Rolando Astarita [Blog]

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Economía política de los derivados y la teoría de Bryan y Rafferty (3)

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La segunda parte de la nota, aquí  

Crecimiento explosivo de los derivados

En las últimas décadas el crecimiento de los derivados ha sido explosivo. Solo desde diciembre de 1988 a diciembre de 2008 los montos nocionales de derivados OTC pasaron de US$ 80,3 billones a US$ 598 billones; es un crecimiento del 22,2% anual (datos del BIS, 2016; OTC son las siglas en inglés de “sobre mostrador” y significa que las operaciones se realizan por fuera de los mercados centralizados; se amplía más abajo).

Si bien con la crisis financiera de 2008-2009 esa tasa de crecimiento disminuyó, en diciembre de 2016 el total de nocionales de derivados OTC alcanzaba, en números redondos, US$ 544 billones, equivalente a unas siete veces el producto bruto mundial (medido en términos nominales). Aunque aclaremos que se trata de los montos nocionales; los flujos empleados en la liquidación efectiva de los contratos son, naturalmente, mucho menores (como lo ilustra el ejemplo del swap de intereses que hemos presentado en la segunda parte de la nota).

Del total de derivados OTC, la parte más importante corresponde a los contratos en tasas de interés, con US$ 418 billones (los swaps de intereses US$ 311 billones). Los contratos en divisas fueron, siempre a diciembre de 2016, por US$ 74 billones; los contratos en commodities 1,39 billones (no comprende lo comerciado en los mercados centralizados). El giro diario de derivados OTC sobre tasas de interés en una única moneda promedió 2,7 billones en abril de 2016, siendo los más negociados los swaps de tasas de interés con US$ 1,9 billones, seguidos por los contratos a plazo sobre tasas de interés con US$ 0,7 billones. En cuanto a los CDS (los swaps contra default), crecieron desde US$ 920.000 millones, en 1991, a un máximo de US$ 62,2 billones en 2007; sin embargo, después de la crisis declinaron fuertemente: en 2016 el monto de CDS era de US$ 11,77 billones. Por otra parte, los contratos de forwards y futuros, en llegaban, en 2013, a US$ 24 billones; ese año el valor del mercado bursátil de EEUU era de US$ 23 billones.

El análisis de Hilferding sobre futuros

El análisis de Hilferding sobre futuros proporciona una clave de las razones que subyacen al crecimiento de los derivados en los últimos años.

Hilferding aborda el análisis del mercado de futuros en el capítulo 9 de El capital financiero, titulado “La bolsa de mercancías”. La importancia de este aspecto del trabajo de Hilferding fue destacada hace poco por Sotiropoulos (2012-2013): “aun con sus limitaciones, su abordaje del análisis de los derivados permanece como un proyecto teórico excepcional, no solo en las discusiones del período, pero también en la Economía Política en general. Analiza este desarrollo como paralelo en importancia con el desarrollo del mercado bursátil” (p. 3). Resumimos los principales planteos de Hilferding sobre derivados.

Hilferding señala en primer lugar que las mercancías en que se apoyan los futuros son estándar, de un valor de uso fijo: “Todo quantum de mercancía es reemplazable por otro igual; como quantum de idéntico valor de uso la mercancías se ha convertido en un bien fungible. Las diversas mercancías sólo se diferencian cuantitativamente dentro del comercio bursátil” (p. 165).

En segundo término, y a diferencia del “comercio normal”, en el comercio bursátil hay espacio para ganancias especulativas, que se basan en “las fluctuaciones de precios” (ídem). Los precios de las materias primas o alimentos están sometidos a frecuentes variaciones.  De aquí se desprende que si cesan las oscilaciones de precios, debido a la cartelización, “también deja de existir el comercio bursátil en estos productos, o se hace meramente nominal” (p. 166). El establecimiento de un precio de monopolio “deja inactivo el cambio de precios, y con ello la especulación” (ídem). Por lo tanto, el dominio creciente del capital financiero, o de los monopolios financieros, tendería a reducir la importancia de los derivados: “Las asociaciones monopolistas suprimen por completo las Bolsas de mercancías” (p. 178).

