Rolando Astarita [Blog]

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Salarios, productividad marginal y la elevada ciencia de Javier Milei (1)

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En una nota que lleva por título “Las brillantes ideas de Nicolás nos mandarán al caño”, publicada en El Cronista el 17/05, el economista Javier Milei critica la propuesta de Del Caño, candidato a presidente por el PTS, de reducir la jornada de trabajo para acabar con la desocupación. Entre otros argumentos, Milei acusa a Del Caño de tener “un desconocimiento total y absoluto de la forma en que se determina la remuneración de un factor (en este caso el trabajo)”. Y agrega: “Si uno revisa un libro básico de teoría de los precios (Microeconomía), al momento de analizar la demanda de factores de producción, encuentra que la misma está determinada por aquel punto donde el valor del producto marginal (el cual surge de multiplicar el precio del bien que ofrece la firma en el mercado por el producto marginal del factor) se iguala al costo del factor, en este caso sería el trabajo”. Según Milei, Del Caño es un ignorante porque no dice lo que dicen los manuales, y los cursos habituales de Economics. Para información de los lectores del exterior, Javier Milei es un economista que ha ganado cierta notoriedad en los últimos tiempos, despotricando a los gritos en los medios contra todo lo que huela a izquierda, o incluso a keynesianismo.

Pues bien, el problema con el argumento de Milei es que desde hace ya muchos años la tesis que afirma que el salario se iguala, en equilibrio, a la productividad marginal del trabajo, ha sido objeto de críticas que ni los manuales, ni los cursos académicos, han podido responder. Más aún, ni siquiera las mencionan, con el resultado de que mucha gente que cursa las carreras de Economía termina convencida de que, “naturalmente”, los salarios se igualan a la productividad marginal del trabajo. Se trata de una teoría apologética del sistema existente (los trabajadores “reciben lo que merecen”), y autista con respecto a lo que cotidianamente viven –o padecen- los millones de hombres y mujeres que trabajan bajo las órdenes del capital, o buscan trabajo. Decimos autista porque, como veremos en seguida, no tiene el menor contacto con lo que ocurre en la realidad del mundo capitalista.

En lo que sigue presento entonces algunas de las principales críticas que se han dirigido a la tesis neoclásica que despierta tanta admiración al crítico de Del Caño. La nota está pensada fundamentalmente para alumnos de las carreras de Economía que hayan cursado Micro o Macro; dada su extensión la he dividido en tres partes.

Rendimientos decrecientes para todos y para todas

Empecemos recordando que la tesis de los rendimientos decrecientes de todos los factores productivos fue elaborada en la década de 1880, cuando los economistas neoclásicos transformaron la teoría de la renta de la tierra de West, Ricardo, Malthus y otros clásicos en un caso especial de una teoría más general.

Según Ricardo, a medida que se agregan unidades homogéneas de trabajo y capital a una parcela de tierra (se empieza por la mejor tierra), se obtiene un rendimiento decreciente. Lo cual lleva, en determinado punto, a cultivar una tierra de peor calidad, dando lugar al surgimiento de la renta. Esto es, la renta se genera por la diferencia de productividad entre tierras a las que se les aplican las mismas dosis de capital y trabajo. Por eso, según Ricardo, la renta tiene una base natural. En este sentido, en los Principios… escribe que si la buena tierra existiera en cantidad abundante, o si el capital “pudiera emplearse indefinidamente sin un ingreso decreciente de la tierra vieja”, no podría haber la renta. O sea, hay renta porque “la tierra no es ilimitada ni uniforme en calidad” (p. 53). La tierra de mejor calidad da mayor rendimiento, y dado que el precio del grano (o de otro producto agrícola) está determinado por la tierra de peor calidad, la renta retribuye al propietario de la mejor tierra. Por eso es de destacar que la renta no remunera la productividad de la tierra marginal, sino de las tierras intramarginales (esto es, las tierras más productivas que la tierra de peor calidad).

Señalemos también que en la teoría de Ricardo las diferencias de productividad de la tierra explican solo una variable distributiva, la renta. No hay cabida a razonamiento marginal alguno para explicar el salario o el beneficio, ya que tanto el trabajo como el capital (medios de  producción) se consideran homogéneos, y no se hace ningún supuesto especial sobre rendimientos cuando se trata del trabajo industrial; incluso se pueden admitir, sin inconvenientes para la teoría, los rendimientos crecientes a escala (en los que pone el acento Adam Smith).

