Rolando Astarita [Blog]

Marxismo & Economía

Carácter de clase del docente y estudiante universitario

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En este texto discutimos la caracterización de clase del docente universitario y del estudiante universitario, como continuación del trabajo sobre la concepción de clase obrera en Marx.[1] Un objetivo del escrito es polemizar con la idea de que los docentes universitarios tienen un interés de clase común, ya que formarían parte –en tanto grupo social– de la clase obrera. La estrategia de las centrales gremiales de docentes universitarios se basa en esta tesis. También cuestionamos algunas ideas establecidas, en los ámbitos de izquierda, sobre que los estudiantes universitarios tendrían intereses de clase comunes.

Heterogeneidad

Comencemos señalando que en principio, y en la medida en que los docentes de las universidades privadas y estatales venden su fuerza de trabajo, pertenecerían a la categoría de trabajadores intelectuales asalariados –productivos o improductivos, según el caso–, en un proceso de proletarización creciente. Sin embargo este criterio de análisis no es suficiente, ya que una canti­dad importan­te de los docentes no tiene en la docen­cia su fuente princi­pal de ingresos, y sus intere­ses de clase no están deter­minados sólo, ni principalmente, por la relación que mantienen con la Universidad para la que traba­jan. Por ejemplo, un docente que está al frente de un gran estudio de abogacía, y recibe una parte sustan­cial de plusvalía por su colaboración en la defensa del capital, puede utilizar su cátedra univer­sitaria como un elemento que le es funcional para establecer altos honorarios profesio­nales. De manera que este individuo no puede ser englobado en la misma clase social que la del docente que trabaja exclusi­vamente en la Universi­dad por un salario que apenas le alcanza para sostener su fuerza de trabajo. El abogado al frente de un gran estudio puede pertenecer a la burguesía, o a la pequeña burgue­sía acomodada, en vías de ascenso, mientras el segundo se acerca a la clase obrera.

Con lo anterior estamos diciendo entonces que en el análisis de un grupo social híbrido, como son los docentes universitarios, deben intervenir muchas determinaciones. Muchos docentes universitarios están “haciendo producción”, y “en masa”; trabajan por salarios que apenas les permiten vivir; corrigen cientos de exámenes; agotan su voz ante clases multitudinarias y están obligados a seguir las pautas fijadas autori­ta­riamen­te por sus jefes de cátedra. Son intelec­tuales en vías de prole­ta­riza­ción.[2] Sin dudas hay que distin­guirlos de los docentes para quienes la cátedra es sólo un ingre­diente en un conjunto de actividades de las que derivan altos ingresos; en este último sector los llamados a defen­der los intereses gremiales tienen un eco escaso, por razones sociales.

Por otra parte existe una aristocracia de altos funcio­narios universita­rios cuya posición también se diferencia del docente “plano”, aunque no realice actividades fuera del ámbito académico. Son los que manejan fondos presu­puesta­rios, y tienen capacidad para generar redes internas de poder y clientelismo político, que se hacen valer en un nivel social más general; alternativamente, pueden ofrecer sus servicios ideológicos para el mantenimiento del dominio del capital o del Estado, y cobrar suculentos ingresos por esta tarea. En este respecto participan de parte de la plusvalía. Estos sectores jerárquicos también tienen fuerza para insertar­se en los circuitos mercanti­lizados de la transfe­rencia de conoci­mientos, desde el manejo de publicaciones, pasando por la rela­ción con editoriales, hasta los convenios con empresas privadas. En otros casos ejercen el tráfico de in­fluen­cias. En economía o abogacía, por ejemplo, determina­das funciones académicas se constituyen en trampolines para proyec­tarse hacia altos puestos de la adminis­tración pública, de las empre­sas privadas u otras estruc­turas de poder del capi­tal. Paralelamente están los “bienes de presti­gio”: congresos inter­nacio­nales y simposios, con sus correspon­dientes viajes, hoteles, contactos internacionales, viáticos y siempre más prestigio; la publica­ción en revistas de renombre; y la siempre presente distribución de becas a protegidos y seguidores. Es claro entonces que estos sectores, si bien minori­tarios, conforman un grupo dentro de la docencia universi­taria que de alguna manera no puede englobar­se en el mismo grupo social al que pertenece el docente asalariado, en vías de proletarización.