Plantea que el comercio bursátil convierte la mercancía para todos en pura encarnación del valor de cambio, en simple portador de precio” (p. 166). Agrega: “Todo capital monetario está directamente en situación de transformarse en esta mercancía. (…) Estas mercancías [se refiere a las estandarizadas] equivalen directamente a dinero; únicamente sufren oscilaciones continuas y más o menos pequeñas de sus precios” (166). Sostiene que, dado que son mercancías aptas para el mercado mundial, su “retransformabilidad en dinero está siempre asegurada”. Se trataría siempre de pequeñas diferencias de precio, que ocasionan ganancias o pérdidas, y “por eso son objetos de especulación tan adecuados como los demás símbolos de dinero, por ejemplo los títulos” (p. 167).

Luego explica que la mercancía ya alcanza la Bolsa con el recargo del beneficio normal, de manera que las ganancias de unos especuladores constituyen las pérdidas de otros. De aquí que la ganancia de los especuladores profesionales proviene de la pérdida de especuladores no profesionales, los outsiders: “Sin la participación del ‘público’ no prospera la especulación” (p. 173). Esto es, la ganancia de los especuladores profesionales depende de que existan muchos especuladores no profesionales.

Naturalmente, la especulación se realiza sobre la base de las operaciones a plazo. El crear un precio para cada momento del año, le da al fabricante o comerciante la posibilidad de “asegurarse contra sus oscilaciones y de cargar a la especulación el riesgo por los cambios de precio” (p. 170). Por ejemplo, cuando vende a futuro, el fabricante de azúcar independiza el precio de las variaciones que puedan ocurrir durante el período de producción, y asegura así la ganancia. De la misma manera, un fabricante se puede asegurar un determinado precio de la materia prima, asegurándose cierto horizonte de costos. Por esta vía, los derivados juegan un rol en el modo de producción capitalista. Los mercados de futuros no proveen información acerca de los precios futuros (“los precios a plazo son solo especulativos”, p. 181), pero dan lugar a dos beneficios: por un lado, permiten al capitalista productivo o comercial concentrarse en sus funciones propias, la organización de la explotación del trabajo.

En segundo lugar, si no existieran los mercados de futuros, los capitalistas dedicados a la producción o el comercio deberían mantener reservas para hacer frente a oscilaciones no previstas de los precios, y continuar la producción sin interrupciones. Se trataría de un fondo de reserva por seguridad, que debería ser considerado una parte del capital circulante. Soportaría por lo tanto un costo por la renuncia al beneficio que hubiera obtenido en caso de invertirlo productivamente. Esta es entonces la prima de riesgo que debe pagar por tener protección. Para verlo con un ejemplo, si la tasa de ganancia media sea el 8%, y el fondo es $1000, el capitalista paga una prima de riesgo de $80. Pero si el capitalista se protege comprando futuros, siempre según Hilferding, puede utilizar los $1000 productivamente, y obtener un plus de beneficio de $80. La existencia de los derivados permitiría entonces liberar este fondo; los mercados de derivados protegerían así del riesgo.

El mercado de futuros habilita, por otra parte, la intervención e influencia del capital bancario sobre el comercio. En primer lugar, no sólo mediante la concesión de créditos, sino también tomando parte en la especulación. Según Hilferding, las relaciones amplias de los bancos sobre una serie de mercados a plazo les permiten una “mejor supervisión sobre el mercado” y les brindan la oportunidad de “operaciones seguras de arbitraje”, que generan considerables ganancias (p. 177). A partir de esta intervención, controlan la venta y estrechan sus relaciones con la industria. Esto se inscribiría en la tendencia al control creciente de la economía por los monopolios financieros. Aunque a su vez, la cartelización “hace superflua la actividad especulativa del banco en el mercado interior” (p. 178). De nuevo, encontramos la idea de que las asociaciones monopolistas “suprimen por completo las bolsas de mercancías” (ídem).

