Rolando Astarita [Blog]

Marxismo & Economía

Papel moneda, oro y la teoría monetaria de Marx (4)

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Este artículo fue publicado en En defensa del marxismo, Nº 43, febrero de 2015. La tercera parte de la nota, aquí.

Billete y oro, relación simbólica compleja

Por encima de estos desarrollos teóricos, el problema central entonces sigue siendo determinar la raíz última del valor del dinero, sin caer en las tesis neoclásicas del “valor del dinero por mera confianza”. Después de todo, cuando se dice que el billete inconvertible es un pasivo del Banco Central, habría que agregar que es un pasivo muy particular, ya que el Banco Central no debe nada por su emisión. En este respecto, es significativo que Foley (2005) parece tomar distancia de la determinación directa del valor del dinero a partir del trabajo social. Admite que la división entre valor añadido y tiempo de trabajo total no provee una explicación teórica de cómo se determina el valor del dinero; simplemente da una estimación empírica. Con lo cual queda pendiente cuál es el reservorio último del valor; en particular, del dólar americano. Admite que no es cierto que un billete de banco central sea un papel sin valor inconvertible en algo de valor. Y por eso adelanta la hipótesis de que en contrapartida de ese pasivo el Banco Central posee activos, constituidos por propiedad inmobiliaria o capital ficticio. Sin embargo las propiedades inmobiliarias de hecho nunca pudieron convertirse en activos de respaldo monetario (al respecto es ilustrativo el fracaso de la experiencia de los asignados franceses); y los títulos estatales de capital ficticio no pueden ser verdaderos garantes últimos del valor (el activo del Banco Central de Argentina hoy está lleno de estos títulos, en los que nadie confía).

En contraste a la tesis de la desmaterialización del  dinero, algunos marxistas sostenemos que el billete de curso forzoso sigue teniendo una relación, si bien indirecta y compleja, con el oro. En este punto, los datos históricos y de la realidad bancaria contemporánea deberían llamar a la reflexión. Desde el punto de vista histórico, porque jamás existió la división tajante que pretenden los teóricos de la desmaterialización del dinero entre dinero convertible e inconvertible. Incluso mucho antes del siglo XIX  circulaban monedas metálicas que “pasaban” por valores superiores a su valor como objeto-mercancía, en tanto el público confiaba en la capacidad de reembolso de la entidad emisora (véase Vilar, 1982, p. 26). Marx registra el hecho diciendo que ya en la circulación metálica se produce una escisión creciente entre signo y contenido. Por eso sostiene que en la circulación se produce una escisión entre la existencia real y la existencia funcional del dinero. Esto es, el dinero adquiere una “idealización del medio de circulación”, que avanza hasta que  la moneda “resulta idealizada por la práctica, transformada en una mera existencia aparente de su cuerpo de oro y plata” (1980, p. 96).

Por eso también la moneda adquiere un carácter político (Marx, 1999, t. 1, p. 95), que se acentúa con el billete. El signo se separa de aquello que significa, el oro. Ahora es un “mero signo de valor”. El papel de curso forzoso es signo de oro o de dinero. Este proceso explica entonces por qué, a pesar de que el papel es signo de oro, no todo el papel moneda puede ser cambiado por el metal. Precisamente la existencia ideal del dinero en el proceso de circulación, el que sea un símbolo y que en ese carácter incida la instancia legal y política, hace que la masa de signos no coincida con la masa de oro que lo respalda. En consecuencia  el Estado emisor podía “violar mecánicamente desde afuera” (Marx) las leyes de la circulación simple de las mercancías. Se trata entonces de una relación simbólica y compleja.

Pero esto no corta el vínculo con el dinero mercancía, ya que el mismo persiste en el hecho de que en el mercado del oro se establece esa relación. Por eso hoy cuando se habla de la “cotización del oro” no se la debe considerar con el mismo status que tiene la cotización de cualquier otro metal en los mercados internacionales, sino como la expresión mistificada del contenido oro del billete. Como ya lo había señalado Mandel, el precio del oro es una expresión del valor del dólar: “el precio del oro es… el recíproco del papel moneda. En el régimen actual de intercambio de oro, el precio del oro representa el valor del dólar fijado por la Reserva Federal de Estados Unidos con relación al oro” (Mandel, 1976, p. 179, nota). Así, por ejemplo, si desde principios de octubre de 2002 a marzo de 2005 el oro subió su precio de 320 a 425 dólares, según este criterio el dólar pasó de valer 0,003125 onzas de oro a valer 0,0023529 onzas.

