Rolando Astarita [Blog]

Marxismo & Economía

La presidenta Cristina K sobre salarios e inversión

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Discurso K sobre salarios e inversión

“En la ideología liberal nos dicen que tiene que haber inversión y para ello es necesario que no haya salarios tan altos, porque si los salarios son altos los empresarios no invierten”. La frase fue lanzada por la presidenta Cristina Kirchner en un acto realizado ayer, miércoles 20 de mayo, y fue entusiastamente aplaudida por el ministro de Economía, doctor Kicillof, y seguidores. La afirmación K tiene varias aristas merecedoras de análisis.

La primera cuestión es que no solo la ideología liberal dice que si los salarios suben por encima de cierto umbral la inversión se frena. También lo afirman los keynesianos, incluidos los de izquierda. Como he planteado en anteriores notas, Robinson, Kalecki o Kaldor eran conscientes del asunto; y los poskeynesianos en la actualidad han admitido que, a fin de que el sistema capitalista funcione, es necesaria una dosis de desocupación que mantenga a raya las demandas salariales (ver aquí y aquí).

Pero en segundo lugar, hay que subrayar que es la teoría del valor trabajo y de la plusvalía la que explica la naturaleza del fenómeno. En este punto, remito al capítulo 23 del tomo 1 de El Capital, donde Marx expone el argumento. Partimos de que si se produce un alza de salarios que no está acompañado por el abaratamiento de los medios de consumo de los trabajadores, habrá una “merma cuantitativa del trabajo impago que debe ejecutar el obrero”. Sin embargo, esa merma “nunca puede alcanzar el punto que pondría en peligro seriamente el carácter capitalista del proceso de producción y reproducción de sus propias condiciones…”. Es que si el alza de salarios “embota el aguijón de la ganancia”, decrece la acumulación [o sea, la inversión] y con esto “el precio del trabajo desciende de nuevo a un nivel compatible con las necesidades de valorización del capital”. Por este motivo, “el propio mecanismo del proceso capitalista de producción remueve los obstáculos que genera transitoriamente” (Marx).

Puede verse entonces que no se trata solo de la “ideología liberal”. Las cosas hay que decirlas de la manera más clara posible: en el sistema de producción capitalista lo que importa es la valorización del capital. “Nada personal, solo  negocios”, como decía un famoso “empresario”. Es que la sociedad capitalista no es una sociedad de beneficencia, sino de explotación, y son los dueños del capital –esto es, de los medios de producción y de cambio- los que deciden cuándo y cómo invierten y reinvierten la plusvalía. Y en esta decisión, lo más importante es la perspectiva de ganancia. Los discursos que quieren tapar esta realidad hablando de “ideologías liberales”, solo cumplen un rol reaccionario; son cortinas de humo para ocultar la esencia del asunto. Por eso también los que aplauden estos discursos –La Cámpora, los intelectuales K agrupados en Carta Abierta- son funcionales a la reproducción de la ideología de la colaboración de clases. Lo cual explica por qué pueden identificarse políticamente con un Scioli, con un Randazzo y semejantes.

Por supuesto, en la visión de Marx existe, además del freno de la inversión, otra alternativa del capital frente al aumento de salarios: es el reemplazo de la mano de obra por la máquina. Es que en la medida en que se acrecienta el costo de la fuerza laboral, se hacen rentables las inversiones en máquinas y equipos que reemplazan al trabajo humano. Por esta vía se incrementa la desocupación, lo que pone presión sobre las reivindicaciones obreras.

Lo importante entonces es que los movimientos generales del salario “están regulados exclusivamente por la expansión y contracción del ejército industrial de reserva, los cuales se rigen, a su vez, por la alternación de períodos que se opera en el ciclo industrial” (Marx). Este es el fundamento último del planteo marxista de que las reformas por mejorar la distribución del ingreso en el modo de producción capitalista tienen límites que son internos al sistema (sobre distribución del ingreso, véase aquí y siguientes). En la disputa por salarios nunca debería perderse de vista que en tanto subsistan las relaciones de producción capitalista, los sindicatos estarán obligados a reemprender una y otra vez la pelea. Por eso Rosa Luxemburgo comparaba –en Reforma o revolución– la lucha sindical con el trabajo de Sísifo, con un “tejer y destejer” permanentemente

