Rolando Astarita [Blog]

Marxismo & Economía

La táctica trotskista del entrismo (4)

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Las estructuras partidarias

Lo que hemos planteado en los apartados anteriores cobra mayor relieve cuando se trata de los partidos o movimientos de masas. La famosa frase de Marx y Engels sobre que “las ideas dominantes de la clase dominante son las ideas dominantes de cada época”,  parece aplicarse doblemente a las organizaciones políticas que defienden programas y políticas burguesas, o burocrático-estatistas. Parafraseando La ideología alemana, podemos decir que los dirigentes de los partidos y movimientos burgueses, pequeño burgueses o burocráticos son los productores, reguladores y distribuidores de las ideas, o ilusiones, que adoptan las bases y simpatizantes de esos partidos y movimientos. En esta cuestión tienen un papel decisivo los “ideólogos conceptivos activos” (el término es de Marx y  Engels) asimilados por las direcciones partidarias, y más en general, los “intelectuales orgánicos” (Gramsci) que ofician de mediadores entre las direcciones y las bases. Precisemos que no se trata solo de los “altos ideólogos”, sino también de cientos o miles de personas que abarcan periodistas, funcionarios del Estado, trabajadores de la cultura, así como los cuadros medios de dirección, los encargados de organización en todos los niveles, y los militantes formados. Todo esto se potencia cuando el partido o movimiento controla las palancas del Estado, o directamente se fusiona con el mismo. En estas circunstancias el rol de estos intelectuales, desde los niveles más altos a los puestos más humildes, adquiere aún mayor relevancia. Comúnmente esta gente apoya un “ajuste a lo FMI” argumentando que “estamos afianzando el poder popular y la transformación revolucionaria”; y puede defender sin remordimientos la represión a un movimiento popular de protesta, o a una huelga, con el argumento de “le hacen el juego a la derecha y a los grupos económicos concentrados” (cualquier similitud con el discurso stalinista tradicional, no es casualidad).

Agreguemos que los partidos y movimientos de masas que se adaptan al sistema capitalista disponen de innumerables recursos materiales: representaciones parlamentarias, puestos a niveles municipales o provinciales, direcciones de sindicatos y otras organizaciones de masas, que dan lugar a un universo de posibilidades para silenciar críticas, disimular problemas, justificar lo injustificable y fortalecer adhesiones.

Por lo tanto, los trotskistas que hacen entrismo no militan en un vacío ideológico y político. Si a nivel social general las experiencias están mediadas por los discursos e ideologías, esto se repite a escala ampliada al interior de los partidos y movimientos izquierdistas (en un sentido amplio del término) de masas. Por eso, ante las crisis, suelen surgir fraccionamientos de izquierda que terminan canalizando el descontento partidario hacia renovadas alternativas burguesas, burocráticas, nacionalistas estatistas, etcétera. Si bien el entramado de ideas que se articula al interior de las organizaciones izquierdistas de masa no puede anular la lucha de clases, sí explica las formas particulares en que se digieren los procesos que los marxistas acostumbran caracterizar como “decisivos” para la siempre esperada radicalización a la izquierda de las bases.

Pero además, las direcciones de las organizaciones políticas burguesas y burocráticas habitualmente recurren a fraudes y manejos en las elecciones de delegados a Congresos y otros organismos, y a la represión de los disidentes. El ataque comienza por lo general con campañas difamatorias –los críticos son “entristas”, “fraccionalistas”, “agentes de la CIA” y similares- y después siguen los “juicios políticos” y las purgas. Cuando los burócratas y dirigentes “de toda la vida” ven amenazadas sus fuentes de subsistencia –en particular, su relación con cualquier sistema de explotación del trabajo- no hay límites ni estatutos democráticos a respetar.  Dados los ingentes recursos de que disponen estos aparatos, estas operaciones pueden generar desconfianza y desánimo en muchos sectores, y facilitan el aislamiento de los críticos. Se demuestra por esta vía que estas organizaciones en las que se hace entrismo no son “vacuas”, o “indefinidas en cuanto a su contenido”, como piensan algunos teóricos del entrismo siglo XXI. Las difamaciones, el silenciamiento a cualquier costo del disidente, las expulsiones, revelan la naturaleza de la organización. Son formas propias a sus contenidos de clase. Por eso tampoco, el carácter de clase de estas organizaciones no cambia de la noche a la mañana (al pasar, es una tontería mayúscula pensar que hasta las vísperas de la firma del pacto del Frente Popular la SFIO francesa era “centrista”, y que al día siguiente de la firma de ese pacto se convirtió en “agente de la burguesía”).

