Dialéctica y dinero en Marx (1)

En esta nota presento un texto que escribí hace ya algunos años, aunque con varias modificaciones. En alguna medida complementa las notas sobre dialéctica (1 y 2), ya que trata de mostrar cómo funcionan algunas figuras de la dialéctica en el debate sobre qué es el dinero. También aquí, dada la extensión, he dividido la nota en dos partes. La bibliografía citada va al final de la segunda parte.
Planteamiento del problema
Una de las mayores dificultades que enfrenta la economía neoclásica o keynesiana radica en la teoría del dinero. Una y otra vez los autores deben admitir esta situación. Por ejemplo, en el inicio de su libro El dinero, John Galbraith, economista keynesiano de renombre, constataba que las respuestas a la pregunta sobre “qué es exactamente el dinero… son invariablemente incoherentes” (p. 13). Decía también que los profesores de economía o materias que tienen que ver con el dinero empiezan sus explicaciones “con definiciones auténticamente sutiles… que se copian cuidadosamente, se aprenden fatigosamente de memoria y se olvidan con una sensación de alivio” (ídem). De todas maneras tranquilizaba al lector informándole que, después de todo, el dinero es lo que el lector siempre se había imaginado que era, a saber, “lo que se da o se recibe generalmente por la compra o la venta de artículos, servicios u otras cosas” (ídem). Pero reconocía a continuación que “las diferentes formas de dinero y lo que determina qué se puede comprar con él, es harina de otro costal”. Por su parte Arrow y Hahn, pilares del modelo neoclásico más elaborado sobre valor y precios, aceptan que el mismo “no puede producir una descripción formal satisfactoria del papel del dinero” y que las razones por las cuales la gente pueda querer tener dinero, o el dinero medie los intercambios, representan “problemas colosales” (Arrow y Hahn, 1977, p. 395).
No es de extrañar entonces que incluso en los tratados sobre macroeconomía o dinero el espacio dedicado a discutir qué es dinero sea muy limitado y que, casi invariablemente se remita la noción a sus funciones. Así ya Wicksell había afirmado que “la concepción del dinero está involucrada en sus funciones” (1962, p. 6); Hicks también planteó que el dinero es todo aquello que funciona como dinero (1974, p.1); y Argandoña, un teórico monetarista, resumió el consenso hoy dominante repitiendo la formulación de Hicks y agregando que “con esta definición que no define [sic] se evita el problema empírico de identificar qué es dinero…” (1981, p. 134; énfasis nuestro).
Naturalmente, con este punto de partida se hace problemático precisar cuáles son las funciones que supuestamente deberían evitar el problema de definir qué es dinero. En este respecto Milton Friedman comprueba que, según el enfoque de transacciones, es dinero todo lo que sirve como medio de cambio; en consecuencia los depósitos a plazo, por ejemplo, no serían dinero. Sin embargo, continúa Friedman, para los enfoques que hacen énfasis en los balances de cash, es dinero todo lo que sirve como reserva temporaria de valor; con lo cual los depósitos a plazo sí serían dinero (1974, p. 9). De hecho Friedman toma partido por esta última posición. Pero además, aun cuando se defina alguna función como privilegiada, existen dificultades para decidir qué entra en la noción así definida. Así, por ejemplo, según Fabozzi, Modigliani y Ferri (1996), el dinero es en lo esencial medio de cambio, por lo cual M1 (billetes en manos del público y los depósitos transaccionales) es dinero. En cambio M2, que toma en cuenta (en Estados Unidos) el dinero colocado en depósitos a plazo y fondos del mercado monetario, no es dinero en “sentido pleno”, sino “casi dinero”. Pero… ¿qué es “casi dinero”? ¿Y qué es entonces “dinero pleno”? Fabozzi y compañía no aclaran la cuestión. Hicks, a su vez, considera que el dinero comprende sólo los billetes y los créditos bancarios que se crean para las transacciones; de manera que los depósitos a plazo que no se utilizan con fines transaccionales no constituyen, en su opinión, dinero. También Blanchard y Enrri (2000) sostienen que los depósitos a plazo, las participaciones en el mercado de dinero y los depósitos en el mercado de dinero “no son dinero” (p. 609; énfasis en el original) ya que no pueden utilizarse con fines transaccionales, o solo pueden hacerlo con importantes limitaciones. Lo cual no les impide, en la página siguiente, afirmar que los depósitos a plazo y las participaciones y depósitos en el mercado de dinero son “dinero en sentido amplio”. Y para contribuir a la confusión general admiten que en Argentina los plazos fijos están incluidos entre los agregados monetarios más relevantes utilizados por el Banco Central. Dornbusch, Fisher y Startz (1998), a su vez, explican que la masa monetaria incluye, además de los billetes y depósitos a la vista, las cuentas de depósito en el mercado monetario, las participaciones en fondos mutuos en el mercado monetario, los bonos de ahorro, los títulos del Tesoro a corto plazo y otros activos líquidos, pero sólo en la medida en que estas formas dinerarias funcionan como medios de intercambio o de pago. Sin embargo resulta extremadamente difícil, por no decir imposible, precisar cuándo una cuenta de depósito o un certificado de ahorro actúan como medio intercambio, y cuándo no lo hace.
En definitiva, ¿el dinero está constituido sólo por los billetes y los depósitos transaccionales? ¿O también por los depósitos a plazo? Además, si los depósitos transaccionales son dinero, ¿debe incluirse el sobregiro? (que es crédito bancario) Y la tarjeta de crédito, ¿en qué sentido es dinero? ¿Es reserva de valor? Si el dinero es sólo aquello que sirve de medio de circulación, ¿cómo deben considerarse los activos financieros líquidos, que circunstancialmente actúan como medios de circulación, pero normalmente no lo hacen? ¿Son dinero? Nótese que si la respuesta es afirmativa, “se cae” media biblioteca de teoría ortodoxa que ha establecido una diferencia tajante -los inversores arbitran sin ambigüedad- entre dinero y los activos que rinden interés. Por otra parte, si el dinero también es “medida de valor”, ¿son medida de valor la tarjeta de crédito y de débito? ¿Es medida de valor el sobregiro bancario? Si la respuesta es negativa, ¿son sin embargo dinero, dado que sirven como medios de circulación? Y si se considera que son medidas de valor, ¿de qué manera pueden hacerlo? Además, a medida que crece la complejidad de los mercados y de los activos financieros, surgen más y más preguntas. Así, por ejemplo, cuando en Argentina se emitió el patacón, la cuestión volvió a plantearse. ¿Era dinero? ¿En qué sentido?
Además, si no se puede precisar qué integra el dinero, ¿cómo se mide la “masa monetaria”? La cuestión es importante porque los autores “académicamente consagrados” adhieren a la teoría cuantitativa, que sostiene que el aumento de la masa monetaria se traslada, a corto o mediano plazo, a los precios. ¿Cómo puede establecerse una relación de causalidad desde “masa de dinero” a precios, si no se puede precisar qué integra la “masa monetaria”? Es que sin concepto de qué es dinero no hay forma de medir. Y sin medición no se puede establecer una relación cuantitativa. Pero, paradójicamente esto le sucede a un enfoque para el cual lo cuantitativo “es todo”, y constituye la base de la teoría monetaria moderna. Lo que sigue tiene como punto de referencia esta cuestión que se le plantea a la economía burguesa, y su propósito es discutir el método implicado en el enfoque económico corriente, para contraponerlo con el enfoque, basado en la dialéctica hegeliana, de Marx sobre el dinero. Trataremos de demostrar que el método dialéctico permite superar las aporías en que cae el análisis académico usual.