Agreguemos que en una economía atrasada tecnológicamente y dependiente como la de Argentina, la reacción empresarial frente a la presión de los salarios se expresa muy frecuentemente en los pedidos de devaluación de la moneda (una forma de bajar los salarios en términos del dólar); y en el freno de las exportaciones, o el aumento de las importaciones, en tanto el tipo de cambio “no es competitivo”. Lo cual explica por qué el gobierno  K devaluó fuertemente en 2014 (véase aquí); o por qué, de conjunto, el capital hoy discute cómo puede subir el tipo de cambio sin que esa suba se traslade a salarios. Y también explica por qué el Gobierno K está del lado de los empresarios en las actuales discusiones salariales, poniendo un techo salarial que está por debajo de la inflación acumulada en el último año. O por qué el gobierno avanza en la reducción de salarios por medio del impuesto a las ganancias. O por qué el Estado no hace prácticamente nada para frenar el trabajo precarizado. Concretamente, ¿qué queda del discurso de la presidenta K (y de los aplausos de sus funcionarios) cuando ponemos en la balanza la manera en que el propio Estado –con el Ministerio de Economía en primer lugar- precariza el trabajo de sus empleados y baja salarios en respuesta a la recesión? Respuesta: no queda nada. Por eso, es pura hipocresía despotricar contra “la ideología liberal” cuando se está haciendo lo que recomienda la Economics de todos los colores del capital: controlar salarios para asegurar las ganancias del capital.

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“La presidenta Cristina K sobre salarios e inversión”

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21/05/2015 at 11:33

YPF, salarios ejecutivos y estatismo burgués

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Según informa La Nación (15/05/15), la petrolera estatal YPF aumentó la remuneración de su directorio -27 personas-, un 30% entre 2013 y 2014, de 19,7 millones de dólares a casi 25,9 millones en 2014. Las cifras surgen de los datos que presenta la empresa a los reguladores bursátiles de EEUU y Argentina, y fueron corroborados por la misma. La remuneración ahora estaría “en línea con los parámetros internacionales”. La noticia ofrece la oportunidad de volver a examinar, desde la perspectiva de la teoría de Marx, el carácter social del directivo de empresa en el capitalismo, sea este privado o estatal, y la naturaleza del estatismo en la sociedad actual.

La remuneración de los ejecutivos es plusvalía

Una de las primeras cuestiones que hay que despejar al analizar la naturaleza social de los ejecutivos es que no basta la forma salarial para definir su carácter de clase. Como planteé hace años en una polémica (ver aquí), no se puede identificar automáticamente el salario con la remuneración de la fuerza de trabajo, y por lo tanto con la existencia de la relación de capital –trabajo explotado. Este es el error de los que sostienen que los ejecutivos pertenecen a la clase obrera. Y desde este punto de partida también se suele disimular la naturaleza social del ejecutivo de una empresa estatal, inserta en el modo de producción capitalista (en la idea de que el Estado “es de todos y todas” y el ejecutivo se sacrifica “en beneficio de todos y todas”).

Para aclarar el punto, hay que precisar que la noción de fuerza de trabajo reconoce dos determinaciones. La primera,  y más básica, hace referencia al conjunto de capacidades físicas y mentales que existen en el ser humano, y que este pone en movimiento cuando produce valores de cualquier tipo (véase El Capital, cap. 4 t.1). Pero esta definición aún es muy general; después de todo, siempre los seres humanos han empleado fuerza de trabajo para producir bienes, y  siempre han debido reproducir su fuerza de trabajo. Por eso, si se tomara solo esta determinación, la noción sería a-histórica y se perderían las diferencias que distinguen clases sociales, y por lo tanto, modos de producción (después de todo, el salario es anterior al surgimiento del sistema capitalista).

En consecuencia, es importante avanzar a una segunda determinación, que encierra todo un proceso histórico y social, a saber, la separación, por medio de la violencia, de los productores de sus medios de producción. En otros términos, para que haya fuerza de trabajo los trabajadores tienen que haber sido “liberados” de sus medios de producción (ver aquí acerca de esta liberación). Por eso es que la fuerza de trabajo se enfrenta como mercancía a las condiciones de trabajo que existen bajo la forma de capital, y la relación capitalista es una relación coercitiva (ver aquí). Esta última implica la subsunción del trabajador al capital, y en ella se determinan los modos y ritmos en que se desempeña el trabajo.