La discusión sobre el entrismo de corto y largo plazo

Una de las cuestiones más debatidas en torno al entrismo pasa por si debe aplicarse por un corto período de tiempo, o si es una táctica de largo plazo. Los que afirman que es de corto plazo argumentan que el entrismo se justifica cuando hay un proceso de radicalización revolucionaria de las masas trabajadoras; por eso, se sostiene, el entrismo es por algunos meses, para romper encabezando una ruptura masiva y a la izquierda. Los que afirman que hay que trabajar con un horizonte de largo plazo justifican su postura diciendo que es necesario ganar a las masas con un trabajo paciente y perseverante, a la manera de “topos revolucionarios”.

Pues bien, en base a lo discutido más arriba, pensamos que las dos variantes hacen abstracción de las condiciones concretas –sociales y políticas- que rodean las tácticas entristas. En lo que respecta a los “cortoplacistas”, pecan de ingenuamente optimista. Según este esquema, sería posible detectar el ascenso revolucionario con anticipación, incorporarse rápidamente al partido o movimiento de masas “centrista indefinido”, presentar programas y consignas diferenciadas de la dirección (y de cualquier otra tendencia izquierdista pero no revolucionaria) y ganar a amplios sectores de la militancia y simpatizantes que estarían dispuestos a acompañar a los recién llegados.

La realidad es que en ningún lugar algún grupo marxista se hizo de la dirección de un proceso revolucionario por esta vía. A lo sumo, se ganan algunas decenas o cientos de militantes. Activo que debe ponerse en relación con el pasivo que se tributa: rupturas y disidencias tanto a la entrada como a la salida, acusaciones por “fraccionalismo”, y desconfianza de los trabajadores, que no entienden estas maniobras. Pero además se crea un caldo de cultivo para que prosperen las intrigas y acusaciones, y haya purgas y sanciones por doquier, que oscurecen el debate sobre las cuestiones fundamentales. Por eso, en última instancia, si hay un vuelco a las ideas revolucionarias –y para esto debió existir antes agitación, propaganda, actividad sistemática de largo plazo- es más factible que se produzca la adhesión, lisa y llana, a las organizaciones marxistas que ofrecen una alternativa definida, e independiente.

Por otra parte, en relación a los que plantean el entrismo de largo plazo, los problemas no son menos importantes. También en este esquema se hace abstracción de las condiciones concretas en que puede desarrollarse una militancia que pretende ir ganando posiciones paulatinamente. Lo principal: es imposible entrar a militar con banderas críticas e independientes, estando establecido el control de las direcciones y las burocracias partidarias. Dado que los marxistas necesitan ser aceptados en la organización, deben callar cuestiones esenciales, en especial en lo que atañe a caracterizaciones de clase de programas, direcciones, orientaciones políticas. Por ejemplo, si hoy se es militante del PSUV, es imposible explicar que los burócratas y milicos dirigentes del “Estado popular en transición al socialismo”, no son “compañeros confundidos”, sino explotadores hermanados con la lumpen burguesía que se enriquece con ellos.  Pero si no se plantean las caracterizaciones de clase correctas, pierde sentido la propaganda por las ideas socialistas. Precisamente la razón de ser de un grupo político que se considera marxista consiste en llevar la crítica hasta la raíz.  Y esta no puede eludir las caracterizaciones de clase.  De ahí la tendencia general de los “entristas de largo plazo” (pero también los de corto plazo) es a embellecer a las organizaciones en que militan, y a disimular sus políticas burocráticas o burguesas. Así, hoy los trotskistas que hacen entrismo en el PSUV “miran para otro lado” cuando el gobierno de Maduro reprime al activismo sindical independiente, o sofoca huelgas y movimientos de protesta.

Pero además, a medida que el entrismo se prolonga en el tiempo, y en aras de mantenerse en la organización, se amplían las concesiones y “agachadas” ideológicas y políticas. Como dice el dicho en Argentina, cada vez hay que comerse más “sapos”. En esta dinámica, muchos terminan por “olvidarse” de que originariamente se incorporaban a la militancia para acompañar una ruptura revolucionaria, y se convierten en “consejeros de izquierda” de las direcciones y los aparatos burocráticos. O se identifican (aunque siempre con alguna observación crítica) con el programa y orientación de la organización “centrista vacua”. Un ejemplo de este proceso es el de aquellos entristas en el PSUV que proclaman que su objetivo es “defender el legado de Chávez” (¿qué tendrá que ver eso con el programa y estrategia del marxismo?) e “impedir” que la militancia descontenta rompa con la dirección, con la excusa de que “puede ser capitalizada por la derecha” (¿pero no es que había un proceso de radicalización revolucionaria?). El destino final de estas políticas de maniobras es que, o bien son cooptados por el mismo aparato al que decían combatir, o terminan expulsados, sin mayores repercusiones en lo que respecta a la relación global de fuerzas entre el capital y el trabajo.