El problema del concepto
Abordemos ahora algunas cuestiones sobre el método dialéctico -siguiendo a Hegel- que nos permitirán progresar en la comprensión del problema. Tal vez lo primero a aclarar es que, según el método dialéctico, el concepto sobre algo no se encierra en una definición, ni es un axioma del que se parte, sino más bien un punto de llegada. Ésta es una idea que se opone a la que domina usualmente. Según el procedimiento más usual, asociado a la lógica formal, el concepto se forma por abstracción de diferencias o por agregación -extrínseca, dirá Hegel- de alguna característica. Por esta segunda vía voy a especies cada vez más particulares, y con más determinaciones; por la primera obtengo conceptos cada vez más universales, pero también más vacíos de determinaciones (“ser vivo” es más universal, pero también más vacío de determinaciones que vertebrados, etc.).
De manera que si decimos “el dinero es X”, esa “X” sería la propiedad o nota distintiva a partir de la cual tendríamos la noción de qué es dinero. Así, si X es “lo que sirve para el cambio”, todo lo que sirve para el cambio es dinero; si X es medio de reserva, todo lo que sirve como medio de reserva es dinero. Si decimos que X comprende la función de “ser medio de cambio o reserva de valor” tendríamos un universal (algo así como una “caja más grande”) con menos especificidades. Si decimos que para que algo sea dinero necesariamente debe ser “medio de cambio y reserva de valor”, la caja se hace más chica. Observemos que en este camino de adquirir el concepto parece que todo el peso del contenido (esto es, el peso de definir qué es el concepto) está puesto en la particularidad que hemos elegido. Es que esta particularidad es la que limita qué debe considerarse y qué no debe considerarse dentro del concepto, y por eso mismo le da a éste el contenido. Por este motivo, Hegel dice que en la forma del juicio (“A es B”), es el predicado el que define el concepto de qué es el sujeto. En nuestro caso, parece que el contenido de qué es el dinero está soportado por la X, la particularidad. Es ésta la que nos determina entonces qué es dinero. Por eso podemos decir que en este caso lo particular “tiene la universalidad en sí mismo como su esencia” (Hegel, 1968, p. 538). Pero si todo el contenido está puesto en la particularidad, nos encontramos con que el concepto –en nuestro caso, el dinero, el sujeto- es pura forma. “La universalidad se convierte así en forma porque la diferencia [o sea, lo particular] está como lo esencial…” (ídem).
Crítica de Hegel
Pues bien, Hegel dice que esto que hemos logrado no es el verdadero universal, sino es un universal abstracto, vacío. Es un universal que se adquiere por medio de la abstracción, de separar y poner diferencias (determinaciones). Por lo general, cuando se razona, se quiere avanzar mediante conceptos que se van determinando de la manera que hemos indicado, esto es, diciendo “A es X” (“el dinero es medio de cambio”, etc.). Pero se trata de vinculaciones no justificadas, a las cuales no se llega como resultas de un proceso.
Pero hay más. Hegel explica (sigo Ciencia de la Lógica) que, naturalmente, el predicado nos está diciendo cuál es el significado del sujeto (en el ejemplo anterior, el significado del dinero es ser medio de cambio, etc.), esto es, el predicado da significado al sujeto, le da identidad. Por esto, Hegel dice que el sujeto “está determinado solo en su predicado”, y en él representa el universal. Pero, por otra parte, el predicado no tiene un subsistir independiente, sino tiene un subsistir en el sujeto (el medio de cambio, o la reserva de valor existe a través de este particular, el dinero). Y con esto se distingue el predicado del sujeto, al mismo tiempo que cada uno condiciona al otro. Se ve entonces que el universal solo existe a través de particulares y singulares, pero que éstos a su vez tienen su esencia y sustancia en lo universal. De manera que, siempre según Hegel, no puede haber un universal carente de determinaciones (de los particulares y singulares); y los singulares y particulares no existen sin el universal. De conjunto, constituyen la realidad. Por esto también, el predicado (ejemplo, “dinero es valor de cambio”) es sólo una determinación aislada del sujeto, sólo una de sus propiedades. Pero, según Hegel, el sujeto “es lo concreto, la totalidad de múltiples determinaciones”. Por ejemplo, existe una cierta determinación -X, medio de cambio- que se toma como contenido de A, el dinero. Pero este concepto que parece determinado, con contenido, en realidad es vacío “porque no contiene la totalidad, sino solamente una determinación unilateral” (ídem, p. 539). Si digo que el dinero es medio de cambio, sólo tomo una determinación unilateral de qué es dinero. Por eso en el concepto de dinero que se maneja usualmente sólo se ve la simplicidad abstracta. El dinero aparece como un objeto simple. Pero tales definiciones con las que se piensa que el concepto se presenta como algo simple, no son el verdadero concepto, sino una mera representación (para “bajarlo a tierra”, es lo que se imagina que es dinero el lector de Galbraith, y el propio Galbraith). A lo sumo estas definiciones son sólo “la declaración de un concepto” (ídem, p. 521), constituyen la representación superficial de lo que es el concepto, porque se han derivado lógicamente a partir de atribuirle especificidades más o menos arbitrarias, desde fuera.
La cuestión se ve con mayor claridad cuando Hegel discute la figura del silogismo. Lo explicamos con un ejemplo. Supongamos que decimos “el dólar es emitido por la Reserva Federal. La Reserva es el banco central, estatal . Luego, el dólar es una creación estatal” (aquí el dólar es el singular, la Reserva es el particular y “creación estatal” el universal). Según las reglas de la lógica formal, aquí lo que importa es si hay consecuencia, si el término medio vincula a los extremos. Pero en la lógica dialéctica, esto no es suficiente para el concepto; por ejemplo, el hecho de que dólar sea emitido por la Reserva Federal puede no ser su propiedad más sustantiva. Hegel dice que éste es el silogismo de la percepción, que nos puede dar características secundarias, accesorias, del fenómeno.
Otra vía para llegar al concepto, más elevada que la anterior, es la inducción. Por ejemplo, constatamos que el dólar es emitido por la Reserva Federal, pero que también el yen, la libra, el peso, etc., son emitidos por bancos centrales estatales. Luego extraemos una conclusión, “el dinero es producto de la emisión estatal”. Aquí el singlar actúa como término medio, es la totalidad que une, explica Hegel; lo cual supone que, de alguna manera, la observación está completa. Pero dado que se trata de singularidades, sabemos que nunca estará completa. ¿Qué sucede, por ejemplo, cuando encontramos dinero que no es creación estatal? Por eso Hegel dice que el concepto obtenido por esta vía es todavía una operación del entendimiento que abstrae. El verdadero concepto surgirá cuando lleguemos a lo que se llama el silogismo de necesidad. Pero antes de pasar a esto, y para ayudar a la comprensión de esta crítica de Hegel, lo explicamos todavía de la siguiente manera.
