Elecciones, crisis del euro, crisis política
Después de las recientes votaciones de Francia y Grecia, el panorama para continuar con el ajuste defendido por Merkel es, por decirlo de forma suave, muy sombrío. En Grecia los partidos más votados no pueden formar gobierno, la economía continúa desplomándose y ya son muchos los que asumen que el país dejará el euro. En Francia, Hollande promete poner un plan de crecimiento y reabrir la discusión acerca del pacto fiscal. Merkel y el establishment alemán se oponen a rediscutirlo y a nuevos programas financiados con deuda. Así, mientras Hollande afirma que va a impulsar menos austeridad y más crecimiento, los alemanes insisten en que deben crearse las condiciones para que las empresas inviertan. En muchos países, además, crecen los partidos más radicalizados a izquierda y derecha, y varios ganan apoyo con la propuesta de volver a las monedas nacionales. Es España, el flamante gobierno de la derecha ya empieza a perder apoyo, y enfrenta protestas y huelgas obreras. Es evidente que la crisis económica y política está agravándose hora a hora. El objetivo de esta nota es presentar algunas reflexiones sobre la crisis del euro, y las diferencias en torno a la política económica, que dividen a buena parte de la clase dominante (ver también aquí y aquí).
Dos respuestas frente a la crisis
La actual crisis política europea está determinada, en lo fundamental, por la división que existe en la propia clase capitalista acerca de las políticas para enfrentar a la crisis. Recordemos que, en esencia, toda crisis es una desvalorización masiva de los capitales; una “revolución de los valores” (para usar la expresión de Marx). Por esta vía, las crisis “limpian” el camino para el restablecimiento de la tasa de rentabilidad de los capitales, y con ella, de la acumulación. Por eso, por lo general, la caída de los valores -de las acreencias financieras, y del capital físico- va acompañada de la caída de los salarios reales; del incremento de los ritmos de producción y el “ajuste” de la disciplina laboral; de la disminución de los beneficios sociales (salud, educación, pensiones); y del aumento de los ejércitos de reserva. Sin embargo, y a pesar de su generalidad, estas “revoluciones del valor” no tienen siempre la misma dinámica ni forma de desarrollarse. En este respecto -siguiendo una idea que subrayaron los regulacionistas- puede decirse que se han producido por dos vías fundamentales, la inflación o la deflación; y cuál de estas vías se tome puede ser motivo de tensiones y enfrentamientos importantes entre las clases o fracciones de clases. A grandes rasgos diremos que en la actual coyuntura, el ala deflacionista es encabezada por Alemania, en tanto sus opositores abarcan un amplio abanico, desde las fracciones que plantean volver a las monedas nacionales, hasta los que ponen en el centro la austeridad, pero admiten la necesidad de una mayor dosis de inflación y un ritmo más pausado en la reducción del gasto público. En el medio, encontramos un sinfín de matices. Esta diversidad es una expresión de la profundidad de las contradicciones que subyacen a la crisis del euro, así como de la desorientación que reina en la clase dominante, y del descontento de las masas trabajadoras y los pueblos frente a un sistema que solo les promete más sacrificios y más sufrimientos.
La crisis del euro
En anteriores notas hemos planteado que en la crisis del euro subyace una contradicción básica, la que hay entre la moneda única, y las pronunciadas diferencias que existen entre los espacios nacionales de valor, que se articulan en torno a diferencias, también muy pronunciadas, de la productividad del trabajo. Es que la moneda europea, en tanto encarnación del valor, no puede cortar su vínculo con el contenido del valor, los tiempos de trabajos socialmente necesarios. En otras palabras, no puede independizarse de las productividades relativas de los trabajos que se desarrollan en los espacios nacionales (productividades que a su vez están condicionadas por las tecnologías empleadas, y otros factores). En condiciones en que existen monedas nacionales, una moneda relativamente débil expresa, en última instancia, la debilidad relativa del desarrollo de las fuerzas productivas del espacio de valor en que sirve como equivalente.
Sin embargo, en la zona del euro, los espacios nacionales de productividades muy desiguales se unifican monetariamente. Esto es, el tipo de cambio entre Alemania y Grecia, por ejemplo, se expresa en una única moneda, el euro, a pesar de que las productividades relativas de ambas economías son muy distintas. Se trata de una contradicción que solo puede ser resuelta, o bien con la unificación política completa, o bien con ajustes “reales”, esto es, con modificaciones del tipo de cambio provocadas por la caída de los precios y salarios del país con menor productividad.
Esta contradicción, inherente al proyecto monetario europeo, fue sin embargo potenciada por la expansión del crédito y del capital financiero. La misma expansión del crédito recibió impulso con la creación del euro (al desaparecer el riesgo cambiario), y con ello también cobró fuerza el capital financiero. Frente a esto, las instituciones políticas europeas tienen posibilidades de respuesta muy limitadas, dado que los Estados y gobiernos siguen expresando intereses nacional centrados. De ahí que exista un conflicto político entre Estados (y sus políticas nacionales), con intereses muchas veces divergentes; y entre esos Estados, o gobiernos, y las instituciones europeas, más influenciadas por los capitales con intereses pan-europeos.
Es esa contradicción -subrayo, entre la moneda única y las diferencias nacionales de productividad del trabajo- la que explica por qué la crisis europea se ha manifestado como una aguda crisis de balanzas de pagos. Observemos que no es una crisis de balanza de pagos a nivel del área del euro, sino de países. La zona del euro tiene, de conjunto, un superávit en cuenta corriente equivalente al 2,9% del PBI (dato de febrero 2012). Pero Grecia padece (aun en plena depresión) un déficit equivalente al 5,1% del PBI, España al 2,9%, Italia al 2,7% y Francia al 2,1%. La contrapartida es el superávit alemán, del 4,9% (también de los Países Bajos, del 6,9% y Austria, del 2,7%). Sin embargo, los países con superávit no financian a los que tienen déficit; y estos últimos, sumidos en montañas de deudas y en la recesión, encuentran cada vez más difícil financiarse, amenazando con desbarrancar definitivamente al euro. Por este motivo las crisis financieras son indisociables de las crisis de balanzas de pagos. Más precisamente, se potencian al no existir posibilidad, al menos por ahora, de crisis cambiaria.
El caso de España
Para entender cómo se llega a esta situación, examinemos brevemente el caso de España (el caso griego lo hemos discutido aquí). Es que en España se combinó la debilidad de la inversión productiva con la expansión, en buena medida especulativa, fomentada por el crédito y la entrada en vigor del euro. Esto se debió a que en los 2000 el régimen de moneda única alentó la expansión del crédito, pero éste se volcó principalmente a la construcción de viviendas y al desarrollo inmobiliario. Ambos aumentaron entonces muy por encima de sus líneas de tendencia (los datos que siguen los tomamos del BIS y el FMI). En 2007, la construcción empleaba en España al 13% de la fuerza laboral empleada, contra un 10% una década antes (y ya era un promedio alto). También se expandió la intermediación financiera: entre 2004 y 2008 las actividades inmobiliarias explicaron el 22% del crecimiento del crédito al sector privado español, y las hipotecas inmobiliarias el 33%. A su vez, los balances de los bancos pasaron de representar el 2,6% del PBI entre 2000 y 2003, al 4% al momento del estallido de la crisis. De conjunto, el boom inversor en la construcción contribuyó por esos años en 0,5 puntos porcentuales al crecimiento del PBI. Esto significaba que gran parte del excedente (esto es, el plusvalor) se volcaba a la construcción inmobiliaria. La inversión en “ladrillos” fue una opción para muchos sectores de las clases medias y medias altas, que ya disponían de vivienda propia. Otra parte importante alimentó al sector intermediario y sus ganancias. Desde el punto de vista de la teoría del valor trabajo, esto significa aumento del gasto improductivo. Pero el gasto improductivo no puede crecer indefinidamente, ya que se alimenta de la plusvalía generada en la producción (al pasar, por esta razón es equivocado sostener que el capitalismo puede acumular a costa de expandir el gasto improductivo, o el capital ficticio, como piensa buena parte de la izquierda).
Como no podía ser de otra manera, a raíz de estas evoluciones los precios de la propiedad inmobiliaria se inflaron. Lo cual dio más alas al crédito y a la especulación: los inversores compraban viviendas con fines especulativos, en la esperanza de que los precios de los alquileres y de las viviendas siguieran subiendo, y pagaran las deudas. Sin embargo, la construcción de viviendas no mejora la competitividad general de la economía. Al mismo tiempo, el boom inmobiliario y crediticio alimentaban el consumo. Los precios aumentaron entonces por encima de la media europea; en la década que va hasta 2008, la tasa media de inflación anual de España fue del 3,2% contra el 2,2% del promedio de la zona del euro (la diferencia fue mayor aún con respecto a Alemania). En consecuencia, el tipo de cambio se apreció en términos reales, y creció el déficit de la cuenta corriente, y a una tasa cada vez mayor. En los 9 años que van de 2000 a 2008 el déficit promedio anual de la cuenta corriente de España representó el 6,2% del PBI; pero en 2007 y 2008 alcanzaba el 9,7% y 10%. El principal responsable de semejante déficit fue la balanza comercial. Era la expresión de que la inserción competitiva del capitalismo español en el mercado mundial (y en el europeo en particular) estaba lejos de ser exitosa. Debe recordarse, además, que déficits en cuenta corriente de aproximadamente el 5% del PBI desataron violentas crisis cambiarias y financieras en México, en 1994, o en Tailandia, en 1997. Señalemos también que Grecia y Portugal tuvieron porcentajes de déficit aún más altos que España.
El déficit de la cuenta corriente española fue financiado con deuda privada (el stock de deuda pública se mantuvo bajo), ya que los bancos se endeudaban para fondear sus créditos y el boom. La situación era cada vez más frágil, y el estallido de la crisis en EEUU precipitó el desenlace inevitable. El boom de la construcción inmobiliaria en España terminó en el reventón de la burbuja: los precios de las propiedades comenzaron a caer; las deudas hipotecarias superaron el valor de las viviendas y muchos deudores no pudieron pagar, ya sea porque dependían de la suba de los precios de las viviendas para cumplir sus compromisos, o porque iban al desempleo. Los bancos empezaron a mandar a pérdida muchos préstamos, y a ejecutar hipotecas. Pero con esto no se hacían de líquido, que es lo más vital en una crisis.
Naturalmente, la caída del sector que había sido más dinámico empujó al resto de la economía a la recesión abierta. La inversión se retrajo rápidamente. También el consumo, a raíz del aumento de la desocupación, y de la necesidad de los hogares de bajar sus niveles de deuda. Pero dada la caída del producto, a medida que la crisis se profundizó, aumentó el peso de las deudas. A mediados de 2011, la deuda a los bancos del sector inmobiliario equivalía la 30% del PBI; la deuda de la construcción al 10%. A fines de 2011, después de casi cuatro años de crisis, y con los precios en baja, había unas 700.000 viviendas sin vender. Por entonces se calculaba que el 26,3% de los hogares tenía deuda hipotecaria, y que la media de la relación deuda/ingreso era del 104,7% (datos del FMI y diversas notas de The Economist). Las empresas también estaban fuertemente endeudadas, y no solo las vinculadas a la construcción y lo inmobiliario. Excluyendo este último sector, la deuda corporativa española equivalía, también a mediados de 2011, al 143% del PBI. Los ratios deuda/flujo de caja y deuda/activos de las empresas españolas eran más altas que los promedios en Europa. Además, la posición inversora internacional neta de España se deterioró rápida y dramáticamente en el curso de pocos años. La posición inversora internacional neta es el resultado de la suma de activos menos pasivos. En estos momentos representa -90% del PBI (a fines de 2008 todavía era -30%). Una parte muy importante está conformada por los pasivos de los bancos (inversiones de cartera del exterior). Esto explica la desconfianza de inversores internacionales; muchos bancos internacionales han estado reduciendo su exposición en España (y en otros países europeos en problemas). Pero esto agrava, inevitablemente, la situación de los bancos, y repercute en el resto de la economía.
Historias semejantes pueden contarse de Grecia, Irlanda y Portugal (en Italia, la deuda es principalmente pública). A pesar de las fuertes recesiones, o la depresión económica, se mantienen altos déficits de cuenta corriente, y también fiscales. El caso griego es tal vez el más grave: después de una caída del PBI superior al 15% desde que se inició la crisis, y de haber mandado a pérdida deuda soberana por unos 100.000 millones de dólares, Grecia hoy tiene un déficit público equivalente al 6,5% del PBI, y un stock de deuda que equivale a una vez y media el tamaño de su economía. Y para obtener financiamiento de las instituciones europeas, Grecia es obligada a apostar por el abismo de la deflación. Con las diferencias particulares, lo mismo le está sucediendo a España y a otros países en crisis. No es de extrañar que los pueblos se rebelen; aunque esta rebelión se exprese en el voto a variantes políticas que, en su gran mayoría, no cuestionan de alguna manera radical al sistema capitalista.