Con esto tenemos los elementos para analizar el salario de los ejecutivos de empresa (en lo que sigue la referencia es al cap. 23, t. 3 de El Capital, ed. Siglo XXI). Por un lado, dado que la relación capitalista supone la propiedad del capital frente al no propietario “libre”, el dinero y la mercancía constituyen capital en sí mismos, de manera latente o potencial, y como tales, dan derecho a la apropiación de plusvalía. Pero el título de propiedad no es suficiente para que haya plusvalor; es necesario hacer funcionar el proceso de explotación, y para esto el capitalista debe trabajar. “El trabajo de explotar es tan trabajo como lo es el trabajo que se explota” (Marx, p. 489). Lo cual no significa que el trabajo de explotar se pueda igualar, desde el punto de vista social, al trabajo del explotado. Es que la contradicción entre el capital y el trabajo ahora se manifiesta en la naturaleza opuesta de ambos tipos de trabajo y trabajadores: el del obrero asalariado genera plusvalía, en tanto el de dirigir la explotación responde a las necesidades del capital en funciones. El ingreso del obrero es remuneración de la fuerza de trabajo explotada; el ingreso del ejecutivo es la remuneración de quien encarna el “capital en funciones”, y por eso mismo conforma una porción de la  plusvalía. Esto es así aunque se haga abstracción del carácter capitalista de esta función. Precisamente la economía burguesa -los neoclásicos, pero también en Keynes y los keynesianos- hace todo un punto de esta abstracción para igualar el trabajo del capitalista con el del obrero.

Sin embargo… ¿acaso el trabajo de coordinar y supervisar la marcha de la producción no es inherente a cualquier modo de producción que involucre el trabajo combinado de muchos individuos? ¿No es entonces un trabajo necesario? Sí, se trata de un trabajo necesario, de la misma forma en que es necesario el trabajo del director de orquesta para que el conjunto suene bien. En este respecto, estamos ante un trabajo productivo “que debe efectuarse en cualquier modo de producción combinado” (ídem, 490). Sin embargo, el trabajo del capitalista, o del ejecutivo, no es el de mero “coordinador productivo”. Es que existe un componente fundamental en la dirección y supervisión de la empresa capitalista que surge “del antagonismo entre el propietario de los medios de producción y el propietario de la mera fuerza de trabajo” (ídem, 493). Cuando el management de la empresa estudia las formas de hacer producir al máximo a la fuerza de trabajo, y aplica las medidas correspondientes; cuando discute salarios con el sindicato; o implementa medidas destinadas a debilitar la resistencia de los obreros, está cumpliendo la función de explotar el trabajo ajeno. Todo esto subraya el contenido antagónico de la relación ejecutivos – obreros, a pesar de la forma salarial común. Y en la medida en que se asciende en la jerarquía de los mandos de la empresa, cada vez más el salario ejecutivo está conformado por plusvalía; y el trabajo productivo de coordinar recae en los rangos intermedios de capataces y jefes de sección, o similares.

El caso de las cooperativas y sus directores

Por supuesto, es difícil establecer, en el funcionamiento concreto de una empresa, cuánto de la remuneración del ejecutivo corresponde al trabajo productivo y cuánto corresponde a su trabajo de explotar. Sin embargo, la diferencia se hace evidente con las cooperativas obreras: “Las fábricas cooperativas suministran la prueba de que el capitalista, en cuanto funcionario de la producción, se ha tornado tan superfluo como él mismo, llegado al cenit de su perfección, considera superfluo al gran terrateniente” (pp. 494-5). Recordemos que después de las crisis, en Gran Bretaña, había  empresas fundidas que eran puestas a trabajar por los obreros bajo la forma de cooperativas. Y existían casos en que el antiguo capitalista era contratado por la cooperativa para coordinar la producción. De manera que estos ex fabricantes supervisaban “por un salario económico, sus propias antiguas fábricas, ahora como directores de los nuevos propietarios…” (p. 495). Agregaba Marx que “en el caso de la fábrica cooperativa desaparece el carácter antagónico de la labor de supervisión, por el hecho que son los obreros quienes pagan al director, en lugar de que éste represente al capital frente a ellos” (pp. 405-6). El salario de estos directores se correspondía entonces con el de una fuerza de trabajo calificada y con instrucción especial.

En términos actuales, la diferencia entre los millones que ganan los altos ejecutivos de las corporaciones modernas, y lo que ganarían como coordinadores contratados por la misma empresa transformada en cooperativa obrera, es la plusvalía. Esto es, el ingreso correspondiente a una función correspondiente a una relación social antagónica.