Por lo general se cree que el concepto debe poder enumerarse a través de alguna nota que permita distinguir un objeto de otro. Por ejemplo, en el caso del dinero, la nota “distintiva” puede ser “medio de cambio”, y esta nota debería distinguir de manera clara el dinero de lo que no es dinero. Con esto deberíamos poder clasificar. Por eso se piensa que el concepto tiene que ser tal “que puedan designarse sus notas” (ídem, p. 542), aunque esa nota, o cualidad que se ha aislado, si tiene algo de correcto, no es otra cosa que el contenido simple del concepto, lo que lo distingue a primera vista del conjunto, pero no nos da una comprensión real del mismo. Sin embargo, lo más grave es que en general ni siquiera es esto, ya que esa nota puede ser “una circunstancia muy accidental” (ídem). El mismo peligro se corre cuando queremos llegar al concepto por la observación de los rasgos comunes. La mayoría de las veces esa nota o cualidad no expresa lo que es esencial, inmanente y esencial en la determinación. De nuevo, insistimos en que esto sucede porque esta nota no se ha derivado, sino se ha agregado con un razonamiento externo; no a partir de una lógica inmanente de la cosa que se estudia. No es casual por lo tanto que suceda lo que dice Galbraith cuando se define de esta manera: que al poco tiempo la definición se pierde de vista, se la deja de lado por inútil. Aunque la ausencia del concepto siga afectando la teoría y planteando dificultades crecientes. Observemos que en el extremo, cuando se termina diciendo “el dinero es aquello que funciona como dinero”, se ha caído en la identidad abstracta del tipo “A es A”; como decía Hegel, una verdad que no lleva a ningún lado, a pesar de la importancia que algunos le han dado en la historia de la filosofía.
El concepto en Hegel
El concepto del concepto en Hegel es muy distinto a éste que hemos reseñado. Hegel da un giro radical a todo el asunto, porque sostiene que las diferencias que se añaden a lo que se quiere definir están agregadas de manera extrínseca, por medio del pensamiento que él llama “reflexivo”, o “entendimiento”. El entendimiento para Hegel es el poder de la separación, de la clasificación, el que toma las determinaciones como rígidas. “Es sólo el entendimiento abstracto y corriente el que toma absolutamente, cada una de por sí, las determinaciones…” (Hegel, 1999, § 70). Pues bien, el entendimiento cree tener algo firme a partir de las distinciones (las clasificaciones del dinero, la distinción tajante), pero “de esta manera el entendimiento se crea [el mismo] la dificultad insuperable de unirlas”. Es que ¿cómo se unen la determinación “medio de cambio” y “reserva de valor”? ¿Y qué hacemos con la otra función, menos citada, de “medida de valores”? Además, ¿cómo se vincula la determinación que define al dinero con otras que definen otros conceptos, como valor o mercancía? ¿Qué relación existen entre estos límites? Cuando se quieren responder estas cuestiones saltan los problemas.
¿Cuál es el giro entonces que introduce Hegel? Pues sostener que las diferencias no están fuera del sujeto, del concepto, sino dentro de éste. Que por lo tanto no deben agregarse de manera externa, sino deben derivarse de él mismo. Según Hegel, el contenido y la determinación del concepto (en qué consiste el dinero, cuál es su esencia, etc.) sólo pueden provenir de una deducción inmanente, relacionada con el sistema en que la cosa está inmersa, con su historia y evolución. Esto se debe a que el concepto viene a ser la ley que rige su evolución y despliegue (en nuestro ejemplo, la evolución y despliegue del dinero). “El concepto es lo que es inmanente a las cosas mismas; aquello por lo cual son lo que son” (Enciclopedia, 166). Por eso, agrega, no es nuestro obrar subjetivo el que hace atribuir al objeto tal o cual predicado. De esta manera se llegará a lo que Hegel llama el silogismo de necesidad. No es necesario coincidir con todo lo que plantea Hegel aquí para rescatar el grano de verdad que contiene su planteo. La idea principal es que ahora ya no se tratará de una universalidad obtenida por abstracción y comparación, sino de un universal obtenido a partir del estudio de la ley interna de la cosa que estudiamos. Por ejemplo, si el análisis teórico nos muestra que es necesario que el valor se corporice y exprese en un singular, el dinero, esto tendrá como consecuencia que, necesariamente, la esencia del dinero comporta la condición de que encarne valor (con independencia de que sea una creación estatal, por ejemplo). Lo cual no significará dejar de lado el factor “emisión estatal”; pero esta propiedad aparecerá mediada por el universal (“dinero, encarnación de valor”). A su vez, este universal existirá a través de particulares y singulares (determinados regímenes monetarios, determinadas monedas, etc.). Por eso ahora las propiedades del dinero (medio de cambio, creación estatal, etc.) no estarán ordenadas según una propiedad cualquiera, sino por la que es esencial. De esta manera se tiene que el concepto (el sujeto), a diferencia de lo que se piensa comúnmente, no es vacío, sino muy rico, está lleno de determinaciones. Dicho de otra manera, el concepto es una totalidad concreta; no es un universal abstracto. Precisemos todavía un poco más esta cuestión señalando que éste es un cambio radical con respecto al concepto de concepto de Kant. Es que en Kant las formas del pensamiento son “cajas vacías”, herramientas que el sujeto aplica desde afuera a un contenido empírico que permanece por fuera de él. Es la creencia de que tenemos conceptos en nuestra mente (como el concepto de dinero), que se han logrado a partir de la abstracción de rasgos comunes a muchos objetos; y que el concepto de alguna manera luego encaja en la cosa que estudiamos, y que ésta concordancia del concepto con la cosa constituye el conocimiento. De hecho esto es lo que se hace cuando se define el dinero a la manera de la economía usual. La unificación de los particulares ocurre entonces “desde afuera”, y los conceptos, las categorías, no tienen objetividad alguna.
Al respecto Hegel plantea que Kant tuvo un gran acierto al destacar la importancia de la unificación en el concepto, pero se equivocó al pensar que esta unidad estaba dada por la actividad del sujeto que piensa, que las categorías del pensamiento son simples formas vacías que deberían llenarse con datos empíricos. De hecho Kant había recaído en la filosofía del entendimiento, que mantiene la separación absoluta de lo subjetivo y lo objetivo. Es que, según Hegel, es la realidad la que tiene una estructura lógica, esto es, los conceptos tienen validez ontológica. En otras palabras, la unidad no está sólo en la forma del conocer, sino en la forma del ser (la estructura del dinero es real, no es una creación arbitraria del ser humano).Y esta estructura lógica de la realidad, del ser, es el concepto, y éste es el principio que subyace a lo real. Por eso, las determinaciones tienen su origen en la propia dialéctica de lo que es el sujeto de nuestro estudio, en nuestro caso, el dinero. En consecuencia, Hegel dice que es imposible manifestar de modo inmediato (o sea, con una definición, con una determinación unilateral) en qué consiste el concepto de cualquier objeto (Hegel, 1968, p. 511). Dicho de otra manera, no podemos decir qué es dinero por medio de una determinación unilateral, de una definición, que se establece a partir de alguna particularidad que lo distinga de otros objetos.