 Aportes fundamentales

Una primera cuestión a destacar es que Hilferding no entiende la especulación como una distorsión del capitalismo, sino como un resultado de su naturaleza. Explica que “el negocio diferencial puro” -comprar y vender contratos de futuros- “es en realidad, la expresión más completa del hecho de que el para el capitalista no es esencial nada más que el valor de cambio” (p. 182); o más precisamente, el valor que acrecienta su valor. Por eso no se trata de “engaño”, ni tiene sentido enfadarse con la especulación, ya que sus raíces son sociales. Es difícil exagerar la importancia de esta idea. Es que todavía hoy el “sentido común” de buena parte de la izquierda progresista, e incluso muchos marxistas, consideran que la especulación es el producto de un tipo particular de capitalismo, el capitalismo “salvaje” y “neoliberal”, a la que se podría poner fin con suficiente regulación estatal (y tal vez, fortaleciendo al capital “industrial y productivo”).

En segundo término, Hilferding es muy claro al explicar que las ganancias de quienes operan con derivados se deben a fluctuaciones de los precios. Lo cual significa que no existe generación de nuevo valor. Volveremos repetidas veces sobre esta cuestión, en particular para discutir la idea –bastante extendida actualmente- de que los derivados constituyen una suerte de capital (esto es, de valor en proceso de valorización). En la explicación de Hilferding, dado que la ganancia solo puede ocurrir por transferencia de valor de una mano a la otra. Por eso, con respecto a la prima de riesgos, sostiene que “se ha mencionado con mucha frecuencia, pero se ha analizado poco”, y destaca que “no puede ser causa del nacimiento ni tampoco de explicación del beneficio” (p. 171; énfasis añadido). En otros términos, las diferencias de riesgo solo pueden generar divisiones distintas en el reparto del beneficio. De aquí que cualquier explicación de las ganancias especulativas debería partir de este principio.

Señaladas estos puntos fuertes, tal vez el problema más general, y que señala Sotiropoulos, es que no existe un análisis detallado y preciso de Hilferding sobre el funcionamiento de los mercados de futuros. Por otra parte, parece imposible explicar la ganancia de los especuladores profesionales por las pérdidas de los especuladores no profesionales, u outsiders.

Pero además, las ganancias de los “profesionales” que especulan en los mercados de derivados están lejos de ser sistemáticas, como parece pensar Hilferding. Es que si los beneficios dependen de las oscilaciones de precios, y estas son imposibles de prever (dada la naturaleza del capitalismo), las ganancias no pueden ser sistemáticas. El caso de LTCM, que hemos mencionado más arriba, es ilustrativo; también lo sucedido entre 2011 y 2012 con el JP Morgan –el mayor operador del mundo en derivados de crédito- que experimentó pérdidas de miles de millones de dólares especulando en derivados (lo analizamos con detalle más abajo). Adelantamos también que en este punto habrá que distinguir las ganancias que provienen de la especulación en derivados, de las ganancias que obtienen bancos y otras instituciones por actuar como intermediarios de las transacciones. En esta última operatoria los bancos y financieras que toman posiciones las compensan con posiciones opuestas para cubrirse; en este respecto sus ganancias provienen de las comisiones que cobran a las partes que intervienen en los contratos. Volveremos sobre esto cuando discutamos la tesis de Bryan y Rafferty que dice que el derivado constituye una nueva forma de capital.

Por último, la evolución que preveía Hilferding del mercado de futuros está condicionada por la idea de que, en el capitalismo maduro, los monopolios pasaban a dominar los precios (véase, por ejemplo,  p. 226). De ahí su pronóstico de que las negociaciones en futuros perderían terreno. Es claro que este pronóstico no se cumplió.

Textos citados:
BIS (2016): “Semiannual OTC derivatives statistics”, http://www.bis.org/statistics/derstats.htm.
Hilferding, R. (1963): El capital financiero, Madrid, Tecnos.
Sotiropoulos, D. P. (2012-3): “Hilferding on Derivatives”, Economics Discussion Paper 2012-3, Kingston University London (http://eprints.kingston.ac.uk/23342/1/DP-03-2012.pdf).

