista y revolucionaria”).

Written by rolandoastarita

18/10/2014 at 11:09

Sobre salario, desempleo e inflación (5)

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  Las partes anteriores de esta nota pueden verse aquí, aquí, aquí y aquí.

Salario “dado”

La tesis de que existe una amplia escala de variación del valor de la fuerza de trabajo entre los límites máximo y mínimo, parece estar en contradicción con la idea, adelantada por los fisiócratas y también expresada por Marx, de que el salario debe tomarse como dado: “la base de la economía política moderna, que se ocupa del análisis de la producción capitalista, es la concepción del valor de la fuerza de trabajo como algo fijo, como una magnitud dada, como en verdad ocurre en cada caso en particular” (Marx, 1975, t. 1, p. 39). Pero no es una contradicción, sino dos instancias distintas de análisis. El salario es variable a lo largo del tiempo, pero en cada coyuntura -determinada por la productividad, la relación entre las clases, la situación del mercado y otros factores- existe un valor de la fuerza de trabajo que debe considerarse dado. Por eso la plusvalía es el “resto”, el trabajo por encima del trabajo necesario para reproducir el valor del salario. Lo cual no significa que ese tiempo de trabajo necesario sea inmutable a lo largo del tiempo. Esto explica que en la misma página de Teorías… de la que extraemos la cita anterior, Marx critique a los fisiócratas porque consideraban que el salario debía estar siempre en el mínimo de supervivencia. El salario mínimo, o indispensable para la mantención y reproducción de la fuerza de trabajo varía con las etapas del desarrollo histórico; no debe considerárselo el resultado de una determinación natural.

Regulación endógena del techo salarial

Así como existen niveles mínimos de salarios, también existe algún nivel máximo asociado con las leyes de la acumulación capitalista: si las mejoras salariales pasan ciertos umbrales y se afecta seriamente la ganancia, se activan mecanismos de la acumulación capitalista que disminuyen el poder del trabajo y baja el salario. O bien los capitales disminuyen la acumulación; o la suba de salarios hace rentable la introducción de tecnologías ahorradoras de trabajo. Por cualquiera de estas vías aumenta la presión sobre los asalariados. En la actualidad hay que destacar  el rol de la huelga de inversiones, o el traslado de los capitales a los países y regiones que ofrecen las condiciones más favorables para la explotación.

Esta tesis que dice que el aumento salarial tiene límites, da un marco teórico a la idea de que hay una escala amplia de niveles salariales por encima del mínimo fisiológico de subsistencia. Por eso podemos decir que el mensaje del marxismo tiene dos contenidos centrales: por un lado, dice que los trabajadores pueden arrancar mejoras, o en todo caso, poner límites a los intentos del capital de llevar a los salarios a niveles mínimos, o apropiarse enteramente de los frutos de los aumentos de productividad. Pero en segundo lugar afirma que en tanto persista el sistema capitalista, los trabajadores estarán obligados a reemprender de manera constante las luchas salariales; y que la desocupación, en tanto es un arma del capital para la contención salarial, no puede ser eliminada. De ahí también la recomendación de Marx –véase  Salario, precio y ganancia- de que nunca debe olvidarse que un trabajador bien alimentado sigue siendo un explotado bien alimentado, y que el objetivo es la liberación del ser humano de toda forma de explotación.

El rol del ejército industrial de reserva

A partir de lo anterior se entiende el rol que cumple el ejército industrial de reserva (EIR), esto es, la masa de desempleados que presiona por trabajo (que debe distinguirse de aquellos que han caído en el pauperismo, o indigencia, y ni siquiera tienen esperanza de conseguir empleo). En este respecto destacamos algunos de los aspectos esenciales de la teoría marxista sobre la desocupación.

En primer lugar, el EIR es sistémico en el modo de producción capitalista. Si bien durante períodos la masa de desocupados puede caer a niveles muy bajos, las crisis económicas, los avances de la mecanización y la internacionalización del capital -que aumenta los reservorios de mano de obra barata- constantemente vuelven a llenar las filas del EIR.

En segundo término, el EIR juega un rol de primer orden en la regulación de los salarios a lo largo del ciclo capitalista, ya que afecta la oferta de trabajadores. Aunque no debería considerarse que es el factor determinante del nivel salarial. El determinante último es la propiedad capitalista de los medios de producción, frente a la masa de no propietarios. Esta relación de dominio y coerción es la que determina que el trabajador esté obligado a vender su fuerza de trabajo por un valor que, necesariamente, es menor que el valor que genera. Por este motivo, la fuerza de trabajo se define teóricamente antes del análisis del ejército industrial de reserva. En otros términos, estamos ante dos niveles de determinación. El primero, más básico, consiste en que el obrero debe entregar plustrabajo porque es no propietario de los medios de producción. El segundo nivel se refiere al papel del EIR; este influye en las fluctuaciones de la oferta de la fuerza de trabajo y por lo tanto en las variaciones de la tasa de plusvalía asociadas al ciclo económico: “… los movimientos generales del salario están regulados exclusivamente por la expansión y contracción del ejército industrial de reserva, las cuales se rigen, a su vez, por la alternación de períodos que se opera en el ciclo industrial” (Marx, 1999, p. 793, t. 1). El EIR no determina la existencia de la plusvalía;  por eso no tiene sentido preguntarse, como hacen algunos, por el nivel de desempleo necesario para que exista explotación.

En tercer lugar, debe recordarse que el EIR provee una reserva de mano de obra lista para ser contratada durante los períodos de rápida expansión. De esta manera el capitalismo se independiza de la ley de la población, dando lugar a una ley de población trabajadora específica. En cuarto término, disciplina a la fuerza de trabajo al interior del taller o la oficina. El EIR se convierte así en un instrumento de coerción y sometimiento: “La ley, finalmente, que mantiene un equilibrio constante entre la superpoblación relativa o ejército industrial de reserva y el volumen e intensidad de la acumulación, encadena al obrero al capital con grillos más firmes que las cuñas con que Hefesto aseguró a Prometeo en la roca” (Marx, ídem, p. 805).

Teoría marxista y curva Phillips

Podemos volver ahora a la curva Phillips y a la NAIRU. Ambas no pueden dejar de registrar el hecho de que la desocupación ayuda a disciplinar y controlar las demandas salariales del trabajo. Es la idea contenida en la afirmación de Blanchard y Summers que hemos citado en la primera parte de la nota: “el miedo a perder el empleo por parte de los trabajadores… restringe las demandas salariales”. Sin embargo, la cuestión es presentada en la literatura mainstream sobre la curva Phillips (o la NAIRU) de manera  superficial, sin preguntarse siquiera por las relaciones subyacentes y las nociones básicas. En particular, hay que destacar que la curva Phillips, y contra  lo que muchas veces se piensa, no explica cómo se determinan los salarios.