El concepto de dinero será entonces un desarrollo, una construcción, para lo cual habrá que seguir la lógica de la cosa misma. La idea aquí es que los predicados deben ser deducidos, tener una vinculación interna, una lógica. Si se consideran separadamente, no hay concepto; tienen que ser parte de un sistema, y están sometidos a proceso. Por eso tampoco se trata de sumar predicados (el dinero es medida de valor, medio de cambio, reserva de valor, etc.), sino de entenderlos en su unidad; en el concepto hegeliano la multiplicidad es “suprimida-conservada” ya que el concepto alude a lo que es esencial, no a lo accidental, y de alguna manera “ordena” las particularidades y características (véase luego la “jerarquía” de funciones de dinero en Marx).
Es por esta vía que el verdadero concepto tiene, además, toda la riqueza del particular y del singular (veremos luego que si digo que el dinero es encarnación del valor, por ejemplo, todavía estoy en un universal que no ha llegado al particular y al singular). Por eso también ahora habrá una identidad (la del dinero, en nuestro caso) que estará estrechamente vinculada a la diferencia; esta última es constitutiva de la identidad concreta.
En Marx
¿Qué tiene que ver todo esto con Marx y su teoría del dinero? El tema es que, aunque Marx no haya seguido estrictamente todos los pasos que siguen las deducciones de Hegel del concepto, sí conservó su idea de qué es el concepto. Esto es, no vamos a encontrar el concepto de dinero (ni el de valor, capital, etcétera) encerrado en alguna definición “clara y distinta”. La definición sólo nos aproxima al conocimiento, pero no lo agota, porque tener el concepto verdadero de algo implica conocer su dialéctica, su estructura lógica, su desarrollo. Y no se trata de una construcción idealista –esto es, desprovista de fundamentos materiales- sino precisamente de poder reproducir por vía del pensamiento la estructura compleja de la propia realidad, en nuestro caso, de la realidad del dinero. Por esta razón el concepto del dinero en Marx no puede ser simple, abstracto, sino concreto, y esto en dos sentidos fundamentales.
En primer lugar, porque el concepto de dinero se deriva y enlaza orgánicamente con los otros conceptos –mercancía, valor de cambio, valor-; o sea, tiene génesis lógica. En segundo lugar, porque tiene automovimiento, desarrollo; es hasta cierto punto proceso. No debe considerarse como algo estático (de nuevo, como la caja fija en la que se agregan determinaciones) sino como una totalidad concreta auto-moviente. Una totalidad concreta porque incluye en su seno el universal, el particular y el singular. Y se verá que su desarrollo implica un movimiento en el que, en primer lugar va a primar la unidad, luego la diferencia, y por último la unidad-en-la-diferencia. La unidad se va a identificar con el momento del universal, la diferencia con el particular, y la unidad-en-la-diferencia con el momento del singular. El concepto del dinero será entonces este proceso, este desarrollo. Como explica Hegel, el concepto “contiene” estos momentos (1999, §163) y el concepto tiene un “transcurso”, es “desarrollo”, despliegue (ídem, §161). Entender esta dialéctica, en nuestro caso, entender la dialéctica encerrada en el dinero, es entender el concepto del dinero. Así, en la teoría del Marx el concepto de dinero es derivado de la lógica contradictoria de la sociedad productora de mercancías. De esta forma el dinero será un momento necesario de un todo concreto –una totalidad social- y no hay necesidad de agregarlo externamente, desde afuera, como hace la economía neoclásica o keynesiana. Y en segundo lugar el dinero tiene desarrollo y movimiento; no es un objeto definido estáticamente a partir de alguna determinación agregada más o menos arbitrariamente.
Antes de terminar este punto es preciso aclarar que todo esto no implica conceder al “hegelianismo”. Veremos luego que Marx aplica las figuras de la dialéctica a su análisis, pero esto no significa que haya adoptado el enfoque idealista de Hegel. Los conceptos de valor, dinero, capital, etc., no se elaboran a partir de alguna idea que esté desenvolviéndose hacia un ineluctable destino final (la “autoconciencia socialista”, diría, por ejemplo, un hegeliano de izquierda), sino a partir del análisis de las relaciones sociales existentes en la sociedad capitalista. Es este examen, que parte de lo real existente, el que nos revelará que el concepto es una totalidad concreta. No es un apriori. ¿Qué aporta entonces la lógica dialéctica? Pues la conciencia de esta complejidad; no la solución a priori de los problemas que debemos resolver con el estudio. De la misma manera, Marx dirá, por ejemplo, que el capital es un silogismo (Tombazos desarrolla extensamente este punto); pero ésta es una conclusión de su investigación, no un esquema que se aplica apriorísticamente.
Obsérvese por último, que el concepto que está implicado en el silogismo de necesidad, tiene hondas implicaciones para la política revolucionaria. Por ejemplo, si decimos que todo capital tiene tendencia a aumentar la explotación del trabajo, y que éste no es un hecho contingente, ni una afirmación obtenida por inducción, sino es una conclusión necesaria de la lógica implicada en el concepto mismo de capital, estaremos afirmando que no hay manera de acabar con ese impulso a la explotación en tanto no se acabe con la relación social subyacente.
La génesis del dinero en Marx
Como ya hemos adelantado, el verdadero concepto tiene “historia pasada”, en el sentido lógico, porque reconoce momentos dialécticos previos que lo constituyen. Y además, en el verdadero concepto, encontramos la mediación, el movimiento (Hegel, 1999, § 65), y la síntesis. Profundicemos ahora en el método dialéctico precisando que tanto en Hegel como en Marx el pensamiento conceptual tiene un carácter circular.
Para entender por qué, empecemos observando que con los razonamientos científicos lo que buscamos es sacar conclusiones fundadas científicamente. Además, y naturalmente, todos sabemos que una conclusión es un conocimiento mediado; no es un inmediato porque medió un razonamiento. Pero… ¿cómo podemos sacar una conclusión que esté fundada científicamente y que no nos remita a una cadena infinita de fundamentos? Si A está fundado en B, B debe estar fundado en C y así de seguido. ¿Adónde termina esto? ¿Cuál es el fundamento último? Una vez metidos en esta cadena no habría manera de parar. Esto nos llevaría a lo que Hegel llama “el mal infinito”. Pero frente a este “mal infinito” Hegel plantea la existencia de otro infinito, que es el círculo, lo que vuelve a sí mismo, lo que se funda a sí mismo a través de su propio movimiento. Es por esto que dice que una conclusión no debe partir de un principio que parecería evidente, sino que este principio, el inmediato del que se parte, debe ser a su vez fundado por la conclusión a la que se llega. De manera que el inmediato del que se parte tampoco es un inmediato en el sentido pleno, porque está mediado por su fundamento.
Veamos esto en la dialéctica de la mercancía que nos lleva al dinero. Lo sintetizamos porque queremos detenernos luego en la dialéctica de la forma propia dinero. Tenemos un punto de partida, que es un “inmediato”: la mercancía, de la cual sabemos, también inmediatamente, que tiene un valor de uso y un valor de cambio.