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Economía política de los derivados y la teoría de Bryan y Rafferty (3)

 

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27/02/2017 at 10:19

Economía política de los derivados y la teoría de Bryan y Rafferty (1)

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En un comentario reciente al blog un lector preguntó qué opino de la teoría sobre derivados de Dick Bryan y Michael Rafferty, presentada en Capitalism with derivatives (2006, Palgrave Macmillan). Los derivados son activos cuyo valor se basa en el precio de otro activo subyacente. Por caso, son derivados los futuros, las opciones y los swaps, entre otros. Según Bryan y Rafferty, los derivados no solo son una forma de lidiar con la incertidumbre y el riesgo, sino también constituyen actualmente una forma de capital y de dinero. Y sostienen que, dada la magnitud que adquirieron los mercados de derivados desde los 1980, se ha modificado nuestra noción del capitalismo, e incluso la relación entre propiedad y capital.

En oposición a Bryan y Rafferty, mi enfoque se acerca al que hizo Rudolf Hilferding en El capital financiero, a principios del siglo XX. Sostengo que los derivados son, en lo esencial, una forma de lidiar con el riesgo –inherente a la forma anárquica en que se impone la ley del valor en el mercado- y que no pueden ser considerados capital, ni una forma de dinero. Por eso también pienso que los derivados no modifican, en algún sentido sustancial, las leyes básicas del capitalismo; por ejemplo, la ley del valor trabajo (los precios tendencialmente son regidos por los tiempos de trabajo socialmente necesario en la producción, y no por la especulación), las leyes de la acumulación o la tendencia a la caída de la tasa de ganancia. Leer el resto de esta entrada »

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13/02/2017 at 11:46

Papel moneda, oro y la teoría monetaria de Marx (3)

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Este artículo fue publicado en En defensa del marxismo, Nº 43, febrero de 2015. La segunda parte de la nota, aquí.

Volviendo a Kautsky y Hilferding

A partir de lo visto, volvamos ahora a la polémica entre Hilferding y Kautsky. Como hemos adelantado (me baso en El capital financiero, capítulo 2), Hilferding considera que “en una moneda papel pura con circulación forzosa el valor del dinero de papel está determinado, con velocidad invariable de circulación, por la suma de los precios de las mercancías que deben entrar en la circulación. El dinero papel se independiza aquí completamente del valor del oro y refleja directamente el valor de las mercancías según la ley que su suma total representa el mismo valor que la relación: suma de precios de las mercancías/ cantidad en circulación de unidades monetarias” (p. 30; énfasis añadido). De manera que el dinero ya no entra en la circulación con valor, como sucede en la teoría de Marx, sino simplemente refleja el valor de las mercancías, de la misma manera que la luna refleja la luz solar (p. 31). Por lo tanto, la verdadera medida del valor ya no es el dinero, ya que su valor está determinado por “el valor de circulación socialmente necesario”. Por lo tanto, “en régimen de moneda sin libre acuñación es válida la teoría cuantitativa” (p. 47).

En cuanto a Kautsky, su crítica a Hilferding parte de la teoría de Marx que hemos esbozado: las mercancías llegan al mercado provistas de un precio, y por lo tanto han medido su valor en oro antes de entrar en la circulación. Kautsky aquí tiene un punto muy fuerte: si el valor del dinero está determinado por la suma de los precios de las mercancías, entonces “¿cómo será determinada la suma de los precios de las mercancías? Aparentemente por el valor del dinero”. Con lo que demuestra que Hilferding está cayendo en un círculo vicioso, ya que es imposible decir que una mercancía vale 10 marcos antes de saber qué valor representan esos 10 marcos (véase p. 45). Leer el resto de esta entrada »

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22/08/2016 at 09:23

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Papel moneda, oro y la teoría monetaria de Marx (1)

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Este  artículo fue publicado en  En defensa del marxismo, Nº 43, febrero de 2015. Aquí va la primera parte.

Introducción

En el número 42 de En defensa del marxismo se reproducen dos trabajos, uno de Kautsky, de 1913, y otro de Hilferding, de 1912 (publicados originariamente en Die Neue Zeit), dedicados a discutir el papel dinero y su relación con los precios.  El artículo de Hilferding es una reafirmación de su tesis presentada en El capital financiero. En ese trabajo Hilferding afirmó que cuando no existe libertad de acuñación es válida la teoría cuantitativa del dinero (criticada por Marx en El Capital). Según Hilferding, el valor del papel moneda está determinado por el valor de las mercancías en circulación, y no tiene relación con el oro. Kautsky, por su parte, critica esta concepción de Hilferding. En lo esencial, afirma que el oro es la base de medición del valor de las mercancías, y no puede ser desplazado de ese rol. Aunque, como veremos más abajo, también parece acordar con Hilferding en que el papel moneda deriva su valor de su relación cuantitativa con las mercancías.