Ejecutivos de empresas de capitalismo de Estado

Las cuestiones analizadas en el punto anterior no se modifican, en sus aspectos fundamentales, cuando se trata de empresas estatales. Históricamente el Estado capitalista asumió emprendimientos que por su envergadura no podían ser asumidos por el capital privado; o en ocasiones en que el capital privado quiebra y hay interés –puede ser por motivos políticos o económicos- en que la empresa continúe en funciones. Por eso,  las empresas estatales conforman el escenario “normal” del capitalismo hasta el día de hoy. Según The Economist (11/10/14), las compañías estatales de los países de la OECD poseen un valor de alrededor de 2 billones de dólares, y hay otros 2 billones que son participaciones minoritarias de los gobiernos en empresas de diversa índole. Noruega, Francia, Irlanda, Grecia, Finlandia, Corea del Sur, Bélgica, Suecia, Austria y Turquía son los países de la OECD con mayor presencia de empresas estatales. Y en los países no pertenecientes a la OECD, las empresas estatales tienden a ser más numerosas todavía (China, India, Arabia Saudita, Rusia, Indonesia, Malasia, Brasil, Tailandia, entre los más importantes). De acuerdo a Kowalski; Büge, Sztajerowska y Egeland (2013), el valor total de las ventas de las 204 empresas estatales, pertenecientes a 37 países, que figuraban entre las 2000 empresas más grandes de la lista Forbes 2010, equivalía al 6% del producto mundial; y su valor de mercado era de 4,9 billones de dólares (véase P. Kowalski; M. Büge, M. Sztajerowska; M. Egeland, “State-Owned Enterprises. Trade Effects and Policy Implications”, OECD Trade Policy Papers, 2013).

Nunca debería olvidarse que las compañías estatales participan de la explotación del trabajo a la par de las empresas privadas y se rigen según criterios capitalistas. En caso contrario, habrá déficit que deberá ser cubierto con plusvalía deducida de los impuestos del capital “en general”. Pero por esto mismo existen constantes presiones –a través de la competencia de precios y de los mercados financieros- para que se subordinen a la lógica de la valorización. Desde el punto de vista de su rol en el modo de producción capitalista, la empresa estatal produce mercancías (puede ser petróleo, viajes aéreos, electricidad, etcétera) que contienen plusvalía, como sucede con las mercancías producidas por el capital privado. Una parte de esa plusvalía es distribuida entre los accionistas –en la mayoría de las empresas estatales hay participación privada-, o contribuye al funcionamiento del Estado capitalista. Y otra parte corresponde a los directores por su función de explotación. Subrayamos: salarios ejecutivos muchas veces superiores a los de los trabajadores son la expresión natural de una relación de explotación, aun tratándose de una empresa estatal. Aquí, la diferencia cuantitativa se explica por la diferencia social cualitativa.

La teoría de la plusvalía y la independencia  de clase

La remuneración de los directores estatales no tiene entonces misterio. Los millones de dólares que hoy se reparten entre los 27 ejecutivos más altos de YPF son parte de las reglas del juego del sistema capitalista; es una nueva confirmación del carácter capitalista de la estatización de esta petrolera (ver aquí). El tema tiene una importancia que supera su aspecto puramente “económico”. Es que la teoría de la plusvalía permite entender por qué “la propiedad del Estado no suprime la propiedad del capital sobre las fuerzas productivas” (Engels, Anti-Dühring). Después de todo, el Estado moderno no es más que la organización que se da la sociedad burguesa para sostener las condiciones de reproducción del capital, y las empresas estatales son parte de este sistema (ídem). Por eso, sus ejecutivos deben ser remunerados en montos similares a los que reciben los ejecutivos que encarnan al capital privado en funciones. Por eso también, la teoría del valor trabajo brinda una base científica a la lucha política por la independencia de clase. En lo esencial, porque permite comprender por qué no hay hermandad de intereses entre los asalariados que generan plusvalía en una empresa del Estado, y los ejecutivos de la misma, sino antagonismo de clase.

