Rolando Astarita [Blog]

Marxismo & Economía

FIT, Marx y los impuestos indirectos

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En los últimos días Jorge Altamira, principal candidato del FIT, planteó que el Frente levanta como consigna reivindicativa la eliminación del IVA (impuesto al valor agregado), por considerarlo una forma de elevar los salarios. El IVA sería reemplazado por impuestos directos a las plusvalías. Altamira sostuvo que la abolición de los impuestos indirectos es una demanda “natural” de un socialista. Sin embargo, no encontré hasta el momento ninguna fundamentación teórica -tratándose del FIT, se supone que debería basarse en la teoría del valor y de la plusvalía- del porqué de esta demanda. Pero las reivindicaciones que se formulan desde las organizaciones marxistas tiene que sustentarse en un análisis de las relaciones sociales subyacentes. En este respecto, tengamos en cuenta que el “buen sentido común” no siempre es un buen consejero. Por ejemplo, así como desde “lo inmediatamente evidente” parece natural elevar los salarios eliminando el IVA, también se podría sostener que los salarios (también las pensiones y seguros de desempleo, etc.) se pueden aumentar elevándolos directamente el 21% (=IVA); con lo cual se lograría, además, que los que viven de las plusvalías sigan pagando el impuesto. En términos de “sentido común”, la segunda parece una mejor opción. Pero por este camino, la discusión amenaza estancarse en el enfrentamiento entre dos “sentidos comunes”. Para evitarlo, es necesario un análisis de los impuestos basado en la teoría del valor. El punto que vamos a sostener en esta nota es que el valor de la fuerza de trabajo no depende de la estructura impositiva. Esta cuestión conecta con el hecho de que, en la teoría de Marx, así como en la de Ricardo, los salarios están dados, de manera que las ganancias son un “resto”, del que se pagan todos los impuestos.

Antes de abordar de lleno el tema, hacemos una observación de método: en lo que sigue vamos a demostrar que -a diferencia de lo que piensa Altamira- Marx jamás pensó que el camino para elevar los salarios pasaba por la eliminación de los impuestos indirectos. Pero nuestro propósito no es imponer un argumento de autoridad, sino mostrar la coherencia interna de la teoría de Marx, y la lógica de una postura. En otras palabras, hay que pesar las razones de un lado y del otro por sí mismas, y no partir del prejuicio de que Marx “debe” tener razón.

Salarios e impuestos en Ricardo y Marx

Para entender la cuestión, tenemos que comenzar entonces por lo básico. Lo que adelantamos en la introducción es lo que planteó Kaldor, cuando explicó los fundamentos de la perspectiva ricardiana sobre los impuestos. Kaldor sostuvo que, si como hace Ricardo (y Marx), se parte de que los salarios están “dados”, los beneficios del capital se conciben, lógicamente, como un “residuo”, un excedente por sobre el valor del salario. Por eso, en esta concepción, todos los impuestos recaen finalmente sobre las utilidades y por lo tanto reducen la tasa de acumulación (Kaldor, 1973). Es por esta razón que Ricardo insiste en que los impuestos son pagados, en definitiva, por las utilidades. Afirma que incluso los tributos que formalmente se imponen a los salarios son pagados, en última instancia, por los beneficios:

“Un impuesto sobre salarios es, en definitiva, una tributación sobre las utilidades; un impuesto sobre los artículos necesarios es, en parte, un impuesto sobre las utilidades y en parte un impuesto sobre los consumidores ricos” (Ricardo, 1985, p. 162). Por eso también, en la medida en que la ganancia determina la acumulación, los impuestos tienen un efecto negativo sobre esta última: “No existe impuesto alguno que no tenga tendencia a disminuir el poder de la acumulación” (ibid. p. 115). Es importante destacar que Ricardo no se deja engañar por las apariencias de superficie. Como siempre, va a la vinculación interna de los fenómenos. A pesar de que formalmente los impuestos indirectos son pagados por los trabajadores, en esencia la tributación siempre se carga sobre las ganancias, ya que los impuestos elevan el salario.

En cuanto a Marx, si bien no desarrolló la cuestión de los impuestos, adopta un enfoque similar al de Ricardo en cuanto a qué clase es la que paga, en última instancia. En Teorías de la plusvalía cita a Ricardo cuando éste sostiene que un impuesto sobre el trigo, por ejemplo, eleva el salario del trabajo y disminuye las ganancias del capital, y que por consiguiente todo impuesto sobre una mercancía consumida por el trabajador “tiene tendencia a reducir la tasa de ganancias”. Marx agrega que esto rige “no sólo para los artículos de primera necesidad que consumen los obreros”, sino para todos los materiales industriales que consume el capitalista, y concluye que “todo impuesto de esta clase reduce la tasa de ganancia” (Marx, 1975, t. 2, p. 330).

Pero… ¿no choca esto con el sentido común? Si se reducen los impuestos indirectos, ¿no es “evidente” que los trabajadores deberán pagar menos por los productos que consumen, y subirá entonces su poder de compra? La respuesta a esta objeción pasa por comprender que cuando Marx está hablando de los salarios –esto es, del valor de la fuerza de trabajo– no se refiere a sus variaciones más o menos momentáneas, sino a cómo se establecen en el promedio de algunos años. Éste es el sentido que tiene en Marx la idea de que los salarios están “dados”. Con esto quiere decir que los salarios están determinados, para cierta coyuntura histórica, por el valor de los medios de consumo, por el desarrollo de las fuerzas productivas, y también por las relaciones de fuerza entre las grandes clases sociales. Son estos factores los que determinan entonces el valor de la fuerza de trabajo. Dado ese valor de la fuerza de trabajo, la estructura impositiva (esto es, la proporción de impuestos directos o indirectos) es sólo un método para cobrar impuestos. Por este motivo, si se modifican los impuestos, en un primer momento puede haber alguna variación de los salarios reales, pero en el mediando plazo éstos volverán al nivel que esté determinado por las condiciones que hemos señalado. Esta perspectiva está claramente explicitada por Marx en un trabajo anterior al Manifiesto Comunista: “Si todos los impuestos que caen sobre los trabajadores fueran abolidos de raíz, la consecuencia necesaria sería la reducción de los salarios por el monto total de impuestos que van a ellos. En ese caso o bien el beneficio del empleador subiría como consecuencia directa en la misma cantidad, o bien no habría tenido lugar más que una alteración en la forma de cobrar impuestos. En lugar del sistema actual, en el cual el capitalista también adelanta, como parte de los salarios, los impuestos que el trabajador tiene que pagar, él [el capitalista] ya no pagaría por esta vía indirecta, sino directamente al Estado” (Marx, 1847).

Theret y Wieviorka comentan sobre este texto: “Está claro que para Marx son precisamente los capitalistas quienes pagan los impuestos, aun cuando éstos parecen afectar los salarios obreros. La burguesía es la que se interesa vitalmente en la repartición y el empleo de las deducciones” (Theret y Wieviorka, 1980, p. 81). Enfrentando las ilusiones de los que apuestan a los cambios impositivos, Marx agrega al pasaje anterior: “Si en Norteamérica los salarios son más altos que en Europa, esto de ninguna manera es consecuencia de que allí los impuestos sean más bajos. Es la consecuencia de la situación territorial, comercial e industrial allí” (Marx, 1847).

Subrayamos, Marx admitía que transitoriamente el cambio de impuestos pudiera modificar los salarios. Éste es el punto de verdad que tiene la ilusión del cambio impositivo. Pero esto no cambia la determinación “estructural”. La posición de Marx se puede apreciar no sólo en el anterior texto, sino también en su discurso de 1848 sobre el libre comercio. Recordemos que los librecambistas sostenían que el impuesto a las importaciones del trigo era en realidad un impuesto sobre los salarios, de manera que los trabajadores deberían tener un interés directo en su abolición. En respuesta, Marx sostiene que la eliminación del impuesto no modificaba sustancialmente el salario, ya que si se reducía el precio del pan, debido al cambio del impuesto, bajaría el salario. En este respecto el análisis debe tener en cuenta que las leyes del salario obedecen a las condiciones de fondo, y para eso hay que tomar en cuenta todo un período de tiempo:

“Como una cuestión de principios en la economía política, los números de un solo año nunca deben ser tomados como la base para formular las leyes generales. Uno siempre debe tomar el período promedio de seis o siete años, un período durante el cual la industria moderna pasa a través de varias fases de prosperidad, sobreproducción, estancamiento, crisis, y completa su ciclo inevitable” (Marx, 1848). Y agrega que si bajan los precios de los bienes de subsistencia, la competencia entre los trabajadores lleva el salario rápidamente a un nivel acorde con la reproducción de la fuerza de trabajo.

En algunas discusiones que he mantenido sobre este tema se me ha dicho que en su obra madura Marx no sostuvo la idea de que los impuestos se pagan siempre de la plusvalía. Al margen de que esta postura no encajaría con el conjunto de su enfoque teórico, y que además Marx no trató explícitamente los impuestos, es de notar que sin embargo, cada vez que se refirió al tema lo hizo en el mismo sentido que hemos explicado. Por ejemplo, en Teorías de la Plusvalía Marx cita a Ricardo: “un impuesto sobre el trigo… modifica la tasa de ganancia del capital… Todo lo que eleve el salario del trabajo disminuye las ganancias del capital; por consiguiente todo impuesto sobre una mercancía consumida por el trabajador tiene tendencia a reducir la tasa de ganancia”. Luego sigue Marx: “Los impuestos sobre los consumidores son al mismo tiempo impuestos sobre los productores, en la medida en que el objeto gravado integra no sólo el consumo individual, sino también el industrial, o sólo este último. Pero ello no rige sólo para los artículos de primera necesidad que consumen los obreros. Rige para todos los materiales industriales que consume el capitalista” (1975, t. II, p. 330). Aquí Marx está diciendo que no es lo que parece, porque cuando aumenta el impuesto sobre los bienes que consume el obrero, aumentan los costos para el capitalista. ¿Por qué? Pues porque el capitalista debe pagar el valor de la fuerza de trabajo  que está “dado”, determinado por las condiciones histórico sociales de la coyuntura. Es por esta razón que Marx (y Ricardo) dicen que el impuesto, sea directo o indirecto, afecta las ganancias.