Esto no significa que el valor del billete se modifique al modificarse los costos de extracción del oro. En este punto los partidarios de la tesis de la desmaterialización del dinero tienen razón cuando argumentan que los precios de las mercancías no cambian al modificarse los costos de producción del oro. Sostener esto último sería negar el proceso de idealización que se ha operado con respecto al dinero mercancía, y el hecho de que el equivalente ha adquirido una “existencia funcional”, que se profundiza en la circulación de mercancías y adquiere su plenitud en el billete donde el signo se separa de aquello que significa. Recuérdese además que las instancias legales y políticas sobredeterminan este desarrollo. De ahí la autonomización del signo con respecto al oro,  y las largas divergencias que pueden producirse entre el precio del oro en los mercados (= valor del billete) y sus costos de producción. Esta posibilidad de divergencia todavía se potencia porque el oro, en cuanto reserva de valor, permanece atesorado en su mayor parte. Esto explica, además, las fluctuaciones de su precio, ligadas a desatesoramientos o atesoramientos, cualitativamente distintas de lo que sucede con cualquier otra mercancía. Por eso, y como señala Loranger, “el precio de una onza de oro no expresa su costo de producción, sino corresponde bien a la definición de la unidad monetaria internacional, esto es, que un dólar americano es una cierta fracción de una onza de oro. Que esta definición se acerque o aleje de su costo de producción es otra cuestión” (Loranger, 1982, pp. 130-131).

Esto significa que el oro, una “sustancia de valor”, se escinde del signo que lo simboliza al establecerse un precio de los stocks de oro acumulados. Por lo tanto, el precio al que se realiza la conversión dólar-oro no tiene relación directa, ni expresa, el precio de producción. Por el contrario, el precio se establece siguiendo una lógica monetaria. Esto lo evidencia el hecho de que en la refinación, comercialización y establecimiento del  precio del oro intervienen los bullion bank; y es con base a ese precio que la industria del oro amplía o contrae la producción. Por eso debe insistirse que la demanda y oferta actual del oro es un fenómeno monetario, vinculado a su función de medio de atesoramiento y respaldo de la base monetaria.

La realidad del oro como activo monetario

Si bien el metal no cumple actualmente un rol como medio de pago, sí lo hace como medio de atesoramiento y encarnación de valor (reserva última de valor), en el sistema monetario internacional. Es una realidad que el oro no es demandado como un simple metal, sino en cuanto equivalente general, por su existencia económica como dinero mercancía. Más precisamente, su valor de uso es conservar valor, encarnación de tiempo de trabajo directamente social. Los propios directores de los bancos centrales reconocen que es necesario tener reservas de oro porque, después de todo, “es el único activo que no es pasivo de ningún gobierno”.

Según el World Gold Council, las reservas oficiales de oro (incluyen al FMI y el BIS) en 2010, alcanzaban las 27.069 toneladas; en 2009 eran 26.356 toneladas. El país con mayor stock de oro acumulado como reserva, era Estados Unidos, con 8133,5 toneladas. Representaban el 68,7% de sus reservas totales. Dado que el precio del oro en ese momento era US$ 1230 la onza, ese stock debía valuarse en unos US$ 321.640 millones. Equivalía a la tercera parte de los billetes en circulación (en julio de 2010 era US$ 903.000 millones); y al 16% de la base monetaria (en términos redondos, dos billones de dólares en agosto de 2010; datos de la Reserva Federal). Alemania, por su parte, tenía, a fines de 2009, 3407 toneladas, que equivalían al 54,6% de sus reservas. Las tenencias de oro también representaban porcentajes considerables de las reservas de muchos otros países europeos. El 83,8% en Portugal; 63,4% en Italia; 64,2% en Francia; 51,7% en los Países Bajos; 42,5% en España. El Banco Central Europeo tenía ese año el 19,5% de sus reservas en oro. El FMI poseía poco más de 3000 toneladas. Es imposible explicar esta persistencia del oro como activo de los bancos centrales con la tesis de la desmaterialización del dinero. La cantidad de oro que conserva hoy la Reserva Federal es, en términos relativos, por lo menos igual a la que conservaba el Banco de Inglaterra en el siglo XIX. Además, a medida que se desarrolló la crisis capitalista, el oro fue tomado como refugio último de valor (véase el siguiente punto). Y cada vez más se reconoce en los mercados financieros que es un activo monetario.