Como explica Paul Bourguès, el enfoque que está detrás de esa curva solo dice que el salario se determina por el juego de la oferta y la demanda, como sucede con cualquier otra mercancía en el mundo neoclásico. Pero no dice palabra acerca de qué determina el salario cuando la oferta y la demanda se igualan; como sucede con todas las teorías que pretenden explicar un precio por la oferta y la demanda, detrás de la curva Phillips no hay verdaderamente teoría. Falta alguna ley interna que explique el fundamento último del salario. Por eso también la curva Phillips “ampliada con expectativas” tampoco explica por qué, en el largo plazo, debería existir un nivel salarial “natural”, no acelerador de la inflación. Desde el punto de vista del marxismo, en cambio, la relación entre el EIR y las demandas salariales se inserta en una teoría integral de la naturaleza del salario (expresión del valor de la fuerza de trabajo) y su relación con las leyes más generales de la acumulación capitalista.

Necesidad de una crítica radical

Según la OIT, en 2013 la tasa de desempleo mundial eral del 6%; esto significa 202 millones de desocupados (de los cuales casi 75 millones son jóvenes). Tengamos presente que estas estadísticas minusvaloran el nivel real del desempleo; por caso, si alguien que realiza trabajos parciales, o de pocas horas, se lo considera empleado, aunque quisiera conseguir trabajo a tiempo completo. Además, las mediciones no toman en cuenta a los que ya no buscan trabajo porque renunciaron a la esperanza de conseguirlo. Desde la crisis de 2008, unas 23 millones de personas desistieron de seguir buscando empleo en el mundo (ILO 2014).

En la economía mainstream la desocupación está naturalizada; considera que un cierto nivel de desempleo es “lógico” y hasta “natural”, ya que permite un mejor funcionamiento del sistema. La posición de los poskeynesianos es más contradictoria. Davidson, por caso, critica la idea de que el desempleo sea necesario para el sistema capitalista: “Los poskeynesianos critican esta visión de que es necesario perpetuar una subclase de desempleados para mantener las demandas de los que están empleados a niveles no inflacionarios. La persistencia de trabajadores desocupados no es “natural” ni necesaria” (p. 87). Sin embargo, -lo hemos visto en la segunda parte de la nota- los poskeynesianos asimismo admiten que los capitalistas necesitan un cierto nivel de desocupación para mantener la disciplina del trabajo y contener los aumentos de salarios; por eso, en última instancia, admiten la existencia de una NAIRU (¿heterodoxamente “progresista”?). Es el problema sin resolución que subyace a los planteos de Robinson, Kalecki y otros keynesianos de izquierda cuando proponen el objetivo del pleno empleo, pero reconocen que un cierto nivel de desempleo es necesario al capitalismo.

De ahí que la crítica del marxismo vaya a la raíz del asunto: en última instancia, es la propiedad privada del capital la que subyace a la persistencia y generalidad del fenómeno de la desocupación. En tanto no se cuestione la relación misma del capital, la desocupación es inevitable. Todas las diferencias entre las perspectivas reformistas burguesas y el marxismo pueden verse sintetizadas en este punto.

Textos citados:
Bourguès, P. (1981): Los salarios, ¿son responsables de la inflación?, México, Era.
Davidson, P. 1991): Controversies in Post Keynesian Economics, Aldershot, Inglaterra y Vermont, EEUU.
ILO (2014): “Global Employment Trends 2014: The risk of a jobless recovery”, http://www.ilo.org/global/research/global-reports/global-employment-trends/2014/lang–en/index.htm.
Marx, K. (1975): Teorías de la plusvalía, Buenos Aires, Cartago.
Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI.

 

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“Sobre salario, desempleo e inflación (5)”

Written by rolandoastarita

13/10/2014 at 23:05

Sobre salario, desempleo e inflación (4)

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Las partes anteriores de esta nota aquí, aquí y aquí.

La posición de Marx sobre el salario, y el rol de la desocupación es, naturalmente, opuesta a los enfoques burgueses, pertenezcan estos a la vertiente ortodoxa monetarista, reformista keynesiana, o a cualquier variante intermedia.

 El punto de partida

 Tal vez el punto de partida para una correcta comprensión de la crítica desde el marxismo a la tesis de la curva Phillips es cuestionar la idea de que los salarios rigen los precios, y que por lo tanto un aumento de los primeros debe traducirse en el incremento de los segundos. La misma tiene por sustento la concepción –presente en Adam Smith- de que el precio se forma por suma de partes, esto es, por suma del salario, la ganancia del capital y la renta de la tierra. De acuerdo a este enfoque, los contribuyentes a la formación del precio son relativamente independientes uno del otro, y el aumento de salarios debe traducirse en aumento de los precios. Este resultado ocurre tanto en el enfoque neoclásico, que considera que el salario, la ganancia y la renta se determinan por las escaseces relativas y las productividades marginales del trabajo, el capital (identificado con la máquina) y la tierra; como en la teoría poskeynesiana que sostiene que la ganancia y la renta son el resultado de un plus agregado al costo salarial, al momento de la venta.

Todas las teorías burguesas de la inflación por costos, o por conflicto distributivo, tienen esta raíz común, la idea de que el precio es el resultado de la suma de partes. Por eso naturalizan la inflación “por conflicto distributivo”. Hice una crítica a esta tesis en otra nota del blog, a la cual remito (aquí). La idea central es que el valor agregado no se conforma a partir de la suma de partes –salario, ganancia y renta-, sino se resuelve en estas partes. Por lo tanto, si aumentan los salarios, no hay razón, en principio, para un aumento general de precios. Subrayo “en principio” porque solo bajo determinados regímenes monetarios (o regímenes cambiarios que habiliten devaluaciones continuas de la moneda) un conflicto distributivo puede traducirse en alza sostenida, o acelerada, de precios. Desde este enfoque entonces pierde sustento la tesis de la curva Phillips. En esa misma nota presento asimismo una explicación del rol de la inflación en relación a la distribución de los avances de productividad, y la plusvalía relativa; lo cual pone en evidencia que la relación entre salarios y precios está lejos de ser mecánica, como se la representa la teoría económica del mainstream o poskeynesiana.

Por otra parte, en base a la teoría del valor trabajo, no tiene sentido sostener –como hacen los partidarios de la tesis subconsumista- que la realización del producto depende del poder de compra de los asalariados. Es que el salario necesariamente solo puede adquirir el equivalente a la parte del valor total agregado que corresponde al valor generado durante el tiempo de trabajo necesario. La realización, mediante la venta, del valor que corresponde a la plusvalía (también a la amortización del capital fijo y al valor del capital constante circulante) solo puede operarse a través del gasto de los capitalistas (sea a través del consumo suntuario, o la inversión). Es la solución teórica al impasse en que cae el razonamiento poskeynesiano, que hace depender la demanda de los salarios, y la ganancia de la demanda (véase la parte anterior de la nota).