También en Teorías de la plusvalía Marx critica a Senior porque éste pensaba que el Estado se mantenía con lo que el capital invertía en su reproducción. Marx rechaza esta idea y explica que el impuesto surge de la “renta” del capital, esto es, de la plusvalía. Precisa que esta renta no se invierte por anticipado (como sí sucede con el capital variable), sino es un resultado del proceso de producción capitalista. Y refiriéndose a los impuestos que entran en los gastos de ciertas ramas de producción, añade (contra lo que parece), que Senior “debería saber que esa no es más que una forma de cobrar impuestos sobre la renta” (1975, t. I, p. 246).

Por otra parte, en las instrucciones que da a los delegados de la Asociación Internacional de los Trabajadores, plantea que “ninguna modificación de la forma de tasación puede producir un cambio importante en las relaciones entre el capital y el trabajo” (Marx, 1866; agradezco a un lector del blog haberme enviado este pasaje). La referencia es relevante porque además de sintetizar la idea que venimos explicando, se trata de instrucciones que atañen a la acción concreta del movimiento obrero. A partir de esa posición, Marx agrega que, puestos a elegir, los trabajadores prefieren los impuestos directos, porque los  indirectos “aumentan los precios de las mercancías” y ocultan lo que se está pagando al Estado. Esta última parece ser una razón de más peso, ya que el nivel general de precios no puede ser afectado por los impuestos (en tanto éstos son parte del valor agregado por el trabajo humano). Lo significativo, de todas formas, es que Marx desalienta falsas ilusiones. Contra la creencia de sectores del movimiento obrero (por ejemplo, los partidarios de Lasalle) sobre las virtudes “distributivas” de un cambio en la estructura impositiva, pone en primer término la advertencia de que no habrá cambios por esa vía. Esto es planteado en una organización que, hasta cierto punto, funcionaba como “frente unido” de muchas corrientes y tendencias.

 Un ejemplo teórico

Veamos ahora con un ejemplo la situación que se figura Marx, esto es, que se suplanten los impuestos indirectos por los directos, pero en un contexto de inflación; esto es, más adaptado a lo que sucede en la actualidad.

Suponemos una economía en la cual, a nivel global de la sociedad, el valor agregado (= capital variable + plusvalía) es de $100; estos $100 representan 20 horas de trabajo socialmente necesario; o sea, una hora de trabajo se expresa en $5 (a su vez el $ está relacionado con un equivalente general, sea oro o dólar). Suponemos también que el valor de la fuerza de trabajo es $50 (= 10 horas de trabajo); este valor está determinado según las condiciones sociales e históricas del país, en un momento determinado. Suponemos que por impuestos la burguesía recauda $20 (= 4 horas de trabajo). Los impuestos son indirectos. Los trabajadores reciben un ingreso de $70. Al comprar los medios de subsistencia entregan los $70 a los capitalistas que venden los medios de subsistencia; quienes a su vez pagan al Estado $20 por los impuestos al consumo.

Tenemos entonces: $50 capital variable (10 hs); aunque reciben $70 por vender su fuerza de trabajo + $20 impuestos (4 hs) + $30 ganancia empresarias (6 hs) = $100

A través del ejemplo queda claro que la plusvalía es $50 (= 10 horas de trabajo), que se divide entre ganancia empresaria e impuestos; a pesar de que los trabajadores reciben $70, el precio de la fuerza de trabajo es $50.

Suponemos ahora que se modifican los impuestos; en lugar de impuestos indirectos se establecen impuestos directos. Suponemos que, debido a la resistencia de los trabajadores, los salarios no pueden bajar nominalmente. Dado que el valor de la fuerza de trabajo se establece en términos reales, los capitalistas toman el aumento de los impuestos directos como un “costo” y lo descargan en los precios. Esto lleva a una inflación de precios; la moneda se desvaloriza. Ahora una hora de trabajo se expresa en $7 y los precios de los bienes suben un 40%. Los trabajadores siguen recibiendo $70, pero ahora este dinero es el precio de la fuerza de trabajo (antes el precio era $50). El valor agregado se expresa en $140. Los capitalistas reciben por la venta de la producción $70 que representa la plusvalía; de los cuales $42 son ganancia empresaria y $28 son impuestos.

Tenemos: $70 capital variable (10 hs) + $28 impuestos (4 hs) + $42 ganancias empresarias (6 hs; aunque reciben $70 como ganancias brutas) = $140

En términos de valor nada se ha modificado. La tasa de explotación sigue siendo del 100%. La diferencia es que ahora los impuestos aparecen más claramente como una parte de la plusvalía. La idea fundamental que se desprende del ejemplo es que si bien cuando paga impuestos el trabajador recibe $70, el valor de la fuerza de trabajo es $50, ya que $20 el trabajador los recibe con vistas a pagar el impuesto contenido en las mercancías que compra.

Dicho de otra manera, los impuestos que caen sobre determinados artículos constituyen parte de sus costos de producción, como se encarga de explicar Marx a Senior. Los capitalistas agregan al “costo natural” de producción (en el caso del salario, a la suma que equivale al valor de la fuerza de trabajo), lo correspondiente al impuesto; lo que implica que disminuye la ganancia que se apropia  directamente el capitalista. Por eso, agrega Marx, se trata sólo de una técnica impositiva. Por supuesto, el cambio de la técnica impositiva puede alterar las cosas durante un corto tiempo, pero no modificará el valor de la fuerza de trabajo, que seguirá estando determinada por los factores sociales, históricos, políticos, etcétera. El caso teórico también ilustra acerca del argumento “de sentido común” que presentamos al comienzo: si los salarios se pueden elevar tranquilamente eliminando el IVA, ¿por qué no pedir directamente un aumento de salarios del 21%? Insisto, los capitalistas seguirían pagando así el impuesto indirecto.

Un paralelismo con el régimen monetario

La ilusión de que con reformas en la técnica impositiva se puede lograr una suba del salario real tiene equivale a pensar que también con cambios en el régimen monetario los trabajadores podrían mejorar su salario. Una idea que también tiene cierto asidero en las apariencias de superficie. Por ejemplo, en los años 1980 y principios de la década de 1990 en Argentina los salarios reales eran permanentemente erosionados por la inflación, y cualquier suba de los salarios nominales casi automáticamente era superada por la suba desenfrenada de los precios, y la depreciación de la moneda. De ahí que muchos economistas de la burguesía dijeran que la mejor manera de mejorar los salarios era frenando la inflación. Éste fue entonces un argumento importante para legitimar el plan de Convertibilidad que impuso el gobierno de Menem, a partir de 1991. El resultado fue que la inflación cesó, pero los salarios reales no se recuperaron. El valor de la fuerza de trabajo no dependía entonces del régimen monetario, aunque era un hecho que la suba de precios había servido para bajar los salarios. Luego, a lo largo de esa década los salarios se mantuvieron bajos, y a partir de 1998 empezó a producirse una caída real de los ingresos de los trabajadores a partir de bajas nominales de los salarios, en el marco de una recesión importante. Ante esta situación un sector del movimiento sindical argumentó que la culpa de los bajos salarios era la Convertibilidad, y abogó por la devaluación de la moneda. Cuando ésta finalmente se produjo, los salarios volvieron a bajar, esta vez por la inflación. De la misma manera que el valor de la fuerza de trabajo no depende entonces del régimen monetario, debería entenderse que tampoco depende de la técnica con que se cobran los impuestos.

Gastos sociales del Estado

Lo que hemos presentado es el tratamiento de Marx al tema de los impuestos, con independencia de en qué gaste el Estado esos impuestos. Esto se debe a que Marx no aborda (por lo menos hasta donde alcanza nuestro conocimiento) la cuestión de qué significan los gastos estatales que pueden volcarse a la reproducción del valor de la fuerza de trabajo. Sobre este último aspecto desde hace tiempo pensamos que tienen razón los marxistas que han planteado que estos gastos deben considerarse como parte del valor de la fuerza de trabajo; esto es, no serían plusvalía.

Por ejemplo, si los $20 que los obreros del ejemplo pagan en impuestos, se invierten en educación y salud, ahora son parte del valor de su fuerza de trabajo. Si los capitalistas les entregaran $70 para que dedicaran $20 a salud y educación, la cosa se vería clara. Pero los capitalistas “socializan” ese gasto, porque les abarata –y seguramente mejora– el costo de reproducción de la fuerza de trabajo; O’ Connor, y luego Theret y Wieviorka subrayaron esta cuestión. De todas maneras el análisis de qué hacen los capitalistas con los impuestos es posterior a la discusión sobre si la estructura impositiva entra en la determinación del valor de la fuerza de trabajo.

Consecuencias para la estrategia política

El debate sobre la naturaleza de los impuestos y su relación con el valor de la fuerza de trabajo tiene importancia para las tácticas políticas y los programas de lucha del movimiento obrero. A lo largo de la historia ha habido innumerables programas reformistas, que alentaron ilusiones falsas que desembocan en frustraciones y fracasos. La reivindicación de acabar con los impuestos indirectos es una de esas banderas falsas, que muchas veces incluso es levantada por fuerzas de la derecha, con el falso pretexto de redistribuir los ingresos a favor de los trabajadores.

Lo que hemos presentado permite entender por qué Marx no apoyó el reclamo de Lasalle por acabar los impuestos indirectos; también explica por qué sostuvo que, contra lo que afirmaban los librecambistas, la abolición de las leyes sobre los cereales en Inglaterra no mejoraría los salarios; y por qué no planteó como reivindicación inmediata, a lograr por el movimiento obrero, la lucha para cambiar la estructura impositiva. Precisemos que los impuestos progresivos sobre el capital sí fueron contemplados como partes integrantes de un programa a ser aplicado por un futuro gobierno revolucionario en El Manifiesto Comunista. Pero esa medida impositiva se articulaba con otras medidas tales como la abolición de los derechos de herencia, abolición de la propiedad de la tierra, centralización del crédito por el Estado y otras acciones igualmente radicales.