A pesar de que los artículos tienen más de un siglo de publicados, el tema sigue estando en el centro de los debates sobre la naturaleza del dinero y la vigencia de la teoría monetaria de Marx. El objetivo de este escrito es examinar las posiciones en disputa,  su relación con la teoría de Marx y, lo que es más importante, su relevancia para la comprensión de los fenómenos monetarios actuales. Leer el resto de esta entrada »

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09/08/2016 at 09:08

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Competencia y teorías subjetiva y objetiva del valor (1)

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Rolando Astarita [Blog]  Marxismo & Economía El paro general del juevesEn la nota anterior hemos planteado que en la economía clásica la competencia es la fuerza que impone la ley objetiva del precio (ver aquí). Esta cuestión había sido señalada por Hilferding, en El capital financiero: “Lo indeterminado e inconmensurable bajo el domino de los precios de monopolio es la demanda. (…). Ciertamente, el precio de monopolio se puede fijar de forma empírica. Pero su precio no se puede reconocer objetiva y teóricamente, sino sólo concebirlo psicológica y subjetivamente. La economía clásica, en la que incluimos a Marx, ha eliminado, por eso, de sus deducciones el precio de monopolio, el precio de las mercancías que no pueden elevarse a capricho. (…) La ley objetiva del precio sólo se impone… a través de la competencia. Cuando las asociaciones monopolistas eliminan la competencia eliminan con ella el único medio con que pueden realizar una ley objetiva de precios. El precio deja de ser una magnitud determinada objetivamente, se convierte en un problema de cálculo para los que lo determinan voluntaria y conscientemente; en lugar de un resultado, se convierte en un supuesto; en vez de algo objetivo pasa a ser algo subjetivo; en lugar de algo necesario e independiente de la voluntad y la conciencia de los participantes se convierte en una cosa arbitraria y casual” (p. 257; énfasis agregado).

La observación de Hilferding es clave: donde no hay competencia, el precio depende en última instancia de la demanda, esto es, de la intensidad del deseo del comprador. Y esta situación da pie a una teoría subjetiva del valor, esto es, a una teoría que otorga un rol decisivo, en la determinación de los precios, a los gustos y preferencias. Lo cual exige dos requisitos: en primer término, la existencia de un mundo de escasez que dé lugar a una curva de oferta con pendiente positiva (a medida que suben los precios, se ofrecen más bienes). En segundo lugar, sumergirse en un mar de especulaciones acerca de preferencias y elecciones de los compradores (consumidores), que no hay forma de constatar empíricamente. Es sobre estos dos pilares que la economía “de la corriente principal” va a sostener que los precios (incluidos los precios de los “factores”) y las cantidades se determinan simultáneamente. El problema es que cuando se introduce la competencia de productores (como hacen Ricardo y Marx), la curva neoclásica de la oferta se derrumba, y con ella el rol de la demanda en la determinación de los precios.

El objetivo de esta nota entonces es explicar por qué esto es así, a partir de la presentación de lo esencial del esquema neoclásico. Dada su extensión, la he dividido en tres partes. En la primera, presento los problemas encerrados en la construcción de la curva de oferta neoclásica. En la segunda parte, analizo las cuestiones implicadas en la curva de demanda neoclásica. Para estas dos primeras secciones tomo como texto base Microeconomía intermedia. Un enfoque actual, de Hal Varian, y el excelente Una lectura crítica de Varian, Notas sobre Microeconomía intermedia, de Rogelio Huerta Quintanilla. Por último, en la tercera parte presento el planteo de Ricardo.

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13/12/2012 at 16:40

Competencia “a lo Marx” y monopolio (II)

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Rolando Astarita [Blog]  Marxismo & Economía El paro general del jueves(Continúo aquí la nota anterior).