En definitiva, no hay atajos

Como resumen de lo desarrollado en esta larga nota, quiero plantear una conclusión: hay que abandonar la idea de que se va a construir una fuerza revolucionaria y anticapitalista a fuerza de maniobras organizativas y “golpes de efecto”. Soy consciente, por supuesto, de que en este punto estoy enfrentando una tradición largamente establecida. El trabajo ideológico y político de largo plazo no puede ser reemplazado con maniobras del tipo de las entristas. Por lo argumentado más arriba, no se trata, por supuesto, de una mera cuestión táctica, sino de toda una concepción en la que están implicados problemas teóricos (lo hemos visto en torno a la caracterización de clase de la socialdemocracia, o del PSUV, para citar solo dos ejemplos) de relevancia.

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“La táctica trotskista del entrismo (4)”

 

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13/12/2014 at 18:44

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La táctica trotskista del entrismo (3)

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“Instinto revolucionario de los trabajadores”

La táctica del entrismo tiene como uno de sus supuestos fundamentales la idea de que ante crisis o enfrentamientos con la derecha, el fascismo o el imperialismo, las masas trabajadoras entrarán en colisión con las direcciones y programas de sus organizaciones tradicionales y girarán hacia la izquierda anticapitalista. Sobrevuela aquí la creencia de que de alguna manera la clase obrera se orienta espontánea y necesariamente hacia la revolución, en respuesta-reflejo a los padecimientos, crisis y problemas generados por el capitalismo. En otros términos, es como si de la relación social en que está inmerso el obrero se derivara una esencia revolucionaria que se traduciría, necesariamente, en conciencia socialista de forma más o menos directa. Esta idea se encuentra de manera bastante clara en escritos de Marx y Engels, en particular en trabajos juveniles o anteriores a la experiencia de la Asociación Internacional de Trabajadores.  Así, en La Sagrada Familia Marx se refirió a lo que “el proletariado es y está obligado a hacer, con arreglo a ese ser suyo”. Y en El Manifiesto Comunista Marx y Engels parecen prever un desarrollo linealmente evolutivo de la conciencia de clase, en base de las experiencias que haría la clase obrera con el capitalismo.

También en los primeros escritos de Lenin encontramos esta perspectiva. Por ejemplo, en el “Proyecto y explicación del Programa de la Socialdemocracia rusa”, de 1895, y en la misma línea que El Manifiesto Comunista, Lenin considera que cuanto más se desarrollaban las grandes empresas en Rusia, más poderosas y frecuentes devenían las huelgas obreras; a su vez, a mayor opresión del capitalismo, mayor era la necesidad de unidad de los trabajadores. Por eso, continuaba el razonamiento, progresivamente los trabajadores se daban cuenta de que su enemigo no era el capitalista individual, sino toda la clase capitalista y así “la lucha de los trabajadores fabriles contra los empleadores inevitablemente se transforma en la lucha contra toda la clase capitalista, contra el entero orden social basado en la explotación del trabajo por el capital”. La conciencia de clase consistía en el entendimiento de este enfrentamiento (Lenin, “Draft and Explanation of the Programme for the Social-Democratic Party”, https://www.marxists.org/archive/lenin/works/1895/misc/x01.htm). De acuerdo a este enfoque, la tarea del partido Socialdemócrata pasaba por promover la lucha de clases, “llevar luz a la misma” y representar el interés del conjunto del movimiento.

Como es conocido, este esquema va a cambiar mucho en el famoso folleto ¿Qué hacer? En este escrito Lenin reconoce que las condiciones objetivas –la explotación en la gran empresa, las contradicciones que enfrentan los trabajadores- de por sí no forman la conciencia socialista de la que hablaba en el proyecto de programa de 1895. Pueden ser condición necesaria para esa conciencia, pero no suficiente; la ideología sindicalista y reformista burguesa inciden en las posiciones políticas de la clase obrera y sus luchas. Por lo cual, y siguiendo a Engels, la lucha del partido marxista debía  llevarse en forma combinada en el terreno de la ideología, la política y la lucha económica. Ya no era suficiente con “acompañar y profundizar” la lucha de clases para que surgiera la conciencia de la necesidad de la transformación socialista.