Nuestro argumento se basa en la vieja idea de Ricardo y Marx, de que en tanto los salarios están dados, los impuestos siempre recaen, cualquiera sea la forma de recaudarlos, sobre el excedente. Esto implica que la lucha de clases por la distribución del ingreso opera a nivel de las relaciones directas entre el capital y el trabajo, y más precisamente, en el espacio en el que ocurre la explotación del trabajo. Este enfoque no sólo se opone a la tesis de la “explotación impositiva de la clase obrera”, que sostuvo O’Connor (1973), sino también a los planteos reformistas que alientan esperanzas utópicas en la posibilidad de alcanzar una distribución duradera del ingreso nacional vía los cambios impositivos. Estos programas necesitan “sobrepolitizar” la cuestión impositiva, porque la desvinculan del análisis de clase y de las relaciones de explotación que subyacen a la distribución del ingreso. Es interesante observar, además, que la experiencia de los países adelantados no avala la tesis reformista. Eatwell y Robinson señalan: “Los sistemas impositivos en vigor durante muchas décadas en países como el Reino Unido que, sobre el papel, parecen extremadamente progresivos, no han tenido más que un ligero efecto sobre las desigualdades de la propiedad de la riqueza, que es la fuente principal, directa o indirectamente, de las desigualdades de los ingresos” (Robinson y Eatwell, 1992, p. 24). Los autores constataban que en Gran Bretaña la parte de los ingresos totales que correspondían a la mitad de la población que tenía ingresos más bajos, no había aumentado entre 1938-1939 y 1966-1967. En el período de mayor esplendor del keynesianismo, dos de los más destacados economistas de Cambridge admitían que los sistemas tributarios “progresistas” habían modificado muy poco la distribución del ingreso en beneficio de las clases trabajadoras. En el mismo sentido, y con relación a los Estados Unidos, también se reconocía que “el impuesto a los réditos personales casi no ha mellado la estructura de [la] concentración masiva de riqueza, no obstante la apariencia de tasas progresivas” (J. G. Gurley, citado por O’ Connor p. 287). Estos resultados son congruentes con la tesis marxista sobre la determinación del valor de la fuerza de trabajo. De todo esto se desprende la importante conclusión de tipo político, de establecer la centralidad –en los programas y estrategias del movimiento obrero y socialista– de la lucha de clases por la distribución del ingreso, y en particular por la determinación del valor de la fuerza de trabajo.

Bibliografía:

Kaldor, N. (1973): “Teorías alternativas acerca de la distribución”, en O. Braun (ed.), Teoría del capital y la distribución, Buenos Aires, Tiempo Contemporáneo, pp. 77-117.
Marx, K. (1847): “Moralising Criticism and Critical Morality”, en www.marxists.org/archive/marx/works/1847/10/31/htm.
Marx, K (1848): “On the Question of Free Trade”, en www.marxists.org/archive/marx/works/1848/01/09ft.htm.
Marx, K (1866): “Instructions for the Delegates of the Provisional General Council. The Different Questions”, en http://www.marxists.org/history/international.htm07.
Marx, K. (1975): Teorías de la plusvalía, Buenos Aires, Cartago.
O’Connor, J. (1973): Estado y capitalismo en la sociedad norteamericana, Buenos Aires, Ediciones Periferia.
Ricardo, D. (1985): Principios de economía política y tributación, México, FCE.
Robinson, J. y J. Eatwell (1992): Introducción a la economía moderna, México, FCE.
Theret, B. y Wieviorka, M. (1980): Crítica de la teoría del capitalismo monopolista de Estado México, Terra Nova.


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FIT Marx y los impuestos indirectos

Written by rolandoastarita

18/08/2011 a 15:08

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40 comentarios

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  1. Profesor ¿Esta posición de Marx también la podríamos considerar como una desmitificación de la opinión propia del sentido comun que considera que el Estado vive de los impuestos del “pueblo”? De acuerdo a lo expuesto ¿Marx no dejaría lugar a dudas de que el Estado se mantiene con los impuestos de los capitalistas?
    Saludos

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    dani

    18/08/2011 at 19:30

    • Efectivamente, para Marx (también Ricardo) los impuestos son parte de la plusvalía.

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      rolandoastarita

      18/08/2011 at 23:23

  2. Profesor
    ¿Cual es su opinion respecto a aumentar el impuesto a la ganacia o restiruirlo a la tasa anterior al gobierno de menem, que entre otros sostiene la cta?
    y que opina sobre si la economia Argentina se cierra devido a la crsis la beneficiaria ese proteccionismo

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    Alicia

    18/08/2011 at 23:42

    • La cuestión sobre si es necesario o no aumentar determinados impuestos se relaciona con la forma en que se distribuyen los gastos estatales al interior de la clase gobernante. Por lo general la clase dominante exige que estos impuestos se distribuyan de manera equitativa entre todas las fracciones. Por supuesto, esto da lugar a muchas fricciones. Por ejemplo, en Argentina no paga impuestos a las ganancias alguien que se enriquece especulando con la propiedad inmobiliaria (supongamos, comprando y vendiendo tierras fiscales, a las que accede merced a negociados), pero sí paga impuestos a las ganancias un industrial. Estas cuestiones generan tensiones, protestas, etc. También desde un punto de vista general se puede decir que sería progresivo un impuesto a la renta de la tierra, que en Argentina no existe. De todas maneras, subrayo, estas cuestiones afectan solo a la distribución de las cargas al interior de la clase dominante. Pienso que los socialistas no tienen por qué meterse en esta cuestión. La exigencia es por mejor salario social (educación, salud, seguridad social, etc.), entendiendo que esto mejora la participación de los trabajadores en el ingreso (y, por supuesto, no elimina la explotación del trabajo).
      Con respecto al proteccionismo, durante las crisis aumentan las tensiones y medidas proteccionistas en casi todos lados. De todas maneras, dos observaciones. En primer lugar, el proteccionismo durante esta crisis ni remotamente alcanzó los niveles de los años 30. Puedo interpretar que esto se debe a un mayor grado de internacionalización del capital. En segundo término, nunca el proteccionismo es solución a los problemas que derivan de las crisis. Argentina toma medidas proteccionistas contra Brasil, y Brasil responde con medidas proteccionistas contra Argentina, etc. El resultado es que aumentan los resentimientos nacionales, la xenofobia, y los trabajadores se alinean por nacionalidades, detrás de sus respectivas clases dominantes. En los 30 el proteccionismo generalizado contribuyó en buena medida a que se generaran las condiciones que llevaron a la guerra.

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      rolandoastarita

      19/08/2011 at 08:26

    • Rolo, ¿tu posición al respecto es contraria a determinar qué impuestos específicos debieran aumentarse, o también es extensiva a desentendernos de la exigencia general de un aumento de impuestos a la clase dominante (sin considerar sobre cuáles fracciones recaería), enfatizando en lugar de ello la lucha por mejor salario social? Pregunto porque en Chile a raíz de un aumento significativo de las luchas reivindicativas en los últimos años (estudiantiles, regionales, etc.) se puso sobre el debate (desde ciertos partidos burgueses hasta organizaciones de izquierda) la necesidad de una reforma tributaria para aumentar los fondos públicos destinados a educación, salud, etc. Ésta acaba de aprobarse y muchos desde la izquierda (y ciertas figuras de la oposición burguesa) la crítican por tratarse de una reforma mezquina, insuficiente, etc. La pregunta es, entonces, ¿Debiera a los trabajadores, estudiantes, etc. importarnos el problema del financiamiento de los burgueses a su Estado…en vistas a que eventualmente eso podría contribuir al salario social?

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      Ignacio

      04/09/2012 at 23:47

    • Mi posición es que los socialistas no deben involucrarse en la cuestión de las fuentes de financiamiento del Estado. Se trata de un problema “interno” a la clase dominante. Para explicarlo con un ejemplo paralelo, cuando los trabajadores de una empresa, o de una industria, piden aumento salarial, no discuten con la patronal cómo va a financiarlo. Se trata de una lucha por aumentar la participación en el valor agregado (por el trabajo). Algo similar debería ocurrir cuando se trata del Estado. La dificultad para adoptar este criterio con respecto al Estado reside en que, de alguna manera, se sigue pensando que el Estado “es de todos”. Por ese motivo la actitud de muchos socialistas frente al Estado burgués y su presupuesto es de colaboración; se presentan como “estadistas” progresistas (a propósito, Lenin decía que los revolucionarios no debían razonar como estadistas). En el extremo, terminan incorporándose como altos funcionarios del Estado, esto es, terminan colaborando con la clase capitalista.
      En los viejos partidos socialistas, cuando todavía se hacía sentir la influencia de Engels, era tradición que sus diputados jamás votaban el presupuesto en el Parlamento. De esta manera se subrayaba la idea de que no se colaboraba con la clase enemiga. Esto hoy se ha perdido casi por completo. La idea que predomina, y difunden los socialdemócratas e izquierdistas “progres” es que los trabajadores, deben colaborar con el Estado. La actitud debiera ser otra: si se trata del salario social (por ejemplo, educación o salud gratuita), se formulan las exigencias, sin entrar a considerar de dónde o cómo la burguesía financia la demanda. Esto último dependerá de muchas circunstancias, que son internas a la clase dominante, y sobre las cuales, por otra parte, los trabajadores no tienen por qué influir. Naturalmente, estas cuestiones generan tensiones entre las fracciones burguesas, y sus expresiones políticas. Pero no tiene sentido que los socialistas apoyen a una contra otra. Siempre, lo esencial es mantener una independencia ideológica y política con respecto a estos alineamientos, que inevitablemente ocurren en la burguesía.

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      rolandoastarita

      05/09/2012 at 09:21

  3. Rolando, al final de artículo decís “De todo esto se desprende la importante conclusión de tipo político, de establecer la centralidad –en los programas y estrategias del movimiento obrero y socialista– de la lucha de clases por la distribución del ingreso, y en particular por la determinación del valor de la fuerza de trabajo.” ¿Cuáles serían entonces las reivindicaciones por las que hay que luchar? ¿Por el salario? ¿Otras?