A partir de este inmediato es la propia dialéctica de la mercancía y el valor de cambio la que lleva a las nociones de valor, trabajo abstracto y concreto, para volver entonces a la forma del valor, recuperada. Obsérvese que ya en el valor de cambio concebido como relación cuantitativa está encerrada la noción de medida, de proporción; ésta, a su vez nos lleva a lo que subyace, a la ley que gobierna la proporción de cambio, que es el valor, el trabajo humano abstracto objetivado. Pero por otra parte este trabajo humano objetivado no existe como tal sin la forma del valor; y la forma del valor no es otra que la forma equivalente. De esta manera vemos que el fundamento del valor de cambio es el valor, pero a su vez el valor de cambio no puede existir sin el primero. O sea, ahora el punto de partida está fundado por la conclusión a la que hemos arribado, así como la conclusión tiene su fundamento en el punto de partida. La forma del equivalente está fundada en la objetividad del valor, y ésta sólo existe en tanto la forma relativa del valor encuentra su forma de expresión, que debe ser distinta a su forma natural. Y en esta forma simple de valor (20 metros de tela valen un saco) anida ya la posibilidad del dinero; de hecho la forma simple del valor contiene “el germen de la forma dinero” (Marx, 1999, p. 86). Por eso el valor de cambio en su forma desarrollada es el dinero. Así, el dinero no puede existir sin que haya valor, pero el valor no puede existir sin que haya dinero. El dinero es entonces un resultado del carácter contradictorio de la mercancía, que a su vez remite al carácter contradictorio del trabajo (trabajo privado/social). Esto significa que el dinero es un resultado necesario, porque es producto de las contradicciones de la sociedad mercantil, ya que es la única forma en que se expresa la objetividad del valor: “…la objetividad del valor de las mercancías, por ser la mera existencia social de las cosas, únicamente puede quedar expresada por la relación social omnilateral entre las mismas; la forma valor de las mercancías por consiguiente tiene que ser una forma socialmente vigente” (Marx, 1999, p. 81; énfasis agregados).
Subrayamos que el dinero no es introducido desde afuera, sino surge “como obra común del mundo de las mercancías” (Marx, 1999, p. 81). En este primer resultado de la mediación tenemos el concepto del dinero como universalidad necesaria, auto-fundada: el dinero es “encarnación social del trabajo humano” (Marx, 1999, p. 118); es “… es el valor, vuelto autónomo, de las mercancías” (Marx, 1999, p. 141). La mediación es interna. Ahora la forma corpórea del dinero cuenta “como encarnación visible, crisálida de todo trabajo humano” (Marx, 1999, p. 82) porque se ha derivado de la propia mercancía. Más precisamente, las características que distinguen al equivalente derivan de la propia mercancía que expresa su valor en él: “… cuando la mercancía A (el lienzo) expresa su valor en el valor de uso de la mercancía heterogénea B (la chaqueta) imprimea esta última una forma peculiar de valor, la del equivalente” (Marx, 1999, p. 68; énfasis agregado). El equivalente adquiere así propiedades que lo distinguen de la forma relativa. Es un valor de uso que se convierte en la forma en que se expresa su contrario, el valor; es producto del trabajo concreto, pero sirve para expresar el trabajo abstracto; es resultado de un trabajo privado pero encarna trabajo directamente social. Ninguna de estas peculiaridades, o notas distintivas del dinero, ha sido agregada; todas ellas están vinculadas orgánicamente con el concepto mismo de valor y se deducen de él.
A su vez la forma simple del valor –que constituye la primera identidad- se despliega, esto es, pasa al momento de la diferencia. El valor de una mercancía es expresado en este momento “en otros innumerables elementos del mundo de la mercancía”, de manera que por primera vez el valor se manifiesta como auténtica gelatina de trabajo humano indiferenciado (Marx, 1999, p. 77). Pero a este momento del despliegue, de la diferencia, le seguirá la vuelta a la unidad, que es cuando todas las mercancías expresan su valor en una única mercancía, que por eso mismo pasa a ser dinero. Sin embargo, ya no se trata de una unidad inmediata, sino de una unidad que contiene los momentos anteriores, como momentos superados. En cada cotización del precio de una mercancía reaparece la figura de la forma simple del valor; y la expresión relativa desplegada del valor es la forma específica en que se manifiesta el valor de la mercancía dinero (Marx, 1999, p. 116). El dinero es la superación de los momentos anteriores del desarrollo; este proceso es expresado mediante la figura del aufheben, del “superar conservando” hegeliano.
De esta manera hemos llegado a una identidad concreta (tiene la mediación como su pasado lógico y fundamento), ya que el dinero “existe ahora fuera de la mercancía y junto a ella” y “ha alcanzado una existencia independiente” de la mercancía, “una existencia que se ha vuelto autónoma” (Marx, 1989, p. 121). Partiendo de la identidad lograda habrá despliegue y vuelta hacia sí a través de sus diversas funciones. Y sólo a través de todo este proceso podrá captarse el concepto de dinero.
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Dialéctica y dinero en Marx (1)
Charla sobre la Revolución Rusa

El 12 de diciembre pasado di una charla sobre la Revolución Rusa, que fue organizada de manera conjunta por la Agrupación Universitaria El Túnel (de la Universidad Nacional de Quilmes) y la Agencia de Noticias (ANT). Aquí va el link para aquellos que les interese.
Tal vez sea conveniente hacer una aclaración previa. No es una charla sobre la Revolución Rusa “en general”, ya que estuvo centrada en el análisis de las principales estrategias políticas que hubo al interior de la izquierda entre 1905 y 1917: la menchevique, la bolchevique (o leninista); y la de Trotsky (una divisoria que he tomado del propio Trotsky).
El tema me ha interesado durante años, ya que estuvo en el centro de las controversias entre las organizaciones stalinistas y las trotskistas. Los primeros, que defendían políticas de alianza con las fracciones “progresistas” de burguesía, en los países adelantados; y con las burguesías “anti-imperialistas, anti oligárquicas y pro-industria” en los países atrasados, decían inspirarse en el Lenin de los años pre-revolucionarios. Los trotskistas respondían -pienso que con razón- que esa línea de hecho repetía la estrategia de los mencheviques. Pero los trotskistas agregaban que el hecho de que la reforma agraria, la convocatoria a la Asamblea Constituyente y la paz sólo se lograran finalmente con la toma del poder por los soviets, dirigidos por los bolcheviques, confirmaba lo acertado de la estrategia de Trotsky. Y ésta fue, efectivamente, la conclusión que sacó Trotsky de la Revolución Rusa (y que luego se habría confirmado, por la negativa, con la Revolución China de 1925-7). Según Trotsky, 1917 habría verificado que en la época del imperialismo y los monopolios no hay ninguna posibilidad de cumplir las tareas de la democracia burguesa a no ser que la clase obrera tome el poder e inicie la transición al socialismo. A esta idea Trotsky le dio un carácter general en sus “Tesis de la revolución permanente”. Según Trotsky, la imbricación entre el cumplimiento de las tareas democráticas y socialistas también imprimiría una dinámica internacionalista a la revolución. Además, y siempre según su interpretación, la política de Lenin a partir de las Tesis de abril, de 1917, representaría una admisión, aunque no explícita, de que la estrategia de la revolución permanente era la correcta.
Dado que durante muchos años milité en corrientes trotskistas, cuando comencé a estudiar críticamente los fundamentos teóricos y políticos de esta corriente, hace ya unos 20 años, fui llevado a revisar también esta interpretación canónica de todos los grupos de la Cuarta Internacional acerca de la pretendida superioridad del abordaje de Trotsky. En esta charla resumo, entonces, lo principal de mi enfoque sobre el asunto.