Ajuste sin fin, depresión y crisis financiera
La política deflacionista que ha impuesto Alemania está terminando en la auto-derrota. Es que con la recesión, cae la demanda; por lo tanto, aumenta el déficit fiscal (cae la recaudación, aumentan los pagos por desempleo y los subsidios a bancos y empresas); el aumento del déficit fiscal lleva al aumento de la tasa que debe pagar el gobierno para endeudarse. En el intento de bajar esa tasa, el gobierno lanza un programa de ajuste del gasto. Pero con esto restringe aún más la demanda y el producto, agravando entonces el déficit y las dificultades de financiamiento en toda la economía. En este marco, aumenta la preferencia por mantenerse líquido: las empresas y los hogares restringen los gastos de inversión y consumo, lo cual hunde más la demanda, y la ronda vuelve a empezar. Esta dinámica puede verse en el caso de Italia y su relación deuda/PBI. El gobierno italiano (conformado por “técnicos” y “expertos”) intenta bajar esa relación, pero al bajar el gasto, baja la demanda y el PBI, de manera que la relación no baja. Por lo cual, aumenta el interés que los inversores exigen por prestar a Italia; lo que lleva al aumento del déficit (al pasar, el presupuesto primario italiano es superavitario); y la ronda se realimenta. También en España: el gobierno se había comprometido este año a bajar el déficit desde el 8,5% del PBI (en 2011) al 4,4%. Esto hubiera supuesto un ajuste del gasto por 45.000 millones de euros, (esto es, una detracción importante en la demanda) en una economía que ya se está contrayendo. El gobierno dice entonces que no puede cumplir el objetivo, y lo “modera” al 5,3% de déficit. Pero es una caída del gasto de “solo” 29.000 millones de euros. En medio de la depresión, de la caída de la inversión privada y el aumento de la desocupación, el PBI entonces cae más todavía. En consecuencia, ahora tampoco se puede cumplir el objetivo de un déficit del 5,3% del PBI.
La misma dinámica puede verse por el lado de los bancos. Dada la caída del ingreso y de la demanda, provocada por la crisis, aumenta la cantidad de préstamos que los bancos no pueden recuperar. Por lo tanto, aumenta la necesidad de recapitalizar a los bancos y disminuir su apalancamiento (esta mecánica de los bancos la explico aquí). Una posibilidad entonces es que los bancos coloquen más acciones en los mercados; pero debido a los malos balances y a la desconfianza, los precios de las acciones bancarias están en niveles muy bajos. Por lo cual, tienen pocas posibilidades de capitalizarse vía los mercados bursátiles. La alternativa es reducir la exposición. Por eso, muchos bancos europeos se han estado deshaciendo de activos en otros países, y han repatriado fondos. Y también restringen el crédito, agravando las dificultades para el conjunto de la economía de la zona del euro. El FMI calcula que 58 grandes bancos de la zona del euro podrían reducir sus activos por un total de 2,6 billones de dólares, aproximadamente el 7% de sus activos totales. Aproximadamente un cuarto de esta reducción sería a través de la reducción de los préstamos. Lo cual equivale a reducir la oferta en la zona del euro en un 1,7% del crédito existente. Algunas consultoras sostienen que la reducción puede ser aún mayor, de hasta 3 billones de dólares. Si la crisis empeora, la cifra aumentará aún más.
Como no podía ser de otra manera, la difícil situación de los bancos agrava las dificultades fiscales y de fondeo del gobierno; y éstas, a su vez, empeoran la situación de los bancos. Para ilustrar lo primero, volvamos nuevamente a España. El Banco de España dice que hay 176.000 millones de euros (229.000 millones de dólares) de créditos inmobiliarios en mora y de activos ejecutados (que representan el 52% del total de la propiedad que está en los libros del sistema bancario). El ministro de finanzas sostiene que los bancos todavía deberían hacer provisiones por unos 50.000 millones de dólares. El gobierno ha estado comprando activos, pero si el Estado quisiera comprar los activos devaluados para salvar a los bancos, la suma equivaldría a más del 10% del PBI. De hecho, y según estimaciones de Barclay Capital, el Estado ya está expuesto a pérdidas potenciales por 40.000 millones de euros (The Economist, 7/01/12). La reciente caída de Bankia, el mayor banco del país, llevaría al gobierno a invertir entre 7.000 y 10.000 millones de euros para recapitalizarlo.
En este cuadro, los prestamistas exigen una tasa de interés cada vez más alta para comprar o mantener bonos emitidos por el Gobierno. Sin embargo, a medida que la tasa sube (y los precios de los bonos bajan), los activos de los bancos empeoran. Lo cual impulsa nuevos desapalancamientos de los bancos. Además de restringir el crédito, y achicar sus operaciones en el exterior, muchos bancos se desprenden de títulos. Pero de esta manera los precios siguen bajando, agravando las dificultades de financiamiento, no solo del Gobierno, sino también de los mismos bancos. Es que los bancos encuentran cada vez menos inversores dispuestos a fondearlos a tasas aceptables. De esta manera continúan agravándose las dificultades de financiamiento para el conjunto de la economía. Entre otras razones, porque los títulos públicos (los italianos, por ejemplo) se utilizan como colaterales para la obtención de créditos. Por eso, a medida que bajan los precios de los títulos, los prestamistas exigen mayores “recortes” (haircut, en la jerga) para prestar.
Naturalmente, la crisis de los bancos no solo se manifiesta por el lado de las desvalorizaciones de sus activos, sino también por la pérdida de depósitos. En este respecto, el caso de Grecia es paradigmático. Desde que se inició la crisis, y hasta fines de 2011, los bancos griegos perdieron la cuarta parte de sus depósitos. Para cubrir esta pérdida, los bancos se endeudaron por 43.000 millones de dólares con el Banco Central de Grecia, además de otros 73.000 millones con el BCE. Pero la oferta de crédito sigue restringida, porque los bancos reservan liquidez para afrontar la eventualidad de nuevos retiros de depósitos. A su vez, los prestamistas extranjeros exigen pagos en efectivo, lo cual agrava las condiciones del crédito (The Economist, 28/01/12). Una vez más, todo esto repercute en más caídas de la demanda. En estas condiciones, el BCE europeo compra bonos del gobierno griego (a fines de 2011 lo había hecho por unos 40.000 millones de euros), pero la economía no reacciona.
Con diferentes variantes cada crisis nacional alimenta al resto, y todas se potencian. Así, la recesión se va agravando día a día. Las proyecciones (de abril) del FMI para 2012 es que el producto en la zona del euro se contraiga el 0,3%. Italia caería el 1,9%, España 1,8%, Grecia 4,7% y Portugal 3,3%. Además, Alemania y Francia, las economías más grandes, apenas crecerían el 0,5%. La tasa de desempleo para el conjunto de la zona del euro llegaba, en febrero de 2012, al 10,8%. En este marco, está muy cercana la perspectiva de una profunda depresión en Europa que termine arrastrando a la economía mundial. De ahí la desorientación, y las voces que piden ensayar otras políticas.
Inyecciones de liquidez que no solucionan el problema
La crisis europea no se desarrolla linealmente, sino tiene subas y bajas. Desde mediados de 2011 y hasta el final del año, se asistió a un fuerte agravamiento de la crisis. La crisis había atacado de lleno a Italia y España, y sus gobiernos tenían que pagar cada vez más tasa para endeudarse. Dadas las enormes cantidades de títulos en poder de los bancos, la caída de los precios de los bonos los afectaba directamente. A finales de septiembre de 2011, las autoridades europeas consideraban que 31 grandes bancos tenían un déficit de capitalización de conjunto por 84.700 millones de euros. Era el capital necesario para alcanzar un coeficiente de capital básico de nivel 1, que es del 9% de los activos ponderados por el riesgo. 65 grandes bancos debían cumplir esta exigencia. La situación fue tan grave, que a fines de noviembre los fondos monetarios de EEUU dejaron de prestar a los bancos europeos, quienes necesitaban dólares para sostener sus posiciones en EEUU. Recordemos que una manera de financiamiento de los bancos europeos es tomar préstamos en euros (a los que tienen acceso más fácil) y hacer un swap en dólares (una operación por la cual compran dólares y se aseguran que no haya riesgo cambiario). Lo importante es que el costo de estas operaciones swap para los bancos europeos llegó a estar, en noviembre de 2011, en un nivel más alto de lo que había estado en los días que siguieron a la quiebra de Lehman.
Ante el agravamiento de la crisis, el BCE inyectó masivamente liquidez. Para eso, anunció que aceptaría de los bancos un abanico de garantías más amplio; elevó la financiación a tres años para los bancos; rebajó el coeficiente de reservas obligatorias a la mitad (una reducción de unos 100.000 millones de euros en las reservas que los bancos debían mantener en el eurosistema). Además, la Reserva Federal, el Banco de Japón y el de Inglaterra, expandieron sus base monetarias. Y en diciembre el BCE bajó la tasa al 1%. Los bancos captaron esta abundante financiación a tres años, en una cifra equivalente al 80% de sus amortizaciones de deuda para el período 2012-14. Algunos aprovecharon para hacer un muy buen negocio a costa del erario público, comprando títulos gubernamentales que rendían el 5% o 6%, con fondos tomados del BCE al 1% (aunque la desconfianza es tan grande, que muchos no se metieron en esta bicicleta: una caída del valor de los bonos puede llevar a un banco que ya tiene problemas de capitalización al quiebre definitivo).
Como sea, paulatinamente, y a partir de estas medidas, los inversores retornaron a los mercados de deuda desde principios de 2012. Los fondos de inversión en activos monetarios de EEUU también aumentaron sus posiciones en enero, frente a los bancos de la zona del euro. El precio de los swaps disminuyó y bajaron los rendimientos de deuda soberana española, italiana e irlandesa, así como los spreads de los CDS (una especie de seguro) de los bonos soberanos.
Pero son parches que bajan momentáneamente la fiebre. Los problemas de fondo, que derivan de la acumulación del capital, siguen presentes. En este respecto, es necesario superar las visiones que asignan propiedades mágicas al crédito y a las finanzas. La clave de la salida de las crisis siempre pasa por la decisión de gasto de los propietarios de la plusvalía. Si ésta no se revierte, la inyección de liquidez poco puede hacer. Los bancos que reciben las inyecciones monetarias pueden aliviar sus problemas de liquidez, al menos en lo inmediato, pero con esto no se reactiva la economía. El BCE (a igual que otros bancos centrales) expandió su base monetaria (billetes más las reservas mantenidas en los bancos centrales de la región) desde un equivalente al 10% del PBI, en 2008, a aproximadamente el 16% en la actualidad. Sin embargo, esto no implicó el aumento de los agregados monetarios que registran la oferta de crédito a empresarios y consumidores. De hecho, estos se contrajeron, a pesar del aumento de la base monetaria. En otras palabras, el banco central inyecta dinero en los bancos, pero éste vuelve al banco central en la forma de reservas de los bancos. Según un análisis realizado por The Wall Street Journal (en La Nación, 7/05/12), a fines de marzo 10 de los mayores bancos de Europa habían guardado en total cerca de 1,2 billones de dólares de efectivo en bancos centrales de todo el mundo; un incremento del 12% desde diciembre de 2011, y del 66% desde finales de 2010. Es lo que Keynes llamaba “preferencia por la liquidez”, y Marx “atesoramiento”. Como se recordará, el principio de la crítica de Marx a la ley de Say (esto es, a la estúpida idea de que toda oferta genera su demanda correspondiente), se basa en la simple posibilidad de que haya atesoramiento generalizado. Lo cual es sinónimo de posibilidad de crisis.