Por supuesto, entre estas categorías existen muchas formas intermedias, de transición. Por ejemplo, el docente para el cual su salario univer­si­tario representa una parte importante de sus ingresos, pero lo complementa con ingresos como pequeño profesio­nal indepen­dien­te, constituiría un caso interme­dio entre la pequeña burguesía y el proletariado intelectual. El jefe de cátedra que complementa sus ingresos con la comerciali­zación de sus escritos y la venta ocasio­nal de servicios derivados de sus conoci­mientos, entraría en un caso similar, aunque más cercano a la pequeña burguesía. Las formas pueden ser múltiples y refuerzan una conclusión: no podemos considerar a los docentes univer­sitarios como un sector homogéneo.[3] Lo cual cuestiona el que exista unidad de intereses de clase en la llamada “comunidad universita­ria”. Ésta está dividida, por encima de la identidad formal de la común pertenen­cia a una institución. Por eso también es imposible que las reivindicaciones y formula­ciones de una corriente socia­lista de docentes universita­rios pretendan englobar al conjunto de la docencia. Y eventualmente la agudización de la lucha de clases agudizará las diferenciaciones, como ya sucedió en otros períodos de la vida universitaria argentina. Recordemos al respecto la actitud opuesta de tantos sectores de la docencia ante la “noche de los bastones largos”, en 1966; o ante la intervención Ivanisevich, bajo el gobierno de Isabel.

Carácter de clase del estudiantado

En alguna oportunidad la ex ministra de Educación del gobierno de Menem, Decibe, se refirió a un pasaje de la obra de Marx en la que éste se refería a la Universidad como un ámbito exclusivo para los hijos de la burguesía. Con esto la ministra pretendía darle un tinte “progre” a la propuesta de arancelamiento de la Universidad. Pero la referencia era desafor­tu­na­da, porque desde el siglo pasado a éste las circunstancias han variado, y mucho. La universidad actual no es la que vio Marx. Es que la Universidad se ha masificado con la incorporación de capas provenientes de las clases medias, de la pequeña burguesía e incluso de algunos sectores de la clase trabajadora. Ya a comienzos de los noventa se calcu­laba que en América latina había unos 6 millones de estudiantes en esta­blecimientos tercia­rios. Esto representaba en promedio un 18% de los jóvenes en edad de estudios terciarios, contra el 2% que había en los años sesenta. De ellos, unos 500.000 egresaban anualmente. Se plantea entonces también el problema de la caracterización de clase del estudiante universitario.

Precisemos que los estudiantes universitarios, en cuanto tales, no están direc­tamente involu­crados en las relaciones de producción. Se preparan para ocupar en el futuro una posición en la economía. Por eso su caracterización social debe tener en cuenta varios factores. Uno de ellos –siguiendo una idea de Daniel Bertaux[4]– es la posición que ocupa­rán al terminar los estu­dios. Esto es, debe tomarse en cuenta la posición del estu­diante con relación a su futuro, o “como parte de una trayec­toria de clase”. Es que, naturalmente, la actitud y posición del estu­diante que se prepara para ser administra­dor de empresas es distinta de la de aquél cuyo futuro más probable sea, por ejemplo, ser un intelectual semi proleta­riza­do, como es un docente de escuela secundaria.

La determinación según la trayectoria de clase debe comple­mentarse, sin embargo, con otras, tales como el origen social y la situa­ción actual (por ejemplo, trabaja o no). Estos factores reactúan sobre las pers­pecti­vas del estudian­te, y sobre su misma trayec­to­ria de clase. Así un joven de familia burguesa puede asegu­rarse una inserción laboral muy distinta a la de uno proveniente de los secto­res medios o bajos. Esto influen­cia la visión ideológica del estudiante, y se manifiesta en la definición de sus intereses de clase. Estos factores “socio-estructurales”, a su vez, estarán mediados por la situación de la lucha de clases, y el clima ideológico y político reinante. Sin estos últimos factores no se podría comprender, por ejemplo, la radicalización hacia la izquierda de una parte importante del estudiantado universitario a fines de la década de 1960 en Argentina.