 Una amplia escala posible en salarios

 A partir de la idea de que el valor agregado se resuelve en salarios, ganancia y renta, podemos avanzar al segundo planteo fundamental del marxismo: existe una amplia escala de salarios posibles. Esto fue subrayado por Marx en su polémica con George Weston, de 1865. Weston, miembro del Consejo General de la Primera Internacional,  afirmaba que la lucha por aumentos salariales era inútil, ya que los capitalistas siempre trasladaban los aumentos salariales a los precios. En respuesta, Marx explicó por qué los salarios no rigen los precios (la misma crítica que Ricardo hizo a Adam Smith), y sostuvo que la postura de Weston implicaba caer en la “ley de hierro de los salarios”. Según esta ley, los salarios en la sociedad capitalista inevitablemente deben ubicarse en el nivel de subsistencia fisiológica. En oposición a esta tesis, Marx, sostuvo que entre el nivel máximo de beneficios (esto es, el mínimo posible del salario, que es a nivel de supervivencia fisiológica) y el mínimo de beneficios, existe una amplia escala posible, ya que el valor de la fuerza de trabajo es una magnitud variable. Por eso, concluía Marx, la fijación del nivel del salario entre estos límites está determinada por la lucha continua entre el capital y el trabajo: los capitalistas tratan de reducir el salario a su mínimo, y los trabajadores presionan en la dirección opuesta (véase Marx, 1865).

 Ampliación sobre Marx y la “ley de bronce” de los salarios

 El punto anterior desmiente la idea, bastante difundida, de que Marx habría sostenido su teoría de la plusvalía en la ley de bronce de los salarios. Pero en su obra madura Marx rechazó esta ley; explícitamente, en crítica a Lasalle. Recordemos que basándose en la teoría de la población de Malthus, Lasalle planteaba que cuando los salarios subían por encima del nivel de subsistencia, aumentaba la población trabajadora, y por lo tanto la oferta en el mercado laboral. De esta manera, los salarios volvían al nivel mínimo de subsistencia; y por el motivo inverso, tampoco podían bajar de ese nivel. Una de las principales consecuencias que se desprendían era la inutilidad de la lucha por mejorar los salarios. Pero las consecuencias, según Marx, eran más dramáticas y duraderas: si se trataba de una ley “de hierro”, sustentada en una ley trans-histórica de la población, no podría abolirse con la supresión del sistema de trabajo asalariado. En palabras de Marx, “basándose directamente en esto, los economistas han estado probando durante más de 50 años que el socialismo no puede abolir la pobreza, que tiene su base en la naturaleza, sino solo puede hacerla general, distribuirla simultáneamente por toda la superficie de la sociedad” (Crítica del programa de Gotha). Lasalle también planteaba que si los trabajadores de una rama conseguían un aumento salarial, el mismo provocaría un aumento de precios que afectaría a todos los trabajadores, volviendo hacia atrás el salario real.

Lo paradójico del asunto es que Lasalle tomó esta tesis de las obras iniciales de Marx y Engels. Como explicó Engels en el prefacio de 1885 a la reedición de Miseria de la filosofía, Lasalle la tomó de los escritos del propio Engels y de Marx de la década de 1840, cuando ambos sostenían la tesis del salario mínimo de subsistencia. Por ejemplo, en Miseria de la Filosofía Marx afirma que el precio “del trabajo” no es otro que el salario mínimo.

Sin embargo, posteriormente Marx modificó su posición (véase Mandel, 1968, capítulo 9). Por eso en El Capital, y en otros trabajos, Marx insiste en que el salario contiene un componente histórico y social. Así, en el capítulo 4 de El Capital explica que, siendo el salario la forma en que aparece el valor de la fuerza de trabajo, el mismo  “se resuelve en el valor de determinada suma de medios de subsistencia” (1999, t. 1, p. 209). Deben contarse entre estos medios de subsistencia los necesarios para que el trabajador tenga descendencia; y también para que adquiera la destreza, habilidad y conocimiento necesarios para realizar las tareas. Pero además, los medios necesarios para la subsistencia no son los que permiten la reproducción meramente fisiológica del trabajador, ya que el volumen de las necesidades consideradas imprescindibles, y la forma de su satisfacción, “es un producto histórico y depende, por tanto, en gran parte del nivel cultural de un país, y esencialmente, entre otras cosas, también de las condiciones bajo la cuales se ha formado la clase de los trabajadores libres, y por tanto de sus hábitos y aspiraciones vitales. Por oposición a las demás mercancías, pues, la determinación del valor de la fuerza de trabajo encierra un elemento histórico y moral” (p. 208). Luego, cuando trata la plusvalía relativa, explica cómo, con el desarrollo de las fuerzas productivas, la canasta de bienes que consume el trabajador tiende a ampliarse. En definitiva, no hay manera entonces de seguir afirmando que Marx defendía una tesis del salario a nivel de subsistencia fisiológica. A fin de no extender más este punto aquí, puede consultarse también a Rosdolsky (1978), Sowel (1960) y Mandel (1969).

 El problema de la determinación del salario

 Si bien la idea de que en el valor de la fuerza de trabajo inciden factores históricos, sociales y culturales permite dar cuenta de la evolución de los salarios (en términos de la canasta de bienes que consumen los trabajadores) en la sociedad capitalista, parece sin embargo introducir un fuerte elemento de indeterminación en la teoría marxista del salario. Es que si el salario está determinado por las necesidades sociales y los hábitos establecidos, un aumento de salarios por encima de esas necesidades establecidas, durante un período de tiempo más o menos prolongado, modifica también la necesidad. En otras palabras, el nivel del salario reacciona sobre el valor permanente de la fuerza de trabajo, como observó hace ya muchos años Maurice Dobb (1941). Economistas de la derecha, como Rothbard, han planteado por eso que Marx tuvo que basar su teoría de la plusvalía en la ley de bronce del salario: si se quita esta ley, según Rothbard (1995), el salario está indeterminado, y no hay teoría posible de la plusvalía; pero si se mantiene la ley, no hay manera de explicar la evolución de los salarios en las sociedades capitalistas.

 Salario y relación social en Marx

 De hecho, la dificultad teórica presentada en el punto anterior sobre la indeterminación si se incluyen los factores históricos y sociales en la conformación del salario es insuperable si se entiende al salario como la expresión de una simple suma de bienes. Es que con este enfoque se pierde de vista que la fuerza de trabajo es una mercancía especial, que se distingue del resto de las mercancías, como explicaba Marx en el pasaje de El Capital que hemos citado más arriba: “Por oposición a las demás mercancías, pues, la determinación del valor de la fuerza de trabajo encierra un elemento histórico y moral” (énfasis añadido). Esto significa que la determinación del valor de la fuerza de trabajo no puede hacerse por la misma vía con que se determinan los valores del resto de las mercancías. Nunca debería olvidarse que cuando hablamos de capital nos estamos refiriendo a una relación social de explotación, por la cual el valor (trabajo muerto) se valoriza mediante la subsunción y explotación de su opuesto, el trabajo vivo. Esta oposición se expresa en antagonismo y lucha, que se desarrolla en torno a la utilización de la fuerza de trabajo por parte del capital (intensidad del trabajo, duración de la jornada de trabajo, descansos, etcétera) como en torno a los resultados del desarrollo de las fuerzas productivas. En este último respecto, por ejemplo, el capital trata de apropiarse de los frutos de los avances de la productividad, y el trabajo de obtener, por lo menos, una parte de los mismos.