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    Juan

    19/08/2011 at 01:26

    • Sí, planteo que es central luchar por el salario y las reivindicaciones laborales “mínimas”, porque afectan al valor de la fuerza de trabajo. Diríamos que es el componente político que entra en la determinación del valor de la fuerza de trabajo. Esto hay que hacerlo sin generar falsas ilusiones. Alguna vez Marx decía que hay que aprender a luchar sin ilusiones. Tu pregunta me sugiere que sería conveniente escribir una nota acerca de estas cuestiones. En particular, estoy muy de acuerdo con lo que plantea Marx en “Salario, precio y ganancia”. Ahí vas a encontrar un enfoque sobre la lucha salarial que se ha perdido en la izquierda.

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      rolandoastarita

      19/08/2011 at 08:14

  4. que hay de los otros puntos del FIT
    1. Un salario mínimo igual al costo de la canasta familiar – 5.000 pesos.

    2. El establecimiento inmediato del 82% móvil y las retroactividades correspondientes.

    3. Por el reparto de las horas de trabajo disponibles entre el conjunto de los trabajadores y la formación profesional a cargo de las patronales, para poner fin a la desocupación.

    4. Fin de la tercerización, ingreso a planta permanente, vigencia del convenio más favorable en todas las empresas.
    5. No pago de la deuda externa.

    6. Nacionalización, sin indemnización, de los bancos, el petróleo, la minería, las telecomunicaciones y el comercio exterior agrario.

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    Alicia

    19/08/2011 at 19:11

    • No estoy de acuerdo con este tipo de programas transicionales. Los he explicado en “Crítica del Programa de Transición”; también se puede consultar la nota en el blog sobre Engels y las consignas. Así como está formulado, además, induce a ilusiones. Por ejemplo, es imposible acabar con la desocupación ebajo este régimen social. El reparto de las horas de trabajo hasta acabar con la desocupación es una utopía en el modo de producción capitalista; esto hay que decirlo entonces. Por otro lado, la estatización en sí misma no es una medida progresiva. Que una empresa esté en manos del Estado capitalista, o de un capitalista privado, no hace diferencias para la clase trabajadora. Discuto esta cuestión en las notas sobre el estatismo burgués. Es por estas razones que ya he manifestado que no estoy de acuerdo con el programa del FIT (en la nota en la que explico por qué lo voto). Más en general, no soy trotskista.

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      rolandoastarita

      19/08/2011 at 23:41

  5. Rolo, es muy claro todo esto, lo has explicado muy bien. Solo unos comentarios.

    En el párrafo en el que comentas sobre el Anti-Duhring parece que falta alguna palabra, no se entiende bien.

    Por otra parte, cuando dices que «los impuestos que caen sobre determinados artículos no constituyen parte de sus costos de producción, como se encarga de explicar Marx a Senior», parece que el «no» sobra, y lo que debería decir es «los impuestos que caen sobre determinados artículos constituyen parte de sus costos de producción», ¿no?

    Aunque estoy 95% de acuerdo con lo que dices, a veces hay cuestiones impositivas como el «poll tax» que impuso la Thatcher que son medidas claramente antipopulares. El que a medio o largo plazo el valor de la fuerza de trabajo esté dado y por tanto los cambios en régimen tributario no cambien la distribución del ingreso entre las clases, no significa que a corto plazo estos temas no tengan alguna influencia en la distribución. Por ejemplo, muchos partidos conservadores que se oponen a los impuestos en general luego son abiertamente favorables a impuestos sobre el consumo, por ejemplo al tabaco (este ejemplo es interesante, porque siendo una substancia nociva para la salud que crecientemente solo es consumida por los asalariados, desde un punto de vista general de favorecer a estos es positivo algo que reduzca el consumo de este «bien», y yo creo que habría que apoyar claramente esos impuestos). El aumento del precio de servicios prestados por el Estado, por ejemplo transporte, es también una forma de «cargar impuestos sobre las clases populares». Además, dices que «si los $20 que los obreros del ejemplo pagan en impuestos, se invierten en educación y salud, ahora son parte del valor de su fuerza de trabajo». Pero, ¿y si se invirtieran en financiar cotos de caza para los ricos y pistolas, tanques y portaviones para el ejército y la policía?

    PT, en Michigan.

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    PT

    20/08/2011 at 14:19

    • Gracias Pepe por los comentarios. Volví a leer el pasaje del Anti-Dühring y me doy cuenta de que aporta más confusión que claridad, de manera que decidí eliminarlo. Los otros pasajes de Teorías... están claros, e ilustran bien la posición de Marx. También te asiste la razón en que estaba de más el “no”. Reescribí la frase, para destacar que el costo “natural” (para emplear una expresión de Marx) de la fuerza de trabajo está determinado por el valor de los medios de producción, y a esto se le agrega el costo por el recargo impositivo, que en realidad es plusvalía. Con respecto a que en el corto plazo las modificaciones de los impuestos generan cambios en la remuneración de la fuerza de trabajo, insisto en que estoy de acuerdo. Si se eliminara el IVA tal vez por algunas semanas habría alguna mejora de los salarios en términos reales. Pero si la clase obrera no logra modificar el valor de la fuerza de trabajo (lo cual tiene que ver con cambios de fondo en la relación entre las clases, además de los factores económicos), los salarios reales no tardan en volver a su nivel inicial. Lo grave de estas cuestiones es que si se plantean mal los objetivos de las luchas, se termina en frustraciones, y esto genera desánimo y desmoralización.

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      rolandoastarita

      20/08/2011 at 15:48

  6. Compañero Rolo. Aprovecho este espacio para agradecer sus comentarios y críticas sobre la nota recomendada. Ya le he enviado una respuesta que espero le aclare mi posición sobre la cuestión de las reformas, su relación con el programa máximo y el rol de las consignas transicionales. Su artículo sobre la cuestión de la eliminación del IVA a los productos que integran la canasta obrera, planteada por Altamira junto con la suspensión del impuesto inmobiliario a la vivienda única del trabajador, agrego, es correcto en cuanto a que, en primer lugar, por ser los impuestos directos e indirectos una punción sobre la plusvalía no son pagados por los obreros, por lo que, la ventaja transitoria en salario real devenida de tal medida no tardaría en ajustarse mediante la desvalorización nominal por medio de la inflación. Sin embargo, algo semejante, puede ocurrir y ocurre con los aumentos de salarios. Es sabido que los salarios van a la zaga de los aumentos de precios y que los aumentos que periódicamente se obtienen, con excepciones ligadas a la mayor combatividad autoorganizada de determinados segmentos obreros, responden a negociaciones entre burócratas y burgueses, bajo la mediación del estado que arbitra la compatibilidad de los ajustes salariales con una tasa de ganancia estable y la conservación de las variables del plan económico que sirve al mantenimiento del ciclo de negocios. Pedir un aumento de emergencia generalizado del 21% (por encima de la inflación) dificilmente sería realizable bajo la relación de fuerzas actual y mucho menos conservable en un marco económico donde los capitalistas vuelcan a precios el aumento de sus costos salariales para mantener inalterada la ganancia empresaria, es decir, donde los aumentos de salarios, sí son inflacionarios, obligando a una eterna lucha de Sísifo por subir la roca que siempre se despeña antes de alcanzar la cumbre. No por ello estamos autorizados a sostener que no hay que luchar por aumentos de salarios (sería, aparte de imbécil, suicida). El planteamento suscedáneo de bajar los precios de la canasta obrera, vía eliminación de impuestos, no puede rechazarse a priori, pero es más propio de burgueses y de pequeñoburgueses, que de la clase obrera, por que apunta a velar que los obreros mantienen a los capitalistas y su estado mediante la resignación forzosa de trabajo no remunerado y a fomentar la idea de que el estado capitalista (tal vez bajo la presión parlamentaria de una oposición obrera) puede obligar a los capitalistas a no volcar los aumentos de costos a precios. Tal vez el paso que sigue en boca del inefable Altamira (como vocero del Frente) sea ese control de precios, tan caro al reformismo burgués y tantas veces condenado al fracaso estrepitoso. Peor aún, todas estas medidas siembran confianza en el rol mediador del estado capitalista. Estos planteos que se inscriben en una larga ristra de antecedentes (hasta N.Kirchner prometía la reducción progresiva del IVA en su plataforma del 2004) de mal reformismo (es decir, contrario a la revolución) y no tienen nada de casual para un Frente político desgarrado por la contradicción entre endurecer el discurso y perder votos (y potenciales prebendas) o conservar los recientemente prestados, democráticos y ‘tuiteros’ que le permitieron salvarse del descenso tan temido.
    En cuanto a la posición de Marx y Engels sobre los impuestos pueden leerse una buena cantidad de pasajes en que se afirma taxativamente que son asunto de reparto burgués, pero también no pueden olvidarse las instrucciones a los delegados del Consejo Provisonal de la Primera Internacional, donde, si bien como primer punto se establece que los impuestos devienen de la plusvalía, se plantea que los socialistas se oponen a los impuestos indirectos, por que los capitalistas aplican el costo de la inversión y el crédito y fundamentalmente por que mixtifican las relaciones sociales. Si bien muchas veces se ha dicho que Marx tuvo que hacer concesiones ‘de forma’ a las otras corrientes existían en el movimiento obrero, habría que ver si se cumple en este caso. Esto reaparece en la crítica de Engels al Proyecto Socialdemócrata de 1891 contribuyendo a la ‘tradición’ de la que Altamira se dice ‘natural’ heredero’.

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    AP

    20/08/2011 at 22:12

  7. En el anterior post hice referencia a las instrucciones de 1966, lo que dice exactamente el texto es esto:’7. IMPUESTOS DIRECTOS E INDIRECTOS

    (a) No hay modificación de la forma de gravámenes impositivos que produzca cambios importantes en las relaciones entre el trabajo y el capital.

    (b) No obstante, de tener que elegir entre los dos sistemas de gravámenes impositivos, recomendamos la total abolición de los impuestos indirectos y su sustitución completa por los directos;

    Porque los impuestos indirectos hacen subir los precios de las mercancías, ya que los comerciantes añaden a dichos precios, tanto el importe de los impuestos indirectos como el interés y la ganancia sobre el capital desembolsado para pagarlos;

    Porque los impuestos indirectos ocultan ante cada individuo lo que éste paga al Estado, mientras que el directo no se encubre con nada, se cobra abiertamente y no puede engañar siquiera al menos listo. Por consiguiente, los impuestos directos impulsan a cada uno a controlar el Gobierno, mientras que los indirectos destruyen toda tendencia a la autogestión (self-government).