En última instancia, es en este contexto teórico y político que conserva vigencia la recomendación de la Tercera Internacional a los trabajadores, de que no apostar a las estatizaciones burguesas. “Reivindicar la socialización o la nacionalización de las más importantes ramas de la industria, como lo hacen los partidos centristas, es embaucar a las masas. Los centristas no sólo inducen a las masas en el error, al tratar de persuadirlas de que la socialización puede arrancar de las manos del capital las principales ramas de la industria sin que la burguesía sea vencida, buscan todavía desviar a los obreros de la lucha vital por sus necesidades inmediatas, haciéndolas esperar un embargo progresivo de las diversas industrias una después de otra, después del cual comenzará la construcción “sistemática” del edificio económico”, (“Tesis sobre táctica”, Tercer Congreso de la Internacional Comunista).

No es casual que la izquierda “socialista burguesa” –esto es, que aspira a llegar a una suerte de socialismo por la vía del capitalismo de Estado- haya borrado cualquier crítica a la explotación del trabajo. Es que la conciliación entre las clases antagónicas encuentra uno de sus puntos más sólidos en la idea de que, de alguna manera, el Estado y sus empresas “son del pueblo en su conjunto”.

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“YPF, salarios ejecutivos y estatismo burgués”

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17/05/2015 at 12:56

Cuba: crisis, globalización y giro al mercado (Conclusión)

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La parte anterior de la nota aquí Conclusión

A partir de la situación descrita a lo largo de esta nota, no existe ninguna posibilidad de que la apertura económica con EEUU dé como resultado el fortalecimiento de algo que pueda semejarse siquiera a un régimen socialista. Es que el curso hacia el capitalismo es el resultado de la globalización del capital y de la crisis asociada a la estructura  estatista burocrática de Cuba. En última instancia, Cuba confirma, una vez más, que es imposible construir un “socialismo nacional”, y menos todavía con los métodos de la administración burocrática. Incluso para muchos de los que apostaron al proyecto socialista y realizaron por ello enormes sacrificios -participando en la alfabetización masiva, en la campaña por los 10 millones de toneladas de azúcar, en la guerra de Angola y otras misiones-, hoy el Estado se ha transformado en una abstracción, en un ente enajenado. Un régimen que acepta como algo casi “natural” la prostitución o el negociado del burócrata; o que en el plano internacional mantuvo el silencio frente a una dictadura como la de Videla, o apoyó a Mengistu o Idi Amin, está muy lejos del proyecto humanista del comunismo (en palabras de Marx, “el comunismo es el humanismo conciliado consigo mismo”).

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Cuba: crisis, globalización y giro al mercado (14)

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La parte 13 de esta nota, aquí.

La política en Nicaragua

La política de Cuba en Nicaragua también es reveladora de la orientación de clase del castrismo en el plano internacional. Tengamos presente que hacia los finales de la dictadura de Somoza, Cuba ayudó al Frente Sandinista de Liberación Nacional con equipos militares y asesoramiento. Sin embargo, una vez que el FSLN tomó el poder, ejerció su influencia para impedir que la revolución popular y democrática anti-dictadura evolucionara hacia el anticapitalismo. Con este fin, personal militar y de seguridad cubano, junto a pares de Alemania Oriental y la URSS, colaboró en el armado y fortalecimiento de un aparato estatal que reprimió a elementos “díscolos” –principalmente maoístas y trotskistas- y bloqueó cualquier posibilidad de organización independiente del movimiento sindical. Como aseguró Fidel Castro, Nicaragua no sería una nueva Cuba (Juventud Rebelde, 29/07/79).

Por eso, y al calor del empuje y el entusiasmo provocado por el triunfo de la revolución contra Somoza, el FSLN promovió campañas masivas de alfabetización y cuidado de la salud, y promovió los Comités de Defensa Sandinista y la incorporación al Ejército Popular Revolucionario. Sin embargo, todas estas medidas se mantuvieron en los marcos de un sistema capitalista. De la misma manera, en las empresas estatizadas (mayoritariamente pertenecientes al somocismo y sus colaboradores) hubo alguna participación de los colectivos de trabajadores, pero nada que cuestionara a la burocracia del capitalismo de Estado, y menos aún al capital privado. El objetivo del FSLN era mantener una posición internacional independiente y consolidar una combinación entre el capitalismo de Estado y el privado. En este marco, y con el fin de no cortar relaciones con el capital financiero, el gobierno sandinista reconoció la deuda externa dejada por Somoza, de 1200 millones de dólares. En 1981 Tomás Borge precisaba: “Los propietarios y los empresarios honestos y patriotas tendrán, no solo el derecho a integrarse en las tareas productivas, sino también a recibir el apoyo de la Revolución” (19/07/81). Los dirigentes sandinistas hablaban del socialismo -y todavía hoy dicen que lo están construyendo-, aunque nunca aclaraban qué querían significar con ese término.

