Rolando Astarita [Blog]

Marxismo & Economía

Trotsky, el giro de 1928-9 y la naturaleza social de la URSS (9)

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La parte ocho de la nota, aquí

Colectivización acelerada y por la fuerza 

Si bien Stalin afirmaba que el campesino medio se estaba incorporando voluntariamente a las granjas colectivas, eran principalmente campesinos pobres los que lo estaban haciendo (Viola, 1999). Según Bettelheim (1978), muchos de ellos aceptaron la colectivización por la ayuda que les prestaba el Estado; en vísperas de la siembra, estaban faltos de caballos y otros implementos, y la incorporación al koljós era su mejor alternativa. Sin embargo, la mayoría de los campesinos no estaba impresionada por el desempeño de los koljoses y pensaba que había mejores oportunidades trabajando fuera de la granja y llevando los productos al mercado (Davies y Wheatcroft 2009). Otros consideraban que la incorporación a las granjas colectivas significaba perder los lotes que habían obtenido con la Revolución y se resistían. Por eso, si bien hubo algo de entusiasmo “desde abajo”, las campañas regionales ya habían empezado a recurrir a la coerción para lograr altos porcentajes de colectivización. “Incluso en este [primer] estadio la colectivización fue impuesta en gran medida ‘desde arriba’. Orquestada y dirigida por las organizaciones regionales del Partido, con la sanción implícita o explícita de Moscú, los funcionarios distritales y los comunistas y obreros urbanos llevaron la colectivización al campo. Las brigadas para la requisa del grano, que ya estaban obsesionadas con obtener altos porcentajes, fueron transferidas en masa a la colectivización” (Viola, 1999).

Se trataba, a todas luces, de una política aventurera. Trotsky (1973) anota: “Los empíricos, trastornados, llegaban a creer que todo les era posible. El oportunismo se había transformado, como sucediera a veces en la historia, en su contrario, el espíritu de aventura”. Ni siquiera se tuvo en cuenta la debilidad del Partido en el agro: había células en 23.458 aldeas sobre un total de 70.849; y en muchos casos la célula partidaria constaba solo de un secretario y una persona dedicada a la propaganda (Liu, 2006).

Dadas las resistencias a la colectivización, el Gobierno decidió aplicar sanciones. Las no penales eran para aquellos que se negaban a entrar en las granjas colectivas, pero no estaban clasificados como kulaks. Consistían en no venderles  mercancías y/o en la privación de tierras; a veces también se les quitaba la tierra en que estaban instalados y se les entregaba otra, de mala calidad o situada lejos de los pueblos que habitaban; también a muchos les fueron confiscados ganado, semillas e instrumentos de trabajo. Otras sanciones comprendían la imposición de alguna carga fiscal individual elevada, o la prohibición de que los hijos asistieran a la escuela (Bettelheim). Davies y Wheatcroft señalan que los impuestos estaban fuertemente sesgados contra los campesinos individuales, a pesar de que legalmente solo debían dirigirse contra los kulaks. Asimismo se imponían “pagos voluntarios de préstamos”, que se cobraron a partir de 1931; estos eran un 74% superiores, en promedio, para los campesinos individuales que para los que estaban en las granjas colectivas. También se redujo la tierra individual que podían tener los campesinos. En muchos casos, se obligaba a los campesinos a decidirse en una semana, o menos, por la incorporación a las granjas. Y por sobre todas las cosas, se utilizó la represión abierta. “Brigadas de colectivizadores, con poderes plenipotenciarios, recorrían el campo, deteniéndose brevemente en aldeas donde, a menudo con un arma en la mano, forzaban a los campesinos, bajo amenaza de dekulakización, a firmar la incorporación a la granja colectiva. La intimidación, el hostigamiento e incluso la tortura fueron utilizadas para conseguir las firmas” (Viola,  1999). La idea de Lenin, de que debían convencerse por experiencia de las ventajas de la cooperación, no tenía cabida en la política oficial.

En cuanto a los kulaks, hemos visto en la parte anterior de la nota que, hacia finales de 1929, Stalin decidió que debían desaparecer como clase social. Se argumentaba que había que evitar que dominaran las granjas colectivas desde adentro, como habían dominado las asambleas de las aldeas en los 1920 (Nove, 1973). En consecuencia, se dispuso que comisiones formadas por la GPU, brigadas obreras y a veces con participación de campesinos, clasificaran a los kulaks en categorías, según la posibilidad de “reeducarlos”. Los considerados más recalcitrantes eran detenidos o enviados al exilio. Un segundo grupo, considerado menos peligroso, era también mandado al exilio, aunque el trato no era tan duro como para el primer grupo. Una tercera categoría la conformaban los destinados a trabajar en las granjas colectivas; pero mantenían el estigma de su origen kulak y no eran miembros plenos del koljós hasta que se mostraran dignos de ser admitidos como tales (Viola). A veces también a algunos kulaks se les permitía permanecer en la localidad, pero se les entregaban las peores tierras (Bettelheim). En enero de 1930 unas 60.000 cabezas de familia enfrentaban la ejecución o la internación en campos de concentración, en tanto otras 150.000 familias eran expropiadas y enviadas al exilio en zonas remotas. Otro medio millón fue parcialmente expropiado y relocalizado dentro de sus distritos nativos (Viola).