Alternativas desde el establishment
Como lo demuestra toda la experiencia histórica, las crisis conllevan gigantescas desvalorizaciones de capital que operan a través de las quiebras de empresas, financieras y no financieras, el hundimiento de los precios de los activos financieros, la caída de los precios de las mercancías que no se venden en los mercados saturados, y los defaults de Estados o grandes empresas. En otra nota (aquí) he tratado de explicar que los defaults no significan la quiebra del sistema capitalista, como a veces se tiende a pensar en la izquierda, sino son vías por las que operan estas revoluciones del valor. Lo que se discute ahora en los medios, en los gobiernos e instituciones económicas, es de qué manera se puede limitar (en alcance y profundidad) esta desvalorización. Y también si puede evitarse una deflación que amenaza terminar en una depresión mundial de proporciones. El crecimiento electoral de las corrientes nacionalistas que plantean, en varios países europeos, la salida del euro, está haciendo sonar una voz de alarma. De hecho, nadie sabe a ciencia cierta cuáles serían las consecuencias de que Grecia, por caso, decidiera volver a su vieja moneda. Escenarios igualmente dramáticos se abrirían si España o Italia van al default; y la situación en otros países se está deteriorando. El peligro de defaults en cadena de bancos y gobiernos es muy real.
Ante este panorama, la propuesta más escuchada es estimular el crecimiento mediante inyecciones fiscales, principalmente; y monetarias. La idea es apostar al multiplicador, al estilo de lo que explican los cursos de macroeconomía en las carreras de grado de las facultades de económicas. Paul Krugman es el vocero más conocido de esta salida. ¿Por qué no se aplica lo que se enseña?, se pregunta una y otra vez. La objeción que le presentan los críticos es que las inyecciones fiscales demandan fondos, y éstos no están. Además, sigue el razonamiento, si no se restaura la confianza, la inversión seguirá estando ausente. Krugman responde que en la medida en que siga cayendo la demanda, la confianza seguirá faltando a la cita, y las cosas empeorarán.
La realidad es que las fracciones que demandan un cambio de política, no se oponen a que se profundicen las medidas de “ajuste estructural”, tales como la flexibilización de leyes laborales, el debilitamiento de los sindicatos, el aumento de la edad de jubilación. Lo que demandan es que se otorguen plazos más largos para la reducción del gasto fiscal, y que las medidas del ajuste sean acompañadas de una mayor expansión monetaria, a cargo del BCE. Al argumento alemán, que agita el peligro de la inflación, los críticos responden que la misma puede ser beneficiosa: por un lado, porque induciría a un debilitamiento del euro, lo que equivale a una devaluación y a la mejora de la competitividad de los países con mayores problemas. Naturalmente, se trata de una mejora obtenida a costa del salario, pero evita la vía deflacionaria. Además, permitiría dar más tiempo al desapalancamiento de los bancos, y licuaría las deudas nominadas en euros (aunque la contrapartida es el aumento del peso de las deudas nominadas en dólares u otras monedas). Permitiría también financiar mayores estímulos fiscales. Por supuesto, las inyecciones de gasto fiscal solo tendrían éxito en la medida en que la salida del escenario deflacionario llevara a las empresas a aumentar la inversión. La inyección fiscal, por sí misma, no reactiva a la economía. En la sociedad capitalista, la clave pasa por que el gasto privado (principalmente la inversión y el consumo de los que viven de la plusvalía) se reactiven.
De hecho, este programa de “austeridad más crecimiento” lo defienden muchos economistas y políticos del establishment. El propio FMI sugiere algunas de estas medidas. Otra propuesta que ha ganado predicamento es avanzar hacia una mayor unidad europea para el financiamiento de los países en problemas. Se sugiere que el BCE emita euro-bonos, lo que alejaría el peligro de default. Sin embargo, el gobierno alemán se niega, al menos por ahora. Entre otras razones, puede estar el temor de que el euro pierda fuerza, como moneda de reserva internacional, frente al dólar. Se ha anotado, por caso, que entre 2009 y 2011 ha habido una baja de unos dos puntos porcentuales (del 29% al 25,7%) en el uso del euro como reserva por parte de los bancos centrales. Políticamente, parece haber bastante rechazo en Alemania a que se destinen fondos a salvar a otros gobierno o bancos europeos no germanos. Avanzar hacia una unidad fiscal completa exigiría superar las actuales divisiones nacionales, algo que por ahora es lejano.
Muchos piden también que Alemania estimule su consumo, a fin de absorber exportaciones de sus socios europeos. Pero el gobierno de Merkel tampoco cede en esto, En tanto, continúa la crisis de los países más débiles, confrontados a una demanda mundial muy debilitada. Sin embargo, esta política alemana puede desembocar en la salida del euro de algunos de los que tienen más problemas (los griegos en primer lugar); o en un default de España o Italia. Esto tendría consecuencias muy serias para la economía alemana.
Por debajo de estas tensiones existe, sin embargo, un acuerdo bastante generalizado en que las medidas “estructurales” deben llevarse a cabo. Es necesario tener presente que la propuesta de renegociar los plazos del ajuste fiscal, es considerada lógica por buena parte de la “ortodoxia”. No hay aquí un enfrentamiento (a nivel de la clase dominante) entre una “derecha recalcitrante” y una “izquierda que quiere una salida favorable a los pueblos”. Lo que se discute es qué camino tiene menos costos para el capital, y pueda ser tolerado, de alguna manera, por los pueblos. De ahí que se estén explorando alternativas. Por caso, Bloomberg informa (9/05/12) que funcionarios del gobierno de Merkel entraron en contacto con el equipo de Hollande, y que está tomando forma un nuevo compromiso para la política fiscal. La intención sería aumentar el capital del Banco Europeo de Inversiones y emitir bonos garantizados de forma conjunta, para financiar nueva inversión en infraestructura.
En este panorama, se incorpora la posible salida griega del euro. En los últimos tiempos muchos bancos internacionales se deshicieron de bonos griegos, y parte de las pérdidas ya fueron absorbidas. Por lo tanto, el riesgo parece estar hoy más circunscripto a Grecia. Pero nadie está seguro de las repercusiones que tendría este episodio, ni tampoco hasta qué punto no podría inducir a otros a seguir este camino.
Inyecciones, crisis y desvalorización del capital
Como hemos argumentado, los estímulos monetarios y fiscales pueden aliviar problemas de liquidez, pero no constituyen soluciones de fondo. Un ejemplo es Japón. Desde hace más de una década, las tasas de interés están cerca de cero; en ese lapso, el Banco de Japón compró bonos del gobierno y de las empresas, y todo otro tipo de papeles. Estas medidas impidieron que la deflación fuera más pronunciada, pero no sacaron a la economía nipona del estancamiento. Con los créditos bancarios se continuaron sosteniendo empresas inviables, o de rentabilidad cercana a cero (zombies, como se las conoce). Los bancos, por su parte, mantienen estos créditos en sus balances, cuando deberían reconocerse como pérdidas; de esta manera cumplen con las reglamentaciones de Basilea en cuanto a capitalización, aunque se trata de puro capital ficticio. A su vez, aumenta el pasivo del gobierno, pasivo que se origina al sostener los balances de los bancos que sostienen a las empresas zombies (Caballero, Hoshi y Kashyap, 2008). Se ve entonces que la salida de la crisis no viene simplemente por aplicar la receta de los manuales de Macro (inyecciones de gasto y dinero), como piensa, un poco ingenuamente, Krugman. De forma ineludible, en Japón, como en cualquier otro país, la crisis se cobrará su precio en términos de empleos perdidos, de aumento de la miseria y empeoramiento de las condiciones de vida de la gente; así como de capitales que seguirán yendo a la quiebra. Y en el caso de Europa, existen muchas probabilidades de que ocurra un episodio “mayor” -¿salida de Grecia del euro? ¿default de España? ¿de Italia?- que podría arrastrar al mundo capitalista a un abismo de proporciones similares a lo que se vivió en la Gran Depresión de los 30.
Texto citado:
Caballero, R.; T. Hoshi, A. Kashyap (2008) “Zombie Lending and Depressed Restructuring in Japan”, American Economic Review, vol. 98, pp. 1943-1977.
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Charla sobre crisis en la FCE de la UBA
Aprovecho este medio para anunciar que el miércoles 23 de mayo próximo daré una charla que lleva por título “Tasa de ganancia, sobreacumulación y crisis. Un enfoque marxista”. La misma se da en el marco del Ciclo de Seminarios organizado por el Departamento de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas, de la UBA, y se llevará a cabo en el aula 212 (segundo piso), a las 19 horas, en la sede de la avenida Córdoba.
Mi intención es examinar la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia a la luz de la discusión teórica, pero también de la crisis capitalista reciente, y de la crisis del 30. Pienso que puede ser de interés para lectores del blog. Quedan invitados entonces.
Capitalismo globalizado, imperialismo y militarismo
A raíz de la nota sobre Corea del Norte, defensores de los regímenes stalinistas enviaron varias críticas a mis posturas en “Comentarios”. Entre ellas, hubo una que se repitió con cierta insistencia, que sostiene: a) usted plantea que la dominación colonial (también semicolonial o neocolonial) ha dejado de ser el método privilegiado de apropiarse del excedente; b) además, usted agrega que la explotación no ocurre entre países, sino entre clases, específicamente, entre el capital y el trabajo; c) por lo tanto usted no puede explicar por qué EEUU (y otras potencias) mantienen tantas bases militares desplegadas alrededor del mundo, o por qué sigue habiendo intervenciones armadas contra países. De manera que, según esta crítica, si la contradicción hoy se da entre el capital globalizado y el trabajo, el mundo es algo así como un paraíso del pacifismo burgués.
El problema aquí es que se piensa que, en última instancia, la explotación del trabajo no encierra violencia. Por supuesto, Marx explicó que la explotación capitalista ocurre por medios económicos. Esto es, dado que los trabajadores no poseen los medios de producción, están obligados a intentar vender su fuerza de trabajo en el mercado. Es desde este punto de vista que la extracción del excedente, bajo el capitalismo, no opera con medios político-militares, como ocurre en otros modos de producción, donde el trabajador es obligado, por medio de la coerción extra económica, a entregar el excedente (sea bajo la forma de trabajo forzado, de tributos, etc.). En el capitalismo los trabajadores son “libres” de ser explotados por el capital o… morirse de hambre. La coacción está dada aquí por las relaciones sociales de producción, asentadas en la propiedad privada del capital. ¿Significa esto que la violencia ha desaparecido? En absoluto. El Estado es la institución que, respaldada en armas y aparatos represivos (aunque no solo en ellos), se constituye en el garante último de la propiedad de la clase capitalista.
Es con este marco teórico que en “Valor, mercado mundial y globalización” defendí la vigencia de la noción de imperialismo. Transcribo entonces lo central sobre el tema:
“A lo largo de este libro hemos intentado mostrar cómo la extracción de excedente se da hoy, en lo esencial, no por coerción extraeconómica, sino a través del mercado y por la generación de plusvalía. Por lo tanto, hemos planteado que el antagonismo fundamental que anida en la economía mundial es entre el capital y el trabajo. De aquí se desprende que, si con el término “imperialismo” se entiende una forma internacional de extracción del excedente basada en la coerción extraeconómica, colonial o semicolonial; o la explotación de unos países por otros, el mismo no sería aplicable a la realidad actual. De la misma manera, el término tampoco sería adecuado si se busca denotar un sistema mundial en el que fuesen inevitables las guerras entre las potencias por nuevos repartos colonialistas del mundo. ¿Significa esto que la noción de imperialismo ha perdido sentido, como afirman muchos “globalistas”?
Pensamos que no, que el término conserva vigencia en la medida en que mantiene una carga crítica de la mundialización capitalista y del despliegue militar que conlleva, y si se lo adecua a la realidad del capitalismo mundializado. Es que lejos del mundo de la paz y tranquilidad que algunos auguraron a la caída del Muro de Berlín, la última década y media (aclaración: “Valor…” fue escrito en 2005) ha sido testigo de intervenciones militares, operaciones desestabilizadoras y bloqueos económicos contra regímenes que resisten “el orden mundial del capital”, y de muchos conflictos y tensiones por zonas de influencia. Cabe preguntarse entonces cuál es la razón de ser de esta violencia sistemática, si no están en juego, como sucedía a principios de siglo, el pillaje directo, la imposición de la empresa colonial y las guerras por arrebatar colonias a las potencias rivales.