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Programas de izquierda, socialismos “reales” e ideario socialista

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Posiblemente uno de los principales obstáculos que enfrenta hoy cualquier alternativa anticapitalista está asociado al efecto, en el ideario socialista, del colapso de los “socialismos reales”.

Para explicar el punto, partamos de la situación que enfrentan, por ejemplo, las masas populares en Argentina: un nivel de pobreza superior al 25% de la población; varios millones de personas en la indigencia; más de un tercio de los asalariados en empleos precarizados; servicios de salud y educación pública desastrosos, y otras calamidades semejantes.

Frente a este panorama, los partidos de izquierda proponen, naturalmente, programas radicales. Por caso, el Frente de Izquierda (según el sitio web del PTS) propone salario mínimo igual a la canasta familiar; 82% móvil para los jubilados; reparto de las horas de trabajo hasta acabar con la desocupación; prohibición de despidos y suspensiones; terminar con el trabajo precarizado; no pagar la deuda externa; la reestatización bajo control obrero de las empresas privatizadas; un plan económico debatido y controlado por los trabajadores; la nacionalización de la tierra, pero respetando la propiedad que no explote mano de obra; impuestos progresivos; funcionarios que ganen igual que un obrero y revocabilidad de sus mandatos por los electores; jueces elegidos por voto popular; y disolución de los cuerpos de inteligencia del Estado, entre las medidas principales.

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Written by rolandoastarita

26/04/2015 at 18:59

Cuba: crisis, globalización y giro al mercado (13)

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La parte anterior de esta nota, aquí

Angola y la intervención cubana

La intervención de Cuba en Angola constituye el argumento privilegiado de los que hablan de la “epopeya internacionalista y revolucionaria” del castrismo. Recordemos que en 1975 Cuba respondió positivamente al pedido de ayuda lanzado por Agostinho Neto, líder del Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) para hacer frente al ataque del Frente Nacional de Liberación de Angola (FNLA), de la Unidad Nacional por la Independencia Total de Angola (UNITA) y de las tropas de Sudáfrica y Zaire, respaldadas por Washington y la CIA. Neto  acababa de proclamarse presidente, luego de la salida de Portugal, y las tropas cubanas jugaron un rol clave para frenar la ofensiva de UNITA y los sudafricanos. Todo indicaría, además, que Castro tomó la decisión de ayudar al MPLA con independencia de Moscú (Piero Gleijeses, “Sobre ‘Back channel to Cuba”, http://www.lahaine.org/mundo.php/sobre-lback-channel-to-cuba, basado en las memorias de Henry Kissinger). En la década de 1970 la URSS apoyaba a Angola, pero no quería verse involucrada en un conflicto de proporciones en África. De todas formas, el apoyo soviético fue decisivo, una vez que la invasión fue frenada, para sostener la presencia cubana en Angola, como lo admite el mismo Fidel Castro: “No hubiera habido perspectiva posible para Angola sin el apoyo político y logístico de la URSS, después de aquel triunfo (de 1975)” (Reportaje de Ignacio Ramonet, p. 334).

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Cuba: crisis, globalización y giro al mercado (12)

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La parte 11 de la nota, aquí.

“Razones de Estado”

De acuerdo a lo explicado en las partes anteriores de esta nota, desde hace décadas las “razones de Estado” se impusieron en las decisiones de la política exterior cubana. El ahogo de cualquier pensamiento político que cuestionara la dirección burocrática (donde gobierno y PC conforman en la práctica una unidad indiferenciada), tuvo su correlato en una política exterior que llegó a extremos que pueden calificarse de aberrantes. En este respecto, una de las páginas más negras fue el silencio frente a los crímenes de la dictadura argentina instalada a partir de 1976. Sistemáticamente, Fidel Castro omitía denunciar al gobierno argentino de Videla cuando hablaba, entre 1976 y 1980, de las dictaduras latinoamericanas.

Sin embargo, no fue solo silencio, ya que Cuba (junto a la URSS) se opuso una y otra vez a las propuestas de condena a la dictadura de Videla por violaciones de los derechos humanos en el Comité de Derechos Humanos de la ONU, y utilizó su influencia en el Movimiento de No Alineados para que no prosperaran. Es ilustrativo que en nota de la Cancillería argentina, de 1982, se reconociera que “la República pudo lograr los apoyos necesarios para un tratamiento decoroso del caso argentino en la Comisión de Derechos Humanos (ONU), como consecuencia de la decidida actuación en su favor de los miembros no alineados de la Comisión”.