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Ver en Agencia A.N.T.:
http://www.agenciaant.org/home/audiovisual/revolucion-rusa-charla-con-rolando-astarita.html
Ver en Viddler:
http://www.viddler.com/explore/PabloEFFE/videos/7/
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¿Qué fue la URSS?
Método dialéctico y Hegel (2)

Aquí va la segunda parte de la nota sobre dialéctica.
Contradicción
Como hemos visto en la primera parte de la nota, el momento de la delimitación y la fijeza es necesario en la marcha del conocimiento, pero no es toda la verdad. Por eso los problemas surgen cuando no se tiene conciencia del carácter limitado del entendimiento, y se lo intenta aplicar a la realidad, que es esencialmente proceso y cambio. Cuando se hace esto, dice Hegel, surgen las antinomias kantianas, esto es, contradicciones que, según Kant, la razón no podía resolver. Por ejemplo, resolver la pregunta de si el mundo es limitado en el tiempo y el espacio, o no lo es; si la materia es continua o discontinua; si existe la libertad moral o el determinismo físico, etc. Es lo que sucede cuando nos encontramos ante la necesidad de decidir “o es A, o es no-A”, y parece no haber medio de resolver el problema. Kant había llegado a la conclusión de que estas antinomias no son “artificios sofísticos”, sino “contradicciones en las que la razón debe necesariamente chocar” (en palabras de Hegel). Sin embargo, Hegel afirma que las antinomias se encuentran en todo, y que por eso la solución al problema planteado por Kant pasa por entender que todo contiene determinaciones opuestas, y cada una de ellas no vale por sí misma, en su unilateralidad. Esto significa reconocer que las dos determinaciones opuestas son necesarias para un único concepto, y que cada una de ellas no puede valer en su unilateralidad, sino que “tienen su verdad sólo en su ser eliminadas, esto es, en la unidad del concepto” (CL, p. 169). Lo hemos visto en el caso de la categoría “ser”. Hegel demuestra que esta categoría contiene, y más precisamente “es” su opuesta, la nada. La categoría “ser” tiene su verdad en ser eliminada, en pasar a la “nada”, y en la unidad con la “nada” en el “devenir”. Pero esto parece infringir la ley de la contradicción, porque está diciendo que ser y nada, que son opuestas, son sin embargo idénticas (ser es nada, y la nada es). Es lo que se llama el principio de la identidad de los opuestos, “una de las piezas más chocantes de audacia especulativa en la historia del pensamiento”, en palabras de Stace. “La audacia y originalidad de Hegel consiste simplemente en esto, en que explicó y demostró en detalle cómo es lógicamente posible que dos opuestos sean idénticos, al mismo tiempo que retienen su oposición” (Stace, pp. 95-6). Hasta ese momento se había supuesto que, lógicamente, un positivo y su negativo simplemente se excluían uno al otro. Si decíamos que A es A, no podíamos decir al mismo tiempo que A es no-A. Lo que demuestra Hegel es que A y no A pueden ser contenidos en una unidad superior. Para explicarlo con un ejemplo, la plusvalía y el valor de la fuerza de trabajo son opuestos (si uno aumenta el otro disminuye; una remunera al explotador, el otro al explotado), pero sin embargo son idénticos, en la medida en que ambos son el resultado del trabajo humano. Y es precisamente esta identidad (la misma fuente de valor en el trabajo) la que hace a la oposición más aguda. Pero esto es contradictorio, porque estamos diciendo que plusvalía y valor de la fuerza de trabajo son distintos, y luego afirmamos que son idénticos. Y ambos, unidad y diferencia, están contenidos en el valor.
Método dialéctico y Hegel (1)

Varias de las cuestiones que he planteado en notas de este blog, o en libros, se relacionan con el método dialéctico. Este método se caracteriza por su punto de vista sistémico, y a la vez histórico. Su premisa es, en palabras de Marx, que “todo lo que existe, todo lo que vive sobre la tierra y bajo el agua, no existe y no vive sino en virtud de un movimiento cualquiera” (Miseria de la filosofía). En otras palabras, la dialéctica busca captar una totalidad moviente, donde cada parte está en relación interna con el todo, es mediada por éste, y a su vez media al todo. El objetivo de esta nota es alentar a la gente, en especial a los estudiantes de economía y ciencias sociales, a estudiar la dialéctica. Debido a su extensión, he dividido la nota en dos partes. Aquí va la primera.
¿Cómo iniciarse en la dialéctica?
Más de una vez me hicieron esta pregunta, ¿cómo empezar a estudiar dialéctica? Lamentablemente, la respuesta no es sencilla. Alguna vez Marx dijo que deseaba explicar para el gran público, en pocas páginas, en qué consiste la dialéctica hegeliana. Aunque no concretó su propósito, esto demuestra que, de alguna manera, era consciente de la oscuridad con que está expuesto el tema en Hegel. Y es que, efectivamente, los textos como la Fenomenología y la Ciencia de la Lógica, son muy difíciles. Incluso hoy, después de casi dos siglos de estudios, los filósofos especializados no se ponen de acuerdo en qué quieren decir exactamente muchos pasajes. En palabras de uno de sus comentarista, ¨Hegel no tiene cortesías para el que se lanza a la tarea de transitarlo. Dice lo que piensa y lo piensa todo desde una perspectiva inédita. Hace gala de una sintaxis embrollada y de un vocabulario insólito” (Llanos, 1975). Se han adelantado algunas razones por las cuales escribió de manera tan complicada. Una dice que Hegel estaba tratando de romper con las formas fijas del pensamiento, y esto le obligó a deformar y tensar al máximo el lenguaje, explotando las posibilidades de expresión; lo cual habría oscurecido la exposición. Otra explicación sostiene que Hegel presentó el movimiento de una manera abstracta, reduciéndolo, según Marx, a una “fórmula puramente lógica”; y trató de generar todo su sistema a partir del movimiento de las categorías. Pero para esto forzó muchas transiciones entre las categorías, y de ahí las dificultades para seguirlo. Como decía Engels, Hegel “en una u otra parte” desliza “falsas conexiones… como cualquier otro sistemático, para lograr construir netamente su sistema” (carta del 1/07/1891).
Reflexiones sobre la crisis del euro (2)
En esta segunda parte presento algunas consideraciones sobre las líneas en disputa frente a la crisis y las tendencias contradictorias implicadas en la creación del euro.
Soluciones capitalistas frente a la crisis
Desde el estallido de la crisis han venido confrontando, de manera más o menos abierta, dos orientaciones dentro de las clases dominantes. La primera, encarnada por el gobierno de Alemania y el Banco Central Europeo (bajo influencia del Bundesbank), acompaña las recetas del “ajuste” con un marcado acento en la estabilidad del euro. Por eso, todavía en julio de este año el BCE subió la tasa de interés del 1,25% al 1,5%, con el argumento de que la inflación superaba el 2%, y sólo en noviembre comenzó a bajarla, cuando el agravamiento de la crisis ya era inocultable. Si bien no llega a los extremos abiertamente deflacionistas, al estilo de von Mises y Rothbard, el peso está puesto en “mantener la estabilidad de precios”, para lo cual se postula intervenciones “medidas” en los mercados. En particular, ha habido una negativa sistemática a que el BCE compre masivamente bonos de los gobiernos más endeudados.