El resultado final depende entonces del poder respectivo de las fuerzas contendientes, que a su vez está influenciado por múltiples factores (entre ellos, por el ciclo económico, el grado de organización sindical y política de la clase trabajadora, la unidad o división de la clase dominante, el grado de internacionalización de la economía).

Por lo tanto, y precisamente porque la fuerza de trabajo es una mercancía socialmente condicionada, el salario debe considerarse en relación al producto total, o al valor añadido. El enfoque está claramente expuesto en el siguiente pasaje de Teorías de la plusvalía: “El valor del salario debe calcularse, no según la cantidad de medios de subsistencia que recibe el obrero, sino… de acuerdo con la porción relativa del producto total, o más bien del valor de este producto que recibe el obrero. Es posible que, calculado en términos de valores de uso (cantidad de mercancías o dinero), su salario aumente a medida que crece la productividad y, sin embargo el valor del salario descienda, o viceversa. Uno de los grandes méritos de Ricardo consiste en que examinó el salario relativo o proporcional, y lo estableció como categoría definida. Hasta ese momento el salario siempre había sido considerado como algo simple, y por consiguiente se entendía que el obrero era un animal. Pero aquí se lo considera en sus relaciones sociales. La situación de las clases entre sí depende más del salario relativo que del monto absoluto del salario” (1975, t. 2 p. 359). El punto nodal aquí es la crítica de la explotación, no el monto absoluto del salario.

 Textos citados:
Dobb, M. (1941): Salarios, México, FCE.
Mandel, E. (1968): La formación del pensamiento económico de Marx, de 1843 a la redacción de El Capital: estudio genético, México, Siglo XXI.
Mandel, E. (1969): Tratado de economía marxista, México, Era.
Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI.
Marx, K. (1975): Teorías de la plusvalía, Buenos Aires, Cartago.
Marx, K. (1875): “Crítica del programa de Gotha”, https://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gotha/gothai.htm.
Marx, K. (1865): “Salario, precio y ganancia”, https://www.marxists.org/espanol/m-e/1860s/65-salar.htm.
Rosdolsky, R. (1978): Génesis y estructura de El Capital de Marx, México, Siglo XXI.
Sowell, T. (1960): “Marx’s ‘Increasing Misery’ Doctrine”, The American Economic Review, vol. 50, pp. 111-120.
Rothbard, M. (1995): Historia del pensamiento económico, Madrid, Unión Editorial.

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“Sobre salario, desempleo e inflación (4)”

 

 

Written by rolandoastarita

08/10/2014 at 10:04

Sobre salario, desempleo e inflación (3)

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Las partes anteriores de esta nota aquí y aquí

Salarios, desempleo e inflación en los poskeynesianos

 Si bien existen puntos de contacto entre el planteo de los nuevos keynesianos y el de los poskeynesianos, en particular en lo que respecta a la importancia del conflicto distributivo en las causas de la inflación, sus enfoques difieren en aspectos sustanciales. Es que a  diferencia de los nuevos keynesianos, los poskeynesianos ponen el énfasis en la demanda como determinante del empleo, y en una distribución del ingreso más igualitaria para impulsar la demanda. Por eso, el enfoque poskeynesiano tiene puntos de contacto con el subconsumismo tradicional (véase Bleaney 1977, para una descripción). Recordemos que el subconsumismo plantea que es posible un desarrollo armónico del capitalismo, en el que los salarios elevados dan lugar a una demanda elevada, y esta facilita la rentabilidad del capital, que garantiza la continuidad de la inversión. Con matices, los keynesianos de izquierda sostienen, en sustancia, el mismo enfoque. Por eso sus tesis encajan en el reformismo burgués y otras variantes reformistas (socialdemócratas, sindicalistas burgueses, nacionalistas de izquierda, y similares). El ideal, como lo explicitaba Keynes, es reformar al modo de producción capitalista sin afectar sus raíces, la propiedad del capital.

Sin embargo, al mismo tiempo que los poskeynesianos destacan el rol de la distribución del ingreso y los beneficios del pleno empleo, no pueden dejar de señalar el rol que cumple la desocupación en el conflicto entre el capital y el trabajo. Por eso el análisis del enfoque poskeynesiano pone en evidencia las contradicciones que atraviesan al reformismo burgués en torno a la desocupación, los salarios y la inflación. Es la cuestión que trato en esta parte de la nota. A fin de desarrollar el punto, comienzo reseñando la crítica, justamente famosa, de Galbraith a la NAIRU; sintetizo luego el meollo de la problemática poskeynesiana, a través de dos textos clásicos sobre el empleo, de Joan Robinson y Michael Kalecki, para finalmente presentar planteos más recientes, la naturalización de la relación capitalista y la admisión de una NAIRU poskeynesiana.

La crítica Galbraith de la NAIRU

Una de las críticas más conocidas de los poskeynesianos a la NAIRU es la que hizo James Galbraith en los años 1990. En ese escrito Galbraith sostiene que la curva Phillips, sobre la que descansa el argumento de Friedman, es una mera relación estadística, sin justificación teórica. Luego, y en línea con la tradición de Keynes, cuestiona la existencia misma del mercado de trabajo neoclásico, ya que los trabajadores no tienen forma de fijar sus salarios en términos reales, debido a la interdependencia entre los salarios monetarios y el nivel de precios, que no controlan. Por eso, la curva de oferta de trabajo neoclásica no tiene sentido, y por lo tanto, tampoco tiene sustento el modelo de mercado laboral de Friedman. También de acuerdo a la tradición keynesiana, Galbraith sostiene que el nivel de empleo no se fija en el mercado laboral imaginado por los neoclásicos, sino depende del nivel de la demanda del producto. Además, la NAIRU de largo plazo tampoco puede ser guía para una política macroeconómica, debido a la cantidad de factores que inciden en ella: la información puede ser asimétrica, puede existir competencia monopólica, hay relaciones no lineales, incluso caos. Todo esto se inscribe en la idea keynesiana de que el futuro es, de hecho, impredecible.

En cuanto al aspecto empírico, Galbraith argumenta que los datos entre 1960 y 1996 mostraban, en promedio, una relación muy débil entre niveles de desempleo e inflación, con muchos movimientos horizontales de la curva Phillips. Por ejemplo, durante las primeras etapas de las recesiones efectivamente disminuía el nivel de inflación, aunque el desempleo permaneciera relativamente bajo; pero luego niveles adicionales de desempleo agregaban muy poco a la caída de la inflación. Además, cuando los estudios partían de una NAIRU fija, las estimaciones tenían grandes errores estadísticos; y cuando se permitía variar la tasa natural, esta se desplazaba de manera considerable. Las reestimaciones, continuaba Galbraith, la mayor parte de las veces parecían respuestas a anteriores fracasos de las predicciones; y tampoco existía una explicación del porqué de las variaciones. Ante estos problemas, cabía preguntarse qué sentido tenía utilizar el índice de un supuesto equilibrio de largo plazo cuando ese índice estaba variando continuamente; ¿dónde estaba el largo plazo?