En Trotsky, en cambio, y ya desde sus escritos de 1905, hay un enfoque más afín a la idea del progreso hacia la conciencia socialista a partir de la misma lucha de clases, en particular de las luchas revolucionarias. En “Nuestras diferencias” (véase 1905, Resultados y perspectivas, tomo 2, Ruedo Ibérico, 1970) explica que en las “épocas normales” o “períodos de paz” las clases dirigentes “imponen al proletariado su concepción del derecho  sus procedimientos de resistencia”, pero que “en las épocas revolucionarias” el proletariado “descubre procedimientos que mejor convienen a su naturaleza revolucionaria” (p. 128). Luego, citando a Lasalle, sostiene que “el instinto de las masas en las revoluciones… es generalmente más seguro que la razón de los intelectuales”. Agrega que “estas multitudes, precisamente porque son ‘oscuras’, porque les falta instrucción, no saben nada de posibilismos, y… las masas no se interesan más que por los extremos, por lo que es entero e inmediato” (p. 129). Un poco más abajo explica que “precisamente porque la revolución arranca los velos místicos que impedían ver los rasgos esenciales del agrupamiento social, y empuja a las masas contra las clases en el Estado, el político marxista se siente en la revolución como en su elemento” (pp. 129-130).

En el Programa de Transición la idea permanece: la caracterización de la época es que los trabajadores se orientan hacia la revolución espontáneamente, y entran en conflicto con las direcciones traidoras y burocráticas. Esta visión se ha mantenido hasta el presente en el movimiento trotskista (y en otras corrientes). Por eso Mandel hablaba del “empuje instintivo revolucionario” de las masas. En los años 1950, y de forma característica, Pablo sostenía que el movimiento de masas anticapitalista asumía formas “confusas” bajo el liderazgo del APRA en Perú, del MNR en Bolivia, e  incluso de Vargas en Brasil y Perón en Argentina (“World Trotskyism Rearms”, noviembre 1951, http://www.marxists.org/archive/pablo/1951/11/congress.htm). Y en la década de 1980 Nahuel Moreno explicaba que existían “revoluciones socialistas inconscientes”, refiriéndose, por caso, a un levantamiento contra una dictadura; o a las movilizaciones contra los regímenes de la burocracia stalinista (véase, por ejemplo, “Algunas reflexiones sobre la revolución política polaca”, Panorama Internacional, mayo de 1982). Aclaremos que de todas maneras hay en estos planteos una diferencia de cierta importancia con la concepción de Lenin de 1895, o de El Manifiesto Comunista: en estos últimos, el desarrollo de las fuerzas productivas, en particular la gran empresa, juega un rol central en el esquema evolutivo de la conciencia socialista. En  cambio, en el esquema trotskista, y en el marco de la tesis del “agotamiento histórico del capitalismo”, la conciencia socialista se generará principalmente por el estancamiento de las fuerzas productivas, y las luchas provocadas por la descomposición del sistema.

Se hace abstracción del peso de las ideologías y la política

En el razonamiento que hemos reseñado en el punto anterior hay un problema fundamental, que ya hemos discutido en nuestra Crítica del Programa de Transición. El mismo consiste en la exagerada importancia de lo que Mandel llamaba el “instinto revolucionario de la clase obrera”. Por supuesto, es indudable que en el curso de movilizaciones de masas importantes siempre existe este factor, y aparecen tendencias, al menos en sectores de vanguardia, a cuestionar al sistema de conjunto. Pero estos no son los únicos impulsos que recorren el movimiento. Es que los trabajadores entran en la lucha con sus ideologías, sus simpatías políticas, sus tradiciones y el peso de sus experiencias pasadas. En otros términos, en todo movimiento, además de juicios, hay prejuicios; y circulan creencias de todo tipo. Por eso la propaganda del marxista cae en un mar de lugares comunes e ideas acumuladas, que son inculcadas desde las instituciones ideológicas de poder; a lo que se agregan las formas mistificadas –fetichizadas- que genera la misma relación social mercantil capitalista. Todo lo cual influye en la forma en que son apropiadas y significadas las consignas y los discursos revolucionarios por las masas trabajadoras. Aclaremos que destacar la relevancia de la ideología y el discurso no significa sostener que tienen primacía causal en la explicación; pero sí es necesario darles su peso. No estamos ante simples “formas inesenciales”, sin incidencia histórica  y social, o fácilmente superables.