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    AP

    21/08/2011 at 09:08

    • Valoro muchísimo que me haya recordado esta recomendación de Marx a los delegados de la AIT, de 1866. Precisamente el eje de la nota es explicar por qué “ninguna modificación de la tasación puede producir un cambio importante en las relaciones entre el capital y el trabajo”. Después se puede plantear que, “puestos a elegir”, los socialistas podemos preferir los impuestos directos. Pero el problema central es el primero, explicar por qué la distribución entre valor de la fuerza de trabajo y plusvalía no puede modificarse con técnicas impositivas. Si pensamos que sí se pueden modificar, se justifica entonces lanzar campañas de agitación y movilización por este objetivo. Es decir, una determinada concepción tiene consecuencias para la táctica política que son inmediatas. Es en base al análisis teórico que Marx sostiene que la técnica impositiva no modifica en nada fundamental la tasa de explotación. Es por esta razón que Marx no apoyó nunca la campaña que pretendía lanzar Lasalle por suprimir los impuestos indirectos.
      Otro tema, acerca del programa de Erfurt, de 1891. Este programa fue muy criticado por Engels precisamente por su carácter oportunista. Oportunista porque el programa buscaba de convencer a los trabajadores y a la sociedad de que era posible transformar gradualmente el régimen capitalista mediante reformas, sin plantearse el problema de si esas reformas rebasan el sistema social. Por esto Engels hablaba del “autoengaño de quienes quieren transformar por vía legal semejante sistema en una sociedad comunista” (carta del 29 de junio de 1891 a Kautsky). Es sabido que en el programa definitivo se prestó poca atención a la crítica de Engels. El planteo de que la abolición de los impuestos indirectos es una demanda central, junto a un sistema de impuestos directos progresivos, está contenido en el programa de El Manifiesto Comunista. Pero éste es un programa a ser aplicado por la clase obrera una vez tomado el poder; en este programa las demandas no se formulan de manera aislada, sino están articuladas, y se impulsan unas a las otras. Como explicaban Marx y Engels, este tipo de programa tiene sentido si se aplica desde la conquista del poder político por la clase obrera.
      De nuevo, muchas gracias por el aporte de recordarnos las instrucciones. Voy a incorporarlo a la nota principal. Me alegra que los escritos se enriquezcan y corrijan con el aporte de mucha gente. Esto dicho sin negar que hay matices, diferencias o puntos de vista encontrados en muchos aspectos.

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      rolandoastarita

      21/08/2011 at 11:06

  8. Rolo: ha tomado gran repercusión un festejo con champagne entre Altamira y “Chiche” Helblung (un reconocido actor mediático cómplice de la dictadura) por el resultado obtenido por el FIT en las últimas elecciones. Me parece un acto de bajeza moral despreciable. Aún cuando se trate de un hecho individual que afecta principalmente a uno de los máximos dirigentes del PO, creo que lamentablemente toda la izquierda que se reclama “marxista” queda muy mal parada por este tema. Evidentemente, no tenemos soló graves problemas políticos e ideológicos por resolver sino también de valores éticos.
    Disculpame que me meta aquí y te cambie el tema de opinión sobre el artículo, pero me parece necesario que des tu opinión. Saludos

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    Omar

    21/08/2011 at 20:33

    • Sí, me enteré ayer y estuve viendo un poco el asunto, que tiene varias aristas. En principio no me parece que sea “un acto de bajeza moral” por parte de Altamira, sino un grave error político. Una “bajeza moral” es cometer algo así como una traición (por ejemplo, el dirigente que vende una huelga, etc.). No es éste el caso. Pero sí es un error político. Es que un brindis encierra el mensaje de que se comparten objetivos, deseos o esperanzas. En el propio acto de brindar está contenido este mensaje, al margen de la intención subjetiva de Altamira, que puede haber sido tener prensa. Este significado es un dato, es objetivo. Y se supone que un marxista no desea dar este mensaje; máxime cuando se trata de un dirigente público.
      En segundo término, aquí la ignorancia (“no sabía que el tal Chiche había hecho esto”) no es excusa ni argumento. Si un dirigente, en medio de una campaña pública, es invitado a un brindis, tiene la obligación de informarse y consultar (para eso está rodeado de gente que colabora en la campaña). Debe ser consciente de que está actuando en representación de muchos militantes y fuerzas que lo han puesto en ese lugar.
      En tercer lugar, y vinculado a lo anterior, hay que preguntarse cuál es el sentido que ha tenido esta promoción mediática de Altamira. El asunto del “milagro”, la invitación al brindis, etc., encajan en un discurso del tipo: “es conveniente que la izquierda esté presente en las elecciones”; “esta izquierda ayuda al equilibrio ecológico de la política argentina”; “esta izquierda aporta al debate”, etc. Expresiones de este tipo las escuché de Grondona, de un tal Petinato (no sé si está bien escrito), también de algunos peronistas. Este discurso acompañado de “consejos” (“si moderan el lenguaje van a tener más votos”, etc.) y “palmaditas en el hombro”. Con esto se busca quitar filo, hacer aparecer a la izquierda como “parte de la familia” (digamos, que el ala díscola, pero en última instancia integrable). No se puede entender la invitación a Altamira al brindis al margen de esto. La campaña por el “milagro” no fue tan ingenua como aparece. La “rispidez” de la denuncia de la ley electoral era amortiguada, y hasta cierto punto encauzada en los límites de lo mediáticamente aceptable. Por eso, si bien puede haber sido correcto no oponerse, no había que darle aire, y ser consciente del peligro de generar un mensaje conciliador. En consecuencia, pienso que el error político no deriva solo del hecho de que “Chiche” haya sido un activo defensor de los genocidas. Esto es parte del asunto, pero no lo agota. Por este motivo también en las tradiciones revolucionarias estas cuestiones se tenían en cuenta. Ya Babeuf se quejaba de la manera en que los revolucionarios aceptaban “abrazos y palmaditas” de los enemigos. No es por azar que cuando fue a discutir la paz de Brest con los alemanes, Trotsky dio por terminados los agasajos y comidas en común. Y así podría seguir. Por supuesto, todo esto sin perjuicio de que se intenten utilizar los espacios mediáticos para difundir una idea o programa. Pero para esto no hace falta ir a brindar con los enemigos. Entender la lógica con la que se mueve el enemigo es importante para resistir las presiones a las que somos sometidos.
      Por otra parte, estuve leyendo también los intercambios de cartas entre las organizaciones del FIT a raíz del asunto. En este respecto, lo único que puedo decir es que parece difícil que alguno retroceda. Tal vez lo importante sería entender que lo grave no es cometer un error, sino no reconocerlo. Ser candidato es una tarea muy difícil, se está sometido a muchas presiones, y no hay por qué asumir que alguien es infalible. Por el otro lado, hay que preguntarse también cuál es la manera de ayudar a superar errores y problemas. Posiblemente no sea el mejor camino salir rápidamente a hacer una polémica pública, como hizo el PTS. Si estamos en un frente, se pueden intentar antes otras instancias; por ejemplo, para que entre todos reconozcan que fue un error, y dar al mismo tiempo el apoyo al compañero que lo cometió. Creo recordar que por los 70s hubo un problema similar con Coral, que era el candidato público del PST. Según recuerdo (pero alguien tal vez me corrige) lo habían invitado a un brindis, y apareció públicamente compartiendo con los políticos burgueses. Esto provocó una reacción muy fuerte de la militancia del partido. Pues bien, se hizo una discusión interna, se corrigió el problema, y al compañero Coral no se lo “masacró”. No siempre se avanza saliendo “con los botines de punta” en forma pública. Lo cual no tiene por qué ser un impedimento para que se haga conocer la crítica de la militancia.
      Por último, veo que en algunos sitios hay intercambios de mensajes muy virulentos entre los militantes del PO y PTS. Me parece difícil que en un clima así se pueda superar la cuestión. No debería perderse de vista que, a pesar de las diferencias, somos compañeros.

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      rolandoastarita

      22/08/2011 at 12:14

  9. Compañero Rolo. Me complace que haya servido la referencia. Ahí va otra, de Engels en la Contribución a la crítica del problema de la vivienda, que arranca con el problema de la deuda del estado “¡«Las deudas del Estado»! La clase obrera sabe que no es ella quien las ha contraído, y cuando llegue al poder, dejará su pago a los que las contrajeron. !«Deudas privadas»! Véase el crédito. ¡«Impuestos»!. Estas son cosas que interesan mucho a la burguesía y muy poco a los obreros: a la larga lo que el obrero paga como impuestos entra en los gastos de producción de la fuerza de trabajo y debe, por tanto, ser restituido por los capitalistas. Todos estos puntos que se nos presentan como del mayor interés para la clase obrera no interesan esencialmente más que al burgués y sobre todo al pequeño burgués. Y nosotros afirmamos, a pesar de Proudhon, que no es misión de la clase obrera el velar por los intereses de estas clases.”
    De todos modos, y aunque tengamos solidaridad teórica y política sobre este punto, me interesa su opinión acerca de algunos aspectos menores. Tiene asidero actualmente, en un esquema de ‘crédito fiscal’ el argumento de Marx de que los capitalistas añaden la ganancia y el interés a lo que desembolsan en concepto de impuestos? Otro. Que papel desempeña en un país como Argentina, la ostensible evasión fiscal a través de los mecanismos de subfacturación y demás? Por último y esto si es importante. ¿Cuales son los ejes y consignas que usted considera fundamentales para estructurar un programa mínimo en un país como Argentina? Soy consciente de que tenemos diferencias y coincidencias y una amplia gama de grises entre ambas. No creo que ello sea ningún impedimento para seguir con la ardua tarea de precisarlas. Había pensado en enviarle algunos documentos programáticos, pero, después de cavilarlo, me parece mejor someter a la crítica algunas piezas de propaganda actual centradas en reivindicaciones mínimas. Si no le incomoda, podría enviárselas. No tiene más que autorizarlo. Le agradezco el elogioso comentario, Siempre me sentí feliz, entre la mucha gente que aportó y aporta para el desarrollo del pensamiento y la acción revolucionaria. No es una mordacidad.
    Un saludo revolucionario.