Pues bien, los neoclásicos se inspiraron en los rendimientos decrecientes para formular una teoría completamente ajena a lo que sostuvo Ricardo. El viraje consistió en sostener que también el capital y el trabajo tienen rendimientos decrecientes, y que sus remuneraciones –ganancia y salario- se igualan con sus respectivas productividades marginales. Como se explica en los manuales, la productividad marginal de un factor (típicamente, trabajo o capital) se mide entonces por el efecto sobre el producto total de adicionar o retirar una unidad de ese factor, en tanto se mantienen constantes las cantidades de los otros factores (típicamente, capital o trabajo).

Por eso, y en relación al mercado de trabajo, la teoría neoclásica dice que a medida que aumenta el trabajo empleado, manteniéndose fijo el capital (entendido este como los equipos e instalaciones), disminuye su productividad. Por ejemplo, dado un stock de capital, un obrero produce 10 X por unidad de tiempo; un segundo obrero 8 X; un tercer obrero 6 X, etcétera. Así, el empresario sigue agregando trabajo hasta que la productividad del último obrero incorporado se iguale al salario prevaleciente en la economía. Enfatizamos que la ley de los rendimientos decrecientes de un factor variable, como el trabajo, requiere que los otros factores (tierra y capital) permanezcan fijos. Por eso, y dado que los trabajadores se suponen homogéneos, en tanto capacidad de trabajo, el rendimiento decreciente solo ocurre porque disminuye la proporción de capital por trabajador. Puede verse aquí la distancia con el razonamiento de Ricardo.

Señalemos también que la tesis de los rendimientos decrecientes juega un rol clave en el edificio neoclásico. Por un lado, porque los rendimientos decrecientes constituyen el fundamento de la función de demanda de trabajo de pendiente negativa (junto a la curva de oferta, que no vamos a tratar aquí, determina el salario; puede consultarse, sin embargo, la crítica de Keynes, 1986, caps. 1 y 2, a la curva de oferta laboral). Y por otra parte, los rendimientos decrecientes son el fundamento de la pendiente positiva de las curvas de costos marginales y medios de las empresas sometidas a competencia, de las cuales se deriva la curva de oferta de pendiente positiva. Dado que las pendientes de las curvas son decisivas para determinar simultáneamente precios y cantidades, si se cae la tesis general de los rendimientos decrecientes no hay forma de que las curvas de oferta y demanda determinen precios y cantidades.

Rendimientos decrecientes y las 9 palas que se transforman en 10

Los neoclásicos suponen entonces que el factor variable, en nuestro caso el trabajo, se puede aplicar en mayor o menor cantidad a una cantidad fija del factor fijo. Pero aquí aparece un problema irremontable para la teoría neoclásica. Lo presentamos con un famoso ejemplo teórico, adelantado por Dennis Robertson en 1931.

Robertson propuso la siguiente cuestión. Supongamos que hay 9 obreros cavando un pozo, provistos de 9 palas (capital). Se agrega un trabajador. ¿Cuál es su productividad? Para calcularla, Robertson propone dos soluciones. La primera es que ahora los 10 obreros tienen 10 palas más baratas, en lugar de las 9 originarias. Alternativamente, si no hay lugar para que cave, el décimo hombre será provisto con un cubo y enviado a servir cerveza para los otros 9. Observemos que la primera “solución” de Robertson supone que el capital es plástico, una especie de “masilla” o “gelatina” que puede adaptarse de manera flexible, de forma que 9 palas se transforman en 10, permaneciendo fijo el stock total de capital. Por lo cual también podría decirse que las 10 palas más baratas vuelven a transformarse en 9 más caras si disminuye luego un obrero; o en 11, de nuevo más baratas, si se agrega otro obrero, etcétera. Por supuesto, la “solución” funciona en el papel, pero tiene poco que ver con la práctica. Es que en la vida real los medios de producción no son “gelatina” o “masilla” (salidas “teóricas” propuestas oportunamente por los neoclásicos para responder a las críticas de los economistas de Cambridge Inglaterra).