La segunda orientación, defendida por el gobierno de EEUU, el capital financiero, revistas del establishment como The Economist, buena parte de la comunidad académica (en particular los nuevos keynesianos) y los gobiernos europeos con más problemas, dice que los bancos centrales deben actuar como prestamistas de última instancia, e inyectar masivamente liquidez (como lo hizo la Reserva Federal luego de la caída de Lehman). Si no lo hacen, pueden caer empresas solventes por dificultades de liquidez, desatando pánicos bancarios incontrolados. Además, sigue el argumento, cuando se entra en un proceso deflacionario la demanda se precipita en espiral hacia abajo; y hasta que la economía no toca fondo (y nadie sabe a ciencia cierta dónde se encuentra), el gasto no vuelve a fluir. Algunos también sostienen que, tomada de conjunto, la situación fiscal de la zona del euro no es más grave que la de EEUU o Gran Bretaña, ya que el stock de deuda representa el 88% del PBI y el déficit el 4%. Por eso proponen que el BCE emita eurobonos; lo que implicaría que los países con mejor crédito deberían garantizar las deudas de los más débiles. Asimismo se propone que Alemania estimule las importaciones, a fin de aumentar la demanda de los productos de los países que están realizando el ajuste. Dado que el sector financiero aboga por esta salida, alguna gente de izquierda podría pensar que en esta puja Alemania representa al sector más progresista. Después de todo, fue Merkel la que declaró que “debemos restablecer la primacía de la política por sobre los mercados” (mayo 2010).
Reflexiones sobre la crisis del euro (1)

La crisis del euro brinda la oportunidad de analizar la relación la mundialización del capital y las políticas de los Estados, y el rol de la moneda; así como sobre la dinámica de las crisis financieras. En lo que sigue presento algunas reflexiones sobre el tema. Dada la extensión de la nota, la he dividido en dos partes. Aquí presento la primera.
Tipo de cambio, productividad y euro
Desde el punto de vista de la teoría del valor trabajo puede decirse que el trasfondo de la crisis del euro consiste en que la moneda única ha conectado espacios nacionales con productividades promedio muy desiguales. Es que el nivel más básico, o “estructural”, de determinación del tipo de cambio, está ligado a las productividades relativas. Como he analizado en otros trabajos, es esta determinación de fondo la que explica, por ejemplo, por qué los países subdesarrollados -atrasados tecnológicamente- tienden a un tipo de cambio real alto.
(Aclaración: en lo que sigue el tipo de cambio real es igual al tipo de cambio nominal multiplicado por el índice de precios externos, dividido por el nivel de precios internos. El tipo de cambio real mide así el poder de compra de la moneda en términos de canastas. El tipo de cambio nominal es el precio del dólar en términos de la moneda del país considerado. Por este motivo una suba del tipo de cambio real equivale a una depreciación, en términos reales, de la moneda bajo consideración).
Delicias del revisionismo histórico
En los últimos días Mario O’Donnell ha explicado, una y otra vez, que la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego tiene como objetivo reivindicar “la historia nacional, popular y federal” frente a la corriente “liberal, entreguista, elitista y antipatria”, que no es otra que la historia escrita por “los vencedores” (ayer Mitre, hoy Romero o Halperín Donghi). Como dice O’Donnell, el Instituto se propone rescatar a “aquellos representantes de los intereses populares y patrióticos, como Dorrego, Juana Azurduy, Güemes, Artigas, Monteagudo, que han sido ninguneados por la historiografía liberal y reaccionaria”.
Pues bien, en aras de revisar esta historia de héroes y villanos, la década de los 90 y el menemismo aparecen como objetivos ineludibles para el Instituto Revisionista. ¿Qué tal preguntarnos quiénes estaban en la línea “nacional”, y quiénes “en la antipatria”? Pregunta que, con toda seguridad, se hará el Instituto acerca del propio O’Donnell. Recordemos que O’Donnell en 1989 fue nombrado agregado cultural de la embajada argentina en España; luego fue embajador en Panamá; después en Bolivia; entre 1994 y 1997 ocupó el cargo de secretario de Cultura; en 1998 fue senador; y en 1999 era miembro del entorno de Menem. Pareciera que al buen Pacho no lo incomodaba por entonces el indulto de Menem a los asesinos de la dictadura, la liberalización de los mercados, las privatizaciones, la destrucción de la educación pública, la precarización del trabajo o el aumento de la desocupación. ¿Virtudes de la línea nacional y popular? Sin embargo, Pacho O’Donnell es apenas una anécdota, porque en tren de revisar el menemismo, habrá que ubicar a Néstor y Cristina Kirchner. Así, arrancar de la asunción de Kirchner como gobernador de Santa Cruz, en diciembre de 1991, y analizar el decreto del 2 de enero de 1992, que llevaba las firmas de Carlos Zanini, Ricardo Jaime y Alicia Kirchner (nombres K- emblemáticos, si los hay) por el cual se recortaban el 15% los haberes de la administración pública. Eran tiempos en que Néstor Kirchner despotricaba por la herencia que le había dejado el anterior gobernador, Arturo Puricelli, que hoy es el ministro de Defensa. Luego, habría que seguir con la emblemática privatización de YPF, de la cual Kirchner fue un activo propulsor. Por ejemplo, recordar que ante las resistencias que encontraba el menemismo entre los diputados, Néstor reclamó (22/09/92), en conferencia de prensa desde la Casa Rosada, apoyo de los diputados a la privatización. En el mismo sentido, traer a la memoria que pocos días antes Cristina había pedido, en la legislatura de Santa Cruz, que los diputados aprobaran la privatización. Documentar (la historia se apoya en documentos) cómo en aquella ocasión Cristina presentó un proyecto que declaraba “la necesidad de sanción del proyecto de ley nacional ‘Ley de Federalización de los Hidrocarburos y de Privatización de Yacimientos Petrolíferos Fiscales”. Y destacar que cuando en la noche del 23 de septiembre Diputados aprobó la privatización, el miembro informante por el oficialismo fue Oscar Parrilli, actual Secretario General de la Presidencia K. Como para que no quedaran dudas de su vocación de servicio a la causa nacional, un año más tarde Parrilli publicaba Cuatro años en el Congreso de la Nación, 19889-1993, en el que decía que “YPF es hoy una gran empresa privada” (citado por Rodolfo Terragno en La Nación, 25/02/07). Seguramente nuestros revisionistas encontrarán una magnífica explicación para tamaño aporte al pensamiento nacional. Y podrán decirnos cómo ubican lo actuado por Parrilli en 1993, cuando fue el miembro informante por el bloque del Partido Justicialista en ocasión de la privatización de las jubilaciones. Eran los años en los que Kirchner afirmaba que Menem había sido el mejor presidente que habían tenido los argentinos. Siempre dispuestos a luchar contra la entrega, en 1994 Cristina y Néstor Kirchner fueron convencionales a la Asamblea Constituyente, la que habilitaría la reelección de Menem. En ella, Cristina defendió la reelección de Menem diciendo que se trataba del gobierno “que rescató a la Argentina del incendio que nos dejaron”. Todo esto será debidamente registrado por la historia no-oficial, no-liberal y no-entreguista.