Yendo al análisis más concreto, debemos decir que en las últimas décadas la universidad se ha convertido en una vía para el ascenso social de sectores de la pequeña burguesía y ciertos estratos de la clase obrera. Es que la concentra­ción de capita­les y la ruina de pequeños propietarios han vedado otros caminos tradicio­nales de la movili­dad social. Además la desocu­pación empuja a muchos a mejorar su califi­cación. De todo esto se deriva una presión social, y cre­ciente, por acceder a la universidad.

Pero en el terreno de la oferta laboral las condi­ciones son restrin­gidas y muy distintas a las del tradicional joven que ascendía desde las clases bajas asalariadas a la de profesional independiente, de prosperidad medianamen­te asegurada. De hecho, miles de los que hoy egresan no consegui­rán empleo. En Argentina hay sobreoferta de arqui­tec­tos, contadores, egresados de carreras humanísticas y ciencias sociales, abogados, etc. Y muchos que antes se insertaban como profesio­na­les independientes, hoy tienen la perspectiva de ser asalariados de grandes corpora­ciones. Médi­cos, odontólogos, abogados, periodistas, arquitec­tos, contadores, entre otros, están experi­mentando un proceso de semi proleta­riza­ción. Algunos combinarán trabajos como asalariados para el Estado o empresas privadas con una actividad inde­pendien­te. Unos pocos accederán a los puestos de dirección y gerenciales, pasando a integrar la clase capitalista. Muchos de estos cuadros de la burguesía terminan formán­dose en los cursos de post grado. De todas maneras las adscripciones de clase y las perspectivas de integrarse como cuadros altos (o medios) del capital están presen­tes y atraviesan al estudiantado en los cursos de grado.

A la mayoría del estudiantado universitario, sin embargo, le espera un futuro diferente, ya que deberá someterse a los dicta­dos de la empresa privada o del Estado. Muchos realizarán tareas que no tienen que ver con su profesión específica, o que requie­ren menor capacita­ción que la implicada en su título. En estas trayecto­rias perderán buena parte de su vieja califica­ción, ya sea por falta de actualiza­ción o por unilatera­li­zación de sus actividades profesiona­les. En definitiva, se transformarán en mano de obra semi-calificada, y explotada.

Es importante destacar que la existencia de esta franja desmiente la tesis de que el sector “orgá­ni­camente no socia­lista” del estu­dianta­do estaría compuesto sólo por una delgadísi­ma capa de hijos de la alta burguesía. En los años setenta esta idea llevó a los teóri­cos del capitalismo monopolis­ta de Estado (por ejem­plo, del partido Comunista francés) a postular una nueva forma de frente de colabo­ración de clases, conformado por la alianza entre los obreros y las “nuevas capas medias”, que incluían a los mandos medios del capital y personal superior del Estado. Pero estos sectores nunca adherirán en forma masiva al programa de la revolución socialista, por lo menos hasta que ésta no triunfe.

A su vez, entre los dos polos descritos –desocupados o asalariados en proceso de creciente subsunción al capital, y ocupantes de las altas jerar­quías de mando de empresas y del Estado– se ubica una franja que muchos marxistas han llama­do, con razón, la “pequeña burguesía moderna”. Ocuparán una posición de agentes de la dominación capitalista, como cuadros medios de empresas o del aparato estatal. No sólo cumplirán funciones técnicas, sino también de concepción (parcial) y de correas de transmisión del dominio del capital. Este sector recibirá ingre­sos en parte provenien­tes de la plusvalía –es decir, ingresos por encima del valor de su fuerza de trabajo califica­da– y en parte como retri­bu­ción a su función productiva. La ambición de insertarse en esta franja social es parte integrante de la ideología y las motiva­ciones políti­cas de miles de estudiantes, y debe ser tenida en cuenta por la activi­dad socia­lista.

Del análisis se desprende entonces que la posición de buena parte del estu­diantado se define según su posición económica y social, sus perspectivas, y las coyunturas políticas. Por supuesto, algunos definen desde el inicio una trayec­toria clara­men­te burguesa; pero una inmensa mayoría tendrá una posición oscilante. Muchos toman concien­cia de que los caminos están bloquea­dos, o por lo menos de que las perspec­tivas son res­tringi­das y su futuro será precario, a medida que avanzan en sus carreras y empiezan a insertarse en el mercado laboral.