En todo caso, y como lo planteó Joan Robinson en referencia al ejemplo propuesto por Robertson, cuando se agrega el décimo trabajador, este podría aumentar el producto solo en la medida en que los otros nueve caven mejor si tienen algún descanso de tiempo en tiempo (la segunda solución de Robertson). Sin embargo, si en lugar de aumentar un obrero se sustrae el noveno trabajador, ahora el producto se reduciría por más o menos el promedio de productividad. En consecuencia, el salario deberá estar en algún punto entre el valor promedio del producto por obrero y cero. Pero esto significa que el producto marginal, o bien es mucho mayor, o es mucho menor que el salario, según que el equipo sea empleado por encima o por debajo de su capacidad (véase Robinson, 1972, pp. 234-235). Pero además, sigue Robinson, bajo condiciones de competencia imperfecta es normal la subutilización de capacidad de las plantas; en consecuencia, en el corto plazo los rendimientos marginales con frecuencia son constantes y los salarios no se pueden igualar a la productividad marginal. Incluso, siempre según Robinson, en promedio equivalían a la mitad del valor agregado.

Por otra parte, en el largo plazo los equipos de capital se ajustan a la cantidad de empleo. Para verlo con otro ejemplo, si un empresario emplea un trabajador que opera un torno, en un turno de 8 horas, y luego decide expandir la producción a un segundo turno de 8 horas, no hay razón para que este segundo trabajador sea menos productivo que el primero; lo mismo ocurrirá si emplea un tercer turno. Pero si pasa a ocupar un cuarto trabajador, su productividad bajará abruptamente. Si, en cambio, adquiere un segundo torno para el cuarto trabajador, la productividad de este último tenderá a alinearse con la de los otros tres trabajadores. Estos son hechos de la vida cotidiana en las empresas. Observemos, además, que si el empresario contrata los tres obreros que trabajen el torno en tres turnos, no tiene manera de calcular cuál es la productividad marginal de los trabajadores. ¿Cuánto de la productividad corresponde al obrero y cuánto al torno? Imposible decirlo. Es lo que se conoce como el problema del pastel: ¿cuánto del pastel que hemos cocinado corresponde a la harina, a los huevos, al horno o al trabajo? No hay manera de sacarlo (si se pretende que la contribución de cada “factor” está dada por su precio, la teoría falla porque supuestamente la productividad marginal, que es física, debía determinar el precio de cada factor).

Falta la evidencia empírica

Lo explicado en el apartado anterior ya sugiere que la idea de que los salarios se igualan a la productividad marginal, y que esta es siempre decreciente (al menos en el tramo de las curvas de costos económicamente significativas) carece de evidencia empírica.

De todas formas, los economistas neoclásicos sostienen, en los manuales y cursos académicos, que la ley de rendimientos decrecientes tiene un fundamento empírico. Aunque de hecho es imposible encontrarlo, como se ha señalado repetidas veces. Así, según la teoría estándar, los rendimientos primero crecientes y luego decrecientes de una empresa generan la curva del costo medio variable con forma de U, que se asocia a la curva de los costos marginales que atraviesa a la primera en su punto mínimo.

Sin embargo, “esta predicción no es respaldada por más de 60 años de estudios empíricos sobre las curvas de costo de corto plazo, estudios que casi invariablemente muestran que la curva del costo medio variable es horizontal, y es igual a la del costo marginal, a lo largo de un rango significativo de posibles tasas de producto” (Miller, 2000, p. 120). De hecho, las curvas son horizontales la mayor parte de las veces, y cuando se llega al total de utilización de capacidad, se hacen rápidamente verticales. Por eso Miller señala que es habitual que las líneas de producción en las empresas posean stocks fijos de capital, pero los tiempos de funcionamiento, o de servicio, sean totalmente flexibles. Y esta circunstancia podría explicar por qué las curvas de  costo promedio y de costo marginal son horizontales mientras existe capacidad ociosa, y pasan a ser rápidamente verticales cuando se llega a plena utilización de capacidad. Con carácter más general, Miller también cita un estudio de fines de los 1990, realizado sobre empresas estadounidenses, que demostró que solo el 11% del producto era generado bajo condiciones de costos marginales crecientes, el 48% producía con costos marginales constantes, y un significativo 40%, aproximadamente, producía con costos marginales decrecientes. Dejemos sentado también que con estos elementos tampoco hay manera de sostener la curva de oferta marshalliana (para una crítica de la curva de oferta, véase Sraffa, 1926).