Por otra parte, las direcciones burguesas o reformistas burocráticas no constituyen un bloque que se presenta con respuestas homogéneamente reaccionarias; la única salida no es la dictadura, o el fascismo. Junto al garrote, está la zanahoria, como dice el dicho. Las concesiones, las promesas y los programas que se ponen las ropas del “cambio social posible”, tienen un peso no desdeñable. Frente a la crisis de 1930 en EEUU la respuesta de la clase dominante fue el New Deal, que recibió el apoyo de millones de trabajadores que no fueron a las barricadas. Lo mismo podemos decir de tantas otras experiencias, que muchas veces no son siquiera consideradas como posibilidades por los marxistas. Por ejemplo, en el Programa de Transición (escrito en 1938) Trotsky declara que los obreros de todo el mundo “ya saben” que la caída de Hitler y Mussolini solo podía ocurrir bajo las banderas de la Cuarta Internacional. Pero lo cierto es que a la derrota del fascismo y del nazismo le sucedieron regímenes capitalistas democráticos que gozaron, por decir lo menos, de relativa conformidad de la gente.

Presento otro ejemplo, del que tuve vivencia personal: estamos en España, hacia fines de 1977, en el período de transición entre el franquismo y la monarquía constitucional. Hay una gran efervescencia en la gente, que espera un cambio radical. En esas circunstancias, el PC hace un acto en un barrio obrero a las afueras de Madrid (creo recordar que era en el estadio del Getafe) y Santiago Carrillo se dirige a varios miles de sus seguidores. ¿Cuál es su propuesta estratégica? Pues un modelo como Suecia. Y los obreros asienten y aplauden ese programa de “capitalismo democrático y moderado”, con monarquía incluida. Además, en los años que siguieron, no surge en el PCE (ni en el PSOE) ninguna corriente crítica de izquierda radicalizada de importancia. Son ejemplos tomados de la vida real, que desmienten la idea de que haya un “socialismo inconsciente”, una “esencia anticapitalista”.

Más en general, no es cierto que las masas “no saben de posibilismos” y solo consideren los extremos. Lo que ocurre con mayor frecuencia es que ante las crisis la gente quiere creer en salidas milagrosas y en políticos que prometen lo que no pueden cumplir. Y cuando las cosas no se cumplen, la respuesta no es necesariamente la movilización revolucionaria: también puede haber desaliento y desmovilización porque no se ven alternativas.  Amén de la creación de nuevas opciones burguesas: a la decadencia del PSOE le sucede el engendro reformista de Podemos. ¿Qué diferencia sustancial hay entre ambos?

De fondo, en la visión de las “movilizaciones inconscientemente socialistas” y los “impulsos instintivos anticapitalistas” parece sobrevolar una concepción determinista sociológica, en el sentido que se produciría una ruptura de las masas con las direcciones y los programas burgueses, pequeño burgueses o burocráticos como simple respuesta reflejo de los sufrimientos infligidos por las crisis, la explotación del capital y las experiencias de luchas. Sin embargo, lo real es que la resultante de cualquier coyuntura de crisis y agudización de lucha de clases está determinada por constelaciones de mecanismos causales, que nunca pueden ser anticipados en su totalidad. Por eso, en política es clave comprender que a partir de una misma experiencia las conclusiones que se pueden sacar son muy diversas, dependiendo de los marcos conceptuales con que se las interprete, y de las coyunturas (no solo nacionales) de la lucha de clases. Es lo que ocurre, por ejemplo, con las crisis económicas. Las crisis griega y española dieron pie a formaciones políticas burguesas que buscan reformar al capitalismo (en la idea de que las crisis se deben a la codicia de los banqueros, a la falta de control del Estado, a la globalización, etcétera). En otros lugares se fortalecieron opciones de ultra derecha. Así, en Francia muchos obreros (hoy desocupados) que antes votaban al PC, hoy lo hacen por Le Pen.

Otro ejemplo es lo sucedido luego del colapso de los regímenes stalinistas.  En la década de 1980 y comienzos de la siguiente, algunos grupos trotskistas llegaron a pensar que todas las barreras burocráticas entre ellos y las masas se estaban desplomando, que las direcciones tradicionales estaban “en un proceso vertiginoso de desprestigio”, y que, dado ese “vacío”, ahora sí “había llegado la hora del trotskismo”. ¿Cómo las masas que repudiaban al stalinismo –en un proceso “revolucionario socialista inconsciente”- iban a aceptar una vuelta al capitalismo? Otros grupos argumentaban que, en cualquier caso, apenas los trabajadores soviéticos hicieran su experiencia con el capitalismo, virarían a la izquierda y volverían a los ideales y al programa de Octubre de 1917. Pero lo cierto es que el capitalismo se impuso en el Este de Europa y en los ex territorios de la URSS y Yugoslavia, sin que hubiera siquiera un fortalecimiento medianamente apreciable de los partidos marxistas.  Incluso guerras civiles, como la que ocurrió en la ex Yugoslavia, dieron lugar a  expresiones importantes de la ultraderecha, casi fascistas.