La respuesta que podemos dar a este interrogante es que hoy se trata de garantizar las condiciones jurídicas, políticas y sociales para que la mundialización del capital, o sea, la subsunción bajo su mando de los recursos y las fuerzas productivas planetarias, se lleve hasta las últimas consecuencias. Esto es, si la ley del valor permite la obtención sistemática de plusvalías extraordinarias, entonces está en el interés del capital “en general”, y en particular de sus fracciones más internacionalizadas y poderosas, que la competencia opere de la forma más abierta y segura. La burguesía, dueña de estos capitales altamente concentrados, necesita que el planeta se conforme como un campo de maniobra en el que se despliegue a plenitud la dialéctica de los capitales en proceso de valorización. Para esto, reclama seguridad jurídica, desmantelar toda traba al movimiento transfronteras de los capitales y el desplazamiento de todo gobierno que se interponga en esos objetivos. El capital más internacionalizado y concentrado necesita, mediante la violencia y el despliegue del aparato técnico militar más sofisticado que haya conocido la historia, garantizar las condiciones para la explotación e imponerse en la guerra de la competencia. Estados Unidos y las potencias que lo acompañaron no invadieron Grenada, Panamá o Afganistán por las riquezas que directamente pudieran existir en estos lugares, sino porque sus gobiernos o regímenes no ofrecían garantías al despliegue mundial del capital altamente concentrado. Tampoco serían las riquezas de Corea del Norte las que están en la base del hostigamiento sistemático de este país, sino su postura “fuera de órbita” frente a la globalización y el mercado mundial. El objetivo central en Irak es garantizar los derechos plenos del capital en una zona vital, dadas las reservas energéticas; socavar a largo plazo a la OPEP; y establecer regímenes que garanticen esa libertad frente a las resistencias nacionalistas. En todos los campos las empresas más poderosas luchan por imponer la fuerza de su tecnología y su capacidad financiera y comercial.
Este programa ha sido expresado en múltiples ocasiones: en las reuniones anuales de Davos, en las conferencias y encuentros del FMI, del Banco Mundial, de la OMC, de la OCDE; en las reuniones y documentos de instituciones más discretas, como la Transatlantic Business Dialogue o la Business Investment Network, que agrupan a grandes corporaciones de Estados Unidos y Europa. A pesar de las diversas formulaciones, la exigencia siempre es la misma: desmantelar las reglamentaciones (ambientales, de sanidad, seguridad) y los elementos que puedan obstaculizar este despliegue. Los mercados deben funcionar a pleno para que las leyes de la concurrencia actúen también a pleno. La ideología que se enseña en las principales facultades de Economía del mundo -libre competencia, mercados walrasianos, teoría neoclásica- es funcional a este programa.
Varios ítems están en liza en esta tendencia hacia la plena libertad de acción del capital. Mencionemos la reafirmación de los acuerdos sobre la propiedad intelectual; las presiones por liberalizar los intercambios agrícolas; el Acuerdo General sobre comercio en servicios; los acuerdos bilaterales de inversiones; los acuerdos también bilaterales de tratamiento impositivo. (…). Bajo la presión de los capitales globalizados se afirma la existencia de un “derecho de intervención” y el giro ideológico y político hacia la “soberanía limitada”… de los Estados más débiles.
Es con este objetivo que el gobierno de Estados Unidos y sus aliados no vacilan en asesinar a cientos de miles de personas y en provocar las más terribles devastaciones y sufrimientos a muchos otros millones de seres humanos. Si en los orígenes del capitalismo fue necesario bombardear Cantón con cañoneras británicas y ocupar Hong Kong para obligar a China a abrirse al comercio externo, hoy también se está dispuesto a intervenir militarmente o presionar de la manera que sea, con el fin de que todos acaten el orden mundial regido por la ley de la valorización del capital. Fue la política aplicada frente a los sandinistas en Nicaragua o Kadhafi en Libia. Es la táctica del “garrote y la zanahoria” que también se intenta con Cuba, Corea del Norte y otros países. Esto explica por qué la intensidad de la acción imperialista y el despliegue militar no han cedido con la globalización. Sólo en las dos últimas décadas Estados Unidos intervino militarmente en Grenada, Libia, Panamá, Irak, Somalia, Haití, Afganistán, Sudán y Yugoslavia. Aun cuando en los años que siguieron a la primera Guerra del Golfo redujo sus gastos militares, estos nunca bajaron de los 250.000 millones de dólares. Y en 2004 rozaban los 500.000 millones. Es el gasto más grande en su historia. Washington ha puesto en marcha, además, un plan para desarrollar la producción de bombas atómicas de baja intensidad. Esto implica el propósito de utilizarlas efectivamente en guerras, a diferencia de lo que sucedió durante la Guerra Fría, cuando la construcción del arsenal atómico tenía un carácter disuasivo. A la vista de estos desarrollos, parece imposible coincidir con la idea de que “en la base del desarrollo y la expansión del imperio hay una idea de paz”, y que su “naturaleza” sea la paz (Hardt y Negri, Imperio, p. 152).
Es desde esta perspectiva entonces que puede comprenderse y debe mantenerse, en nuestra opinión, la noción de imperialismo. Podemos definir al imperialismo como la política -y el aparato militar e institucional que la acompaña- destinada a garantizar “los derechos universales del capital”. Las instituciones internacionales (FMI, BM, BIS, OMC, OCDE, Consejo de Seguridad de la ONU), las alianzas militares -en primer lugar la OTAN- y los Estados más poderosos, conforman esta estructura que se corresponde con el capital globalizado. A ella se pliegan las burguesías de los países subdesarrollados que logran insertarse, con mayor o menor éxito, en la globalización. Este “primer corte” en la noción del imperialismo debe articularse con la determinación nacional y geopolítica. Esto significa que en este despliegue cada capital, y su Estado de referencia, buscan posicionarse de la mejor manera frente a la competencia. De ahí que, si bien comparten intereses estratégicos, cada capital intente obtener las mejores condiciones -políticas, diplomáticas- para avanzar en la explotación del trabajo. Pero en este marco se despliegan tensiones geopolíticas y choques de intereses de las potencias entre sí, y de éstas frente a los gobiernos y Estados más débiles, a favor de “sus” capitales. Los dos aspectos de la globalización, internacional y nacional, se expresan entonces en la dinámica del imperialismo hoy.
El imperialismo se puede concebir así como un producto genuino de las tendencias profundas del capitalismo mundializado: tendencia a la centralización y concentración de los capitales; a la subsunción real y creciente de la mano de obra bajo su mando; a la mercantilización de todos los valores de uso y su producción bajo condiciones capitalistas; a la competencia mediante el cambio permanente de las fuerzas productivas, que provoca crisis de acumulación por caída de la tasa de ganancia. Esto exige que los Estados más poderosos actúen como “policías del mundo” en defensa de los derechos a la explotación del trabajo. Esto es tanto más necesario en la medida en que la polarización entre las clases, el disciplinamiento por medio del mercado, la competencia y las diferencias de ingresos se exacerban y provocan un aumento de las tensiones sociales a nivel mundial. Se trata entonces de un mundo en que la polarización entre el capital y el trabajo se profundiza, en que las leyes de la acumulación -y de las crisis- operan de manera más abierta y que, por lo tanto demanda una respuesta de las fuerzas del trabajo sustentada en la solidaridad internacional” (pp. 357-61).
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Capitalismo globalizado, imperialismo y militarismo
El Gulag de Corea del Norte

La República Democrática del Pueblo de Corea tal vez sea el último Estado con rasgos marcadamente stalinistas que queda en el mundo. En Corea del Norte la economía está estatizada, y es controlada férreamente por una burocracia. Hay baja productividad agrícola (un derivado de la industrialización realizada a expensas del campo) y un extenso mercado negro o paralelo. La orientación general es hacia la autarquía y autosuficiencia económica, remedo del viejo “socialismo en un solo país” del stalinismo. Desde el punto de vista político, encontramos el partido único, la supresión de toda disidencia y un amplio dispositivo militar: 1,2 millones de personas están militarizadas, para una población de 24 millones. En lo ideológico, el régimen alienta un marcado nacionalismo, mezclado con xenofobia y racismo. Por ejemplo y con el objetivo de mantener la pureza racial, es una costumbre que mujeres norcoreanas que vuelven embarazadas de China, sean obligadas a abortar. La “pureza” también atañe a la sexualidad: los funcionarios afirman que en su país no existen los homosexuales. Todo esto va acompañado del culto a la personalidad. En su momento Kim Jong-il fue declarado oficialmente “líder supremo”, “primer militar” y guía ideológica de la nación; y hoy Kim Jong-un, es tan “infalible” como lo fuera su padre, y antes su abuelo.
Algunos piensan que todavía la RDPC se define en relación a algún proyecto socialista, pero lo cierto es que las referencias al comunismo han desaparecido de los discursos y también de la Constitución reformada en 2009. Lo que prima es el nacionalismo, que encuentra legitimación ante la población por el hostigamiento hacia Corea del Norte por parte de EEUU y otras potencias. Y también por el estado de conflicto permanente con Corea del Sur.
A pesar de que el PBI por habitante ubica a la RDPC en un nivel medio de desarrollo, el país está siempre amenazado por la catástrofe alimentaria. Es de notar que hasta principios de los años 1970 Corea del Norte experimentó un fuerte crecimiento, sustentado en la industria pesada, el desarrollo extensivo (baja tecnología) y la planificación burocrática. Pero desde hace décadas la economía se ha estado frenando. En los años 1990 una hambruna provocó (se calcula) un millón de muertos. En los 2000 continuaron los problemas. En 2006, un estudio conjunto de la ONU y del gobierno norcoreano reveló que el 7% de los niños están seriamente desnutridos, y el 37% crónicamente mal alimentados. En 2010, según testimonios recogidos por agencias no gubernamentales, miles de norcoreanos se alimentaban con pasto, raíces y corteza de los árboles, lo que generaba graves enfermedades digestivas (por ejemplo, por consumir hongos venenosos). Tal vez presionado por esta situación, el régimen ha tolerado de manera creciente la economía de mercado paralela, y algunas inversiones, principalmente rusas y chinas. También ha utilizado su programa nuclear para negociar ayuda económica con las potencias. Así, en febrero de 2012 Pyongyang acordó suspender las pruebas con armas nucleares, como parte de un acuerdo para que EEUU entregue ayuda alimentaria.
Un gigantesco y escondido gulag
Lo anterior explica por qué el régimen norcoreano se sostiene hoy sobre un gigantesco gulag, del que se habla bastante poco en el exterior. Mi objetivo en esta nota es llamar la atención, en especial a la gente de izquierda y progresista, sobre esta terrible y dolorosa realidad. En lo que sigue me baso en informes de Amnistía Internacional, del Consejo de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, y de la International Coalition to Stop Crimes against Humanity in North Korea (ICNK), formada por más de 40 organizaciones de derechos humanos y activistas.
La existencia de campos de concentración en Corea del Norte está largamente confirmada. Los campos están ubicados en áreas montañosas remotas y desoladas, de manera de asegurar el aislamiento casi absoluto de los detenidos. Cada uno es una especie de ciudad cerrada, donde un número de campos están vinculados a través de un camino. En el exterior se conocen seis. Según Amnistía Internacional y otras organizaciones, habría unas 200.000 personas encerradas en ellos. Las personas enviadas a los campos incluyen a los que han criticado al régimen; a funcionarios y cuadros que han fallado en la implementación de políticas; a quienes han entrado en contacto con gente de Corea del Sur (la mayoría de las veces cuando estuvieron en China); a los que pertenecen a grupos anti-gobierno; a los que fueron apresados escuchando transmisiones radiales de Corea del Sur; a los capturados en China luego de cruzar la frontera camino a Corea del Sur; y posiblemente algunos viejos prisioneros desde la guerra.
Existen dos tipos de campos. Unos están en las llamadas Zonas de Control Total, en donde permanecen aquellos que han cometido crímenes serios, incluyendo crímenes contra el régimen. Jamás son liberados. Otros están en las llamadas Zonas Revolucionarias, destinadas a los que han cometido crímenes menos serios, incluyendo el ser críticos del gobierno o haber cruzado ilegalmente la frontera. Las sentencias pueden ir desde algunos meses hasta diez años. Muchos están detenidos por ser “culpables por asociación familiar”, esto es, por ser parientes directos de gente que ha sido encontrada culpable. Esta política se practica desde 1972, cuando Kim Il-sun, el fundador del Estado, sentenció que cuando se trata de “los fraccionalistas o enemigos de clase, su semilla debe ser eliminada a lo largo de tres generaciones”. Esto explica que muchos niños puedan ser internados en los campos porque sus abuelos o padres fueron detenidos. Se cree que en Kwanliso 15, Yodok, miles están por este motivo. Yodok es un campo con 50.000 prisioneros y una de sus áreas es para familias “culpables de asociación”.