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    AP

    21/08/2011 at 22:30

    • Son muchas las cuestiones que plantea, y es imposible responderlas en el marco de un comentario. En el tema de la deuda pública, coincido con la posición de Engels. La idea de que los males del capitalismo se van a remediar suprimiendo las deudas (y el interés) es una tontería muy difundida en la izquierda. También la idea de que el capitalismo se va a derrumbar a partir de algún default generalizado de las deudas (lo cierto es que periódicamente se producen estos defaults, que no son más que implosiones masivas de los valores, a partir de las cuales se reestablece la acumulación). En cuanto a la afirmación de Marx, pienso que está en línea con su idea de que los impuestos y el interés forman parte de la plusvalía. La evasión fiscal se produce porque cada capitalista trata de destinar la menor cantidad posible de sus ingresos netos a solventar los gastos del Estado. La cuestión que de todas maneras me parece más importante de las que plantea, es sobre el programa mínimo. Por programa mínimo entiendo el programa que está conformado por las demandas que, en principio, son realizables dentro del régimen burgués. Aclaro que la noción la tomo de Lenin: “El programa mínimo es un programa que, por sus principios, es compatible con el capitalismo y no rebasa sus marcos” (“Observaciones para el artículo acerca del maximalismo”, diciembre de 1916). Así, por ejemplo, aumento de salarios o libertad sindical formarían parte de demandas de un programa mínimo. Un plan de obras públicas bajo control obrero hasta acabar con la desocupación, en cambio, es imposible de imponer en el capitalismo; es una demanda típica de un programa de transición al socialismo, lo cual significa que solo es aplicable si la clase obrera conquista el poder político. En la tradición de Marx, Engels y Lenin, se hacía hincapié en esta distinción. Entre otras consecuencias, es importante para la actitud ante el Estado. El reformismo socialdemócrata, a fines del siglo XIX, comenzó a borrar esta distinción, como puede advertirse en el programa de Erfurt, de 1891. Aunque con un objetivo distinto al reformista, el mismo problema advierto en el programa de Transición trotskista. Agrego que la idea (trotskista) de que por estar en una “época globalmente revolucionaria”, distinguir el programa mínimo del máximo equivale a una política no revolucionaria, es equivocada. Para verlo, basta recordar que en vísperas mismas de la toma del poder, en octubre de 1917, Lenin se oponía a la propuesta de Bujarin de eliminar el programa mínimo, para reemplazarlo por un programa transicional. Lenin decía que en tanto existiera el capitalismo, había que conservar el programa mínimo. Manteniendo esta idea, dirigió la toma del poder.

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      rolandoastarita

      22/08/2011 at 11:07

  10. Compañero Rolo. Sobre la vigencia del Programa mínimo, no quería citar, pero dado que el problema es importante y puede ser de interés para los lectores del blog, ahí va el siguiente pasaje programático:
    EL PROBLEMA DE LA LUCHA POR REFORMAS Y EL PROBLEMA DEL PODER.
    ‘La lucha de los trabajadores consta de dos grandes vertientes: Por un lado la pelea por obtener del capitalismo una serie de medidas que preserven a la clase trabajadora de la degradación más absoluta, de tipo económico, como el aumento de salario o por los puestos de trabajo, de tipo político, como la libertad de palabra, de reunión, el derecho al voto u otras libertades formales, donde estas no existan, o de corte social, como el derecho a la vivienda, la salud o la educación. Por otro, la lucha por destruir el estado burgués y expropiar política y económicamente a la burguesía, acabando, de ese modo, con la explotación asalariada. Lo primero se ha conocido como ‘Programa mínimo’, lo segundo, como ‘Programa máximo’.
    Partidos que terminaron traicionado a la clase trabajadora, como la Socialdemocracia, o los Partidos Comunistas estalinizados, secundados por muchos autotitulados trotskistas haciendo de comparsa, separaron artificiosamente ambos programas, relegando el programa máximo ‘a los días de fiesta’, es decir, convirtiéndolo en retórica decorativa.
    Al contrario, la obligación de un partido revolucionario es desarrollar la lucha por los objetivos mínimos, poniéndolos permanentemente en la perspectiva de la toma del poder, o sea, de la revolución. En circunstancias en que la posición de la clase dominante es estable y las masas populares soportan pasivamente bajo el yugo, la perspectiva del programa máximo adquiere el tinte de propaganda.
    Por el contrario, cuando la lucha de clases adquiere un alza revolucionaria, cuando el proletariado se levanta, protagoniza huelgas y manifestaciones combativas de masa, se autorganiza e insurrecciona frente al poder del capital, la pelea por reformas se coloca en consonancia directa con el problema del poder, el programa de lucha subsume la reforma en la revolución a través de un conjunto de propuestas ‘de acción’ cada vez más radicalizadas, es decir, una síntesis, en que programa mínimo y máximo se interpenetran, en que los objetivos transitorios de la clase obrera planteados al levantamiento , conducen las acciones de las masas hacia la revolución, elevan el riesgo político y ponen en el tapete la disputa por el poder total.
    Muchas organizaciones de izquierda han perdido la brújula a este respecto. No plantean al ‘programa transitorio’ como un substituto del programa mínimo en condiciones revolucionarias, sino del programa máximo. En aras de plantear un atajo a la revolución, agitan de modo perpetuo un ‘programa transicional’, que, en general, es puesto al servicio de consignas políticas ajenas al poder obrero, como la Asamblea Constituyente, el Gobierno obrero y popular, o el Gobierno de los trabajadores. El resultado es que, para autojustificarse, por un lado, terminan inventando situaciones revolucionarias donde estas no existen, y por otro, como es de esperar, no logran arrancar la movilización de los trabajadores. Peor aún, cuando ponen a sus seguidores tras del carro de perspectivas electorales adaptadas al régimen democrático burgués. El resultado es obvio: Agitación hueca y propaganda de poder, falsa, con todo el correlato ulterior de confusión y desmoralización de la vanguardia’
    Como verá, nada substituye la vigencia del programa mínimo y máximo. En condiciones de estabilidad social , ‘no revolucionarias’ , ‘defensivas’ ambos programas se levantan en una articulación permanente, donde uno no puede existir sin el otro, adquiriendo el programa máximo, tinte de propaganda preparatoria. Cualquier otra articulación que eluda poner a las reformas en la perspectiva de la revolución social, con lo que, se desnudan su límites, es minimalismo reformista, o propagandismo abstracto de escuela comunista pura. Las consignas de transición solo son válidas en verdaderas situaciones revolucionarias y no substituyen a las vertientes programáticas fundamentales.
    De todos modos, insisto, esto es una aproximación teórica, es necesario confrontar como se traduce en la práctica. Si no lo toma a mal, a la brevedad le enviaré algunas declaraciones vinculadas a la situación nacional, donde se expresa este enfoque. Me gustaría que usted me señale si detecta algún signo de ‘transicionalismo’ mal aplicado.
    Muchas gracias por la atención y la dedicación que le presta al tema. Estoy convencido que, tarde o temprano, esta discusión prenderá en la vanguardia y contribuirá a la superación de la marginalidad. La conducta de la izquierda existente labora pacientemente para que ello ocurra.

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    AP

    22/08/2011 at 17:01

  11. Rolando, el Partido Obrero te ha respondido en el periódico de ayer, en esta nota firmada por Altamira y Ramal: http://po.org.ar/articulo/po1192-reivindicacion-contra-los-impuestos-al-consumo/reivindicacion-contra-los-impuestos-a. No logro comprender si realmente no entienden la discusión o tu planteo, si son diferencias ideológicas…o si su dogmatismo les coloca “anteojeras teóricas” que les impide ver más allá de sus premisas…En fin…Saludos.

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    Armando

    02/09/2011 at 18:00

    • Me sorprende que Marcelo Ramal pueda firmar esa nota, lo conozco y creo que es un politico serio. En cambio Altamira sigue su senda de hablar solo… pero bhué…

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      Shing-Hu

      02/09/2011 at 19:57

    • Gracias, Marcelo Ramal ya me la había enviado. La respuesta tiene muchos problemas, cuando me haga un poco de tiempo voy a escribir algo sobre el tema.

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      rolandoastarita

      03/09/2011 at 00:07

    • Creo que el problema más importante en el artículo de Ramal y Altamira es que pretenden que la lucha por la supresión del IVA puede dar la ocasión de terminar en la pelea de la clase obrera por conquistar el poder.
      cito el párrafo final del artículo para sostener lo que digo; y de paso, si alguien quiere, me explica que significa la ultima frase:

      ««León Trotsky, Programa de Transición. Lo que debe quedar claro es que la lucha para abolir los impuestos indirectos no es un planteo reformista para atenuar la lucha de clases por medio de “la redistribución de los ingresos”, sino una lucha sindical y política por agrupar las fuerzas de los explotados para establecer un gobierno de trabajadores y una reorganización de la sociedad sobre nuevas bases. En determinada etapa de esta lucha, la reivindicación de la apertura de los libros y el control obrero es decisiva. Otra cita del Programa de Transición: “Cualquier reivindicación seria del proletariado y hasta cualquier reivindicación progresiva de la pequeña burguesía conducen inevitablemente más allá de los límites de la propiedad capitalista y del Estado burgués”. Para el Frente de Izquierda, que desarrolla una campaña electoral para ingresar en el Congreso, es absolutamente fundamental, porque establece un terreno de confrontación con la burguesía en su propio terreno parlamentario. La conquistas legales (entrar en el Congreso) deben servir a la lucha de clases conciente, pero antes deben ser conquistadas a través de una lucha política perfectamente delimitada.»»