Otro caso ilustrativo es el actual derrumbe del “socialismo siglo XXI” venezolano. Este desastre económico, conducido por milicos, burócratas estatales y una lumpen burguesía que se enriqueció de la noche a la mañana, no está dando lugar a proceso alguno de radicalización anticapitalista de masas. Miles se desalientan, caen en la apatía, o terminan consintiendo con la oposición burguesa, en  medio de la descomposición económica y social.

En conclusión, las crisis del capitalismo y las luchas generan la posibilidad de que avance una conciencia socialista en las masas trabajadoras. Pero no hay nada de mecánico en el proceso; la crisis no genera de por sí un programa socialista, ni corrientes de masas que espontáneamente abracen un programa de ese tipo. Por el contrario, la tendencia espontánea de las masas, la mayor parte de las veces, pasa por buscar soluciones dentro del sistema capitalista; cambios dentro de lo existente. Por eso, las condiciones políticas de una transformación socialista no se generan de la noche a la mañana; y tampoco son el producto de maniobras tácticas, por más “geniales” que parezcan. Los problemas fundamentales de la táctica entrista están indisolublemente entrelazados con estas cuestiones.

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“La táctica trotskista del entrismo (3)”

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06/12/2014 at 16:55

La táctica trotskista del entrismo (2)

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Caracterización de Trotsky de los PS y los PC

El tema de la caracterización del partido Socialista juega un rol clave en la fundamentación de Trotsky a favor del entrismo. En el artículo “La salida”, que hemos citado en la primera parte de esta nota, la SFIO es considerada “centrista no consolidada”, ya que “refleja la situación en transición de los obreros”, que estarían buscando una salida revolucionaria al enfrentamiento con el fascismo. En otro texto de 1933 precisa que con el término “centrismo” quiere significar “las más variadas tendencias y grupos que se encuentran entre el reformismo y el marxismo” (“Principled Considerations on Entry”, 16 de septiembre de 1933). En este escrito también considera al partido Laborista Independiente de Gran Bretaña como “centrista de izquierda”, ya que sus muchas tendencias y fracciones eran indicativas, en su visión, de los diferentes estadios de evolución desde el reformismo al comunismo. Desde esta perspectiva, pareciera que la SFIO o el partido Laborista Independiente eran partidos “obreros”, al igual que los partidos Comunistas. Aunque los PS y el Laborismo Independiente serían “centrismos no consolidados”, en tanto que los PC serían “centristas cristalizados”, productos de la contrarrevolución burocrática.

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29/11/2014 at 17:07

La táctica trotskista del entrismo (1)

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En esta nota analizo problemas asociados al entrismo, una táctica que ha sido instrumentada principalmente por los trotskistas. En lo esencial el entrismo consiste en la incorporación de los marxistas a partidos o movimientos de masas para profundizar eventuales procesos de radicalización que puedan ocurrir en su seno, y ganar franjas amplias de militantes de esas organizaciones. De manera típica, se caracteriza que las organizaciones en las que se hace el entrismo abrigan profundas contradicciones internas y enfrentan, o están en vías de enfrentar, enemigos poderosos (el fascismo, el imperialismo, la derecha). Se sostiene entonces que en el curso de esos enfrentamientos se verán obligadas a tomar medidas revolucionarias; o en caso contrario sus bases militantes tomarán distancia de sus direcciones vacilantes, oportunistas o burocráticas. Por lo tanto, sigue el razonamiento, los marxistas deben incorporarse a estos partidos o movimientos con el fin de orientar hacia el marxismo las futuras rupturas o, eventualmente, ganar a la mayoría de la organización para una política revolucionaria. Un ejemplo actual de entrismo es el que realizan algunos grupos trotskistas en el Partido Socialista Unido de Venezuela.