Una característica del régimen es que nadie es detenido por una acusación o juicio. Cuando es arrestado, el detenido es sometido a torturas para que confiese, antes de ser enviado al campo. Luego, al llegar al campo, se le entrega un pico y una pala, utensillos simples de cocina, y una frazada usada. A los internos se les impide todo contacto con el mundo externo; a partir de su ingreso es una “no-persona”; nadie preguntará por él, ni sus familiares ni amigos. A todos se les da una muy baja ración de comida y se los hace trabajar hasta la extenuación. El objetivo es que los prisioneros estén siempre al borde de la inanición. De ahí que estén forzados a ingerir comida de animales, ratas, serpientes, raíces o pasto. Pero si son sorprendidos por los guardias, son duramente castigados. Así, en poco tiempo, se transforman en esqueletos vivientes. Se estima que un 40% muere por malnutrición.
Las condiciones climáticas agravan los sufrimientos. En el campo de Kwanliso 15, Yodok, las temperaturas invernales llegan a 20 o 30 grados bajo cero. Las condiciones sanitarias son inhumanas. Por ejemplo, en Kwanliso 15 hay un baño cada 200 personas. No existe acceso adecuado a medicina y las mujeres sufren abortos forzados en manos de doctores sin licencias. Se sabe de bebés recién nacidos que han sido golpeados hasta la muerte.
Los internos que se consideran “problemáticos” son arrojados a celdas en las cuales es imposible estar parado o acostado. El período mínimo en esas celdas es una semana. Se practica una tortura que consiste en poner una bolsa de plástico en la cabeza y sumergir a la víctima en agua durante un período de tiempo prolongado. Los prisioneros son golpeados con sus manos y pies atados por detrás de ellos, y sus cuerpos se ahorcan cuando se levantan del suelo. También son colgados con los brazos atados durante períodos de media hora, hasta cinco veces por día. Otras formas de tortura incluyen no dejar dormir; y colocar pedazos de bambú afilados debajo de las uñas. Asimismo se realizan ejecuciones públicas a la vista de los prisioneros. Las ejecuciones son por fusilamiento o colgamiento y se hacen a discreción de las autoridades de las prisiones. Todo ex prisionero que ha sido entrevistado dice haber asistido al menos a una. Hijos e hijas son ejecutados públicamente en frente de sus madres. El número de ejecuciones públicas se ha incrementado fuertemente en los últimos años. Se sabe que en 2010 al menos 60 personas fueron ejecutadas.
Testimonios
Uno de los más impactantes es el de Shin Dong-hyuk (tiene el nombre cambiado). Shin nació y pasó 23 años en Kwanliso 14. Lo detuvieron luego de que su madre y hermano fueran capturados tratando de escapar. Los interrogadores querían saber si conocía, o había participado, en los planes de escape de su madre y hermano. Shin tenía 13 años de edad en ese momento. El día de su detención fue llamado a presentarse en la escuela. Allí fue esposado, le taparon los ojos y lo condujeron en un auto a un lugar desconocido, donde se le informó que su madre y hermano habían sido detenidos esa mañana tratando de escapar. Se le pidió que admitiera la complicidad de la familia, fue conducido a la cámara de tortura bajo tierra de Kwanliso 14, y alojado en la celda Nº 7, un cuarto pequeño y oscuro, con solo una poca luz eléctrica. Al día siguiente lo llevaron a un cuarto lleno de elementos de tortura. Allí fue desvestido, atado de pies y manos, y colgado del techo. Uno de los interrogadores le dijo que confesara. Shin alegó inocencia. Lo quemaron con carbón encendido. El dolor le hizo perder el conocimiento. Cuando se despertó, estaba en la celda, y apestaba debido a las heces y orina. Encontró heridas y sangre en el abdomen bajo. A medida que pasaron los días, creció el dolor y la piel comenzó a caerse. Olía tan mal que los guardias evitaban la prisión. Su padre también fue torturado. Después de ser torturados durante siete meses, su padre y él fueron llevados a una plaza donde presenciaron, junto a una multitud, la ejecución de su madre y hermano. La madre fue colgada, y el hermano fusilado. Shin más tarde pudo escapar del campo. Escapó gateando por encima del cadáver de un amigo, que había hallado la muerte en el cerco electrificado del campo. Vio por primera vez el mundo exterior a los 25 años. Recientemente se ha editado un libro basado en su vida, Escape from Camp 14, escrito por el periodista Blaine Harden. Allí se cuenta que cuando tenía seis años Shin fue testigo de cómo un maestro castigó a una niña hasta la muerte porque había guardado unos granos de cereal en su bolsillo (reseña de The Economist, 21/04/12). El padre de Shin está preso desde 1965, y muchos creen que pudo haber sido fusilado luego del escape de su hijo.
Un caso registrado por Amnistía Internacional es el de Choi Kwang-ho que fue enviado a Kwanliso 15 por decir que no podía seguir viviendo en Corea del Norte. Fue ejecutado públicamente porque, acosado por el hambre, abandonó su grupo de trabajo para juntar bayas el 18 de agosto de 2001.
Otro interno, Kim, dice: “Todos en Kwanliso han sido testigo de ejecuciones. Cuando fui interno en Kwanliso asistí a tres. Entre los ejecutados había internos que habían sido atrapados intentando escapar. No hubo fugas exitosas, por lo que conozco, de Kwanliso 15 en Yodok. Todos los que lo intentaron fueron capturados. Fueron interrogados durante dos o tres meses y luego ejecutados”. Kim fue testigo de la ejecución, en 1999, de Dong Chul-mee, de 24 años, a causa de sus creencias religiosas.
Un guardia de prisión relató a Amnistía Internacional que los prisioneros cazan ratas o serpientes, y que incluso encontró a algunos alimentándose de comida de cerdos. Otro interno, Shin Dong-hyuk, contó: “Un día de suerte, descubrí algunas médulas de granos en una pequeña pila de estiércol de vaca. Las levanté, y las limpié con mi manga antes de comerlas”.
Park In-shik, un detenido en Kwanliso 15, fue sorprendido comiendo miel de una colmena en febrero de 2003. Fue enviado a encierro solitario con una reducción de comida. Murió por falta de alimentación. Tenía 38 años y había sido enviado a Kwanliso 15 por haber criticado la infraestructura del país estando borracho.
Un ex detenido en Yodoko cuenta que durante los años de detención nunca pudieron tomar una ducha. Los cuerpos apestaban, estaban cubiertos de piojos lo que provocaba mucha picazón. Con el tiempo la piel de los internos estaba cubierta por una gruesa capa de suciedad; pero no se daban cuenta de que apestaban, porque todos olían mal. En el verano, ocasionalmente, cuando trabajaban junto al arroyo, los guardias los dejaban rociarse con agua del río porque no podían soportar el olor de los internos. Después de la liberación, le llevó meses remover la gruesa capa de suciedad y sacar los piojos.
Lee, otro ex detenido en Yodoko, dio testimonio de haber sido torturado. Una de las torturas consistió en atarlo a una mesa y hacerle tomar agua a la fuerza con una pequeña cacerola. Enseguida su boca se llenó de agua y empezó a salir por la nariz. Sofocado, perdió el conocimiento. Luego de un tiempo inconsciente, cuando se recuperó, sintió que los interrogadores saltaban sobre una tabla que habían colocado sobre su estómago hinchado, para forzar la salida del agua. Comenzó a vomitar de manera incontrolable y penosa. No se pudo levantar y fue llevado de vuelta a su celda. Luego sufría de fiebre alta y se desmayaba a menudo. No fue capaz de caminar durante 15 días. En otra sesión de tortura, le ataron los brazos y fue colgado por media hora. Luego era bajado, y vuelto a colgar, así hasta cinco veces en el día. En ocasiones, ponían una bolsa de plástico en su cabeza y era sumergido en agua por períodos prolongados. Fue torturado durante cinco meses; no todos los días, pero con frecuencia. Cuando era torturado, lo era por todo el día. Al final, Lee confesó lo que querían que confesara.
Kang Gun, de origen norcoreano pero nacionalizado como surcoreano, fue golpeado y torturado en un centro de detención en Pyongyang y en el centro de detención en Chongjin, en la provincia de Hambyunk donde había sido llevado inicialmente luego de haber sido secuestrado por agentes de Corea del Norte en la provincia de Jilin, en China, el 4 de marzo de 2005. Amnistía Internacional supo que sus piernas habían sido amputadas y que fue trasladado a un Kwanliso no identificado entre 2008 y 2009.
Kang Chel-hwan fue detenido siendo un chico, junto con su familia. Teniendo 10 años le mandaban levantar bolsas de tierra de 30 kilos, 30 veces al día. Si se negaba, los maestros le pegaban con varas. Después de las primeras diez rondas, los cuerpos de los niños estaban agotados, pero temían a los castigos de los maestros.
Chul Hwan-kang, el primero que pudo escapar, en 1992, de uno de los campos. Estuvo en Yoduk desde los 9 a los 19 años porque su abuelo había sido acusado de criticar al régimen. Kang dijo que los niños eran obligados a trabajos manuales muy duros que empezaban a las 6 de la mañana. Si no se cumplían las cuotas de trabajo asignadas, el castigo era una reducción de las raciones de comida. A la edad de 17 años medía 150 centímetros y pesaba 40 kilos. De hecho, su tamaño corporal era el característico de todos los niños detenidos. Las niñas no eran más altas de 145 centímetros; en realidad, no lucían como niñas.
Yong Kim, sobreviviente de un campo de la zona de “control completo”, fue testigo de cómo un guardia golpeó, y luego mató de un tiro, a un interno porque éste había recogido unas nueces del suelo.
Una campaña internacional y la izquierda
De acuerdo a David Hawk, del Comité por los Derechos Humanos en Corea del Norte, en los últimos tiempos se incrementaron las fugas, incluyendo deserciones de guardias. Alrededor de 23.000 personas escaparon a Corea del Sur, y entre ellos hay cientos de testimonios de los campos. Todos cuentan los mismos horrores de las brutalidades que han sufrido. En estos momentos Amnistía Internacional llama a una campaña por lograr el reconocimiento de la existencia de Yodok y de otros campos de prisión política en Corea del Norte. El cierre inmediato de Yodok y de todos los otros campos de prisión política en Corea del Norte. La libertad inmediata y sin condiciones de todos los prisioneros de conciencia, incluyendo a sus parientes que están presos sobre la base de “culpables por asociación”. Todos los otros internos deberían ser liberados a menos que sean acusados por una ofensa internacionalmente reconocible, y vista por una corte independiente y provisto un juicio justo.
Considero que desde la izquierda debemos apoyar la campaña por acabar con los campos de concentración en Corea del Norte. El rechazo y la crítica al bloqueo y hostigamiento de las potencias (EEUU en primer lugar) no debe ser excusa para pasar por alto las atrocidades que está cometiendo el régimen norcoreano contra su pueblo. Ninguna sociedad superadora del capitalismo se puede construir sobre los campos de concentración, sobre el terror generalizado y la barbarie.
Pero la mayoría de la izquierda a nivel mundial mira para otro lado y se mantiene en silencio. Más grave incluso, Fidel Castro y Hugo Chávez apoyan abiertamente al régimen de Pyongyang y los Kim. Alguna vez Marx dijo que el comunismo “tosco”, que negaba la personalidad del ser humano, era la negación abstracta de la civilización y la cultura, y el retorno al hombre pobre y carente de necesidades (Manuscritos económicos-filosóficos de 1844). El régimen de Corea del Norte parece superar en vileza y barbarie todo lo que podía haber imaginado Marx. Tal vez solo sea comparable con lo que establecieron en los 1970 los Khmers rojos en Camboya. No solo hay que acabar con el gigantesco y oculto gulag norcoreano, sino también hay que preguntarse por qué y cómo es que desde tantos sectores de la izquierda se siguen defendiendo estas atrocidades. No habrá reconstrucción política e ideológica de las fuerzas socialistas en tanto estos problemas no se encaren de frente, y hasta la raíz. Este modelo de sociedad no es alternativa para ningún ser humano. Nunca más apropiado para recordar aquella divisa de Marx (tomada de Terencio), de “nada de lo humano me es ajeno”. Nadie en la izquierda, o en el pensamiento simplemente progresista, debería ser indiferente a lo que sucede en Corea del Norte. Algunos dirán que lo mío es “propaganda imperialista”. Conozco este tipo de razonamiento del stalinista típico, e incorregible. Pero en esto no hay que ceder a la opinión de la izquierda “políticamente correcta”, nacional y popular, que está acostumbrada a avalar cualquier porquería. Defender al régimen de los Kim no es defender al socialismo, sino todo lo contrario.
Como un primer paso, pediría que en este próximo Primero de Mayo, las fuerzas socialistas e internacionalistas incorporen a sus demandas la denuncia de la represión en Corea del Norte y el pedido de acabar con los campos de concentración.