Tendencia a la concentración y contratendencia

Uno de los errores más difundidos es la idea de que la tendencia a la concentración y centralización del capital debía llevar al sistema capitalista a un punto de cambio cualitativo, a partir del cual el monopolio comenzara a prevalecer por sobre la competencia; ese punto, se dice, habría sido alcanzado a fines del siglo XIX. A partir de entonces la competencia habría pasado a un segundo plano. Sería el desenlace natural del impulso a la concentración y centralización del capital (tendencias analizadas por Marx en el capítulo 23 del tomo 1).

El problema con esta visión es que peca de unilateral y mecánica. Lógicamente, no se puede negar que en algún momento el sistema capitalista desemboque en el dominio de los monopolios, pero lo cierto es que hasta el presente la centralización del capital avanzó desplegando tendencias contradictorias. Es que a la par que avanzan la concentración y centralización, también aumenta el número de capitales que entran en competencia. “El incremento del capital social se lleva a cabo a través del incremento de muchos capitales individuales. Presuponiendo que no varíen todas las demás circunstancias, los capitales individuales -y con ellos la concentración de los medios de producción- crecen en la proporción en que constituyen partes alícuotas del capital global social. Al propio tiempo, de los capitales originarios se desgajan ramificaciones que funcionan como nuevos capitales autónomos. (…) con la acumulación del capital crece en mayor o menor medida el número de capitalistas” (Marx, 1999, t. 1, p. 777).

La realidad es que constantemente surgen nuevas ramas de producción donde se generan nuevos capitales. También se incorporan países en los que se desarrolla el capitalismo, dando lugar a la formación de nuevos capitales que compiten en los mercados mundiales. Pero además, en las ramas ya instaladas, el cambio tecnológico con frecuencia favorece la aparición de capitales que presentan batalla exitosamente a los antiguos, especialmente si éstos deben soportar altos costos para mandar a desguace equipos y máquinas obsoletas. Por eso, se trata de dos tendencias, a la centralización y concentración, por un lado, pero también al surgimiento de nuevas unidades del capital. Como resultado, la ley del valor opera a escala cada vez mayor. En la medida en que los capitales crecen por la concentración y centralización, tienen más poder para incursionar en nuevos mercados. Y constantemente aparecen nuevos competidores, adquiriendo la lucha competitiva dimensiones mundiales.

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Competencia “a lo Marx” y monopolio (I)

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Rolando Astarita [Blog]  Marxismo & Economía El paro general del juevesEn varias ocasiones, en los “Comentarios” del blog, se ha tocado la cuestión de si es correcta la tesis de la preeminencia del monopolio en el capitalismo contemporáneo. La misma fue adelantada por Hilferding, Hobson, Bujarin y Lenin, a principios del siglo XX, y fue adoptada luego por la mayoría de la izquierda. Stalinistas, trotskistas, maoístas, guevaristas, socialdemócratas, nacionalistas de izquierda y radicales izquierdistas de las más diversas tendencias, parecen coincidir en que hacia finales del siglo XIX la concentración del capital habría llegado a un nivel tal que habría producido un cambio cualitativo del modo de producción capitalista: se habría pasado del capitalismo de la libre competencia, al capitalismo monopólico. Desde este enfoque, las explicaciones discurren siempre por los mismos carriles. ¿Por qué suben los precios en Argentina? Respuesta: porque los grupos monopólicos, formadores de precios, suben los precios a voluntad. ¿Por qué suben los precios de los alimentos a nivel mundial? Porque los grupos financieros monopolistas manipulan los mercados de futuros. ¿Por qué sube el petróleo? Porque las grandes empresas petroleras dominan el mercado y establecen los precios. Y así de seguido (aunque algunas preguntas jamás se formulan; por ejemplo, ¿por qué en Japón ha habido fuertes presiones deflacionarias en los últimos 15 años? ¿Acaso porque aquí los monopolios decidieron bajar los precios? Nadie parece preguntarse ni responder. Pero estos son “detalles”). En cualquier caso, el diagnóstico permanece idéntico. El problema es el dominio monopólico.