Textos citados:
Keynes, J. M. (1986): Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, México, FCE.
Miller, R. (2000): “Ten Cheaper Spades: Production Theory and Cost Curves in the Short Run”, Journal of Economic Education, vol. 31, pp. 119-130.
Ricardo, D. (1985): Principios de Economía Política y tributación, México, FCE.
Robinson, J. (1972): “Capital Theory Up to Date”, E. K. Hunt y J. G. Schwartz, A Critique of Economic Theory, Middlesex, Inglaterra, Penguin, pp. 233-244.
Sraffa, P. (1926): “The Laws of Returns under Competitive Conditions”, Economic Journal, vol. 36, pp. 535-550.

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Salarios, productividad marginal y la elevada ciencia de Javier Milei (1)

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20/05/2017 at 15:42

La Argentina “del cambio”: inflación y baja de salarios

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Devaluación, aceleración inflacionaria –aumento de tarifas en primer lugar- y salarios que se quedan: es el proceso clásico por la que se está operando una gigantesca transferencia de riqueza desde los trabajadores a la clase dominante. Recuerdo lo que planteé en una nota anterior, apenas subió Macri:

“Ahora el peso de la clase dominante está puesto en las paritarias. Lo dijo Macri en su tan elogiado discurso ante la Unión Industrial Argentina: ‘hay que bajar la conflictividad gremial, que es permanente’. O sea, los sindicatos tienen que ‘tragarse’ la suba de precios. Tengamos presente que este año la inflación estaría entre el 28 o 30%, y todo indica que se aceleraría con la devaluación y la suba de las tarifas. En el mismo sentido, referentes de las cámaras empresarias (por caso, Mendiguren, del partido de Massa) dicen que las paritarias no deben tomar en cuenta la inflación  pasada, sino la esperada. El ministro de Trabajo agregó que los aumentos deben otorgarse ‘según productividad’ (otro argumento clásico de los empresarios en tiempos de crisis y ajuste). En consecuencia, por todos lados se presiona para que se imponga, pacto social mediante, un techo a los incrementos salariales. Para esto se recurre a la amenaza de toda la vida: si no aceptan, habrá desocupación. ‘Tienen que cuidar el empleo’, les dijo Macri a los trabajadores. Es el mismo argumento-amenaza que esgrimía, hasta hace poco, Cristina Kirchner. Así, todo discurre según el necesario orden causal del orden capitalista. Por supuesto, nadie habla del trabajo precarizado, ni de los millones de subocupados, o de los que ni siquiera buscan trabajo porque están desanimados. La otra arma con que cuenta la clase dominante es, como siempre, la siempre presente burocracia sindical” (aquí).

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07/05/2016 at 17:21

Defendiendo al capital

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En julio de este año, en un debate que organizó Pateando el tablero, TV La izquierda diario, cuando me preguntaron por las perspectivas de lo que podría traer el gobierno que asumiría en diciembre, respondí que, ganara quien ganara, el eje estaría puesto en crear las condiciones para la inversión (ver aquí). Luego, en las notas publicadas durante la campaña electoral, volví varias veces sobre la misma idea. En particular, cuando se llamó al ballotage, uno de los argumentos principales a favor del voto en blanco fue que tanto Scioli como Macri aplicarían, frente a la crisis, un programa económico de características más o menos similares.

De manera que estos primeros seis días que lleva Cambiemos en el gobierno no han traído sorpresas: la quita de retenciones para el campo y la industria, y la devaluación están en la lógica de lo planteado, y han despertado un comprensible entusiasmo entre los representantes del capital, de conjunto. Es cierto que se han cruzado algunas tensiones y disensiones –los nombramientos por decreto de los jueces de la Corte Suprema; también en torno a cuánto asume el Central por la pérdida ocasionada con el negociado de los futuros-; pero por ahora, lo que prima es el beneplácito y la unidad del establishment económico.

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16/12/2015 at 09:39

Intelectuales y académicos por Scioli, contra el voto en blanco

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Por estos días recibí un mail enviado por la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, con la resolución de su Consejo Directivo llamando a apoyar a Scioli en el balotaje. En ella se alerta sobre el riesgo “del retorno a políticas neoliberales, privatistas y excluyentes de las mayorías populares”. Por eso decide convocar “a la comunidad educativa a defender las conquistas” y “alertar sobre probables políticas de ajuste y mercantilización, inspiradas por el explícito neoliberalismo de uno de los proyectos en pugna en el balotaje electoral”. Se trata, sigue el texto, del mismo neoliberalismo “que sumió en la pobreza material y cultural a millones de argentinos hasta llegar a la crisis sin precedentes de 2001”. Se informa también que la resolución tuvo el apoyo “de todas las expresiones políticas representadas, a excepción de los consejeros del Partido Obrero”.