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El Gulag de Corea del Norte
La estatización de YPF

“YPF recuperada. Patria sí, colonia no”. El cartel, colgado en una avenida muy transitada del sur del Gran Buenos Aires, y firmado por el partido Comunista, resume el entusiasmo que ha despertado en la población, y en amplios sectores de la izquierda, la expropiación de parte del paquete accionario de YPF. Dado que personalmente no comparto este entusiasmo, en lo que sigue presento algunas reflexiones sobre el significado de esta medida. Mi objetivo es, en primer lugar, ubicar la estatización de YPF en tendencias que están operando a nivel mundial, y en su perspectiva histórica. En segundo término, analizar la medida en relación al “modelo K” de crecimiento. En tercer lugar, argumentar por qué no estamos ante la vuelta del estatismo anterior a las privatizaciones del 90. Esta nota se complementa con otras que he escrito sobre el capitalismo de Estado (ver aquí) .
¿Qué es una empresa capitalista de Estado?
El primer punto a señalar es que se ha producido un giro bastante importante en la noción misma de qué se entiende por una empresa capitalista de Estado (en adelante, ECE). Hace algunas décadas atrás el tema parecía claro: una ECE era propiedad del Estado, y la dirigía un directorio nombrado por el Estado. En Argentina, los ejemplos típicos eran YPF, ENTEL, Aerolíneas Argentinas, y similares. Por eso, todavía a fines de los años 1980, cualquier apertura de la propiedad al capital privado era entendida como una “privatización”. Así, por ejemplo, la propuesta de Rodolfo Terragno, ministro del gobierno de Alfonsín, de que YPF, y otras ECE, salieran a bolsa y colocaran el 49% de sus stocks accionarios entre inversores privados, para que el Estado retuviera el 51%, fue considerada, lisa y llanamente, una privatización (y por muchos, una traición a la patria). Hoy, sin embargo, la compra por parte del Estado del 51% de las acciones de YPF parece habilitar para calificarla de “empresa estatal”, y saludar la medida como un acto de liberación nacional. Esto muestra entonces que en la actualidad existen diversos grados de injerencia estatal, y que los límites entre lo privado y estatal, en alguna medida, se han difuminado. Según algunos criterios, son ECE aquellas empresas en las que el Estado tiene un control significativo. La UNCTAD, por ejemplo, considera ECE a las empresas en que el Estado tiene más del 10% del paquete accionario. Por eso, y de acuerdo a este criterio, Sudáfrica tendría más empresas multinacionales estatales que China (54 contra 50), e YPF habría sido una ECE hasta 1999. Otros consideran ECE aquellas empresas que son totalmente propiedad del Estado. Es el criterio que aplica la OCDE para analizar la situación en China. Y otros solo consideran estatales a las empresas en que el Estado es propietario de más del 50% de las acciones. En definitiva, y volviendo a YPF, se la consideraría “estatal” según los criterios actuales, pero no de acuerdo a los parámetros “estatistas” anteriores a los 90. Algo así como que la “patria” que hoy reivindica el PC es una patria “al 51%” (y cotizando en bolsa, dicho sea de paso).
Drogas y relativismo cognitivo “progre”
Por gentileza de dos madres que militan en la Red de Madres y Familiares de Víctimas de Drogas, llegó a mis manos Prevención del consumo problemático de drogas, un libro escrito por la licenciada Graciela Touzé (en adelante GT), que está destinado a docentes y al trabajo en las aulas. El texto está prologado por Alberto Sileoni, ministro de Educación de la Nación y por María Brawer, subsecretaria de Equidad y Calidad. Goza, además, del “aval-respaldo” de la presidente de la Nación, Cristina Kirchner.
El libro tiene como uno de sus ejes la crítica de las políticas preventivas que hacen eje en el castigo al consumidor, y estigmatizan socialmente a los adictos, asociándolos con el delito. En este sentido, acompaña al “nuevo enfoque”, centrado en la despenalización del consumo, que están promoviendo gobiernos latinoamericanos, así como corrientes que van desde la derecha liberal (a nivel mundial la vanguardia sea tal vez el semanario The Economist), a la izquierda, y otros sectores. Muchos proponen incluso despenalizar la comercialización de las droga. Pero es en este marco, que Prevención… relativiza el peligro que representan sustancias como la cocaína y heroína. Más concretamente, sugiere que probar una dosis de cocaína es tan problemático como probar un vaso de vino, un cigarrillo o un café. Lo “problemático” solo aparecería cuando existen intoxicaciones agudas, usos regulares crónicos y dependencia (p. 34). Por eso, aconseja GT, hay que hacer uso, sin caer en el abuso o en la dependencia. En otras palabras, no existiría ninguna conexión particular entre el uso esporádico de cocaína, y el deslizamiento hacia la dependencia. Destaco que este texto se envía a los colegios en medio de una pronunciada caída, ocurrida en los últimos tiempos, de la percepción del riesgo implicado en el uso de drogas. Según me informan las militantes de la Red de Madres, la baja detectada es del 20%; existen, además, razones para pensar que en la juventud la caída es mayor.
En esta nota quiero tratar solo el enfoque global desde el que se argumentan estas posiciones en GT. Es un enfoque que se ubica en el marco del llamado relativismo epistemológico. El tema me parece importante porque existe toda una corriente de opinión, dentro de la izquierda y el progresismo, que considera a los enfoques relativistas casi “revolucionarios”. Opino que esto no tiene nada de progresivo, y menos aún de “revolucionario”. Más bien introduce un enfoque reaccionario y contrario al conocimiento científico.
Brasil, armamentismo y nacionalismo

Por estos días los medios se hicieron eco del propósito del gobierno brasileño de continuar la Estrategia Nacional de Defensa, aprobada en 2008, bajo la presidencia de Lula. La END determinó, entre sus objetivos fundamentales, reactivar la industria militar y recomponer efectivos militares. Bajo su orientación, también se comenzó a diseñar el Plan de Articulación y Equipamiento de Defensa (PAED), que se extendería por los próximos 20 años, con un gasto de entre 30.000 y 35.000 millones de dólares. Entre sus iniciativas figura la construcción del primer submarino a propulsión nuclear, la adquisición de navíos de guerra, de vehículos anfibios, el desarrollo de una nueva aeronave y la compra de helicópteros. El programa contempla, además, la creación de un Centro de Defensa Cibernética, y el desarrollo de un vehículo lanzador de cohetes, entre otros aspectos.
Desde el punto de vista del pensamiento crítico, este avance armamentista de Brasil lleva a preguntarnos por la caracterización del status de este país en el mundo capitalista. Es que en la izquierda hubo dos caracterizaciones centrales de Brasil. Por un lado, se sostuvo que era un Estado semicolonial, a igual que sus pares latinoamericanos. Dado que un país semicolonial no goza de plena autodeterminación política, el actual plan armamentista podría interpretarse entonces como un paso en el camino de la liberación nacional. La segunda línea interpretativa fue formulada por Ruy Mauro Marini, y sostiene que Brasil, ya en los años 1970, había accedido al rango de un país subimperialista, y así se habría mantenido hasta el presente. La carrera armamentista sería una expresión de este fenómeno. El propósito de esta nota es examinar brevemente ambas caracterizaciones, y proponer una alternativa.
Debate con el trotskismo

A raíz de mi crítica a la agitación hoy de la consigna del control obrero en Argentina, se desató una fuerte polémica en el blog, en la sección Comentarios. Muchos trotskistas escribieron largos comentarios (en algunos casos, fueron prácticamente notas). A la mayoría les respondí; otros fueron respondidos por otros participantes del blog. Posiblemente éste sea uno de los debates más extensos que se puedan exhibir entre marxistas no trotskistas y marxistas trotskistas, al menos en Argentina. De manera bastante desordenada, como no podía ser de otra manera, dada las características de la sección, se fueron tocando prácticamente todos los temas importantes. De alguna manera, terminé reproduciendo mucho de lo que ya había escrito en la Crítica al Programa de Transición, en los textos sobre trotskismo y fuerzas productivas (algunos en el blog), y otros escritos. Por supuesto, no se trató acerca de la caracterización de la URSS de Trotsky (en el blog la he analizado aquí y también aquí); y solo parcialmente su teoría de la revolución permanente, con la que tampoco acuerdo.
Dado que el debate estuvo centrado en mis críticas a Trotsky y el trotskismo, en esta presentación quiero destacar que, a pesar de esta crítica, sigo reivindicando en Trotsky tres de sus planteos fundamentales de su actividad posterior a la muerte de Lenin: a) su crítica al ultraizquierdismo “del tercer período” (negativa a distinguir entre la democracia burguesa y el fascismo, políticas ultraizquierdistas con respecto a las clases medias y el campesinado, etc.); b) la crítica a la estrategia del frente popular, esto es, la idea de que las fuerzas socialistas deben establecer alianzas estratégicas con la burguesía democrática; c) la crítica a la burocracia stalinista, en particular, al régimen policíaco, sobre la propia clase obrera, instalado en la URSS desde fines de los años 20.
El debate que presento arranca con comentarios del día 28 de febrero y llega hasta los comentarios del día 5 de abril de 2012. La primera parte se dedica, principalmente, a la discusión de la consigna del control obrero, y sus connotaciones: Programa de Transición y consignas transicionales, concepción de Lenin y Marx en relación al tema, programa para intervenir en las guerras, agitación y propaganda en la actividad de los marxistas. Globalmente he llamado a esta primera sección “Control obrero y consignas transicionales”. Las notas del blog que dan lugar a estos debates son: a) la dedicada a ferrocarriles, estatización y control obrero; b) a Rosa Luxemburgo y el control obrero; c) Una respuesta a una crítica desde Venezuela; d) una síntesis del debate sobre control obrero.
En una segunda parte se discute la posición del trotskismo sobre el desarrollo de las fuerzas productivas, tema que es básico para el programa de Transición. Aunque ya se estaba discutiendo la cuestión, se delimita más claramente con la publicación de la nota sobre Trotsky y el desarrollo de las fuerzas productivas.
En lo posible he tratado de agrupar los planteos y las respuestas, pero no siempre ha sido posible. Por otra parte, he decidido suprimir, en esta nota, la sección Comentarios. La idea es evitar una espiral de nuevos comentarios sobre los comentarios.
Por último, una reflexión: en el curso de la polémica muchas veces he pedido que se redujeran los comentarios, porque constituían verdaderas notas, y de esta manera se desvirtuaba el blog. Planteé al respecto que también podían discutir escribiendo artículos desde sus blogs partidarios. En varias ocasiones, en el curso del debate, estos pedidos me valieron la acusación de “anti-democrático”. El hecho es que el debate abarca unas 200 páginas en Word, y mis críticos han ocupado, aproximadamente, la mitad de las mismas. Que cada cual entonces saque sus conclusiones acerca de este aspecto del asunto.
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Debate con el trotskismo
Yo no soy “heterodoxo”

Hace unos días vino al país una serie de importantes profesores en Economía, pertenecientes a universidades extranjeras, que fueron presentados como “heterodoxos”. Precisemos que la “heterodoxia” se define por oposición a la “ortodoxia” de la economía neoclásica, en especial la walrasiana (modelos del equilibrio general y competencia perfecta). A grandes rasgos, podemos decir que los “heterodoxos” van desde los marxistas -en todas sus variantes- hasta keynesianos más o menos “progres” (Stiglitz, ¿es heterodoxo?), pasando por los sraffianos, los regulacionistas, los muchos matices de poskeynesianos, los estructuralistas, dependentistas, institucionalistas de izquierda (en la tradición de la New School de Nueva York), los neoschumpeterianos, y variadas combinaciones entre estas corrientes (y seguramente me estoy dejando a varios en el camino). Todos aparecemos, ante los estudiantes y la comunidad, compartiendo el mismo objetivo central, enfrentar al “neoliberalismo”, expresión política de la “ortodoxia”. Así establecida la divisoria, pareciera que entre los “heterodoxos” las diferencias son secundarias en relación a la “cuestión fundamental”, derrotar a la “ortodoxia”.
Este fue entonces el telón de fondo de los seminarios y conferencias que dictaron las eminencias “heterodoxas”. Entre ellas hubo marxistas (al menos, en el pasado lo eran), siendo Anwar Shaikh el más conocido y referenciado. Los seminarios tuvieron el apoyo del Gobierno; los profesores asistieron a reuniones en las que se afirmó, entre otras cosas, que las políticas que ellos pregonan son las que están aplicando muchos gobiernos latinoamericanos, incluido el argentino; todos aplaudieron, entusiasmados; y a su vez, recibieron el cálido aplauso de altos funcionarios del Gobierno; varios (entre ellas, Shaikh) elogiaron las políticas K en los reportajes que les hicieron los medios K; y presentaron “papers” para defender tesis “heterodoxas” del tipo “la emisión monetaria nunca genera inflación” que -¡oh casualidad!-, encaja con las últimas declaraciones de Marcó del Pont, la cabeza del Banco Central.