La división que hemos señalado también pone límites insalvables a los proyec­tos de “uni­versidad al servicio de los trabajadores” dentro del modo de producción capitalista. No sólo por el carácter de clase de la institución universitaria, y su inserción en el conjunto social, sino también porque en la misma “comunidad universitaria” hay sectores que procuran limitar la oferta de egresados y asegurar sus posicio­nes futuras. A lo que se suma muchas veces la presión de los colegios de graduados por limitar la producción de egresados.

La presión sobre el mercado laboral

La desaparición progresiva de la posición independiente del profesional “clásico” es una demostración del proceso de proletarización que atraviesa a la sociedad capitalista; y que también se manifiesta en los estudian­tes. El capital genera mano de obra calificada, y en cantidades crecientes. Por eso miles de jóvenes, en curso de capaci­ta­ción universitaria, presio­nan en el mercado labo­ral, lo que es aprovechado por las empresas para imponer condiciones de trabajo cada vez peores al conjunto de los asalariados. Las angustias de la desocu­pación subyacen a la utilización de las pasantías, que deprimen aún más los salarios y las condi­ciones generales de trabajo, y de la gran proporción de estudiantes universitarios que combinan sus estudios con el trabajo. Para la burguesía esta situación representa una ventaja, dado que se trata de abundante mano de obra califi­cada, que trabaja –o va a trabajar– por bajos salarios y condicio­nes de subsun­ción creciente al capital. Aunque también genera tensio­nes sobre los presu­puestos educativos, con el resultado de que la univer­sidad es recusada por el arco burgués por “impro­ducti­va”. De allí provienen las exigen­cias de raciona­li­zación, de aplicar crite­rios de productividad capita­lis­ta en la formación de los egresados. Pero esto implica enfren­tarse con masas de jóvenes, para segregarlos, para decirles que al terminar su secun­dario deben renunciar a cual­quier posibilidad de avance, que deben conformarse con un puesto como asalariados descalifica­dos, y de por vida. Las implicancias ideológicas, los peligros que esto tiene para la legitimación del sistema, debieran ser eviden­tes. Por eso secto­res de la clase dominante han optado por el camino de la disua­sión “administrada”, del desánimo organiza­do. Se permite formalmente el ingreso masivo, para utilizar al CBC como una playa de estaciona­miento-filtro, que “demuestre” a miles de jóvenes que la univer­sidad “no es para ellos”, que no alcanzan el nivel. Jóvenes provenientes de escuelas secunda­rias de medio­cre o muy bajo nivel académico, de barrios empobrecidos, sin posibilidades econó­micas de proveerse de ayuda, que trabajan y/o viven en lugares aleja­dos, terminan abandonando sus estudios, desanimados.

La Universidad – empresa

Las quejas de los capitalistas porque la universidad –y en general la escuela– no forma personal adecuado a sus necesidades es de larga data. En un trabajo de fines de 1988, la UIA sostenía que “la escuela argentina transmite conoci­mientos obsoletos y lo que es más grave aún, actitudes y valores negativos que dificul­tan el progreso personal y de la comunidad”[5]. Periódicamente se pueden escuchar quejas del mismo tenor de la Asociación de Bancos, las cámaras empresarias, el Banco Mundial y similares. Lo cual evidencia una creciente presión por subordinar los conteni­dos de la enseñanza universitaria a las necesidades del capital. En otros lugares esta presión se transmite, por lo menos parcialmente, con la transformación gradual de la misma universidad en empresa capitalista; proceso en el cual juega un rol relevante el ahogo financiero de la educación. Así, crecientemente las universidades en Estados Unidos están vendien­do la producción de conocimiento a los capitales; para esto utilizan mano de obra no asalariada –los estudiantes– o muy barata, como los profesores investigadores.[6] Las universi­dades firman contra­tos de investiga­ción con la industria, paten­tando inventos, otorgando licencias de tecno­logía, formando asocia­ciones con el mundo de los negocios y ofreciendo cursos de entrenamiento a las indus­trias. Se comercia­liza tecnolo­gía informática, inves­tigación en medicina, biología, química, economía e incluso sociolo­gía. En Canadá también se está en este curso, y lo mismo se detecta en México y otros lugares de América Latina. De esta manera las universidades están produciendo valor y plusvalor. El conocimien­to, incorpora­do a las innovaciones, siempre jugó un rol en la competencia capitalista, pero hoy la misma produc­ción de ciencia y tecnología es comercia­li­zada; o sea, el conoci­miento se transforma en mercancía.