También en la Universidad de Quilmes se hizo circular entre los alumnos y docentes un mail en el cual el Departamento de Economía y Administración convoca a apoyar al candidato oficialista. “[C]omo integrantes de la comunidad de profesores, investigadores, estudiantes, graduados, becarios y personal administrativo y de servicios de la Universidad Nacional de Quilmes, consideramos necesario manifestar públicamente nuestra posición sobre las perspectivas de país que se abren para los próximos cuatro años”, afirma. El eje del argumento es la mejora del presupuesto para las universidades, y la UNQUI en particular.

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10/11/2015 at 17:25

La presidenta Cristina K sobre salarios e inversión

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Discurso K sobre salarios e inversión

“En la ideología liberal nos dicen que tiene que haber inversión y para ello es necesario que no haya salarios tan altos, porque si los salarios son altos los empresarios no invierten”. La frase fue lanzada por la presidenta Cristina Kirchner en un acto realizado ayer, miércoles 20 de mayo, y fue entusiastamente aplaudida por el ministro de Economía, doctor Kicillof, y seguidores. La afirmación K tiene varias aristas merecedoras de análisis.

La primera cuestión es que no solo la ideología liberal dice que si los salarios suben por encima de cierto umbral la inversión se frena. También lo afirman los keynesianos, incluidos los de izquierda. Como he planteado en anteriores notas, Robinson, Kalecki o Kaldor eran conscientes del asunto; y los poskeynesianos en la actualidad han admitido que, a fin de que el sistema capitalista funcione, es necesaria una dosis de desocupación que mantenga a raya las demandas salariales (ver aquí y aquí).

Pero en segundo lugar, hay que subrayar que es la teoría del valor trabajo y de la plusvalía la que explica la naturaleza del fenómeno. En este punto, remito al capítulo 23 del tomo 1 de El Capital, donde Marx expone el argumento. Partimos de que si se produce un alza de salarios que no sea por el abaratamiento de los medios de consumo de los trabajadores, habrá una “merma cuantitativa del trabajo impago que debe ejecutar el obrero”. Sin embargo, esa merma “nunca puede alcanzar el punto que pondría en peligro seriamente el carácter capitalista del proceso de producción y reproducción de sus propias condiciones…”. Es que si el alza de salarios “embota el aguijón de la ganancia”, decrece la acumulación [o sea, la inversión] y con esto “el precio del trabajo desciende de nuevo a un nivel compatible con las necesidades de valorización del capital”. Por este motivo, “el propio mecanismo del proceso capitalista de producción remueve los obstáculos que genera transitoriamente” (Marx).

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21/05/2015 at 11:33

Sobre salario, desempleo e inflación (4)

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Las partes anteriores de esta nota aquí, aquí y aquí.

La posición de Marx sobre el salario, y el rol de la desocupación es, naturalmente, opuesta a los enfoques burgueses, pertenezcan estos a la vertiente ortodoxa monetarista, reformista keynesiana, o a cualquier variante intermedia.

 El punto de partida

 Tal vez el punto de partida para una correcta comprensión de la crítica desde el marxismo a la tesis de la curva Phillips es cuestionar la idea de que los salarios rigen los precios, y que por lo tanto un aumento de los primeros debe traducirse en el incremento de los segundos. La misma tiene por sustento la concepción –presente en Adam Smith- de que el precio se forma por suma de partes, esto es, por suma del salario, la ganancia del capital y la renta de la tierra. De acuerdo a este enfoque, los contribuyentes a la formación del precio son relativamente independientes uno del otro, y el aumento de salarios debe traducirse en aumento de los precios. Este resultado ocurre tanto en el enfoque neoclásico, que considera que el salario, la ganancia y la renta se determinan por las escaseces relativas y las productividades marginales del trabajo, el capital (identificado con la máquina) y la tierra; como en la teoría poskeynesiana que sostiene que la ganancia y la renta son el resultado de un plus agregado al costo salarial, al momento de la venta.