Marxismo y medición de la pobreza

El nivel de la pobreza en Argentina es tema de debate entre investigadores en ciencias sociales. En esta nota presento un punto de vista basado en la teoría de Marx.
El debate
La discusión arranca, en buena medida, con las mediciones del INDEC. Según este organismo, actualmente en Argentina solo el 8% de las personas, y el 5,7% de los hogares estaría por debajo del índice de pobreza. El INDEC obtiene este resultado porque considera un costo extremadamente bajo de la Canasta Básica Total (la CBT toma en cuenta los bienes que serían necesarios, según el INDEC, para que una persona, o una familia, no sean pobres). Así, en febrero de 2012, un adulto que recibiera $465 por mes (poco más de 100 dólares) no debería ser considerado pobre. Aunque mucha gente de “izquierda- K” no defiende explícitamente semejantes cifras, guarda silencio y disimula el asunto. Como he argumentado en otra nota, se trata de una posición reaccionaria, ya que todo lo que disimule los índices de pobreza (y de indigencia; aunque aquí me voy a concentrar en la pobreza), juega un rol contrario a los intereses populares.
Más interesante, sin embargo, es la postura de los partidarios del gobierno que admiten que las cifras del INDEC no se pueden defender. En este enfoque, se sostiene que si bien la pobreza es más alta que lo que dice el INDEC, de todas formas bajó mucho, y ya se encuentra a niveles anteriores a 1980. El exponente más destacado de esta postura es Artemio López, director de la consultora Equis. Según Equis, la pobreza de los hogares en Argentina se ubicaría en 20,9%, (nivel en agosto de 2011), y comprendería 8,4 millones de personas. Este cálculo resulta de tomar una canasta de $1837 mensuales para la familia compuesta por cuatro personas. Artemio López afirma que se trata de un nivel de pobreza más bajo que el de 1980, cuando era del 24%. Por supuesto, es mucho menor que el pico del 57,5%, alcanzado en octubre de 2002. También para el Centro de Investigación y Formación de la República Argentina, vinculado a la CTA oficialista, la pobreza sería del 21,8% (primera mitad de 2011). Esto se debe, de nuevo, a que considera que los precios de los artículos de la canasta básica no son los que dice el INDEC.
Trotsky y el estancamiento de las fuerzas productivas

En repetidas oportunidades, al discutir los fundamentos programáticos del movimiento trotskista, he afirmado que Trotsky tenía una visión “estancacionista” del capitalismo del siglo XX. Más precisamente, sostuve que Trotsky pensaba que, a partir de 1914, el sistema capitalista había entrado en una nueva época, caracterizada por la “decadencia y la descomposición”, ya que las fuerzas productivas habrían dejado de crecer, a nivel mundial. Esta visión no lo llevaba, sin embargo, a una tesis del tipo “crisis sin salida”, ya que admitía que el capitalismo podía experimentar fases de auge, y que también podía haber desarrollo de las fuerzas productivas en ciertas regiones. Pero sostenía que, tendencialmente, “la curva básica” del desarrollo tenía pendiente negativa (o a lo sumo, era horizontal), ya que las durante las recuperaciones, o auges del ciclo, las fuerzas productivas, a nivel general, no superaban los niveles previos a la crisis. Por eso también creía que el desarrollo de una región solo podía obtenerse al costo del estancamiento y retroceso de otra.
Los trotskistas en Argentina -al menos, la inmensa mayoría de ellos- sostienen que esta caracterización de Trotsky de la época iniciada con el estallido de la Primera Guerra mundial sigue siendo correcta, en lo esencial. En varias notas he planteado que no hay evidencia empírica alguna que avale esas afirmaciones, y también he explicado por qué considero que no hay razones teóricas para sostener que, a partir de 1914, las fuerzas productivas ya no podrían desarrollarse. Esto es, la “curva básica” podía ser ascendente. Frente a estos argumentos, en los últimos tiempos algunos trotskistas me respondieron (puede verse en los “Comentarios” a las notas sobre control obrero) diciendo que yo había tergiversado el pensamiento de Trotsky. En esta nota demuestro que Trotsky efectivamente sostuvo lo que he afirmado que sostuvo.
Crisis, sobrecapacidad y coyuntura
En una nota anterior sobre la crisis iniciada en 2007, planteé que la sobrecapacidad parecía jugar un rol importante, tanto en la caída de la tasa de ganancia hacia fines de los años 90, como en la débil recuperación de la inversión posterior a la recesión de 2001. La evidencia disponible indica que el exceso de capacidad también está pesando en la actual coyuntura, en Europa, y a nivel global. En esta nota vuelvo entonces sobre algunas cuestiones referidas a la sobrecapacidad, y presento datos relativamente recientes; debe entenderse como un complemento de las notas 1 y 2, sobre tasa de ganancia y crisis.
El significado de la sobrecapacidad y sus causas
La sobrecapacidad es una de las manifestaciones de la sobreacumulación del capital. Por lo general, cuando se habla de sobreacumulación de capital, se tiene presente la sobreproducción de mercancías, esto es, el hecho de que grandes masas de productos no encuentran salida en el mercado. En otros términos, se trata de la sobreacumulación de capital mercancía. Marx también se refiere a la sobreacumulación de capital cuando la plusvalía acumulada en la forma de capital dinero no encuentra manera de volver a invertirse de manera rentable (véase el cap. 15 del tomo 3 de El Capital). En cuanto a la sobrecapacidad, consiste en la sobreacumulación de capital fijo, esto es, en la construcción de plantas con una capacidad de producir una cantidad de mercancías muy superior a lo que puede absorber el mercado en condiciones “normales” de acumulación. La sobrecapacidad se mide con los índices de utilización de capacidad. Por ejemplo, en EEUU, la utilización de la capacidad promedio del conjunto de la industria, entre 1972 y 2011 fue del 80,3%. Durante la crisis de 2009 llegó a un piso de 67,3%, en tanto que en febrero de 2012 se ubicaba en 78,7% (los niveles más altos alcanzados en los años 1994-5 fue 85,1%; todos los datos los tomo de la página web de la Reserva Federal). Dado que se trata de promedios, la sobrecapacidad puede ser muy elevada en determinadas industrias; cuando afecta a industrias claves, ejerce efectos depresivos sobre el resto de la economía. La sobrecapacidad ejerce una presión bajista sobre la tasa de rentabilidad, no solo porque aumenta la inversión de capital por trabajador, sino también porque aumenta los costos fijos de las empresas. Además, por lo general es acompañada por presiones bajistas de precios.
La polémica sobre el control obrero
Las notas que he publicado sobre el control obrero han generado un debate bastante intenso en la sección Comentarios de este blog. La respuesta a la crítica de Venezuela recibió (al momento de escribir estas líneas) 145 comentarios. La dedicada a la estatización y control obrero de los ferrocarriles 53 comentarios; y la que trata sobre la posición de Rosa Luxemburgo 23. Varios comentarios fueron casi “notas” (por lo que tuve que pedir, repetidas veces, que respetaran ciertos límites). Muchos fueron bastante virulentos. El promedio diario de entradas al blog saltó de una media de 500, a unas 700 o 750.
Debo confesar que al principio me sorprendí de la repercusión que tenía el asunto. Después de todo, desde hace casi dos décadas vengo planteando estas cuestiones. Luego, reflexionando un poco, concluí que, por alguna razón, esta vez había tocado un nervio muy sensible. Es que el control obrero fue, y es, un pilar de las propuestas del FIT, el Frente de Izquierda que conformaron el Partido Obrero, Izquierda Socialista y el Partido de los Trabajadores por el Socialismo. El FIT tuvo varios cientos de miles de votos, y es la principal fuerza de la izquierda. Además de recibir el apoyo de muchos activistas estudiantiles, sociales y gremiales, el FIT concitó el respaldo de un buen número de intelectuales. Y si bien no todos los que votaron al FIT acuerdan con su programa (es mi caso), la inmensa mayoría de sus votantes seguramente defiende sus propuestas. Entre ellas, el control obrero, que se presenta, ante la opinión pública, como una salida clave a los problemas. Por caso, si hay fuga de capitales, la respuesta del FIT es “control obrero del mercado cambiario”; si la especulación financiera hace estragos, la solución es el “control obrero de los bancos y financieras”; si los ferrocarriles no funcionan, “estatización más control obrero”; si alguien dice que una baja de los impuestos indirectos no genera necesariamente una baja de los precios, se responde con un “por supuesto, es necesario complementar con el control obrero”. En fin, la consigna está a la orden del día. Esto tal vez explique que alguno llegara a decirme (en Comentarios) que lo mío era un ataque, con métodos stalinistas, “a la izquierda”.
Dada la variedad de cuestiones que se tocaron en el cruce de opiniones, es posible que aquellas personas que no tuvieron contacto íntimo con el trotskismo, tengan alguna dificultad para distinguir, dentro de la maraña de argumentos y contraargumentos, dónde está el nudo de las diferencias. Por eso, el objetivo de esta nota es presentar mi argumento “en su meollo”, y examinar algunas de las principales objeciones que se le hicieron. Antes de entrar de lleno en la nota, vuelvo a señalar algo que ya he planteado con anterioridad: mi crítica no implica ninguna descalificación hacia la conducta personal, ni cuestionamiento a las trayectorias de los dirigentes del FIT. Discrepo, y mucho, con los análisis y políticas que defienden. Pero se trata de compañeros de izquierda que mantienen, desde hace décadas, sus posiciones revolucionarias contra viento y marea, y muchas veces en condiciones muy difíciles. En una época de tantos tránsfugas “marxistas” y oportunistas de todos los tonos, no es una cuestión menor. Mi crítica es estrictamente teórica y política.
Rosa Luxemburgo y el control obrero

Mi posición contraria a levantar la consigna del control obrero en las actuales condiciones de Argentina (y en general, en condiciones de dominio normal del capital) ha suscitado bastante debate. A los efectos de aportar al mismo, en esta nota llamo la atención sobre el enfoque que tuvo Rosa Luxemburgo, a fines del siglo XIX, frente a la propuesta de que los trabajadores deberían avanzar en el “control social” de la producción. El texto de Rosa Luxemburgo al que haré referencia es el capítulo 3 de Reforma o Revolución (edición Papeles Políticos, Buenos Aires, 1974).
Rosa Luxemburgo critica la propuesta de Conrad Schimdt, un dirigente del ala de la socialdemocracia, vinculado a Bernstein. Según Schmidt (citado por Rosa Luxemburgo), las luchas políticas y sociales a favor de reformas posibilitarían un control social cada vez más amplio “sobre las condiciones de producción”, y por medio de leyes “se limitarían los derechos de la propiedad capitalista, convirtiendo a ésta poco a poco en simple administradora”. Así, junto a una gradual democratización política del Estado, se llegaría a una implantación también gradual del socialismo.
Palabras más o menos, es lo que piensa hoy alguna gente progresista y de izquierda (para evitar malentendidos, no los trotskistas). Pero también puede ocurrir que muchos trabajadores que votan hoy por el control obrero, lo conciban como un camino para ir adquiriendo poder, gradualmente, bajo el capitalismo.
En su crítica a Schmidt, Rosa Luxemburgo arranca precisando el rol de los sindicatos bajo el sistema capitalista: esencialmente, la defensa del valor de la fuerza de trabajo, para tratar de disminuir la explotación. Rosa Luxemburgo no se engaña, ni ilusiona a nadie con espejitos de colores. Explica que las posibilidades que tienen los sindicatos están condicionadas por muchas circunstancias que escapan a su control. Por ejemplo, por la coyuntura más o menos próspera de la economía; o por los niveles de proletarización de las clases medias. “Por ello no les será nunca posible derrocar la ley del salario, pudiendo, en el mejor de los casos, reducir la explotación capitalista a los límites que en un momento dado se consideran “naturales”; pero de ninguna manera estarán en condiciones de anular, ni aun gradualmente, la explotación” (énfasis agregado).