También en Argentina se avanzó en esta dirección y la Ley de Educación Superior da forma y refuerza esta tendencia; la búsqueda de recursos ante el ahogo presupuestario se usa como justifi­cativo. Así se venden cursos de idiomas; cursos de postgr­ado; de especializaciones; y se establecen acuer­dos comerciales con empresas privadas. Las facultades de Económicas y la UTN han firmado conve­nios que implican la venta de conocimientos e investigación. En Medici­na, Farmacia y otras facultades están en marcha planes en el mismo sentido. En algunos casos son con el Estado, como sucede en Económi­cas con la Auditoría General de la Nación, la Secreta­ría de Hacienda; otro ejemplo es el convenio que suscribió hace unos años la escuela de Antropolo­gía, de la Universidad Nacional de Rosa­rio, con la Municipalidad, para proveer asisten­cia a trabajos comunitarios. Casos parecidos se encuentran a lo largo y ancho del país. El sistema de pasantías –que implica mano de obra barata para las empresas– también crece. Están muy extendidas en facultades de economía, ingeniería, ciencias de la comunicación. Techint, Quilmes, Siemens, Siderca, Siderar, Clarín, las telefónicas, y otras empresas están operan­do con el sistema de pasantías con relación a univer­sidades y/o colegios de formación profesional. Los institu­tos de forma­ción de enferme­ras es otro ejemplo de fuente de mano de obra barata, o gratis, para clínicas y hospita­les.

A medida que la universidad se transforma en empresa, la toma de decisio­nes en materia de enseñanza se somete a las leyes del mercado, ya que la institución educativa se con­vierte en una parte productiva del capital. Por eso se tenderá a investi­gar lo que es rentable como mercancía, mientras que los estudios no convenien­tes para el sistema –por ejemplo, investigaciones críticas en ciencias sociales– no encon­trarán “mercado”.

El capital intentará aprovechar de manera creciente una mano de obra capacitada y barata que el aparato educativo le propor­cionará en abundancia. Este proceso conecta con la prole­tarización de secto­res de la docencia univer­sitaria, que tiene su correlato en la flexi­bilización y precariza­ción del trabajo de los docentes en gene­ral. La arancelación universitaria se inscribe en el mismo proceso de someti­miento de la universi­dad a las necesida­des del mercado, de mercantilización del conoci­miento y de introducción de las pautas “racionalizado­ras” en la producción de egresados.

Conclusiones

La discusión en el seno del campo burgués sobre la “crisis de la universidad” discurre sin cuestionar la estructura social básica existente, consecuencia de contradicciones que en el fondo son irresolubles. Por eso la crítica socialista debe apuntar al conjunto de la problemática implicada. Como socialistas exigimos el ingreso irrestricto y la gratuidad de la enseñanza, consignas que se han convertido en banderas demo­crá­ticas para inmensas masas empobre­ci­das y agobia­das por la opresión del capital. Pero al mismo tiempo desnudamos la naturaleza insuperable de la contra­dicción de fondo. Es imposi­ble que los hijos de la pobla­ción trabajadora se liberen de la explota­ción, de los trabajos aliena­dos y de la desocupación, accediendo todos a la educación supe­rior en este sistema. Bajo el modo de producción capitalista sólo unos pocos van a llegar a la meta soñada. Otros, compo­niendo la franja media, lograrán insertarse como la nueva pequeña burguesía, a la que hicimos mención. La inmensa mayoría quedará en el camino, proletariza­da luego de su egreso; y muchos serán desocupados, o no podrán realizar trabajos siquiera relacionados con lo que han estudiado.

Por eso el ingreso irrestricto, o las mayores facilidades para el egreso, no resuelven la cuestión de fondo. No es la resolución de la cuestión educativa –ingreso irrestricto y egresos masivos– la que eliminará la cuestión social, sino que “es la solución de la cuestión social, es decir, la abolición del modo de producción capitalista” lo que hará posible la solución de la cuestión educativa[7]. Sólo la abolición de la propiedad priva­da capita­lista y de la división entre el trabajo manual e inte­lec­tual permitirán una verdade­ra “uni­versidad de los trabajado­res”, inserción laboral y pleno empleo.