Galbraith concluía que la incertidumbre y los desacuerdos entre los mejores economistas que trabajaban en el tema, y el hecho de que la inflación en EEUU no se hubiera acelerado en los años 1990 a pesar de la superación de la NAIRU, ponían en evidencia la inconveniencia de utilizar la tasa natural de desempleo como guía para las políticas económicas. Agreguemos que en las últimas dos décadas la situación teórica de la NAIRU no ha mejorado. Lo cual no impide a algunos economistas decir que “la gente seria” no discute siquiera la validez de la NAIRU.

 Poskeynesianismo “clásico”

 Vayamos ahora al meollo del planteo poskeynesiano. Tomamos como referencia los artículos de Joan Robinson, “The Problem of Full Employment”, escrito en 1943 para la Worker’s Educational Association; y el de Kalecki, “Political Aspects of Full Employment”, también de 1943, publicado en Political Quarterly.

La idea clave que recorre el trabajo Robinson es que la demanda -esencialmente el gasto en consumo e inversión- gobierna la producción y por lo tanto determina el empleo que ofrecen los empresarios. Es la idea de Keynes de que el mercado laboral está regido por el principio de la demanda efectiva; la tradición poskeynesiana de Cambridge, además, es crítica de la tesis que dice que los salarios se igualan a la productividad marginal del trabajo.

Por otra parte, continúa Robinson, una distribución más igualitaria del ingreso ayuda a la demanda, ya que el deseo de acumular mediante el ahorro limita la demanda de consumo, y los sectores más pobres tienen menor propensión al ahorro. Por el contrario, un exceso de ahorro puede generar desempleo. En este último caso, la brecha de demanda (y empleo) podría cubrirse con el gasto de inversión de las empresas; sin embargo, la inversión es inestable porque es cada vez menos rentable a medida que se van satisfaciendo las necesidades de la población en materia de viviendas, ferrocarriles y otro tipo de bienes o infraestructura (una idea que también está en la Teoría General de Keynes). Por eso, las empresas restringen la inversión, lo que afecta negativamente -por vía del multiplicador- el ingreso. En consecuencia, la falta de oportunidades de inversión genera una tendencia al estancamiento y el desempleo crónicos, cuya causa última, por lo explicado, es la distribución desigual del ingreso.

La solución sería entonces aumentar los salarios, en coincidencia con el programa de los sindicatos. Sin embargo, Robinson es consciente de que el aumento de los salarios provoca el aumento de los costos de las empresas, lo cual lleva al incremento de los precios, que se forman por recargo sobre los costos. El resultado es que el salario real no aumenta, y la mejora del ingreso fracasa. Por eso el pleno empleo genera una tendencia a la inflación, que puede desembocar en una espiral inflacionaria, con efectos negativos sobre los que tienen ingresos fijos. En este marco, y después de analizar varias soluciones alternativas, Robinson concluye que la salida es planificar la inversión, aunque no especifica el grado de esa planificación ni el método para llevarla a cabo. Al mismo tiempo, Robinson sabe que en el capitalismo el desempleo sirve para reforzar la autoridad del capitalista frente a los trabajadores. Por eso reconoce que los empresarios consideran necesario un cierto monto de desempleo.

En Kalecki (1972) el problema es similar. Sostiene que el pleno empleo puede asegurarse mediante un programa de gasto estatal, que propone subvencionar con deuda, no con impuestos. El aumento de la demanda logrado por esta vía no generaría inflación en la medida en que fuera respondido por aumentos de la producción; en cualquier caso, si la demanda superara a la oferta disponible, la inflación le pondría freno. A su vez, el pleno empleo provocaría aumentos de salarios, pero esto no afectaría a las ganancias de las empresas (ni a sus inversiones), ya que los mayores costos se trasladarían a precios, y las ganancias aumentarían con el incremento de la demanda. Los únicos perjudicados serían los rentistas. En consecuencia, no habría obstáculos económicos para alcanzar el pleno empleo. ¿Por qué no se logra? La respuesta de Kalecki es que se interponen obstáculos políticos: los empresarios no quieren que el Estado intervenga en la economía porque defienden el laissez faire: y rechazan los subsidios a los pobres porque debilitan la moral del trabajo (“te ganarás el pan con el sudor”). Sin embargo, y más importante, los capitalistas no desean el pleno empleo porque debilitaría la posición social del patrón, a la par que crecería la seguridad y conciencia de clase de los trabajadores, y se potenciarían las huelgas por aumentos de salarios y mejoras laborales, creando tensión política. Por eso Kalecki concluye que un capitalismo de pleno empleo debería desarrollar nuevas instituciones políticas y sociales para reflejar el poder de la clase obrera, y si no pudiera hacerlo, se revelaría como un sistema obsoleto, que debería ser desechado.

 Contradicciones inherentes al planteo

 Los trabajos de Robinson y Kalecki reseñados permiten abordar el centro de los problemas del reformismo poskeynesiano. Observemos que en primer lugar está la relación entre el salario, el beneficio y los precios. Según el enfoque keynesiano, dado el costo salarial, el beneficio surge por un “recargo” que depende de la demanda. Esto significa que la ganancia es alta si la demanda es alta, y para esto ayuda una distribución igualitaria del ingreso, y salarios altos. ¿Pero qué sucede con la relación salarios – beneficios? ¿No pueden los salarios elevados ahogar los beneficios, y con ello la inversión? Estamos en el meollo del problema. Como vimos, Kalecki salva la cuestión diciendo que las ganancias pueden conservarse si suben los precios; pero para esto apela a un tercer sector, los rentistas, que serían los únicos perjudicados en un escenario de aumento de precios, salarios y ganancias empresarias. No parece ser una explicación lógica, ya que los capitalistas dinerarios constituyen una fracción de la clase capitalista total, y como tales, participan de las ganancias del conjunto. Por eso, si la suba de salarios disminuye las ganancias, el efecto recaerá toda la clase capitalista. Pero un desarrollo teórico en esta dirección induciría a alguna teoría de la explotación del trabajo, cuestión que ni siquiera es explorada por los poskeynesianos.

En cuanto a Robinson, se da cuenta de que la suba salarial puede dar lugar a una espiral ascendente de precios y salarios, con la consecuencia de que los salarios reales no mejoran (y para colmo hay inflación). Es la explicación poskeynesiana de la inflación por el conflicto distributivo. Robinson también es consciente de que no hay posibilidades de garantizar, a través de los aumentos de salarios, la inversión que debería llevar al pleno empleo, ya que los aumentos de salarios afectan el costo de las empresas. Por eso, si los precios no compensan el incremento de los salarios, se afectaría la ganancia; pero si suben los precios, los salarios en términos reales no aumentan, y la demanda, que es la clave del nivel del empleo, no mejora. En los cuernos de este dilema se evidencia un problema irresoluble para el reformismo burgués keynesiano. Enfrentada a la cuestión, Robinson propone la planificación estatal. Estamos en los límites mismos del reformismo burgués, que quiere abolir los males del sistema capitalista sin acabar con el sistema capitalista.