Subsidios, valor y mercado

La eliminación de los subsidios a los servicios públicos ha sido interpretada por algunos como una profundización “del modelo K” en dirección de una mejor distribución del ingreso y, tal vez, hacia un desarrollo más armónico. Desde la izquierda se ha respondido que se trata, en lo esencial, de un “ajuste” contra los trabajadores y las masas populares. Los K-partidarios responden preguntando qué tiene de progresivo subsidiar a los sectores de altos ingresos, o a los casinos, bancos e hipódromos, y aseguran que no se van a tocar los salarios. La izquierda más radicalizada retruca diciendo que ingresos de los asalariados van a bajar inevitablemente; que el Gobierno procura asegurar las ganancias de los grupos económicos y el pago de la deuda; y propone, para defender el salario, el control obrero de la economía.
El objetivo de esta nota es analizar algunos de estos argumentos, pero en un marco distinto del que se ha propuesto. Su idea básica es que la supresión de los subsidios y los aumentos de precios de muchos bienes esenciales, que han sido autorizados por estos días, representan el fracaso del propósito de “dominar” al mercado desde el Estado. Un tema que ha sido clave en el discurso K, por lo menos desde el conflicto con el campo. Es que con insistencia, desde el K-izquierdismo (integrado incluso por algunos ex marxistas) se ha afirmado que el Estado “popular” debe imponerse a las fuerzas del mercado. En otras palabras, que la política debe tener las riendas, por sobre la economía. Y es una idea que goza de simpatías en amplios sectores de la población, sean o no peronistas. También periodistas, sociólogos, economistas y políticos progresistas, aunque críticos del Gobierno, aceptan como algo natural que los precios pueden decidirse desde el Estado. E incluso la izquierda más radical, cuando propone que los trabajadores controlen costos, ganancias y precios, de alguna manera está diciendo que el objetivo se puede cumplir, aunque no con los métodos “reformistas” del gobierno K.
Este blog, debates y “personas no gratas”
Esta nota está destinada a algunas consideraciones acerca de este blog. Empiezo con alguna estadística. Al momento de escribir estas líneas, el blog se está acercando a las 180.000 visitas. En los últimos dos meses el promedio fue de algo más de 20.000 mensuales; en julio de 2010, cuando comenzó, hubo apenas unas 1800.
Esto tal vez es importante como medida del interés que puedan generar las notas, pero lo más destacable es que los “Comentarios” superan los 2400, y se han convertido en un lugar de cruce de ideas muy diversas. La gente ha discutido, muchas veces discrepando fuertemente, pero sin caer en agravios o acusaciones personales. Pienso que éste ha sido un gran logro, y en parte ha sido posible porque desde el inicio hemos señalado que no se admitirían agresiones o insultos. Tratamos de generar un ámbito de discusión que supere métodos tradicionales de “arreglar diferencias” que han imperado en la izquierda (para estos métodos, ver aquí).
Es también significativo que prácticamente no hubo que ejercer censura para mantener este ambiente. Sólo dos personas han sido excluidas del blog. Una de ellas porque se había empeñado en enviar artículos completos bajo la forma de “comentarios”, con sus posiciones. Le rogué varias veces que abreviara, y no hizo caso. Llegó un punto en que, de hecho, había escrito casi un libro a través de los “Comentarios”. Le dije varias veces que si quería exponer sus posiciones de manera extensa, podía hacerlo a través de blogs que están para eso; o debería abrir su propio blog. Como persistió en su comportamiento, finalmente decidí retirarlo del blog.
El segundo caso es más reciente. Un tal MA escribió varias veces de manera insultante hacia otros participantes de los “Comentarios”. Calificó a quienes comparten mis posiciones de “consortes” (“Astarita y sus consortes”, escribió). Además, en otros blogs se refirió a la “comparsa de fans” y “nube de epígonos o comparsas” de mi persona. Para colmo, propuso que no se respondieran ni citaran mis posiciones, a fin de “no dar cabida a discutidores profesionales”. Lo cual no le impide reclamar por la “libertad” de expresarse en este blog. En vista de esto, y de quejas de la gente que participó o participa asiduamente en “Comentarios”, decidí no aceptar más intervenciones de MA. La he declarado “persona no grata” en este espacio. Remarco: nadie debe verse interpelado para que explique por qué opina lo que opina. Decirle a alguien que afirma tal o cual cosa porque es un “consorte” o un “fanático” de X, es entrar en un plano de agresiones que no voy a permitir. En este respecto reconozco que he cometido un error al permitir la publicación de semejantes ataques en el blog. A la gente que se vio agraviada, le ofrezco mis disculpas.
Renta agraria y salarios rurales

SUB - cooperativa de fotógrafos
Durante el conflicto de 2008 entre el Gobierno y las patronales agrarias, uno de los argumentos más repetidos por el K-progresismo fue que con las retenciones se buscaba mejorar la distribución del ingreso en favor de los sectores populares y la clase trabajadora. En oposición a esta postura, en varios artículos (recogidos en Economía política de la dependencia y el subdesarrollo, UNQ, 2010) sostuve que el Gobierno procuraba sostener el tipo de cambio real alto mediante la transferencia de parte de la renta agraria a otros sectores del capital. Planteé también que si se hubiera querido mejorar la distribución del ingreso disminuyendo la renta agraria, la primera medida debería haber sido alentar el aumento de los salarios rurales, y combatir seriamente la precarización del trabajo en el sector. Señalaba que cuando los salarios agrarios ni siquiera reponen el valor de la fuerza de trabajo, puede considerarse que una parte de los mismos está ingresando en la renta (véase El Capital, tomo 3, p. 808,, edición Siglo XXI). Según el INDEC, en 2008 el salario promedio en el campo era $1100, lo que representaba el 57% del promedio salarial en el resto de la economía; en los cultivos industriales, que empleaban unos 50.000 trabajadores, los salarios eran aún más bajos, apenas $868 en promedio. A esto se unía el trabajo en negro generalizado, y la explotación del trabajo infantil. Por eso planteaba que “la primera manera práctica y sencilla de bajar la renta agraria y comenzar a mejorar la distribución del ingreso es aumentando los salarios de los trabajadores rurales” (p. 215, Economía política….). Sin embargo, durante el conflicto el Gobierno -siempre aplaudido por el progresismo izquierdista-, se cuidó mucho de poner en primer plano el tema. Esto aún cuando la propia presidenta CK reconoció que los trabajadores rurales eran los peor pagados de los asalariados. Después del conflicto, las condiciones de vida de los trabajadores rurales tampoco mejoraron mucho, a pesar de las altísimas ganancias en el agro. Por ejemplo, en 2009, la Secretaría de Trabajo calculaba que aproximadamente el 72% estaba en negro. La súper explotación del trabajo infantil continuó sin grandes problemas (como tantas veces denunciaron La Alameda y otras organizaciones). Y en agosto de 2011 el salario mínimo del trabajador rural era de $2210. Si bien representa una mejora con respecto a 2008 (pero hay que contar la inflación), cualquiera sabe que se trata de un ingreso de hambre. Algunos incluso han señalado que con un salario tan bajo hoy es difícil conseguir mano de obra, ya que no repone el costo mínimo de una canasta de subsistencia.