Sistema jerárquico y oro

A partir de lo anterior se puede comprender al sistema monetario moderno como un sistema jerárquico, cuestión que han subrayado los regulacionistas, en particular Aglietta. Pero en la concepción que presentamos la referencia última del valor no está dada por el billete de curso forzoso y nacional, sino por la restricción que impone su relación con el dinero mundial y, en última instancia, con el oro. A su vez, el dinero bancario, y los créditos monetizados remiten siempre a algún signo de valor “tangible” al que sean convertibles bajo demanda. Toda la superestructura de dinero bancario en circulación se asienta sobre la confianza de esa posibilidad. El billete, en su coseidad de billete y signo, expresa valor, tiempo de trabajo socialmente necesario, y es insustituible en tanto referencia del sistema monetario que se eleva por encima de él.

Por ejemplo, cuando alguien acepta que se le pague (payment) con un cheque girado contra una cuenta bancaria, está aceptando la deuda del banco a cambio de lo que está vendiendo. Cuando ese cheque se deposita en una cuenta, para el sistema bancario la operación representa un cambio en los asientos contables (entre cuentas del mismo banco, o entre bancos distintos). El cheque es acreditado y sólo entonces se produce el settlement último. Esto opera normalmente en tanto y en cuanto existe una referencia central de valor con el cual la moneda bancaria (esto es, el depósito que circula bajo la forma de cheque) mantiene una convertibilidad a la par. Esa referencia última de valor es la moneda de la banca central. Por eso, si bien los pasivos de los bancos representan la mayor cantidad del stock monetario, la confianza en la moneda reside en la capacidad de los bancos comerciales de convertir sus pasivos en dinero de otro banco comercial y/o en dinero del banco central cuando lo demanden los clientes. Hay confianza del público debido a la convertibilidad a la par, esto es, “que un dólar es un dólar, cualquiera sea la forma que tome, sea en billete o en una cuenta” (BIS, 2003). El sistema de pagos se sustenta en la confianza en que finalmente los mismos se “saldan” en moneda de banca central.

Cuando los bancos emiten dinero descontando letras y documentos, la cuestión es del mismo tipo. Al descontar el documento el banco emite dinero bancario –aumenta su pasivo al permitir al prestatario girar sobre su cuenta por el monto descontado- a la par que suma el valor del título en su activo. Existe aquí confianza en que el documento será pagado a su vencimiento, y que los cheques que el prestatario gira contra su cuenta son convertibles a la par en dinero de banco central. Esto implica que el banco tiene los fondos suficientes en su cuenta en el banco central, de manera que podrá satisfacer el pago a otros bancos. En última instancia, en el banco central se realiza un intercambio de pasivos entre bancos, y estos depósitos en la banca central son aceptados como dinero por todos los participantes en el sistema. Pero esto sucede en la medida en que se mantenga la confianza en la posibilidad de transformar a la par estos pasivos en billetes: “La conversión entre dinero bancario y dinero del banco central tiene lugar de una manera tangible cuando el depositante de un banco comercial retira billetes de su cuenta. La conversión entre las diferentes monedas de los bancos comerciales tiene lugar a través de los sistemas de pagos cuando el cliente de un banco realiza un pago al cliente de otro banco, usando el dinero del banco central como puente” (BIS, 2003, p. 8).

Es un hecho, sin embargo, que con el crecimiento del dinero crediticio se desarrolla la ilusión de que el dinero es mero signo, y que todo crédito monetizado es dinero en el sentido pleno. Por eso, cuando las cosas funcionan sobre rieles, aparecen invariablemente las especulaciones sobre el “dinero virtual”, el “dinero plástico”, etcétera. Esta ilusión tiene su razón de ser en que la circulación del dinero crediticio adquiere independencia de la base dineraria. Letras de cambio, cheques, acciones, títulos del Estado, tarjetas de crédito o de débito, parecen ser tan buen dinero como el dinero del banco central. Se piensa entonces, como hacen algunos neoclásicos, que es posible reemplazar completamente al billete físico por una mera unidad de cuenta ficticia, por sofisticados sistemas contables de intercambio. Pero esta idea sólo es posible al costo de confundir los signos de valor con el dinero crediticio. En tanto el papel estatal de curso forzoso deriva de la función del dinero como medio de circulación,  el dinero crediticio estará sujeto a una exigencia permanente de validación última del pago.  La instancia de “saldar” los pagos en dinero de banco central sigue siendo crucial para el sistema.