La misma problemática también aparece por el lado de las relaciones productivas al interior de la empresa. Es que Robinson y Kalecki son conscientes del rol del desempleo en el sistema capitalista: es un arma del capital para disciplinar al trabajo. Por eso, en el límite, Kalecki termina admitiendo que el pleno empleo exigiría una transformación radical del sistema capitalista. Pero esa transformación radical, de hecho, no puede llevarse a cabo sin afectar de manera decisiva los derechos de propiedad del capital. Llegado a este punto, en que asoma nuevamente el abismo de la transformación revolucionaria, tampoco Kalecki avanza.

 Los poskeynesianos actuales

 Si bien los poskeynesianos del presente están bastante lejos de los planteos “peligrosos” del estilo de Kalecki y Robinson de la década de 1940, son críticos de la tesis monetarista y retienen la tesis que dice que la inflación es el resultado del conflicto distributivo. Davidson (1991), un referente del poskeynesianismo actual, es muy claro al respecto: el alza continuada y acelerada de los precios, sostiene, es el síntoma de la lucha en torno a la distribución del ingreso. Según este enfoque, cuando las participaciones del salario y los beneficios reclamadas por el trabajo y el capital superan el producto nacional, el conflicto se resuelve con el alza de los precios, lo cual provoca más alzas de salarios, y nuevas alzas de precios. “En un mundo de grandes sindicatos, grandes corporaciones, multinacionales, carteles internacionales y grandes grupos de presión tales como granjeros, maestros, personas mayores, y similares, cada una de estas poderosas entidades puede, y normalmente lo hacen, tratar de ejercer presión a través del mercado o política para aumentar su ingreso a expensa de otros. Los poskeynesianos sostienen que la existencia de una inflación continua en cualquier sociedad encierra alguna redistribución del ingreso real desde los grupos de una economía más débiles a los más poderosos, y a sus socios comerciales” (p. 91).

Por lo tanto, el crecimiento de la masa monetaria, a la inversa de lo que dicen los monetaristas, sería una consecuencia de esa espiral de aumentos de ingresos y precios. Es que los bancos se ven obligados a proveer el financiamiento a las empresas para satisfacer los costos monetarios crecientes (contra lo que afirman los monetaristas, la creación del dinero es endógena, según el enfoque poskeynesiano). Una explicación similar encontramos en Pollin (2000). Analizando la política de la época de Clinton, sostiene que la caída de la inflación (y de la NAIRU) se debió, en lo esencial, a cambios en la relación de fuerzas entre el capital y el trabajo (aunque también a la mayor integración de EEUU en la economía mundial). Esos factores también explicarían que las ganancias salariales fueran menores que las de la productividad.

Por otra parte, y también en la tradición de Cambridge, los poskeynesianos subrayan que la curva de demanda de trabajo depende del nivel de la demanda efectiva, la cual a su vez está influenciada de manera decisiva por los gastos y la inversión del gobierno. Por lo tanto, y en oposición a lo que dicen los organismos internacionales (FMI, Banco Mundial) y el establishment, Davidson sostiene que las bajas salariales no pueden generar aumento del empleo, a menos que aumenten la demanda efectiva.

 Naturalización de la explotación…

 Debido a que los poskeynesianos adoptan una posición crítica hacia el monetarismo, a veces sus planteos son tomados como críticas al sistema capitalista. Lo cual alimenta la noción de que existe algo así como una teoría económica “heterodoxa”, en la cual coincidiríamos los marxistas y la mayor parte del keynesianismo de izquierda. Pero nada más alejado de la realidad. Los enfoques del marxismo y del poskeynesianismo se oponen en lo esencial: el primero es crítico del capitalismo porque considera que es un modo de producción basado en la explotación del trabajo; el segundo solo busca algunas reformas, y no cuestiona el origen del beneficio (o de la renta).

Esta divergencia no puede no manifestarse en los debates sobre el nivel de empleo, los salarios y los precios. Tengamos presente que la tesis de la curva Phillips, en su versión más general y tradicional, sostiene: a) que cuando baja la desocupación los salarios nominales tienden a aumentar (e inversamente); y b) que cuando baja el desempleo aumentan los precios (o se acelera la inflación) porque la suba de salarios se traduce inevitablemente en aumento de precios (e inversamente).

Pues bien, la segunda afirmación de la tesis de la curva Phillips está en el centro de la aceptación a-crítica de las ganancias del capital (también de la renta de la tierra y el interés). Es que habría un nivel “lógico” de ganancia, que los trabajadores deberían aceptar. Davidson lo pone negro sobre blanco en su libro. Allí explica que el PBI puede considerarse como una gigantesca torta “cocinada o producida por el esfuerzo combinado de trabajadores, propietarios y empresarios. Cada contribuyente a la producción de esta torta recibe, en pago de sus esfuerzos, una suma de ingreso monetario. El tamaño de la porción reclamada depende del precio del servicio productivo que ha proveído” (p. 88). De aquí se desprende que si alguna de las partes quiere apropiarse de una porción mayor, se desatará la inflación. Notemos que es difícil distinguir esta tesis de la explicación vulgar de la teoría neoclásica (cada parte tiene lo que merece, vía productividad marginal). En otras formulaciones poskeynesianas, se sostiene que la ganancia surge de un “recargo” o mark up. Pero este nunca se justifica teóricamente. Como explicaba Marx, ninguno de los economistas que sostenían que los salarios regulan los precios porque la ganancia y la renta son simples adicionales de porcentajes a los salarios, era capaz “de vincular los límites de esos porcentajes a una ley económica cualquiera” (“Salario, precio y ganancia”). El panorama no ha cambiado con los poskeynesianos actuales.

En consecuencia, el planteo poskeynesiano termina naturalizando una determinada distribución del ingreso (en términos marxistas, una tasa de plusvalía) que nadie podría cuestionar seriamente sin desatar una carrera inflacionaria. “Si los salarios monetarios aumentan en relación a la productividad del trabajo, entonces deben aumentar los costos laborales por producir. En consecuencia, las empresas deben aumentar sus precios de venta si han de mantener la rentabilidad y viabilidad” (Davidson, p. 117). Pero dado que además los salarios son claves para sostener la demanda, Davidson termina proponiendo una conciliación entre el capital y el trabajo a través de la política impositiva. Sugiere por eso aplicar un impuesto a las empresas que concedan aumentos salariales por encima del crecimiento de la productividad. Es la alternativa a la “bárbara” política antiinflacionaria de los monetaristas. Se trata, según Davidson, de aplicar las políticas civilizadas y favorables a la comunidad con las que soñaba Benjamin Franklin. Con variantes, este ideal de conciliación entre explotadores y explotados a través de la acción del Estado (colocado por encima de las clases) la encontramos en todos los programas keynesianos reformistas estatistas.