Pero por otra parte, no está claro cuántos de los represaliados eran realmente campesinos ricos, ya que todo aquel que se negaba a entrar en las granjas colectivas era pasible de ser acusado de kulak y enemigo del socialismo; por eso, muchos fueron deportados bajo el cargo de “kulaks ideológicos” (Nove). La idea de que un campesino podía ser considerado kulak por su comportamiento político había sido adelantada por Lenin en 1918 para referirse a campesinos medios que retenían el grano, y fue retomada por Stalin durante la colectivización (Viola). También se incluían entre los kulaks a antiguos bandidos, ex oficiales blancos, curas y otros miembros de la iglesia. Pero incluso desde el punto de vista estrictamente sociológico, existían varios criterios para definir al kulak: iban desde la contratación de mano de obra a la posesión de varios emprendimientos, o al aumento de ingresos no basados en el trabajo propio. Getty y Naumov (2001) sostienen que el régimen “nunca pudo definir con precisión quién era kulak, ni siquiera de acuerdo con sus criterios teóricos sobre las dimensiones de la explotación agrícola, el número de ganado, etc. No obstante, pese a esta aparente contradicción, siguió atacando y denunciando a los kulaks e incluso llegó a fijar contingentes de represión”. Por otra parte, el kulak mantenía esa condición aun después de haber sido deskulakizado  y entrado a una granja colectiva (Viola).

Agreguemos que muchos campesinos (pero también curas de aldeas y otros) fueron acusados de ser promotores de rumores interpretados como propaganda o agitación subversiva, procesados por el artículo 58 del Código Penal (que concernía a crímenes contrarrevolucionarios), y sentenciados a penas de prisión por no menos de seis meses. Cuando se explotaban prejuicios religiosos o raciales vía el rumor durante disturbios de masas, el castigo podía llegar a la pena de muerte.

La colectivización se aceleró, además, porque las organizaciones regionales del partido, los administradores y funcionarios, en aras de “hacer méritos”, o temerosos de ser acusados de “desviación derechista”, o llevados por el entusiasmo (en la convicción de que estaban asegurando el futuro socialista), sobreactuaban. Las directivas para implementar la eliminación del kulak como clase, emanadas desde el centro en enero de 1930, fueron vagas y representaron casi una invitación a los excesos. En muchos lugares fueron interpretadas como una señal para que las organizaciones locales se lanzaran a una carrera frenética de colectivización y persecuciones. Así, hubo casos en que se dio la directiva de colectivizar localidades campesinas en menos de una semana (Bettelheim). Nove cita una declaración del responsable del Departamento de Propaganda y Agitación del partido, Kaminsky, en enero de 1930, que decía a los militantes: “Si en algunos asuntos usted comete excesos y es arrestado, recuerde que es arrestado por sus acciones revolucionarias”. Los miembros de la dirección del Partido que recomendaban alguna prudencia, fueron desoídos.

Resistencia y guerra larvada

A medida que la represión estatal se incrementó, también aumentó la violencia campesina, lo que a su vez incrementó la violencia estatal, llevando a una espiral sin fin de detenciones, pillaje, golpizas y odio (Viola). En su trilogía sobre Trotsky, y refiriéndose a la colectivización, Isaac Deutscher escribía: “Cada aldea, o casi, se convirtió en campo de batallas dentro de una guerra de clases de la cual antes nunca se había visto un ejemplo análogo; una guerra llevada a cabo por un Estado colectivista, bajo el comando supremo de Stalin, a fin de conquistar a la Rusia rural y triunfar sobre su individualismo obstinado. Las fuerzas de la colectivización eran reducidas, pero bien armadas, móviles y dirigidas por una voluntad única. El individualismo rural, cuyas vastas fuerzas estaban dispersas, fue tomado por sorpresa, con la masa de madera como toda arma de la desesperación. En esta guerra, como en toda otra, se vio abundancia de maniobras, escaramuzas indecisas, avances y retrocesos confusos, pero finalmente los vencedores se hicieron de los despojos y llevaron consigo a las incontables multitudes prisioneros que tomaron en las planicies vacías e interminables de Siberia y las grandes extensiones desoladas y heladas del Gran Norte” (1980).