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Written by rolandoastarita

22/11/2014 at 14:07

Mercancía, fetichismo y socialismo (2)

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El fetichismo  como fenómeno objetivo

Por lo explicado en los puntos anteriores, puede entenderse por qué el fetichismo es un resultado lógico y necesario de la misma forma mercantil, que adquiere su desarrollo pleno en la sociedad capitalista. Marx lo plantea al comienzo de la sección cuarta del capítulo 1, cuando  se pregunta de dónde proviene el carácter místico de las mercancías. Responde que no puede provenir del valor de uso (no tiene nada de místico), ni tampoco “del contenido de las determinaciones del valor” (énfasis agregado). Es que siempre, y por diferentes que sean los trabajos útiles, o productores de valores de uso, son  “gasto de cerebro, nervio, músculo, órgano sensorial, etcétera, humanos” (1999, t. 1, p. 87). Además, siempre hubo que considerar las cantidades de trabajo vertido; y por último, dado que los seres humanos trabajan unos para otros, el trabajo es social. Llegado a este punto, Marx vuelve a preguntarse de dónde proviene entonces el carácter místico del producto del trabajo “no bien asume la forma de mercancía”, y responde, “de esa misma forma”. En otros términos, de la forma bajo la que aparece el contenido, siendo éste determinada cantidad de gasto humano de energía aplicada a un trabajo social. Así, en la sociedad capitalista la igualdad de los trabajos humanos adopta la forma de igual objetividad de valor de los productos del trabajo; la medida del gasto de fuerza de trabajo toma la forma de magnitud de valor; y las relaciones entre los productores adquieren la forma de una relación social entre productos del trabajo (p. 88). Todo el misterio de la forma mercancía reside entonces en que la naturaleza social del trabajo de los seres humanos se refleja ante éstos como propiedades objetivas de las cosas que producen; son propiedades “sociales naturales” de esas cosas.

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Written by rolandoastarita

15/11/2014 at 12:32

Mercancía, fetichismo y socialismo (1)

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Tal vez una de las consecuencias políticas más importantes asociadas a la tesis de que existe una lógica de la mercancía y del capital tiene que ver con la crítica de Marx del fetichismo de la mercancía. Como se explica en el blog de Ezequiel, http://divulgacionmarxista.wordpress.com/2013/11/30/fetichismo-de-la-mercancia/, el fetichismo consiste en atribuir a una cosa propiedades que no tiene. En el caso particular de las mercancías, el fetichismo pasa por tomar a las mercancías “como lo que son a primera vista”, como si tuvieran propiedades que les son propias, y no sociales. Ezequiel agrega que el fetichismo comienza cuando el valor de cambio es visto como una cualidad del valor de uso al que está unido. En el mismo sentido, en El Capital Marx cita al economista del común que piensa que “el valor (el valor de cambio) es un atributo de las cosas” (p. 101, t. 1). Y define el fetichismo como una situación en la cual la relación social entre personas toma la forma de cosas, y las cosas parecen tomar vida propia, independiente de los seres humanos y dominando su vida. Por eso existe similitud con el discurso religioso, donde los productos de la mente humana aparecen como seres independientes, dotados de vida y entrando en relaciones tanto entre ellos, como con los seres humanos.

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Written by rolandoastarita

07/11/2014 at 10:58

Respuesta a crítica de Democracia Socialista

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Democracia Socialista publicó una crítica a mi crítica del Programa de Transición, un “Prólogo al prólogo”, en referencia a la nota anterior que publiqué en este blog (ver aquí; la crítica de DS en http://www.democraciasocialista.org/?p=3908). El centro de la crítica que me hace DS está contenido en el siguiente pasaje:

“El enfoque transicional, para nosotros es, más sencillamente, un intento de articular las reivindicaciones de masas en una proyección de radicalización progresiva en el terreno de la conciencia y de la práctica de lucha. La cuestión del agua o del gas en Bolivia, por ejemplo, durante los enormes procesos de lucha que atravesaron a ese país a principios de siglo, planteaban todos los problemas de la soberanía nacional, del control y de la gestión popular. Es decir, cumplían como tales el rol de consignas “transitorias”. En los países donde la reforma agraria es una cuestión central, como Brasil, la cuestión de las ocupaciones de tierras tiene también un alcance “transicional”. Las ocupaciones no son, como tales, incompatibles con el sistema, pero, en el marco de la actual economía capitalista globalizada, constituyen puntos de desequilibrio incontestables. “Detrás del sistema de las reivindicaciones transitorias lo que está en juego es lo siguiente: una acumulación de experiencias sociales que desestabilicen el sistema, indiquen otra organización económica y social y demuestren el potencial de los y las asalariadas en esta perspectiva. Gramsci abordaba esta cuestión con su concepto de “hegemonía político- ética”. La clase oprimida debe conquistar posiciones en el seno de la sociedad antes de conquistar el poder político. En una situación normal, desde luego, esto no deja de ser propaganda y experiencias de un alcance limitado. Pero en una situación de aceleración social esto se integra en un periodo preparatorio de la conquista del poder político” (Sabado, 2006)”.