Debo decir que durante mucho tiempo compartí esta visión. Sin embargo, desde hace años, he cambiado mi postura, influenciado en buena medida por Anwar Shaikh, y otros autores, que han criticado la tesis del dominio monopólico. Esencialmente, sostengo que actualmente la competencia desempeña un rol por lo menos tan importante como en el siglo XIX, y que esto explica por qué las leyes que gobiernan la formación de los precios, presentadas por Marx en El Capital (y otros escritos), siguen siendo válidas. En particular, sigue vigente la ley del valor trabajo, la tendencia a la formación de una tasa media de ganancia y la tesis de que los precios de producción son “centros” en torno a los cuales oscilan los precios de mercado. Pero cuando afirmo esto, es bastante común que se me acuse de adherir a la tesis neoclásica de la competencia perfecta. A fin de despejar esta objeción, y contribuir al debate, en esta nota presento la noción de competencia en Marx, su diferencia con las llamadas “competencia perfecta” y “competencia imperfecta”, y algunas consecuencias que se desprenden con respecto a la tesis del capitalismo monopólico. He dividido la nota en dos partes.

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12/10/2012 at 11:39

Capital financiero, capital dinerario y capital comercial

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Rolando Astarita [Blog]  Marxismo & Economía El paro general del juevesEl término “capital financiero” es de uso común en la izquierda, incluido el marxismo. A grandes rasgos podemos decir que con este término se denota a una totalidad compuesta por los bancos, los fondos de inversión y similares, las compañías de seguro, los prestamistas de dinero, y los accionistas. Pero la noción también hace referencia a una relación de dominio de estos capitales sobre el capital productivo (y, eventualmente, el mercantil). Esta idea nace con los “clásicos” sobre el imperialismo (Hilferding, Hobson, Lenin) y es mantenida en la actualidad en la tesis de la financiarización (Chesnais, Samir Amin, Reinaldo Carcanholo), y otras corrientes izquierdistas. En esta nota examino la cuestión a la luz de las nociones de capital dinerario y capital comercial, de Marx, y planteo mis principales críticas a la noción usual de capital financiero.

En Marx

Tal vez una de las cuestiones más importantes es precisar la distinción, de Marx, entre capital comercial y capital dinerario. Por capital comercial el autor de El Capital entendía el capital mercantil (esto es, el que se especializa en el comercio de mercancías) y el que se especializa en el manejo del dinero. Este último engloba a los bancos, y en general a las instituciones que realizan operaciones monetarias “para toda la clase de los capitalistas industriales y comerciales” (Marx, 1999, t. 3, p. 403). Son las operaciones de pago y cobro de dinero, conservación de tesoros monetarios, saldo de balances, manejo de cuentas corrientes, movimientos internacionales de dinero, operaciones cambiarias, y similares. A ello se agrega el recibir y conceder créditos, organizar la colocación de acciones y bonos, preparar fideicomisos, actuar como fideicomisarios, etc. El capital dinerario, en cambio, comprende -siempre según Marx- el dinero que se presta, a cambio de un interés. Es en este sentido que el capital comercial se diferencia del capital dinerario: los capitales comerciales (sean mercantiles o bancarios) reciben la parte de la plusvalía que corresponde a la ganancia. Es conveniente recordar que el beneficio de un banco no proviene del interés, como muchas veces se piensa, sino de la diferencia entre las tasas activas y pasivas (esto es, las tasas a las que presta y las tasas a las que toma depósitos); más las comisiones que cobra por realizar operaciones monetarias. Su tasa de ganancia, por lo tanto, está determinada por la razón entre los beneficios y el capital propio invertido. Lo mismo sucede con un corredor de bolsa; su ganancia principal proviene de las comisiones que cobra por operar en la bolsa, y su tasa de ganancia es la razón entre el beneficio y el capital invertido. No hay, en este sentido, una diferencia sustancial con la tasa de ganancia de los capitales invertidos en cualquier otra actividad. El capital del banco participa de la igualación de la tasa de ganancia, junto al resto de los capitales. Esa igualación se produce por la competencia, que ocurre con los movimientos de los capitales entre las ramas. Si la tasa de beneficio en una rama es mayor que en el promedio de la economía, los capitales tenderán hacia ella, hasta que se iguala con el promedio. A la inversa, los capitales salen de las ramas en que la tasa de ganancia es menor al promedio. Por esta razón, Marx jamás consideró que las instituciones que operan con dinero pudieran gozar de una tasa de ganancia sistemáticamente superior a la que reciben los capitales invertidos en las ramas productivas, o comerciales.

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