Y cuando se desata la crisis – o sea, cuando los trabajos privados no se validan- todo el sistema de pagos y de crédito, que aparentemente se había independizado de su base monetaria, manifiesta violenta y bruscamente su dependencia de la base monetaria. La crisis sigue entonces una secuencia jerárquica. Primero son cuestionadas las letras de cambio, los títulos sobre capitales fijos o en circulación, o del Estado (obsérvese que por esto no pueden ser reserva última y tangible de “valor”), que tratan de convertirse simultáneamente en líquido. Si esto conduce a una caída de los precios de los títulos, los activos de los bancos se desvalorizan y empieza a ponerse en duda tanto la liquidez como la solvencia del sistema bancario. En un punto extremo se desata la corrida y los depósitos quieren ser cobrados en billetes, como ocurrió en la crisis argentina de 2001. Alternativamente, puede producirse la “implosión” (venta masiva de los accionistas) debido al deterioro del activo del banco y la liquidación del capital propio para cubrir las pérdidas; es el escenario de  Lehmans en 2008.

En cualquier caso, durante la crisis por todos lados solo se reclama liquidez, dinero como activo tangible, reserva última de valor. Por eso en esa situación se cae el pretendido “multiplicador monetario”, y la actividad sigue en espiral descendente, a pesar de las inyecciones de dinero de banca central al sistema (cuando la Reserva Federal en 2008 inyectaba dinero para apagar el incendio, el mismo refluía a la FED bajo la forma de las reservas de los bancos, reacios a prestar; y la masa monetaria entonces no crecía, a pesar del aumento de la base).

Se pone aquí en evidencia la contradicción insuperable entre el dinero como medio de cambio (reemplazable por meros “signos” evanescentes, por promesas) y la necesaria realidad del dinero como medio de pago y forma de atesoramiento (que necesita anclaje real en el valor, y en activos que lo encarnen): “La función del dinero como medio de pago trae consigo una contradicción no mediada. En la medida en que se compensan los pagos, el dinero funciona solo idealmente como dinero de cuenta o medida de valores. En la medida en que los pagos se efectúan realmente, el dinero ya no entra en escena como medio de circulación… sino como la encarnación individual del trabajo social, como la existencia autónoma del valor de cambio, como mercancía absoluta. Dicha contradicción estalla en esa fase de las crisis de producción y comerciales que se denomina crisis dineraria” (Marx, 1999, t. 1, p. 168). Por eso, durante las crisis, se revela también, y con toda crudeza, que el sistema de crédito no puede cortar amarras con ese “dinero externo” emitido por el banco central. Marx pone especial énfasis en este proceso, señalando que en la crisis se demandan en términos absolutos medios de pagos; es una “demanda de convertibilidad en dinero” (Marx, 1999, t. 3 p. 664).  Por eso describe este proceso como “transmutación repentina del sistema crediticio en sistema dinerario” (1999, t. 1, p. 169, nota). De ahí también la importancia de la moneda última en que se saldan los pagos. “La moneda en que se saldan los pagos no debe acarrear ningún riesgo de crédito ni de liquidez” (BIS, 2003, p. 2).

Sin embargo, esta dialéctica contradictoria –dinero como medio de cambio, reemplazado por sustitutos crediticios y dinero como medio último de pago y reserva de valor- es imposible de comprender si se pierde de vista la estructura jerárquica del sistema monetario (esto es, sin entender la vinculación orgánica entre las funciones del dinero). Es imposible de captar si se sostiene, lisa y llanamente, que el dinero toma su valor de los valores realizados de las mercancías. Un “valor reflejo” nunca puede ser instancia última de validación, “encarnación individual del trabajo social”. Por eso no veo manera de dar cuenta de la explosividad de las crisis bancarias y monetarias capitalistas (agreguemos, cambiarias), con la tesis de la desmaterialización del dinero y su creación “de la nada”.

Por último, pero no menos importante, durante la corrida hacia la liquidez no se detiene necesariamente en el dinero de banco central. Así, en los países subdesarrollados es común que la crisis no sólo lleve al intento de convertir los títulos en dinero de banco central, sino a su vez a éste en dinero mundial (dólar, euro). Finalmente, y en la medida en que estas monedas fuertes – o los títulos nominados en estas monedas- entren en danza, la corrida no se detendrá en esos billetes –como piensa la tesis de la desmaterialización del dinero- porque el último recurso será, una vez más, el intento de reducir esos pasivos al equivalente general, dinero mercancía. De ahí el aumento de la demanda de oro en los mercados internacionales cuando aumenta la desconfianza en el billete encarnación de valor mundial. Sucedió con la crisis de 2008, y la posibilidad siempre está latente en el sistema monetario. De nuevo, parece imposible entender esta dialéctica de las crisis monetarias y cambiarias desde la noción del dinero como simple “creación de la nada”, o tratando de derivar su valor directamente de los valores “realizados”, por fuera de las constricciones que imponen las contradicciones –explosivas y acumulativas- vinculadas a la producción de mercancías y a la acumulación.