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31/10/2014 at 10:46

Presentación de libro sobre el debate Piketty

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El próximo martes 4 de noviembre, en la Universidad Nacional de Quilmes, participaré en la mesa redonda “Crisis internacional y desigualdad en la capitalismo contemporáneo”, en ocasión de la presentación del libro “El debate Piketty” sobre El capital en el Siglo XXI”, compilado por Mario Hernandez y Matías Eskenazi (Buenos Aires, editorial Metrópolis). El libro está prologado por Eskenazi y contiene artículos de Paul Krugman; Thomas Piketty; James Galbraith; Eric Toussaint, Patrick Saurin y Thomas Coutrot; Olmedo Beluche; Charles André Udry; Maciek Wisniewiski; Paula Bach; David Harvey; Michael Roberts y uno de mi autoría.

Compartiré la mesa con Paul Cooney (doctor en economía New School / Docente Universidade federal do Para / Universidad Nacional de General Sarmiento) y será moderador Matías Eskenazi (Universidad Nacional de Quilmes / Universidad Autónoma de Entre Ríos).  Será a las 18 horas en el aula 209.

Organizan “Programa Acumulación, dominación y lucha de clases en la argentina contemporánea”; “Centro de Investigaciones sobre Economía y Sociedad en la Argentina Contemporánea (IESAC)”; con el aval del Departamento de Economía y Administración de la Universidad Nacional de Quilmes.

 

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29/10/2014 at 15:58

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Prólogo 2014 a la Crítica del Programa de Transición

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Este Prólogo lo escribí con motivo de la próxima reedición de mi Crítica del Programa de Transición por parte de ¿Dónde empezar? (www.dondeempezar.com.ar). En el mismo sintetizo las ideas centrales de la crítica, y sintetizo los principales argumentos de los cruces polémicos que mantuve sobre el PT.   

El Programa de Transición (en adelante PT) fue escrito, en 1938, por León Trotsky, con motivo de la fundación de la Cuarta Internacional, y desde en­tonces fue el texto programático y político de las organizaciones trotskistas en prácticamente todo el mundo. Incluso las que de alguna manera consideraron necesario actualizar el texto redactado por Trotsky, mantuvieron sin embargo la matriz del viejo enfoque. Pasada casi una década y media desde que fuera pu­blicado por primera vez, aprovecho la oportunidad de esta nueva edición de la Crítica del Programa de Transición para responder brevemente, en este Prólogo, algunos de los principales argumentos que me han presentado los defensores de la política trotskista, y aclarar algunos malentendidos. A este fin, conviene recordar primero las ideas rectoras del PT, y la lógica que las encadena, para ir luego a las cuestiones más debatidas.

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Written by rolandoastarita

24/10/2014 at 11:22

Lógica del capital y marxismo revolucionario y humanista

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En una larga nota anterior defendí la idea de que existe una lógica del capital (ver aquí, aquí, aquí y aquí). En esta entrada señalo la importancia de la cuestión para la política revolucionaria y el programa socialista.

Dado que la vinculación entre la existencia de una lógica del capital y la política socialista revolucionaria ha sido expuesta por Tony Smith  de una manera con la que no puedo estar más de acuerdo, reproduzco aquí los pasajes claves. Los tomo de The Logic of Marx’s Capital. Replies to Hegelian Criticisms (1990, State University of New York Press), pp. 38-40. Escribe entonces Smith:

“La política revolucionaria puede ser definida de dos maneras: 1) política revolucionaria siempre está orientada al objetivo de largo plazo de cambiar las estructuras fundamentales de la sociedad (aun cuando sea necesario preocuparse por objetivos transicionales aquí y ahora); y 2) la política revolucionaria contra el capitalismo implica la afirmación de que las estructuras fundamentales a ser cambiadas son inherentemente y necesariamente explotadoras. En contraste, el reformista es alguien que está preocupado con cambiar estructuras que no son fundamentales, y/o siente que las estructuras fundamentales pueden ser convertidas en no explotadoras si son arregladas (tinkered, también puede traducirse por “toqueteadas”) de la manera correcta.  En los dos puntos una fundamentación teórica de la perspectiva revolucionaria requiere la lógica dialéctica.

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Written by rolandoastarita

18/10/2014 at 11:09

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