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Written by rolandoastarita

08/04/2015 at 13:17

Invitación a charla en la FCE – UBA

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Por este medio los invito a la primera charla del ciclo Seminarios de Economía Política 2015, de la Facultad de Ciencias Económicas – UBA, a realizarse este próximo miércoles, 8 de abril, a las 19 horas en el aula 212 (segundo piso) de la FCE.

La charla ha sido convocada con el título “Capitalismo y Socialismo: una vez más”, y participaré de la misma junto a los profesores Andrés López y Saúl Keifman.

El ciclo está organizado por el Departamento de Economía de la FCE, la Maestría en Economía y el Instituto Intedisciplinario de Buenos Aires (IIEP-BAIRES). No se requiere inscripción previa.

Written by rolandoastarita

06/04/2015 at 08:32

Sobre egoístas, salarios y ganancias

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En los días previos al paro nacional que se realizó ayer, 31 de marzo, el Gobierno acusó repetidas veces a los trabajadores de parar en defensa de un interés “egoísta”. La presidenta Cristina Kirchner lo sintetizó cuando se dirigió al país por cadena nacional: “Los que tienen un trabajo bien remunerado tienen que ceder un poco de su sueldo para otros compañeros. Si no lo hacen, razonan como oligarcas”.

Así, con este discurso apunta a dividir a la clase trabajadora entre “egoístas y solidarios” (o entre “privilegiados y trabajadores comunes”) e induce a una forma de conciliacionismo de clase. Según esta óptica, el alto funcionario estatal o directivo de empresa que gana $100.000 por mes, y paga ganancias sin chistar, es “solidario”, mientras que el obrero que gana cinco veces menos y protesta por el impuesto, es “egoísta” y con “mentalidad de oligarca”. Una división que se fomenta con el discurso, pero tiene su correlato en la política diaria: es sabido que el gobierno K buscó siempre dividir a los movimientos sociales, a los sindicatos, los centros de estudiantes, los organismos de defensa de los derechos humanos y otras entidades populares, utilizando el poder del Estado. Por ejemplo, discriminando en el otorgamiento de los planes sociales a las organizaciones sociales que se mantienen críticas del kirchnerismo.

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Written by rolandoastarita

01/04/2015 at 13:34

Las mentiras de un ministro, estigmatización y ética

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En el día de ayer, 27 de marzo, en un reportaje radial, le preguntaron al ministro de Economía, doctor Axel Kicillof, cuántos pobres hay en Argentina. El ministro respondió que se trataba de una pregunta “complicada” y reconoció que “últimamente no tengo el número de pobres”, para culminar con que le parece una medida “un poco estigmatizante”. También señaló que “hay 500 mediciones” de la pobreza y que “hay un índice que por los problemas de hacer homogénea la serie y hacerla nacional lleva más tiempo, y cuando esté, se va a publicar”. Sostuvo además que el Gobierno no oculta a los pobres, y que “cualquier índice que se publique” será cuestionado desde la oposición, por lo que se trata de una discusión “un poco bastardeada”.

Vale la pena detenernos un minuto en este despliegue de ocultamientos y mentiras, ya que desnuda la naturaleza social de lo que trata de presentarse como “izquierda transformadora”, la Cámpora y el gobierno K. Aquí van algunas reflexiones.

En primer término, el doctor Kicillof miente cuando dice que el INDEC no publica las cifras de pobreza porque hay un problema de “empalme” para hacer homogénea la serie, que lleva tiempo. Tengamos presente que en abril de 2014 el INDEC emitió un comunicado en el que informaba que discontinuaba la publicación de la serie histórica de la medición de pobreza e indigencia “por contar con severas carencias metodológicas”; a lo que se sumaba la discontinuación del Índice de Precios al Consumidor basada en los precios del Gran Buenos Aires y “la imposibilidad de empalme con el nuevo IPC-NU” (NU: núcleos urbanos que abarcan todo el país). Sin embargo, no explicaba cuáles eran esas “severas carencias metodológicas”, ni tampoco por qué existía “imposibilidad” de empalme de las series. Y desde entonces no volvió a informar el número de pobres e indigentes.

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Written by rolandoastarita

27/03/2015 at 16:24

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