Crítica desde Venezuela y control obrero
En Venezuela existe un sitio de la web, laclase.info, que publica noticias y artículos de izquierda, del cual se pueden recoger interesantes denuncias acerca del régimen chavista, y sobre la situación de la clase obrera venezolana. El sitio es controlado por una organización trotskista, el Partido Socialismo y Libertad. Días pasados, un lector de este blog hizo llegar a laclase.info mi nota sobre los ferrocarriles, en la que critico la consigna del control obrero. Los compañeros de laclase.info le respondieron con un e-mail en el cual, entre otras consideraciones, afirman:
“….a un economicista sectario como Astarita le resulta totalmente extraña la consideración de la conciencia de los trabajadores en lucha y la necesidad de empalmar con la profundización de sus reivindicaciones al calor de la movilización. En general, es enemigo del método marxista de levantar consignas transicionales, esbozado por Marx en su Circular a la Liga de los Comunistas de 1850 y desarrollado por Trotsky en La Revolución Permanente y el Programa de Transición. Si exigimos un salario mínimo igual a la canasta básica, dirá ‘ello es imposible en un marco capitalista, en un país semicolonial, etc.’, si exigimos seguridad social universal, dirá lo mismo. Si planteamos la necesidad de que los trabajadores y los usuarios asuman el control democrático de los trenes, dirá que es utópico. ¿Y qué propone Astarita ante el problema de los trenes en Argentina? Resumiendo su artículo, sería ‘La nacionalización de los trenes puede (o no) ser un paso en la dirección correcta, sin embargo no debemos pedir que pase a control de los trabajadores y los usuarios, hasta tanto no impongamos un Estado obrero’. No propone nada”.
Dado que mucha gente de izquierda comparte este tipo de crítica, considero que puede ser de interés responder los “cargos” de laclase.info a través del blog. Por lo tanto, en lo que sigue intentaré aclarar algunas cuestiones referidas a las consignas transicionales, el marxismo y el programa reivindicativo. También hago algunas consideraciones sobre el método de discusión. Antes de entrar de lleno en el tema, aclaro que mis diferencias con la laclase.info no disminuyen un ápice mi simpatía para con la lucha que llevan estos compañeros. Es que en el “socialismo siglo XXI” del chavismo, ser socialista (real) entraña riesgos. El Partido Socialismo y Libertad ha sufrido persecuciones y represión, al punto que siete dirigentes obreros de esta corriente han sido asesinados por lo que se conoce como el sicariato sindical. La respuesta, entonces, se da en los marcos de mi solidaridad con laclase.info.
Sobre la estatización y el control obrero de los ferrocarriles

En “comentarios” se me preguntó qué pienso de la renacionalización de los ferrocarriles argentinos, bajo control de los trabajadores y usuarios, que se propone desde varios sectores políticos. Dado que en otras notas ya he analizado estos temas, aquí ampliaré algunos argumentos, a la luz de lo sucedido en los ferrocarriles.
El enfoque de partida
La primera cuestión a subrayar, y es el eje de mi enfoque, es que el carácter progresivo de la estatización, o nacionalización, se define en relación al programa económico y social en que está inserta. Bajo el capitalismo, una estatización puede considerarse progresista si acelera o fortalece el desarrollo de las fuerzas productivas. Aquí, lo que subyace es la vieja idea de Marx y Engels, que el desarrollo de las fuerzas productivas mejora las condiciones sociales y materiales para la lucha por un cambio socialista. Esto significa que un régimen de propiedad estatal burguesa no es “en sí mismo” progresista. De hecho, el sistema capitalista en casi todos los países se desarrolló articulando en diversos grados el mercado y la intervención estatal. Por eso, responder a la pregunta de en qué grado estas distintas combinaciones favorecen el desarrollo, exige estudios concretos de las situaciones concretas. No existe una respuesta “en general” (más discusiones aquí).
El estatismo en los ferrocarriles argentinos
Entrando ahora en el tema de los ferrocarriles argentinos, es imprescindible responder al discurso, que está circulando por estos días, que presenta como absolutamente opuestos al Estado (capitalista) y a las empresas (capitalistas). Según este relato, el Estado (o los ferrocarriles en manos del Estado) habrían funcionado de maravillas, hasta que en los noventa vino una ola privatizadora, impuesta “por los grupos económicos, el Consenso de Washington y el menemismo cipayo”, que barrió con todo y nos llevó al actual desastre. Se trata de un discurso muy conveniente al kirchnerismo, y se repite insistentemente. Por caso, la diputada Adriana Puiggrós, del Frente para la Victoria, afirma por estos días que todo el problema estuvo en las empresas concesionarias. La maniobra del Gobierno, de presentarse como querellante en la causa de la tragedia de Once, responde al mismo intento de establecer esta idea. El Estado con el pueblo, ambos víctimas del capitalismo codicioso e insensible. Pareciera que el Estado capitalista siempre habría impulsado el desarrollo de los ferrocarriles (además de “defender al pueblo”), y el capital privado hubiera sido el único responsable del atraso (y la explotación, etc.).
No puede ocultarse en este caso…
Hoy me llegó, vía mail, una declaración, con fecha del 23/02, y firmada por Patricio Echegaray en nombre del Partido Comunista, en la cual este partido fija su posición ante la tragedia del Ferrocarril Sarmiento. Luego de afirmar que lo sucedido es producto de la crisis estructural del capitalismo argentino y “secuela de los años en que el neoliberalismo desguazó los servicios públicos”, Echegaray afirma que “no puede ocultarse en este caso la complicidad del gobierno…”.
Como reza el viejo dicho, a confesión de partes, relevo de pruebas. El Secretario General del PCA admite que “en este caso” ya no puede ocultar que el gobierno es cómplice de lo sucedido. ¿Y en los “otros casos”? ¿Qué hacen Echegaray y el PC? ¿Le echan la culpa a los “desestabilizadores” de siempre? ¿Dan por buenas explicaciones como las de la ministra Garré acerca del proyecto X y Gendarmería? ¿O acompañan abrumadores K-silencios como los que tratan de tapar el escándalo Ciccone?
Más en general, pregunto, ¿qué tiene que ver todo esto con el socialismo, con el Che (al que tanto reivindican de palabra), con la lucha por ideales de liberación social? La respuesta es sencilla: ninguna relación. La necesidad de disimular, engañar, salvar las apariencias, ocultar, es propia de la política burguesa, y su Estado. Por eso, no hay manera de escapar a las exigencias que impone el apoyo a gobiernos del capital (sobre los antecedentes históricos de la actual posición del PCA, ver aquí). Por eso también, lo que dice Echegaray en esta declaración no es un “lapsus” descolgado. Es la expresión natural de una política que no tiene nada que ver con las concepciones socialistas.
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No puede ocultarse…
Comparaciones entre crisis, producto mundial
Un amigo me consulta sobre si se puede decir que la crisis de 2007-09, considerada a nivel mundial, fue la más profunda y grave desde los 1930s. Considero que, efectivamente, fue la más grave de las ocurridas desde aquella época, aunque sin llegar a la profundidad de la Gran Depresión. Aquí presento los datos de variación del PBI mundial con respecto al año anterior, que pienso pueden ser de interés.
Las tasas de variación del PBI mundial entre 1930 y 1933 fueron fuertemente negativas:
1930 -2,9%; 1931: -4,1%; 1932: -3,8%.
Durante las recesiones que van desde 1974 a 1998, hubo desaceleración del crecimiento mundial, pero la tasa no fue negativa:
En la crisis de 1974-75 el crecimiento se desacelera a: 1974: 2%; 1975: 1,4%.
En la recesión 1980-82 sucede algo similar; siempre en términos de variación del PBI mundial, tenemos: 1980: 1,9%; 1981: 2%; 1982: 0,8%
También en la recesión de inicios de los 90 hay desaceleración del crecimiento: 1990: 1,8%; 1992: 1,9%
En 1998, año marcado por la crisis asiática y rusa, el PBI mundial creció 1,7%.
En 2001 el PBI mundial creció 2,3% y en 2002 lo hizo 2,4%.
Durante la crisis reciente el PBI mundial volvió a contraerse en términos absolutos durante 2009; aunque a una tasa menor que en durante la Gran Depresión:
2008: 2,8%; 2009: -0,7%; 2010: 5,2%; 2011: 3,8%
Los datos sobre la Gran Depresión y las recesiones 1970s a 1990s, las he tomado de D. Heymann y A. Ramos, “Fluctuaciones macroeconómicas globales: algunos comentarios”, Revista del CEI Nº 16, noviembre de 2009; quienes a su vez utilizaron Maddison y FMI.
Los datos más recientes son del World Economic Outlook, FMI, 2012, enero.
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Comparaciones entre crisis, producto mundial
Ajuste y represión K

Paulatinamente, se ha ido instalando y consolidando una mayor represión por parte del gobierno, el estado nacional y los estados provinciales, contra las protestas sociales. Sin ánimo de ser exhaustivo, y tomando solo los dos últimos años, aquí van algunos recordatorios.
Enero 2010, represión a trabajadores agrarios en Entre Ríos; hubo heridos, detenidos y denuncias de golpizas y torturas en comisarías.
Enero 2010, represión violenta en Salta a estudiantes que protestaban contra el aumento del boleto.
Marzo 2010, represión en Neuquén a una marcha de los organismos de derechos humanos; heridos y detenidos.
Mayo 2010, violenta represión a unos 200 pobladores que exigían la libertad de un dirigente de la Unión de Trabajadores Desocupados, que había sido detenido por la policía.
Junio 2010, un muerto y numerosos heridos en la represión a los manifestantes que protestaban por el asesinato, a manos de la policía, de un joven de 15 años, en Bariloche.
Junio 2010, represión a pobladores indígenas que reclamaban contra los desmontes (destinados a aumentar el área sojera); detenidos y heridos.
Octubre 2010, asesinato de Mariano Ferreyra, con la complicidad de la policía.
Diciembre 2010, tres muertos y varios heridos en el Indoamericano.
Diciembre 2010, represión a estudiantes que protestaban contra la nueva ley de educación provincial, en Córdoba.
El marxismo sin dialéctica

A partir de las notas recientes sobre dialéctica aparecieron algunos comentarios que cuestionaron la utilización de la dialéctica en los análisis marxistas. El propósito de esta nota es mostrar que las críticas que se enviaron al blog se inscriben en una larga tradición que sostuvo que el marxismo debía ser depurado de la dialéctica. No pretende ser una revisión exhaustiva, sino ayudar a ubicar las características principales de esta tradición, y sus principales planteos, en la esperanza de que anime a los lectores a interesarse en estas cuestiones. Es a ese fin que cito una bibliografía bastante extensa, incluyendo algunos textos que defienden el punto de vista opuesto al de los autores críticos de la dialéctica. En futuras notas trataré en particular algunas de las cuestiones planteadas por el “marxismo sin dialéctica”.
El rechazo de la dialéctica en la Segunda Internacional
A pesar de que Marx planteó que la dialéctica hegeliana, despojada de su forma mistificada, había jugado un rol importante en su crítica de la sociedad capitalista (véase el Prólogo a la segunda edición alemana de El Capital), existe una larga tradición, dentro del marxismo, de rechazo de la dialéctica. Ya en la Segunda Internacional (fundada en 1889) se tendía a aceptar la dialéctica de palabra, pero se le veía poco significado. Es que, como observaba Korsch, los marxistas de principios de siglo pensaban que la discusión sobre las bases generales “metodológicas y gnoseológicas de la teoría marxista” era “totalmente irrelevante para la práctica de la lucha de clases del proletariado” (Korsch, 1971, p. 21). Luporini ha avanzado la hipótesis de que en esto puede haber incidido Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana de Engels, en el que a propósito del distanciamiento de Marx con respecto a la filosofía hegeliana se sostiene que el materialismo consiste en concebir al mundo “tal como se le presenta a cualquiera que lo contempla si quimeras preconcebidas”. Como señalaba Luporini, se trataba “en apariencia del retorno a la concepción del sentido común, teñida de alguna manera, de positivismo, de viejo positivismo” (Luporini, 1969, p. 11). Y efectivamente, este sesgo lo podemos advertir en, por ejemplo, las polémicas de Lenin con los populistas. En respuesta al populista Mijailovsky, que había planteado que el marxismo basaba su argumento a favor en la tríada hegeliana de afirmación, negación y negación de la negación, Lenin escribe que “estamos ante la vulgar acusación de que el marxismo acepta la dialéctica hegeliana”. Agrega que se ataca a Marx “por la manera de expresarse” y “por la procedencia de su teoría”, y que, como lo había planteado Engels, el verdadero camino científico es “considerar la evolución social como un proceso histórico natural del desarrollo de las formaciones económico-sociales” (véase Lenin, 1969, pp. 174-176).