…y una NAIRU poskeynesiana

 El razonamiento poskeynesiano, como no puede ser de otra manera, desemboca en la incorporación de una NAIRU, esto es, en la aceptación de la afirmación (a) -véase más arriba- de la tesis de la curva Phillips. Es que, como explica Stochammer (2008), una menor demanda efectiva significa mayor desempleo y más capacidad ociosa de las empresas, lo cual debilita las posiciones del capital y el trabajo, dando lugar a una caída de la inflación. Por lo tanto, debe existir un nivel de desocupación lo suficientemente elevado como para que la inflación sea constante. En consecuencia, y en palabras de Stochammer, “el modelo poskeynesiano también exhibe una NAIRU”. Aunque aquí el énfasis sigue estando en la demanda. Por esto, dado que la demanda influye en el nivel de empleo, la NAIRU es endógena a mediano plazo, y puede ser modificada con políticas estatales de aliento a la demanda, siempre según Stochammer. También una mayor participación de los salarios incide en la NAIRU, al alentar la demanda. Sin embargo, no especifica cuál es el límite de esta mejora del ingreso, ni la compatibiliza con la idea de que los aumentos de salarios se trasladan a precios. Se repite así el razonamiento de Robinson de los 1940, aunque sin aludir casi a las contradicciones implicadas en este programa reformista.

 Bibliografía citada:
Bleaney, M. F. (1977): Teorías de las crisis, México, Nuestro Tiempo.
Davidson, P. (1991): Controversies in Post Keynesian Economics, Aldershot, Inglaterra y Vermont, EEUU.
Galbraith, J. (1997): “Time to Ditch the NAIRU”, Journal of Economic Perspectives, vol. 11, pp. 93-108.
Kalecki, M. (1972): “Political Aspects of Full Employment”, E. Hunt y J. Schwartz (editors) A Critique of Economic Theory, Middlesex, Inglaterra, pp. 420-430.
Keynes, J. M. (1986): Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, México, FCE.
Marx, K. (1865): “Salario, precio y ganancia”, https://www.marxists.org/espanol/m-e/1860s/65-salar.htm.
Pollin, R. (2000): “Anatomy of Clintonomics”, New Left Review, may-june, http://newleftreview.org/II/3/robert-pollin-anatomy-of-clintonomics.
Robinson, J. (2009) “The Problem of Full Employment”, 2009, Langer Chicago,  http://sites.roosevelt.edu/glanger/files/2012/12/Robinson-on-the-Problem-of-Full-Employment.pdf.
Stockhammer, E. (2008): “Is the NAIRU theory a Monetarist, New Keynesian, Post Keynesian or a Marxist theory?”, Metroeconomica, vol. 59, pp. 479-510.

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“Sobre salario, desempleo e inflación (3)”

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28/09/2014 at 16:47

Sobre salario, desempleo e inflación (2)

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Acerca del título de la nota: En un principio esta nota llevaba por título “López Murphy sobre salario, desempleo e inflación”, ya que el disparador de la misma fue la reivindicación que hizo este economista de la derecha de las políticas de control de inflación de los bancos centrales de los países desarrollados (políticas que tienen como centro la llamada tasa natural de desempleo). Sin embargo, a medida que fui desarrollando el tema, el escrito adquirió un carácter más general: además de la postura estrictamente monetarista, presento en las siguientes partes de la nota los enfoques de los nuevos keynesianos, de los poskeynesianos, y finalmente una síntesis de la postura de los marxistas. De ahí que haya optado por el título más general “Sobre salario, desempleo e inflación (2)”

En la primera parte de esta nota (ver aquí) hicimos una crítica específica a la posición del economista López Murphy sobre el rol del desempleo en el control de los salarios, y la inflación. Debido a la forma en que se está establecida esta idea, y su conexión con algunas de las tesis centrales del marxismo, y de los poskeynesianos, desarrollamos ahora la cuestión en un marco que excede en mucho el argumento específico de LM. Particularmente nos interesa destacar el contenido político de las formulaciones actuales del mainstream nuevo keynesiano, y las alternativas desde el poskeynesianismo y el marxismo. Lo que presento en esta parte de la nota es material estándar de los cursos habituales de la macroeconomía universitaria, y también lo que sustenta las políticas de los bancos centrales de la mayoría de los países adelantados.

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18/09/2014 at 11:52

Lógica del capital y crítica marxista (4)

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Las partes anteriores de esta nota aquí, aquí y aquí.

El discurso posmoderno post caída del Muro

Los críticos de la tesis de la lógica del capital sostienen que no existe centralidad del trabajo asalariado, ni leyes objetivas de la dinámica capitalista. Ya hemos discutido teóricamente estas cuestiones. Sin embargo, las diferencias no deben ser dilucidadas solo a nivel teórico, sino también en relación a datos y hechos. La pregunta entonces es acerca de la capacidad que ha tenido la tesis “no hay leyes ni lógica del capital” para explicar, o prever, las tendencias del desarrollo económico y social de las últimas décadas.

En este punto tengamos presente que el posmodernismo tomó vuelo con sus pronósticos sobre lo que venía luego del derrumbe de la URSS, la desarticulación de los llamados Estados de bienestar, en Occidente, y el arranque de la globalización. Por aquellos años los posmodernos plantearon que con la caída de los regímenes stalinistas, y el fin del fordismo -producción y consumo de masas, trabajo alienante en las líneas de montaje, cultura conformista, control sindical y estatal- se abría una era de expansión de la diferencia, de construcción libre de las identidades, de exaltación de la particularidad y desarrollo de las personalidades. Según esta visión, la posmodernidad consumista llevaría a ofrecer a cada uno la mercancía adecuada, en tanto que en los lugares de trabajo se impondrían los horarios flexibles, los equipos de trabajo participativos y creativos, y la especialización no alienante. Las relaciones de producción capitalista serían flexibilizadas en sentido libertario y democrático, y la sociedad sería abierta y plural, dando lugar a un individuo “liberado del corsé autoritario” y focalizado en el placer y el cuidado del cuerpo y la mente.

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11/09/2014 at 10:32

Sobre salario, desempleo e inflación (1)

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Acerca del título de la nota: En un principio esta nota llevaba por título “López Murphy sobre salario, desempleo e inflación”, ya que el disparador de la misma fue la reivindicación que hizo este economista de la derecha de las políticas de control de inflación de los bancos centrales de los países desarrollados (políticas que tienen como centro la llamada tasa natural de desempleo). Sin embargo, a medida que fui desarrollando el tema, el escrito adquirió un carácter más general: además de la postura estrictamente monetarista, presento en las siguientes partes de la nota los enfoques de los nuevos keynesianos, de los poskeynesianos, y finalmente una síntesis de la postura de los marxistas. De ahí que haya optado por el título más general “Sobre salario, desempleo e inflación (1)”.  