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08/10/2014 at 10:04

Sobre salario, desempleo e inflación (3)

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Las partes anteriores de esta nota aquí y aquí

Salarios, desempleo e inflación en los poskeynesianos

 Si bien existen puntos de contacto entre el planteo de los nuevos keynesianos y el de los poskeynesianos, en particular en lo que respecta a la importancia del conflicto distributivo en las causas de la inflación, sus enfoques difieren en aspectos sustanciales. Es que a  diferencia de los nuevos keynesianos, los poskeynesianos ponen el énfasis en la demanda como determinante del empleo, y en una distribución del ingreso más igualitaria para impulsar la demanda. Por eso, el enfoque poskeynesiano tiene puntos de contacto con el subconsumismo tradicional (véase Bleaney 1977, para una descripción). Recordemos que el subconsumismo plantea que es posible un desarrollo armónico del capitalismo, en el que los salarios elevados dan lugar a una demanda elevada, y esta facilita la rentabilidad del capital, que garantiza la continuidad de la inversión. Con matices, los keynesianos de izquierda sostienen, en sustancia, el mismo enfoque. Por eso sus tesis encajan en el reformismo burgués y otras variantes reformistas (socialdemócratas, sindicalistas burgueses, nacionalistas de izquierda, y similares). El ideal, como lo explicitaba Keynes, es reformar al modo de producción capitalista sin afectar sus raíces, la propiedad del capital.

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28/09/2014 at 16:47

Sobre salario, desempleo e inflación (1)

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Acerca del título de la nota: En un principio esta nota llevaba por título “López Murphy sobre salario, desempleo e inflación”, ya que el disparador de la misma fue la reivindicación que hizo este economista de la derecha de las políticas de control de inflación de los bancos centrales de los países desarrollados (políticas que tienen como centro la llamada tasa natural de desempleo). Sin embargo, a medida que fui desarrollando el tema, el escrito adquirió un carácter más general: además de la postura estrictamente monetarista, presento en las siguientes partes de la nota los enfoques de los nuevos keynesianos, de los poskeynesianos, y finalmente una síntesis de la postura de los marxistas. De ahí que haya optado por el título más general “Sobre salario, desempleo e inflación (1)”.  

En una polémica realizada ayer en un programa de TV con Jorge Altamira, dirigente del Partido Obrero, el economista de derecha López Murphy reivindicó las políticas de los bancos centrales de los países desarrollados de control de la inflación, que han venido aplicándose en las últimas décadas. Si bien las mismas tienen como punto axial la idea de que una elevada tasa de desempleo da lugar a una baja de la tasa de inflación, se combinan sin embargo con la tesis de que la inflación es, en lo esencial, un fenómeno monetario (esto es, un resultado de una excesiva emisión monetaria). En el curso de la polémica, JA señaló, correctamente en mi opinión, el carácter ideológico del planteo de LM; con esto quiso decir que no tiene un fundamento científico, sino está basado en la defensa de los intereses del capital en general. LM defendió su posición presentándola como “natural y lógica”, prácticamente como si se tratara de un hecho técnico; la naturalización pasa por el argumento de “la aplican los países serios”.

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05/09/2014 at 13:31

Economía mundial: ¿semi-estancamiento de largo plazo? (2)

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Segunda parte de la nota iniciada aquí

Altos beneficios, débil inversión en EEUU

Una de las características más importantes de una recuperación fuerte es un fuerte crecimiento de la inversión. Como lo demuestran varios estudios (véase, por ejemplo Sherman, 1991) la inversión es la que más se contrae en las recesiones, y la que aumenta en mayor proporción en las recuperaciones. Precisamente las recesiones empiezan a revertirse cuando las empresas comienzan a invertir para reponer inventarios -que acompañan la paulatina recuperación del consumo-; y la recuperación cobra fuerza cuando los empresarios deciden aumentar el capital, reforzando así la demanda. Pero esto no es lo que ha sucedido en la recuperación estadounidense desde mediados de 2009. La inversión ha crecido a la tasa más baja de todas las recuperaciones ocurridas después de la Segunda Guerra (Makin, American Enterprise Institute). Mientras que la inversión neta productiva no residencial promedió alrededor del 4% del PBI en la posguerra y hasta 2000, en 2012, esto es, a cuatro años de iniciada la recuperación, estaba a la mitad del promedio (Tyson y Lund en The New York Times, 18/10/13). A fines de 2013 Moody’s Analytics anotaba que, excluyendo la industria petrolera vinculada a la explotación shale, la inversión estaba más baja que en 2007; en 2013 la inversión privada neta fija no residencial seguía estando un 40% por debajo de su pico previo a la recesión. La inversión en estructuras no residenciales y equipos, como porcentaje del PBI, bajó del 9,7% en 2007 al 8,5% en la actualidad (NIPA).