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      roberto

      03/09/2011 at 08:31

  12. Compañero Roberto. Me parece que su apreciación es acertada en cuanto al eje principal del planteo de los compañeros Altamira y Ramal. La abolición de los impuestos indirectos es una reforma, cuyo sentido está puesto, no tanto en si misma, sino en impulsar a los trabajadores hacia el gobierno obrero y la edificación de una nueva sociedad. La secuencia es conocida: agitamos por la abolición del IVA a los componentes del consumo obrero. La burguesía se niega, entonces los trabajadores van por más y exigen la apertura de los libros de contabilidad. La burguesía se niega, entonces, los trabajadores implantan el control obrero para lograrlo etc. etc. El fondo de la cuestión es ¿que pasa si todo esto no ocurre de la manera deseada? El resultado concreto sería una propuesta reformista, a ser resuelta por el estado burgués. La suprema diferencia con el reformismo común y corriente sería la conexión con una serie de eufemismos que suplantan la verdad: ‘Control obrero’ ‘Gobierno de los trabajadores’ ‘Nuevas bases sociales’ olvidando que, las consignas principales de un programa (suponiendo que la abolición del IVA fuese una de ellas) deben ser conectadas con la necesidad de la toma del poder por los trabajadores, pero claro, esta última, que vendría a ser una ‘lucha política perfectamente delimitada’ se lleva de patadas con el objetivo de las conquistas legales (entrar en el Congreso). Para los compañeros Altamira y Ramal, las alusiones peregrinas al problema del poder alcanzan para una perfecta delimitación ‘consciente’. El problema es que los alcances de esa ‘consciencia’ no superan el rasero de algunos miles de compañeros y contribuyen a la ‘inconsciencia’ de millones de personas. Sobre esta cuestión hay que dejarse de cachorras y decir las cosas tal como son. No es un problema de lógica ‘transicional’ (las condiciones reales de la lucha de clases están a años luz de una situación pre revolucionaria) sino de adaptación a la conciencia imperante y la legalidad. Compañero Roberto, no se rompa la cabeza tratando de descifrar frases intencionadamente crípticas, la lucha de clases consciente pasa por decir la verdad, solo la verdad es revolucionaria, pero la verdad es piantavotos.
    Gracias por el planteo de la inquietud.

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    AP

    08/09/2011 at 13:02

    • El precedente comentario de AP es la ocasión -y en realidad lo exige- de un análisis y una clarificación frontales.
      Sobre las consignas contra los impuestos al consumo y al salario, y sobre la respuesta que Altamira y Ramal dedicaron a Astarita, dice AP: “La abolición de los impuestos indirectos es una reforma, cuyo sentido está puesto, no tanto en si misma, sino en impulsar a los trabajadores hacia el gobierno obrero y la edificación de una nueva sociedad. La secuencia es conocida: agitamos por la abolición del IVA a los componentes del consumo obrero. La burguesía se niega, entonces los trabajadores van por más y exigen la apertura de los libros de contabilidad. La burguesía se niega, entonces, los trabajadores implantan el control obrero para lograrlo etc. etc. El fondo de la cuestión es ¿que pasa si todo esto no ocurre de la manera deseada? El resultado concreto sería una propuesta reformista, a ser resuelta por el estado burgués”.
      El citado párrafo es una muestra de hasta qué punto la incapacidad para comprender el planteo tal como fue formulado, conduce a una distorsión acentuada ya no del sentido de la estrategia de consignas transicionales sino de la dinámica ordinaria de los acontecimientos políticos y sociales. Veamos.

      AP le toma la palabra a Altamira y Ramal, y reconoce que ellos sitúan el reclamo contra los impuestos al salario y al consumo en la perspectiva del gobierno obrero (es decir: lo insertan dentro de una estrategia socialista). Pero, inmediatamente después, aplica la versión caricaturesca de la estrategia de consignas tradicionales que se ha hecho corriente -pero no por ello menos injustificada- en este blog.
      Así, AP atribuye a Altamira y Ramal la idea, ciertamente infantil, de que al no poder lograr inmediatamente la eliminación de los impuestos al consumo y al salario, las masas “irán por más” y enfilarán a través de una serie de reivindicaciones cada vez más osadas, en dirección a la revolución social. Después de semejante macanazo, AP se pregunta qué pasará si las cosas -como es previsible, incluso para “sonzos” como Ramal y Altamira- de repente no suceden del modo que traza AP en su caricatura. ¡Menos mal que aquí hay tanto genio disponible, capaz de cazar al vuelo la soncera de tanto referente político de izquierda injustificadamente encumbrado! ¡Menos mal!
      El propio AP contesta su pregunta, acumulando en un solo párrafo todos los errores que acostumbra repartir entre varios posteos: En ausencia de una situación revolucionaria -explica AP- no sucederá que las masas obreras se encaminarán a la conquista del poder sino que el reclamo contra los impuestos al salario y al consumo redundará en una medida reformista ejecutada por el estado burgués. Francamente, pareciera que AP no se hubiera perdido la ocasión de dejar de comprender cada uno de los puntos que debería haber comprendido antes de empezar su crítica.

      Voy a someter a un examen lo más prosaico posible -pero también lo más exhaustivo posible- el argumento “crítico” de AP.
      Lo primero que hay que decir que si las masas no se movilizan -ya no digamos que no se encaminen hacia un proceso revolucionario- el estado no verá ninguna razón para tomar en sus manos una medida reformista, con lo cual desaparecerá del horizonte el “peligro” -señalado por AP- de que la consigna asuma un temperamento estatalista-burgués (especialmente por no ser tal el sesgo que los propulsores de la consigna le dan expresamente). En este caso, la consigna no habrá superado el nivel puramente propagandístico, pedagógico (algo que no veo razones para desdeñar). Es decir que, si nos ponemos tan “concretos” y “realistas” como sugiere AP, su propio argumento no pesa ni lo que una pluma (¡salvo que se suponga el absurdo de que el estado burgués y el capital no ven la hora de eliminar por fin los impuestos al consumo y al salario!).
      Subamos un poco en la escala de expectativas, y supongamos que la consigna da origen a una movilización más o menos popular en su favor. En esta segunda variante, la respuesta más “espontánea” del estado y del capital podría ser la represión, que a su vez podría cortar de cuajo la movilización o, por el contrario, acentuarla y prestarle un carácter más decidido y combativo. En la primera alternativa, el peligro de cooptación estatal de la consigna quedaría claramente abortado. En cambio, si para seguir subiendo la apuesta -y seguirle la corriente a AP- asumimos que se da el segundo caso (las masas superan la represión y elevan el nivel de su movilización), todas las fuerzas defensoras del orden capitalista que pueden ejercer influencia popular más o menos directa, se jugarán a “colarse” en la movilización para apropiarse de la reivindicación para alterar su sesgo o, en todo caso, para disociarla de cualquier perspectiva revolucionaria. En este punto, hay que hacer notar que el intento de cooptación tendría lugar recién cuando las masas quiebran la primera voluntad del frente capitalista, y no antes. Es decir que ya debe haberse producido un avance, un progreso real del movimiento, que sólo un izquierdista de escritorio se atrevería a desdeñar.
      Por otra parte, es necesario insistir en que los intentos de desvirtuar el contenido de una reivindicación obrera y/o popular una vez que la movilización en su favor a quebrado la resistencia del frente capitalista, es algo que sucederá fatalmente, haya o no una situación revolucionaria. Incluso en el caso de una situación revolucionaria, la izquierda revolucionaria deberá luchar a brazo partido por defender el temperamento revolucionario de cada reivindicación popular, al menos en la medida en que las corrientes “populares” o “de izquierda” que defienden el orden capitalista no hayan abandonado definitivamente el escenario de la movilización (algo que, muestra la historia, suele suceder en condiciones de polarización: cuando una consigna aparentemente “reformista” -formalmente compatible con el régimen burgués- conduce a una movilización y una polarización de características revolucionarias, incluso las corrientes burguesas más “izquierdistas” se ubican en la vereda de enfrente).

      En las manos incorrectas -en manos reaccionarias- la consigna más radical puede ver adulterado su contenido, y esto vale -como ya observó certeramente creo que el compañero Álvaro- incluso para la consigna por el gobierno obrero. Se trata de una pugna que no podrá prevenirse ni evitarse (es decir: resolverse de antemano), ya que no pasa sólo por lo que está escrito en un papel o lo que se dice en una conferencia, sino que se desarrolla como una pulseada militante contra todos los agentes “populares” del capitalismo que operan entre las masas y hacen palanca en lo que la experiencia práctica de éstas les permite ver concretamente, y no en una voluntad revolucionaria que, para las masas, nunca puede ser la premisa de la movilización sino que sólo puede ser su posible conclusión (esto último en la medida en que la izquierda revolucionaria actúe correctamente durante la pugna). Se trata de una pulseada que se da en el escenario mismo de la lucha de clases en su más amplia extensión (hablo aquí de extensión, antes que de intensidad). Esto es algo que difícilmente pueda entender alguien que cree que lo esencial pasa por aclarar de antemano -¿a quién? me pregunto- todos los vericuetos del programa revolucionario, y no por una lucha práctica, a brazo partido, contra la influencia que ejercen cotidianamente los agentes “populares” de la burguesía, no en el plano teórico sino en la lucha práctica y la vida cotidiana. En resumidas cuentas: la única garantía -hasta donde puede haberlas- contra la adulteración/cooptación de las reivindicaciones obreras y populares, reside en el carácter autónomo de la movilización obrera, en un sentido militante (práctico) y no de una clarificación teórica última, que necesariamente alcanza a un número pequeño (y peor aún, sólo interesa a un número pequeño que, a menudo, ni siquiera está comprometido con la movilización de modo práctico).