[1] “La concepción marxista de clase obrera”, en colaboración con David Ato, Debate Marxista Nº 3, segunda época, mayo de 2001; puede consultarse también en www.rolandoastarita.com, en “Trabajos publicados”.

[2] “En vías” para estable­cer cierta distin­ción con el proleta­rio que está comple­tamente subsumido a las condi­ciones impuestas por el capital.

[3] Se podría argumentar que también en la clase obrera existen muchos casos intermedios; por ejemplo, el obrero que a su vez recibe ingresos de un pequeño negocio que explota con su familia. Pero estos casos no llegan a conformar una situación de la amplitud e importancia de las heterogeneidades que atraviesan la docencia universitaria. La docencia de los colegios secunda­rios, en cambio, presenta un panorama más homogéneo; y mucho más todavía la primaria.

[4] Citada por Erik Olin Wright, en Clase, Crisis y Estado, Madrid, Siglo XXI, 1983, p.87.

[5] “Estudio sobre la oferta y la demanda laboral de gradua­dos universitarios en la Argentina”, elaborado para la UIA por el Instituto Gallup de la Argentina, 1988.

[6] Robert Ovetz, “Student Struggles and the Global Entrepeneuralization of the Universities”, Capital & Class, Nº 58, 1996.

[7] Por supuesto, parafraseamos a Engels cuando criticaba a los que pensaban que la solución de la cuestión de la vivienda solucionaba la cuestión social. “Mutatis mutandi” se aplica al discurso sobre educación de muchos refor­mado­res, de la dirección de CTERA o de la Franja.


(corregido mayo de 2010)

Written by rolandoastarita

04/07/2010 a 19:06

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10 comentarios

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  1. el docente asalariado, en vías de proletarización.
    rolando por que este personaje recién nombrado y los profesionales que venden su fuerza de trabajo no los colocas dentro de la clase obrera sino en el concepto de “en vias de proletarizacion” lo mismo te pregunto con los estudiantes hijos de de trabajadores calificados y en cuyo ingreso familiar no existe beneficio desde la explotación o cuotas de plus valía

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    Manuel Parra

    07/03/2014 at 13:53

    • Algunas cuestiones fui modificando parcialmente con el paso del tiempo. Ahora estoy convencido de que los trabajadores docentes, así como profesionales de la salud (médicos, enfermeras) que viven de la venta de su fuerza de trabajo, son parte de la clase obrera. Aquí se ve cómo opera el proceso de proletarización creciente (los críticos del marxismo dicen que Marx se equivocó porque cada vez hay más “clase media”; distinguen las clases sociales por el monto de ingresos, y no por las relaciones sociales).
      Por otra parte, naturalmente hay casos intermedios. Por ejemplo, un docente universitario cuya fuente de ingresos proviene de su estudio de abogado, como profesional independiente.
      Con respecto a los familiares de los asalariados, pienso que entran dentro de la clase obrera; de la misma manera que los familiares del capitalista.

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      rolandoastarita

      07/03/2014 at 14:18

  2. Me parece acertado “en vías de proletarización”. Si uno analiza el proceso de trabajo docente ve diferencias muy marcadas con otros trabajadores de otras ramas. Es más hasta podríamos decir que al ser empleados del estado (en su gran mayoría) no es directamente productivo. Además tiene cierto control sobre algunos aspectos de su tarea diaria. Podríamos ver la tarea docente como un oficio en relación a cualquier otro trabajador ¿Podrían ser razones a tener en cuenta? En un proceso de proletarización cuales son los indicadores determinantes ¿Condiciones de vida? ¿Precarización laboral? ¿Procesos de trabajo? ¿Cómo medimos los diferentes grados de proletarización?