En una polémica realizada ayer en un programa de TV con Jorge Altamira, dirigente del Partido Obrero, el economista de derecha López Murphy reivindicó las políticas de los bancos centrales de los países desarrollados de control de la inflación, que han venido aplicándose en las últimas décadas. Si bien las mismas tienen como punto axial la idea de que una elevada tasa de desempleo da lugar a una baja de la tasa de inflación, se combinan sin embargo con la tesis de que la inflación es, en lo esencial, un fenómeno monetario (esto es, un resultado de una excesiva emisión monetaria). En el curso de la polémica, JA señaló, correctamente en mi opinión, el carácter ideológico del planteo de LM; con esto quiso decir que no tiene un fundamento científico, sino está basado en la defensa de los intereses del capital en general. LM defendió su posición presentándola como “natural y lógica”, prácticamente como si se tratara de un hecho técnico; la naturalización pasa por el argumento de “la aplican los países serios”.

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05/09/2014 at 13:31

Campaña internacional en defensa de delegados obreros

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El Gobierno de Cristina Kirchner presentó recientemente una denuncia penal contra delegados gremiales del ferrocarril Sarmiento, y pidió su desafuero sindical. Por esta vía intenta acabar con una conducción sindical de larga trayectoria en defensa de los trabajadores. Este ataque se inscribe en una política más amplia, de corte represivo, que acompaña el programa económico en curso, de “ajuste” sobre los salarios y los ingresos en general de la población trabajadora.
En respuesta, se ha lanzado una campaña internacional en defensa de los delegados del ferrocarril Sarmiento, en base al texto que reproduzco a continuación.

                               

                                   ¡No al pedido de desafuero de los ferroviarios combativos!
                                                   ¡No a la criminalización de la protesta!

“En Argentina, luego de la exitosa huelga general del 28 de agosto, el ministro de Transporte e Interior, Florencio Randazzo, presentó una denuncia penal y pidió el desafuero sindical (quitarle sus cargos legalmente) contra varios delegados ferroviarios del ramal Sarmiento. Su intención es descabezar al Cuerpo de Delegados y el sindicato, encabezado por Rubén “Pollo” Sobrero, que lucha y defiende los derechos de los trabajadores y viene enfrentando las mentiras de la famosa “revolución ferroviaria” del gobierno.
Sin pruebas, se acusa a los delegados Mónica Schlottauer, Edgardo Reynoso, Luis Clutet y Rubén Maldonado, y al compañero Julio Capelinsky -del sector limpieza-, por un supuesto “atentado” contra los trenes. Nada más falso. El supuesto “atentado” consistiría en residuos de basura en un vagón, según fotos mostradas por el gobierno. Una tremenda ridiculez.
Es una acusación falsa con el objetivo de intimidar a los que luchan y a dirigentes que no se venden, intentando tapar que hubo un gran paro nacional.
Esta falsa acusación es parte de una política del gobierno nacional de criminalizar la protesta, como ocurre en otros países. De esa forma el gobierno, por ejemplo, avaló la condena a cadena perpetua de trabajadores petroleros de la localidad de Las Heras. Ya existe una campaña internacional por la absolución de los petroleros de Las Heras. En el país existen cerca de 6.000 luchadores procesados por diversas protestas. Hace un tiempo atrás el gobierno acusó al dirigente ferroviario “Pollo” Sobrero de quemar trenes con una causa judicial falsamente armada. Tuvieron que retroceder y sobreseerlo porque no había ninguna prueba. Ahora vuelven a hacer lo mismo.
Repudiamos esta actitud anti sindical del gobierno de Argentina contra delegados y dirigentes sindicales que luchan y no responden a sus dictados.
Está en curso una campaña internacional en defensa de los ferroviarios. Llamamos a la más amplia unidad y solidaridad de sindicatos, organizaciones estudiantiles, vecinales, de derechos humanos, personalidades, legisladores y partidos políticos.

¡No a la criminalización de la protesta! ¡No al desafuero de los delegados ferroviarios combativos de Argentina!

Enviar pronunciamientos por mail

Nos pronunciamos contra el pedido de desafuero a los delegados Mónica Schlottauer, Edgardo Reynoso, Luis Clutet y Rubén Maldonado, y al compañero Julio Capelinsky -del sector limpieza- del ramal Sarmiento del Ferrocarril porque consideramos que es una forma de criminalización de la protesta,

Nombre y apellido ciudad y país organización cargo (sindical u otro)
mail a monicaireinoso@gmail.com

 

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“Campaña internacional en defensa de delegados obreros”

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04/09/2014 at 10:05

Lógica del capital y crítica marxista (3)

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Tercera parte de la nota; las anteriores, aquí y aquí.

 “No hay núcleo unificador”

Una de las cuestiones centrales en que nos oponemos los que sostenemos que existe una lógica del capital y los críticos de esta tesis, es acerca de si hay una relación social núcleo, unificadora de la formación social. En este respecto, el crítico de la lógica del capital sostiene que la realidad social contemporánea no tiene un núcleo que sea conocible, y que incluso no tiene importancia que sea conocible porque, de todas maneras, no existe núcleo alguno. En consecuencia, la realidad es fragmentada: cada instancia -la política, la economía, lo institucional, la cultura, las ideas morales, la ideología, etcétera- es autónoma con respecto a las otras, y tiene el mismo poder explicativo acerca de la evolución social. Por eso, ni discute siquiera cuál puede ser la relación central; no tiene objeto analizar si la contradicción central es “imperio – nación” o “capital – trabajo” ya que la misma formulación de algún eje ordenador carece de sentido. Más aún, ni siquiera es conocible. Por lo tanto, la suma de “realidad no conocible” y “fragmentación” de instancias a igual nivel da como resultado un enfoque afín al pensamiento posmoderno. En particular, porque se rechaza la idea de que la economía es el ámbito central de las contradicciones sociales, y que la clase obrera es el sujeto social fundamental enfrentado a la clase capitalista (puede verse esta posición en Omar Acha, citado en la segunda parte de esta nota).

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Written by rolandoastarita

02/09/2014 at 11:24

Lógica del capital y crítica marxista (2)

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Segunda parte de la nota iniciada aquí.

Más sobre leyes objetivas y determinación

Al tratar la lógica del capital, y la existencia de leyes sociales objetivas, aparece de manera repetida la cuestión de la “determinación”. Los críticos de la tesis de la lógica del capital hacen todo un mundo de la crítica al “determinismo”, y en particular, al “determinismo económico”. A este fin, construyen un muñeco de paja: reducen todo determinismo al determinismo unidireccional y mecánico, para concluir que la determinación es propia de un marxismo “dogmático y cerrado”.

La realidad sin embargo es que la determinación juega un rol central en las ciencias sociales. Por supuesto, es fácil acordar en que las determinaciones que son propias de la mecánica clásica (del tipo que dice “si en un instante dado se conocen las posiciones y velocidades de un sistema dado finito, a partir de sus funciones se pueden determinar las velocidades y posiciones futuras”), tienen una aplicación muy limitada, o nula, en el análisis social. Dado que las actividades humanas se desarrollan en entornos siempre cambiantes, y que cambian precisamente a causa de las acciones de los seres humanos sobre esos entornos -y sus reacciones a esos cambios-, el futuro no está determinado de ninguna manera mecánica o lineal.

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Written by rolandoastarita

25/08/2014 at 09:59

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