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Debate sobre la inflación en Argentina (3)

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Rolando Astarita [Blog]  Marxismo & Economía El paro general del juevesContinúa la segunda parte

 La tesis de la puja distributiva

Al terminar la segunda parte de esta nota, señalé que la explicación de Kalecki sobre la inflación conecta con la sostenida por Crespo y Fiorito. Aunque Kalecki no dejó un estudio sistemático, trató, en diversos escritos tres casos típicos (sigo a Sawyer, 1985). El primero, la inflación por demanda, que ocurre cuando existen límites a la capacidad de aumentar el output. No es la inflación por demanda de los neoclásicos (caso, los monetaristas), ya que Kalecki supone condiciones excepcionales, como ocurren en una economía de guerra, cuando hay restricciones en la oferta y suben el empleo y los salarios. En condiciones normales de reproducción del capital, según Kalecki, el aumento de la demanda debe inducir al aumento del output, que puede expandirse a costos relativamente constantes (es la situación habitual en el capitalismo contemporáneo). Un segundo caso analizado por el economista polaco es la hiperinflación, que no vamos a tratar. El tercero, y el más general, es la inflación que puede generarse en las economías que están operando en niveles cercanos al pleno empleo, a partir de una tendencia espontánea al aumento de los salarios nominales. Dada la constancia del mark up, los aumentos de salarios entonces se trasladan a precios. Aunque es importante recordar que Kalecki pensaba que para que ocurriera este tipo de inflación debía existir una oferta monetaria acomodaticia. Puede decirse entonces que Kalecki es uno de los pioneros de la amplia variedad de economistas que atribuyen la inflación al conflicto distributivo.

El núcleo de esta idea es explicado por CyF: un aumento inicial de precios (o salarios) es sucedido por aumentos compensatorios de salarios (o precios), que a su vez son seguidos de nuevos aumentos de precios (o salarios), y así continuamente. Según estos autores, ésta sería la razón fundamental de la inflación argentina en los 2000. En términos más generales, es la tesis que encontramos en los poskeynesianos, estructuralistas y otros “heterodoxos”. Paul Davidson, por ejemplo, sostiene que la inflación “es un síntoma de la lucha en torno a la distribución del ingreso”, cuando las corporaciones y las multinacionales, los sindicatos y otros grupos organizados, tratan de “obtener una mayor porción del ingreso nacional o mundial disponible para ellos” (1991, pp. 89 y 91). En la misma dirección, Lance Taylor afirma que “si la participación de los salarios es baja, los trabajadores responderán presionando por aumentos más rápidos… de sus salarios”, lo que desata una “core” inflación (1985, p. 389). Precisemos que la tesis de la inflación por conflicto distributivo también ha sido, y es, defendida por buena parte de la ortodoxia mainstream. Por ejemplo, en los años 1960 y 1970 el keynesianismo “oficial” establecía una relación inversa entre la desocupación y los salarios (curva Phillips); y una relación directa entre los salarios y el nivel de precios, a través del mark up (descontando productividad). Actualmente, la curva Phillips de los nuevos keynesianos también vincula el nivel de precios con los salarios, a través de la tasa de desempleo (aunque a diferencia de la curva tradicional, incluye la “tasa natural de desempleo” y la inflación esperada). Por eso, explicaciones del tipo “inflación por demanda” son, en esencia, explicaciones por “costo salarial”. Por ejemplo, una secuencia es: aumenta la demanda (provocada por el gobierno, o un shock inexplicado); en consecuencia aumenta la producción; lo que lleva a la disminución del desempleo por debajo de la tasa “natural”; lo que provoca aumento de salarios; que genera el aumento del nivel de precios. En definitiva, no se puede decir que la tesis de la inflación por puja distributiva sea específica de la “heterodoxia”.

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Written by rolandoastarita

15/04/2013 at 15:15

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