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    Dani

    07/03/2014 at 17:36

    • Las primeras veces que traté el tema (creo que fue por 1986 que escribí una nota sobre el tema) le daba mucha importancia al no control sobre el proceso de trabajo para definir un proceso de proletarización “acabado”. Hoy tengo más dudas. Por caso, un mecánico de mantenimiento de una empresa controla en buena medida su proceso de trabajo (que es complejo), y sin embargo no dudamos en ubicarlo dentro de la clase obrera. Un médico que atiende más o menos “en línea” (con ritmos de producción pautados, por ejemplo, 15 minutos por paciente) como asalariado de un hospital privado, estaría casi al mismo nivel.
      Por otra parte, no creo que debamos incluir el carácter productivo o no del trabajo entre los elementos que ayudan a definir a la clase obrera. Los trabajadores estatales que construyen un camino no son productivos (en el sentido que no generan plusvalía); estos mismos trabajadores son productivos si el camino lo construye una empresa privada, que luego “lo vende” por medio del sistema de peajes.
      Lo básico para definir la pertenencia o no a la clase obrera es la relación de producción. Esto es, si se trata de asalariados bajo el mando del capital, o del Estado capitalista, que venden su fuerza de trabajo. Por grados de proletarización entiendo los trabajadores que están en proceso de convertirse en asalariados bajo el mando del capital. Por ejemplo, un pequeño campesino parcelario que ocasionalmente trabaja como jornalero asalariado; lo mismo puede ocurrir con autoempleados en las ciudades. Por supuesto, hay muchos estadios intermedios, y casos que no son fácilmente encasillables.

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      rolandoastarita

      07/03/2014 at 17:57

  3. Rolando
    en el caso de los profesores universitarios que están sumidos a la relación del capital, y los profesores secundarios y primarios, si ellos constituyen clase obrera y por lo tanto explotada cual es tu opinión sobre el mecanismo de apropiación de la plus valía por el capitalista educacional; yo considero que estos trabajadores educacionales cumplen una función de calificación de la mano de obra y por lo tanto estarían produciendo mercancía trabajo para el uso de los capitalistas
    que piensa usted?

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    Manuel Parra

    08/03/2014 at 13:42

  4. “Si alguien amasa pan y luego lo come, habrá producido sólo eso: un simple pan. Si lo vende, en cambio, habrá producido una mercancía: Junto a las deliciosas y nutritivas cualidades del pan, su trabajo le habrá agregando además valor, que se mide en dinero y será registrado en las cuentas nacionales. Ese fue el gran descubrimiento de la economía clásica que, al decir de Marx, cambió el curso del pensamiento humano.
    Del mismo modo, pero a la inversa, si la educación pagada se hace gratuita, deja de ser una mercancía y vuelve a ser sólo educación”.

    Es así como comienza el ultimo articulo de Manuel Riesco (economista del PC chileno). Me gustaría polemizar un poco sobre esto, ya que desde mi óptica no por que la educación sea gratuita y subvencionada por el estado o por un privado esta deja de ser mercancía, pues la burguesía usa el producto de esa educación, y el estado de la burguesía paga por la calificación de la mano de obra con dinero de los impuestos cobrados a la burguesía.

    dígame profesor cual es su opinión?

    Aquí le dejo el link, el articulo es corto y el contexto es el programa de la nueva presidenta de Chile, en el cual se consagra la gratuidad de la educación a el 70% de los chilenos por lo menos a fines de su mandato, y la discusión es sobre los conceptos de “educación como derecho social” y mercantilizacion de la educación. A juicio de la izquierda, y del PC hoy en el gobierno, el traspaso hacia el estado de la educación terminaría con la educación como mercancía.

    http://economia.manuelriesco.cl/2014/03/gratuidad.html

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    Manuel Parra

    18/03/2014 at 21:57

  5. Hola rolo, no encontré donde preguntarle esto.

    El trabajo del ama de casa, que no esta reconocido en casi ningún país del mundo, como es interpretado dentro del marxismo, son tal vez la mayor industria con la mayor cantidad de empleados que no reciben salario por trabajo como amas de casa.

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    cecilia

    06/12/2015 at 19:43

  6. ¿El docente estatal genera plusvalía? ¿No es acaso parte del aparato del estado? El docente privado tiene un patrón ¿y el estatal? Esto explicaría aquello de la defensa de la educación pública…..en el marco del sistema capitalista, que en definitiva sería defender al estado burgués ¿puede ser?

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    Sergio

    16/06/2016 at 15:04


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