Viola enfatiza también el carácter de verdadera guerra civil que adquirió la colectivización. “La colectivización de la agricultura fue un evento que dividió aguas en la historia de la Unión Soviética. Fue el primer esfuerzo del Partido Comunista de ingeniería social a escala de masas y marcó el inicio de una serie de sangrientos hitos que terminarían por caracterizar y definir al stalinismo”.  Agrega que la confianza en la viabilidad del socialismo trasplantado a las aldeas de los brigadistas enviados al campo rápidamente se evaporó cuando se vieron inmersos en un mundo ajeno y hostil, que se resistía a los trabajadores, a la ciudad y al socialismo al estilo stalinista.

Los campesinos, en su mayoría, sintieron la colectivización como el fin del mundo y resistieron la represión. Además, y contra lo que esperaban las autoridades –que los campesinos pobres y medios se enfrentaran con los kulaks-, la intervención del Estado los unificó. Existía una base social para ello: la revolución había nivelado en el campo, de manera que los campesinos pobres en los 1920 habían bajado desde el 65% al 25%, los kulaks del 15% a aproximadamente el 3%. El campesino medio era la figura dominante, y conformaba el estrato culturalmente más conservador de las aldeas, y el que más resistía el cambio. Además, los más débiles y las mujeres en especial, se aferraron tenazmente a nociones conservadoras y tradicionales, referidas al hogar, la familia, la fe y el matrimonio. Es que si bien la revolución había dislocado importantes aspectos de la vida campesina, las estructuras tradicionales habían permanecido (y continuaron incluso después de la colectivización). En este marco, la colectivización fue interpretada como una violación de las normas tradicionales de las autoridades de las aldeas, y de los ideales del colectivismo; para muchos era una amenaza al hogar campesino y a la supervivencia comunal, y una traición de los bolcheviques, quienes primero les habían dado las tierras y ahora se las quitaban. “Este es vuestro poder, toman la última vaca del campesino pobre, esto no es el poder de los soviets sino el poder de ladrones y saqueadores” (queja de un campesino registrada por la GPU en el Volga Medio, citado por Viola).

Bibliografía:
Betttelheim, C. (1978): La lucha de clases en la URSS. Segundo período (1923-1930), México, Siglo XXI.
Davies, R.W. y S. G. Wheatcroft (2009): The Years of Hunger: Soviet Agriculture 1931-1933, Palgrave Macmillan, Nueva York.
Deutscher, I. (1980): Trotsky, le prophète hors-la-loi, París, Union General Editions.
Getty, J. A. y O. V. Naumov (2001): La lógica del terror. Stalin y la autodestrucción de los bolcheviques, 1932-1939, Barcelona, Crítica.
Liu, Y. (2006): “Why Did It Go so High? Political Mobilization and Agricultural Collectivization in China”, China Quarterly, Sep., pp. 732-742.
Nove, A. (1973): Historia económica de la Unión Soviética, Madrid, Alianza Editorial.
Trotsky, L. (1973): La revolución traicionada, Buenos Aires, Yunque.
Viola, L. (1999): Peasant Rebels under Stalin, Collectivization and the Culture of Peasant Resistance, Oxford University Press.

Descargar el documento: [varios formatos siguiendo el link, opción Archivo/Descargar Como]:
Trotsky, el giro de 1928-9 y la naturaleza social de la URSS

Written by rolandoastarita

20/04/2016 a 18:18

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4 comentarios

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  1. Profesor tiene opinión sobre el conflicto que mantienen los taxistas

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    Carlos

    20/04/2016 at 21:37

  2. A propósito de la colectivización, me gustaría conocer su opinión sobre la obra de Mijail Sholojov Tierras roturadas. Como siempre, muchas gracias por sus notas.

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    JOSÉ

    21/04/2016 at 03:47

  3. ¿Si se preveía que a través de la colectivización se podría financiar la industrialización a cuenta del manejo directo por parte del estado de unos excedentes agrícolas potenciados, porqué se mantuvo si la elevación de la productividad del campo al parecer se mantuvo rezagada con respecto a la productividad de la industria? ¿Cuál fue el resultado de la colectivización en términos del incremento de la producción agrícola soviética?

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    mario

    21/04/2016 at 20:44

    • Trato esta cuestión más adelante, en otra parte de la nota. El consenso entre los historiadores es que de hecho no hubo transferencia de excedente del agro a la industria; pero sí hubo una gran transferencia de mano de obra.

      Me gusta

      rolandoastarita

      21/04/2016 at 22:49


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