      Todo este ejercicio de “política-ficción” solo ha sido desarrollado para mostrar hasta qué punto es inadecuada la crítica de AP, en prácticamente todos sus pasos. Pero, naturalmente, no basta con esto para aclarar lo que AP no consigue comprender de ninguna manera: el sentido de la estrategia de consignas transicionales.
      La manera en que la izquierda revolucionaria presenta la cuestión de los impuestos, como hace con tantas otras cuestiones, busca poner de relieve la orientación social (capitalista, antiobrera y antipopular) que rige este aspecto particular de la vida política nacional (el tributario, quiero decir). La estrategia transicional, como bien aclaró el compañero Álvaro -y aún así AP no logró comprenderlo, sino que se fue por las ramas- no supone que cada consigna debe dar origen a una movilización potencialmente revolucionaria (como insisten en caricaturizar AP y Astarita), sino que consiste en plantear diferentes reivindicaciones más o menos oportunas, exigidas por determinada situación, pero haciéndolo con un determinado sesgo, conectándolas a una perspectiva socialista, revolucionaria. En lo inmediato es posible que algunas de estas reivindicaciones -quizás su mayor parte- asuman carácter propagandístico o preparatorio, algunas otras quizás darán inicio a una movilización y una parcial toma de conciencia, etc. El proceso activo que irá unificando todos estos elementos al principio desiguales y relativamente dispersos, debe llevar tiempo y debe contener imponderables, pero es inconcebible que suceda de otro modo cuando se trata de una tarea histórica tan imponente como lograr que un agregado “empírico” de contingentes política, ideológica y culturalmente heterogéneos vayan a converger en la constitución de un sujeto histórico (o sea: revolucionario) relativamente unánime. Obviamente, esto es algo que escapa a quien insiste una y otra vez en vincular la estrategia de consignas transicionales no con una época (de declinación capitalista) sino con una situación (revolucionaria …o no revolucionaria).
      Como la clase obrera y las masas están hoy fragmentadas y sin conciencia de su potencial histórico, es evidente para cualquiera -incluso para sonzos como Altamira y Ramal- que no es de esperar una movilización general de características revolucionarias en lo inmediato (o, al menos, no como consecuencia inmediata de estas consignas).
      Pero sacar de ello el tipo de conclusiones que sacan AP o Astarita (“en ausencia de situación-movilización revolucionaria, toda consigna transicional es estéril o conduce al reformismo”, y lo dicen todo el tiempo sin siquiera darse cuenta de la contradicción que encierra la disyuntiva última) se parece a las paradojas eleáticas: Aquiles jamás alcanzará a la tortuga una vez que le ha concedido ventaja, no es posible que se mueva la flecha que aparentemente hiende el aire, etc.

      Obsérvese la perfecta circularidad (e inmovilidad) del razonamiento de nuestros críticos: Si las consignas que apuntan a una perspectiva revolucionaria a partir de condiciones inmediatas no pueden funcionar sin la previa existencia de una situación revolucionaria, y si a la situación revolucionaria no se llegará por medio de consignas que a partir de las condiciones inmediatas apunten a una perspectiva revolucionaria, no se ve cómo sería posible jamás cambio alguno. Es como el caso comentado por Hegel, del hombre que consideraba imposible nadar ya que, para hacerlo habría que meterse antes en el agua pero esto último encierra el peligro de ahogarse …si no se ha aprendido primero a nadar! Es el viejo dilema munchauseniano que exige pedirle permiso a un pie antes de mover el otro. ¡E pur si muove! Es claro que el sentido más “agudo” de tantas y tan “inteligentes” críticas a la estrategia de consignas transicionales no resulta ser otro que el más absoluto inmovilismo pero, eso sí, inmovilismo teoricista.
      Por supuesto, AP o Astarita ya tienen preparada de antemano una “eficaz” respuesta a esta crítica, que consiste en tildarla de “brutalidad” anti-teórica, anti-intelectualismo, etc. Sin embargo, creo que quienes defendemos la estrategia de las consignas transicionales hemos mostrado más de una vez nuestra vitalidad intelectual, nos valemos de argumentos tanto como nuestros críticos (creo precisamente haber desarrollado bastante algunos de ellos) y, cómo no decirlo, nos sentimos tan poco comprendidos por ellos como ellos parecen hacerlo por nosotros. Llegados a este punto, entonces, lo único que queda por ver es si la flecha se mueve o no. O, más bien, determinar hasta donde llega la flecha efectivamente lanzada porque, en definitiva, la flecha nunca lanzada -la flecha puramente teórica- es la que sin duda jamás llegará a ninguna parte.

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      Vico

      21/03/2012 at 13:26

    • Esto ya es un abuso. Es el último “comentario” que apruebo de este largo. Me he cansado de pedirlo, de todas las maneras posibles.
      Están tratando de “copar” este blog. A partir de ahora, no más de 20 líneas.

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      rolandoastarita

      21/03/2012 at 14:09

  13. Rolando, tengo unas preguntas quizá un tanto perogrullescas a la luz del artículo:

    ¿Se puede decir entonces que la supuesta diferencia entre impuestos “progresivos” y “regresivos” es formal y no sustancial? ¿O sea que la única diferencia real es que al ser directos se deja en claro que los impuestos son siempre sobre el excedente (y con eso despejado se facilita la labor de enfatizar la centralidad de la lucha de clases)?

    Saludos y gracias de antemano.

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    Felix

    20/03/2012 at 20:49

  14. Rolando: Se puede pensar que en la misma medida en que la burguesía es “indisciplinada” y evade impuestos vía “informalidad” o trabajo en “negro”, se hace necesaria la aplicación de impuestos indirectos?
    Saludos

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    negrob

    05/09/2012 at 20:59

  15. Profesor, si no se puede alcanzar una distribución duradera del ingreso nacional mediante ingresos, entonces como se podría hacer?

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    alfonso

    17/04/2013 at 20:04

  16. Profesor Astarita, quería consultarle si tiene alguna opinión respecto de esta investigación “Los argentinos y los impuestos” de José Antonio Sánchez Román. Me interesa el tema de qué vive el estado y cómo funciona esto pero no conozco material desde luna perspectiva marxista.

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    facundo

    09/06/2013 at 19:17

    • No conozco esa investigación. Marx planteaba que los impuestos constituyen una parte de la plusvalía; pienso que es una postura acertada, en líneas generales.

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      rolandoastarita

      09/06/2013 at 20:52

  17. Profesor, me cabe una pequeña duda. Si en lugar de modificar el régimen impositivo basado en los impuestos indirectos a los impuestos directos, solamente se elevaran los impuestos indirectos, ¿de qué manera se podría entender el hecho que estos impuestos provienen de la plusvalía y no de los salarios?

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    Víctor.

    13/04/2014 at 11:19

    • No entiendo la pregunta. Ya se elevaron los impuestos indirectos, y esto no cambió la naturaleza del asunto. Cuando Cavallo aumentó el IVA del 18 al 21%, los salarios se reacomodaron con el tiempo. De hecho, hoy son más altos que en vísperas del aumento del IVA. Lo cual demuestra que el nivel del salario (o del valor de la fuerza de trabajo) no depende de la técnica impositiva.

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      rolandoastarita

      13/04/2014 at 12:00

  18. Al parecer me he expresado fatal. A ver, en términos sintéticos: así como una disminución de los impuestos indirectos no aumenta el salario de un obrero ni cambia sustancialmente los niveles de explotación, ¿un aumento de impuestos indirectos tampoco tendría que disminuir los salarios de los obreros ni cambiaría sustancialmente sus niveles de explotación?

    Ahí radica mi duda.

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    Víctor.

    13/04/2014 at 12:48

  19. Entonces, desde tu perspectiva, como se explica el hecho de que exista una tendencia generalizada (por lo menos donde vivo yo, en Europa) a que suban los impuestos al consumo y bajen los impuestos directos a las rentas más altas (Impuestos de sociedades, impuestos al patrimonio, etc)? Yo siempre lo había entendido como una forma de que los capitales evadieran sus cargas impositivas (aprovechándose también de los paraísos fiscales) y pusieran estas a cargo de la clase obrera. Pero si todos los impuestos recaen realmente sobre los capitalistas, que sentido tiene esta política? No encuentro forma de explicarlo desde tu punto de vista. Aunque no vivo en Argentina la nota también me pareció interesante porque es una consigna muy usada en la izquierda reformista europea.

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    David

    12/04/2015 at 13:35

    • No solo la izquierda reformista dice que con una reforma impositiva se puede ir a una distribución del ingreso menos desigual. Gente de la derecha comparte esa opinión (por caso, en Argentina el diario La Nación, que es del “establishment”). Es lo que dicta el sentido común. Ya en varias oportunidades expliqué que la técnica impositiva puede ser un medio para bajar los salarios.
      Sin embargo, el medio técnico no es el que determina el valor de la fuerza de trabajo. En algunos países el aumento de los impuestos indirectos puede ser un camino que adopte el Estado para bajar el salario. Sin embargo, no necesariamente es así. En Argentina, por ejemplo, en los últimos años los salarios de un sector significativo de la clase obrera están bajando mediante la aplicación de un impuesto directo, cuya base no se actualiza según inflación. Y los impuestos indirectos no se modifican. Por eso, la única forma de clarificar este asunto es partir de una teoría del valor y del plusvalor.

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      rolandoastarita

      12/04/2015 at 15:04

  20. Hay una cuestión, que me parece que podría incluso permitirle al Estado la derogación del impuesto a las ganancias de la cuarta categoría (sin perder ingresos), que es la reforma de la legislación sobre precios de transferencia, que permite que las multinacionales fuguen ganancias disfrazadas de pagos de royalties, u otros conceptos, por pseudo contratos celebrados entre la casa matriz y la subsidiaria local, si esos contratos se celebran a precios de mercado como si se tratara de entes independientes. Hubo un breve lapso entre el 73 y el 76, que la justicia entendía que en esos casos había fuga de ganancias y las subsidiarias de las multinacionales debían pagar el impuesto a las ganancias sobre esos supuestos precios.

    La dictadura modificó ganancias y esa doctrina nunca más se aplicó. Para el 2002, el autor de un libro de título “Multinacionales y derecho”, ed. La Flor 1976, calculaba que por precios de transferencia el estado argentino se perdía de recaudar aproximadamente 24 mil millones de dólares.

    Pero bueno, es un planteo que cabe dentro de los márgenes del capitalismo y que permitiría retener en el estado burgués argentino un poco de la plusvalía que extraen las multinacionales y, en su caso, derogar la cuarta categoría sin afectar la recaudación.

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    Lucas

    14/04/2015 at 19:04

  21. Algo relacionado con los impuestos, ¿Es verdad que bajar impuestos hace mejor a la economia o es mejor aumentar impuestos y que el estado funcione como multiplicador? cual de las dos versiones es la correcta?

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    Alicia

    01/05/2015 at 13:07


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