Textos citados:

Aglietta. M. (1979): Regulación y crisis del capitalismo Madrid, Siglo XXI.
BIS (2003): “The role of central bank in money payment systems” Comittee on Payment and Settlement Systems, August.
Blanchard, O. y D. Pérez Enrri (2000): Macroeconomía. Teoría y política económica con aplicaciones a América Latina, Prentice Hall.
Foley, D. (2005): “Marx’s Theory of Money in Historical Perspective”, pp. 36-49, Marx’s Theory of Money. Modern Appraisals, F. Moseley (ed.) New York, Palgrave Macmillan.
Foley, D. (1982): “The Value of Money, the Value of Labor Power and the Marxian Transformation Problem, Review of Radical Political Economics, vol. 14, 37-47.
Hilferding, R. (1963): El capital financiero, Madrid, Tecnos.
Hilferding, R. (2014): “Dinero y mercancías”, En defensa del marxismo, Nº 42, setiembre, pp. 63-74.
Kautsky, K. (2014): “Oro, papel moneda y mercancía”, En defensa del marxismo, Nº 42, setiembre, pp. 35-61 (con presentación de Daniel Gaido, pp. 31-35).
Lipietz, A. (1979): Crise, inflation, pourquoi? París, Maspero.
Lipietz, A. (1983): Le monde enchanté Paris, La Découverte/Maspero.
Loranger, J. C. (1982): “Le rapport entre la pseudo-monnaie et la monnaie: de la possibilité à la réalité des crises”, Critiques de l’Economie Politique N° 18.
Mandel, E. (1976): El dólar y la crisis del imperialismo México, Era.
Marx, K. (1999): El Capital, México, Siglo XXI.
Marx, K. (1989): Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, México, Siglo XXI.
Marx, K. (1980): Contribución a la crítica de la economía política México, Siglo XXI.
Moseley, F. (2011): “The Determination of the “Monetary Expression of  Labor Time” (MELT) in the Case of Non-Commodity Money, Review of Radical Political Economics vol. 43, pp. 95-105.
Saad-Filho (1996): “The value of money, the value of labour power and the net product: an appraisal of the ‘New Approach’ to the transformation problem” en A. Freeman y G. Carchedi (eds.) Marx and non-equilibrium economics  Cheltenham, Gran Bretaña y Vermont, EE.UU.
Vilar, P. (1982): Oro y moneda en la historia (1450-1920) Barcelona, Ariel.

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Papel moneda, oro y la teoría monetaria de Marx (4)

Written by rolandoastarita

28/08/2016 a 19:48

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4 comentarios

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  1. Me ha parecido un interesante esfuerzo de su parte profesor, desarrollar tema tan complejo, pero se ha quedado bastante desfasado de la cuestión del problema teórico entre el valor y la moneda en Marx. Sin duda hoy día para entrar al debate al respecto es imprescindible los estudios de Carlo Benetti, José Felix Cataño, Mario Robles Baez, Krauze entre otros.

    Me parece que se acerca bastante al problema central en Marx, tratando de resolver la pregunta implicitamente ¿cómo los trabajos privados se vuelven sociales o cómo el trabajo heterogéneo se vuelve homogéneo? Sin duda que una posible respuesta tiene que pasar por el dinero y sus formas del valor, en fin habría mucho que decir…Me parecen unos muy buenos aportes de su parte.

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    Antuan L

    01/09/2016 at 15:55

  2. Rolando, hay algún autor anglosajón que considere de esta misma forma la relación entre el papel dinero y el equivalente universal? Me interesa compartir estas ideas con gente que no lee español y no puede conciliar sus simpatías respecto a la teoría monetaria moderna con sus convicciones marxistas. Saludos.

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    Ezequiel

    07/09/2016 at 11:56

  3. Rolando, me gustaria entender como funciona la relación de la FED y los EEUU en cuanto al respaldo (Material) para emitir dólares por parte de ese ente privado.

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    Mauricio

    20/10/2016 at 16:40


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